La casa de las aguas 1 Capítulo 19
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Capítulo 19

Cuando a las gemelas Salvatierra se les metía una idea en la cabeza, era casi imposible que renunciasen a ponerla en práctica.

Esta vez la víctima elegida había sido Berta Casalduero, y la forma de llevar a cabo lo que ellas consideraban una travesura sin importancia ya había tomado forma.

Ninguna de las dos actuaba llevada por la rabia, ni por ningún otro sentimiento hacia la joven Casalduero que justificase la crueldad que iban a cometer, porque las gemelas actuaban llevadas tan sólo por una necesidad enfermiza de divertirse a costa de quien fuese, sin calibrar las consecuencias de sus actos e incapaces de sentir ninguna empatía por la persona por ellas perjudicada.

Podría decirse que lo de Felisa y Melisa era maldad ingenua, en estado puro.

Eran las doce de la mañana cuando llamaron a la puerta del gabinete de los Casalduero. Fue Berta quien les abrió la puerta y, al comprobar que doña Virtudes estaba allí, comprendieron que nada podría fallar.

—Berta, venimos a por ese libro que dijiste que nos prestarías —dijo Felisa, guiñándole un ojo con una ingenuidad casi creíble. Berta se puso a temblar, incapaz de creer que esas dos fuesen tan tontas, o tan desaprensivas.

—Venid conmigo —sugirió Berta, llevándolas hasta la pieza separada del gabinete, donde ella dormía. Primero se aseguró de que su madre continuaba sentada en el sillón, y entonces entrecerró la puerta. En susurros, se encaró con las gemelas.

—¿Os habéis vuelto locas, o qué?

Fue Felisa quien, fingiendo auténtico pánico, le contó lo que, previamente, había acordado con su hermana que le dirían a Berta:

—Necesitamos los libros con urgencia, hemos visto a nuestra madre rebuscar frenética en el armario donde los esconde, por lo que creemos que se ha dado cuenta de que le faltan. Si los dejamos ahora mismo, seguro que pensará que le habían pasado desapercibidos.

Los nervios le jugaron una mala pasada, porque Berta las miró aterrada, sin pararse a pensar que doña Clarisa no les preguntaría nunca a las gemelas por sus novelas sin ponerse en evidencia, por lo cual no tenían nada que temer.

—¡Mi madre está ahí fuera! ¿Cómo pensáis salir de aquí con los libros? —les preguntó.

—Eso es lo de menos, tú la distraerás.

Desde que Berta contó en el salón de té lo sucedido con la bañera Nieves Sagunto, doña Virtudes estaba convencida de haber relajado la supervisión de su hija, con fatales consecuencias sobre su moralidad.

Ahora vigilaba con disimulo cuanto caía en sus manos, aunque sólo se tratase de las revistas femeninas de moda que ojeaba en la sala de lectura de las damas.

—Más vale que podamos distraerla, porque desde lo del salón de té no me deja respirar. ¡Esto es lo que me faltaba! —suspiró Berta.

—Tengo una idea mejor —dijo Melisa como si improvisara, cuando, en realidad, era una de las alternativas que llevaban previamente estudiadas para que su perverso plan funcionase— ¿Y si metemos los libros en una de tus beaterías?

Con ello se refería a La lectura Dominical , semanario de información general y religiosa, al que doña Virtudes estaba suscrita.

—No es mala idea —dijo Berta, deseosa de que las gemelas se largasen cuanto antes de allí con los libros prohibidos.

Una vez traspasada la puerta del gabinete, el peligro habría pasado para ella, a quien le importaba muy poco cómo se las apañarían las gemelas para que su madre no les pillase en plena acción mientras los devolvían a su lugar.

La posibilidad de que la acusasen carecía de sentido, porque siempre podría negarlo, y sería la palabra de las Salvatierra contra la suya.

Más confiada, cogió dos ejemplares de la revista religiosa y metieron en cada uno de ellos un libro.

Con las revistas en las manos, las gemelas salieron del dormitorio de Berta.

—Bueno, nos vemos en el comedor, y después en el concierto —les dijo a las hermanas cuando estas iban ya hacia la puerta de salida.

Doña Virtudes levantó la vista y las detuvo, al tiempo que se detenía también el corazón de Berta al contemplar a las gemelas, con las revistas donde escondían las novelas, paradas delante de su madre.

—¿A qué concierto te refieres, señorita?

Si es al del músico americano, te sentarás al lado de tus padres, porque esa música es inapropiada para unas jovencitas sin compañía, me han comentado que es un ritmo algo escandaloso.

Imagino, jóvenes —dijo refiriéndose a las gemelas— que la señora de Salvatierra esté de acuerdo conmigo.

Las gemelas aguantaron como pudieron la risa que les provocó el comentario, pero lo que no pudieron aguantar fue su desaprensivo afán de divertirse a costa de Berta.

Comprendieron que todo estaba saliendo incluso mejor de lo que habían pensado, porque no contaban con que toda la atención de doña Virtudes se centraría en ellas de una forma tan rotunda.

