La casa de las aguas 1 Capítulo 18
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Capítulo 18

A lo largo del día, Isabel Beaumont tuvo momentos de recuerdo para las tres chicas, a quienes imaginaba arreglándose para el recital con los escasos medios de los que disponían, impulsadas por el hecho extraordinario de acudir a un espectáculo que para los huéspedes del hotel era algo tan habitual que no le daban ninguna importancia, y muchos de ellos acudían por costumbre, más que por verdadero interés.

En cambio, esas jóvenes se habían quedado sin dormir dos noches seguidas para cumplir su sueño.

Cada vez estaba más convencida de que quienes lo tenían todo carecían del entusiasmo de los que debían luchar por el día a día.

En cuanto Alba salió de su gabinete aquella mañana, la señora de Arístegui había bajado a recepción, donde preguntó por una costurera.

De inmediato, llamaron a la encargada de los arreglos de lencería del hotel.

Por suerte, la mujer sabía cortar además de confeccionar, por lo que Isabel le encargó el vestido, al que habría de añadir una cintura de terciopelo en malva o rosa suave, y cinta de pasamanería para rematarlo y darle un toque lujoso.

La mujer le explicó que carecían de telas para la confección de un vestido como el que deseaba, pero le planteó la posibilidad de utilizar el damasco que cortaban a medida para las cortinas del hotel.

Al no disponer de tiempo para otras opciones, así lo acordaron.

La costurera se comprometió con la señora Beaumont a entregar el encargo antes de las siete de la tarde, en el pabellón de empleados.

Después de hablar con la costurera, Isabel, más animada, decidió dar un paseo por los alrededores, respirar un poco de aire y contemplar la belleza de la naturaleza agreste que los rodeaba.

Quizás se encontrase con Gaspar y se repitiese la escena sucedida unos días atrás, cuando su esposo, a pesar de haber desayunado ya, tomó un café para acompañarla mientras ella lo hacía.

Se había alejado del hotel por el paseo central, y ahora iba por el sendero que conducía hasta las fuentes, cuando le pareció ver a su esposo.

Como siempre le sucedía, el corazón le dio un vuelco.

Estaba más animada que cuando se había levantado, y tomó la repentina determinación de ser ella quien tomase las riendas de la relación, segura de que, si ponía algo de su parte, él recapacitaría y quizás los dos amantes volviesen a encontrarse, a amarse como siempre lo habían hecho, hasta que…

«¿hasta qué, Isabel? », se preguntó la joven esposa, porque desconocía qué era lo que había sucedido para que Gaspar y ella se hubiesen distanciado hasta tal punto.

Iba hacia él, a punto ya de llamarlo por su nombre, agitando la mano en alto, cuando se detuvo bruscamente.

Al lado de Gaspar, oculta por la pared trasera del edificio que cobijaba las fuentes, una mujer hablaba con él.

Parecían conocerse, por la naturalidad de los gestos de ambos.

En un momento determinado, él le tomó la mano…

Isabel no quiso ver más, se giró y emprendió el camino de vuelta al hotel, con los ojos anegados en lágrimas.

Cada vez iba más deprisa, trastabillando con las piedras del camino, la visión impedida por el llanto creciente, su pecho intentando tomar un aire que le faltaba por momentos, hasta que no pudo más y cayó, desplomada, en el sendero flanqueado por hierba y florecillas.

Cuando abrió los ojos no era Gaspar quien le sujetaba entre sus brazos poderosos, sino un hombre moreno, fuerte, apuesto, de bellos y exóticos rasgos. A su lado, un caballero entrado en años sujetaba un vaso con agua.

—Beba un poco, señora.

—¿Qué me ha pasado? — preguntó Isabel, entre aturdida y avergonzada, pues detestaba ser el foco de la atención por desmayarse en público, como esas damas a las que despreciaba, precisamente, por esos desvanecimientos que no eran sino paripés con los que mantener al resto del mundo alrededor de su persona.

—El calor, ha debido ser el calor, señora. Las delicadas damas, ya lo sabemos, son como las flores, les afecta en exceso el calor —dijo el exótico joven.

Isabel agradeció la ayuda, pero se levantó de inmediato: detestaba ser comparada con una florecilla, no era su estilo.

—Gracias, señor, ya me encuentro perfectamente bien.

A lo lejos, una figura se apresuraba en llegar hasta ellos, y el hombre que sujetaba el vaso le dijo al joven:

—Ya viene su esposo, el señor de Ribadeo ha ido a avisarlo.

Entonces sí, Isabel distinguió la inconfundible silueta de Gaspar, su paso rápido y decidido, sus piernas fuertes y torneadas bajo el pantalón veraniego de lino, su torso varonil, el cuello largo, su cabello ligeramente ondulado, que en el balneario se despeinaba más de lo habitual, dándole un cierto aire despreocupado y natural que incrementaba su atractivo.

De pronto, Isabel recordó la escena que había contemplado antes de salir tambaleándose del edificio de las fuentes.

—¡Isabel! ¿Isabel? ¡Espera, cariño! —gritó Gaspar, caminando hacia ella, que actuó como si no lo oyese, hasta que comprendió que lo único que lograba era llamar innecesariamente la atención, justo lo que pretendía evitar. Así que se paró en seco y esperó a que él llegase.

—Gracias, señores —dijo Gaspar al pasar junto al músico Tom Porter y don Eustaquio Buenavista, los dos hombres que habían auxiliado a Isabel cuando cayó desplomada.

Al llegar junto a ella, Gaspar la tomó por los hombros y, mirándola con ojos angustiados, le preguntó:

—¿Qué te ha pasado? ¿Te encuentras bien?