Así que Melisa, de acuerdo a lo planeado, relajó discretamente la presión que su brazo ejercía contra la revista, logrando con ello que el libro se deslizase por su propio peso de entre las hojas hasta caer al suelo, abriéndose, casualmente, por una de las ilustraciones más escabrosas y explícitas de todas las que ilustraban los ardientes textos.

El tiempo se detuvo en el gabinete, porque la mirada perturbada de doña Virtudes pareció prolongarse hasta el infinito mientras la gemela se agachaba, a cámara lenta, a recoger la novela del suelo, justo cuando la revista religiosa caía de su brazo para quedar replegada al lado del texto erótico, el santo de la imagen contemplando sin inmutarse la pornográfica escena dibujada en la novela.

Berta, de un empujón, hizo a Felisa a un lado para precipitarse sobre el objeto maldito, ese que, si no evitaba en segundos que su madre posase la vista en él, le traería complicaciones.

De pronto, la secuencia temporal retomó su ritmo habitual, y todo comenzó a sucederse consecutivamente, aunque por desgracia, doña Virtudes tuvo tiempo de sobra para ver, sin ningún género de dudas, lo que escondían las jóvenes.

En otras circunstancias la impresión le hubiese impedido actuar tan taxativamente, pero la señora de Casalduero se mostró resuelta, no había nadie que pudiese auxiliarla en tan delicado trance.

—Dame eso, niña —dijo tendiendo la mano hacia Melisa, quien, fingiendo sumisión con la mirada gacha, le dio el libro sin oponer resistencia.

Doña Virtudes se enfrentó en silencio a los textos e imágenes que se sucedieron mientras pasaba las páginas, con la entereza de un cirujano de guerra atendiendo a los soldados desmembrados.

Cuando terminó la revisión, cerró con furia las tapas y preguntó, apretando los dientes:

—¿De dónde ha salido esta porquería?

Las gemelas se volvieron automáticamente a mirar a Berta quien, atrapada, rogó por que la tierra se la tragase. Pero no, el suelo no se abrió bajo sus pies, así que no le quedó más remedio que comenzar a defenderse como un tigre acorralado.

—Ellas me lo dejaron, pertenecen a doña Clarisa.

—Pero, ¿qué disparates dices, hija mía? —replicó doña Virtudes, incapaz de creer lo que consideró una ataque gratuito contra la señora de Salvatierra, incapaz de imaginársela ante semejante lectura.

—¡Es cierto, madre!  Ellas me lo dejaron.

Las gemelas negaban con sus podridas cabecitas mientras ponían cara de desconcierto.

—¿De dónde ha salido? —volvió a preguntar doña Virtudes, cada vez más enfadada.

Felisa respondió:

—Señora, Berta nos dijo que son libros donde se aprenden cosas que…en fin…nosotras desconocemos, sólo queríamos aprender, pero no sabemos con exactitud qué contienen.

Entonces sí, doña Virtudes se acercó a su hija y delante de las gemelas Salvatierra, le soltó una bofetada, que sonó como el restallido de un látigo y dejó a Berta aturdida, mientras la sangre comenzaba a afluir con intensidad al lugar del traumatismo, tiñendo la mejilla de un intenso color púrpura.

Las hermanas Salvatierra, que no esperaban esta reacción por parte de la melindrosa doña Virtudes, se quedaron atónitas, contemplando con la boca abierta la cara descompuesta de Berta Casalduero, que no reaccionaba, y temiendo haberse excedido en lo que ellas sólo consideraban una pequeña faena.

—Vosotras dos, dejad esos libros aquí, que nadie vea esto, por Dios —dijo mirando la revista que aún llevaba Felisa bajo el brazo, la cual abrió para sacar de ella la otra novela, cuya portada era, si cabe, aún más escandalosa que la anterior.

—Señora, nos vamos — dijo Melisa—, pero le pediríamos que, por favor, no diga nada a nuestra madre, desconocíamos que los libros eran tan… horribles.

Doña Virtudes asintió sin apenas mirarlas.

Por supuesto, no iba a decir nada, porque, ¿cómo decirle a la señora de Salvatierra que sus gemelas iban a leer esa basura, proporcionada por su hija Berta?

No podía advertirla sin poner en evidencia a su propia hija, lo cual la dejaría a ella en el peor lugar como madre.

En cuanto las gemelas salieron al pasillo, soltaron las risitas que habían luchado por contener.

La señora de Casalduero permanecería callada, por la cuenta que le tenía, y su propia madre no reclamaría nunca los libros extraviados, porque eso sería delatarse a sí misma.

El asunto estaba cerrado, y ahora las gemelas eran presa de un ataque de risa, mientras rememoraban el episodio, magistralmente organizado y llevado a cabo sin un solo tropiezo.

Berta estaría unos días enfadada, sólo hasta que lograsen convencerla de que delatarla fue lo primero que se les ocurrió, porque nunca se hubiesen imaginado que doña Virtudes, tan blandengue ella, fuera capaz de asestarle semejante bofetada a su hija de veinte años.

Doña Virtudes se encaró con Berta en cuanto estuvieron a solas.

—¿De dónde has sacado esta basura? —dijo la madre, con una de las novelitas eróticas en la mano.

—Te lo repito, madre —respondió Berta, cabizbaja— , las gemelas Salvatierra me los prestaron.

—Berta, a tus muchos pecados vas a tener que añadir el del mentirle a tu madre. ¡Qué vergüenza cuando te confieses con don Mateo! Ya no podré ni mirarlo a la cara, porque sabré lo que le has confesado, y él me juzgara por no haberte guiado por el buen camino.

—No miento, puedes creerme, son de doña Clarisa —se defendió Berta, impotente, mientras comenzaba a vislumbrar la encerrona en la que la habían metido las gemelas.

Doña Virtudes elevó los ojos al cielo, porque cuando Berta se empecinaba en sacarla de sus casillas, lo conseguía con creces.

Para ella era imposible comprender que una dama, de similar edad a la suya, anduviese entretenida con semejantes pasatiempos, por lo que seguía empecinada en que su hija la estaba mintiendo.

—¿Qué esas jovencitas te los prestaron? ¡Pero si son de lo más inocente, no hay más que verlas…

En cambio tú…¡Qué vergüenza! No quiero ni pensar en lo que hubiese sucedido si su madre les encuentra esos libros y viene a reclamarme —dijo la mujer, elevando el volumen de su voz—.

Por última vez, ¿de dónde has sacado esto?

Berta intentó hacer razonar a su iracunda madre:

—Mamá, piensa un poco: me paso el día contigo, eres mi sombra. No puedo ni dar un paso sin decirte a dónde voy, ¿de dónde he podido sacarlos?

—¿Sabes lo que creo? Que te los ha facilitado esa descastada de Maruja. ¡Cuando regresemos a casa, la pongo de patitas en la calle, por sinvergüenza!

—Que no, madre, que no, no insistas, la criada no ha tenido nada que ver, han sido las gemelas Salvatierra.

Doña Virtudes pensó unos segundos. Si Berta insistía tanto, quizás estaba diciendo la verdad.

—Bien, pues si es cierto eso, ¿en qué momento me has engañado para colar en tu habitación semejante porquería?

—¿Te acuerdas que hace una semana fuiste con doña Clarisa a ver cómo papá y el señor Salvatierra jugaban al lawn-tennis ? Pues las gemelas aprovecharon el momento para dejarme los libros.

Doña Virtudes recordó el paseo hasta la pista, del brazo de esa mujer a quien sus hijas, en ese preciso instante, sustraían las novelitas con las que pervertir a Berta. Era una escena de vodevil, desde luego.

—No sé qué decirte, Berta, creo que me sigues engañando, porque, ¿doña Clarisa? ¿Acaso no las ha echado en falta?

Berta rio sin poderlo evitar, porque su madre, a veces, era un poco corta de razonamiento.

—Piensa, por favor: si las echase en falta, ¿crees que preguntaría a sus hijas por sus novelitas picantes?

La señora de Casalduero asintió con cierta sorpresa, como si acabase de descubrir lo necia que podía llegar a ser.

—Bueno, tú te lo has buscado: de momento, esta noche te quedas sin salir, ni a la cena, ni al espectáculo. Y mañana, ya veremos.

—Mamá…—dijo Berta, sin intención alguna de que su madre le levantase el castigo, sino por la simple curiosidad que le generaba la respuesta—, tengo veinte años, ¿no crees que ya es hora de que sepa algo de la vida?

Doña Virtudes la miró, no esperaba esa pregunta. Pero tenía una respuesta que darle:

—De esa forma tan sucia, no. Hija, el matrimonio es algo instituido por Dios, algo sagrado. Pero lo que cuentan esos libros…eso es cosa del demonio, te lo aseguro —dijo sin demasiada convicción, porque ella sabía que dentro del matrimonio se hacían ciertas cosas que…

Cuando doña Virtudes salió, Berta se quedó pensando en las últimas palabras de su madre.

En esos libros indecentes había aprendido que el matrimonio no es el coto exclusivo donde dar rienda suelta a los placeres de la carne y sintió un poco de lástima por ella, porque una mujer de su edad ya debería haber aprendido que el cuerpo no es algo pecaminoso.

¿Cómo, si no, podría haberlo creado el mismísimo Dios?

Las gemelas habían sido testigos de su humillación al ser abofeteada, mientras permanecían impertérritas ante sus inútiles intentos por defenderse de la acusación lanzada contra ella.

Además, se perdería el concierto de esa noche, uno de los más interesantes de la temporada y al que, sin duda, asistirían muchos jóvenes, entre ellos, Carlos Ribadeo.

Felisa y Melisa, pensó Berta, antes de quedarse dormida, pagarían por lo que le habían hecho.

Pero había aprendido a esperar el momento adecuado.