Isabel no pudo sostener su mirada sin apartarla, porque la rabia, la impotencia y un terrible dolor en el corazón se lo impedían. Tan sólo respondió:

—Estoy bien, Gaspar. Sólo necesito descansar, a solas, en el gabinete.

A Gaspar le dieron ganas de soltar todo aquello que llevaba dentro y le estaba consumiendo. Hubiese querido decirle a Isabel que descansar a solas era lo único que hacía en todo el día, olvidándose de que tenía un esposo. Pero comprendió que no era el momento.

—Vamos, te llevaré.

Ella le apartó el brazo con brusquedad.

—No es necesario, conozco el camino —dijo, alejándose y dejándolo allí plantado, sin saber qué pensar ni qué decir, sólo con el temor, cada vez mayor, a que Isabel se hubiese alejado definitivamente de él.

Mientras, Tom Porter pensaba en el encuentro con la bella mujer a la que había sujetado entre los brazos.

La esposa de don Gaspar de Arístegui. En los días que llevaba en el hotel, era la primera vez que la veía, una mujer así no se le hubiese escapado.

Detectó de inmediato la fragilidad de la dama, y no le pasó desapercibida la reacción de ella cuando el esposo se acercaba.

Era experto en detectar los puntos flacos, y supo que aquella pareja estaba atravesando por un delicado momento.

No le iba a resultar difícil camelar a Isabel —así la había llamado su esposo—, porque las esposas desencantadas eran presas fáciles.

Estaban tan dolidas y contrariadas con sus matrimonios que resultaba sencillo meterlas entre sus sábanas, el despecho era tan hondo que ni las profundas convicciones religiosas de la mayoría de ellas les impedían vivir la experiencia de sentir en su cuerpo la pasión de un galán, que les haría sentirse como nunca hubiesen imaginado.

En ocasiones gozaban tanto que se enamoraban de él, debido a lo cual, en más de una ocasión, se había visto obligado a salir a toda prisa para evitar que la entregada dama lo metiese en problemas.

«Isabel, esposa de Gaspar de Arístegui, la buscaré», se dijo el músico.

Isabel se encerró en la habitación. Se había propuesto acudir al espectáculo de Tom Porter porque, además de gustarle el ragtime , estaba deseosa de saber cómo se las habían ingeniado las chicas, segura de que con su habilidad y entusiasmo el resultado sería más que aceptable.

Pero ahora, en la habitación en penumbra, sólo deseaba sumirse en un sueño que la alejase, al menos por un rato, de esa realidad sobre la que había ido perdiendo poco a poco el control.

La imagen de Gaspar, semioculto tras el edificio, tomando la mano de una misteriosa mujer, a la que no pudo ver la cara, se imponía sobre cualquier intento de olvido, y las lágrimas empapaban ya la tela de su almohada.

Definitivamente, no acudiría a ver la actuación, porque se había sumido en tal estado de pesimismo que ya no le veía ninguna posibilidad al plan de las tres entusiastas jóvenes, de las que el cantante, casi seguro, se habría olvidado ya.

No deseaba ser testigo de la humillación a la que, sin duda, someterían a las tres empleadas.

Gaspar insistió en quedarse con ella, ajeno por completo a lo que su esposa había visto mientras caminaba hacia las fuentes.

La negativa de Isabel, la brusquedad de sus modales y el repentino estado en el que se había sumido le hicieron desistir de la idea.

Abandonó la habitación, cabizbajo y triste, cada vez más convencido de que su amada esposa estaba siendo víctima de esa temida melancolía de la que los médicos hablaban, una terrible enfermedad del alma para la que no existía cura, y tan mortal como la viruela o la difteria.

Casi arrastrando los pies, desarmado e impotente, se dirigió a la terraza del hotel, donde pediría que le sirviesen un coñac, aunque sabía que sería incapaz de disfrutarlo sin ella a su lado.

Isabel tampoco acompañó a Gaspar al comedor, se quedó en la habitación con la excusa de recuperarse del dolor de cabeza que le había provocado el desvanecimiento.

—Me gustaría que te examinase el doctor Calderón —le dijo entonces Gaspar, que estaba muy preocupado por ella.

—¿Ese hombre? No dejaría que me pusiese una mano encima ni muerta.

Gaspar, sin comprender realmente el rechazo que el doctor le provocaba a su esposa, quien había visto en él miradas indudablemente obscenas, asintió cabizbajo, mientras pensaba que, si Isabel continuaba así, tendrían que regresar a Madrid para que la viese su médico de siempre.

Pasado un rato, Isabel se levantó de la cama en la que llevaba compadeciéndose de sí misma casi todo el día.

Ella era la primera en sorprenderse por su actitud, porque se tenía por una mujer fuerte y decidida, que procuraba sobreponerse a los problemas.

Pensó en su vida, tan fácil siempre, y comprendió que lo sucedido esa mañana era lo peor que le había pasado nunca.

Quizás era aquella la ocasión de demostrar la fortaleza de la que interiormente se vanagloriaba, así que, haciendo un esfuerzo por levantar el ánimo, comenzó a vestirse para ir a la actuación de Tom Porter.

Recordó al bello músico y su mirada mientras la tenía entre sus brazos, y deseó, aún más, a Gaspar.

Se arregló lo mejor que pudo y el resultado fue espectacular. Cuando entró en el comedor, en busca de su esposo, todas las miradas masculinas, contenidas y cargadas de deseo, se posaron sobre ella. De pronto, alguien le habló a su espalda.

—Isabel, es un placer verla.

Allí estaba, el joven músico, tan apuesto, vestido de gala. A lo lejos divisó a Gaspar que, sorprendentemente, estaba solo y con la cara tan mustia que desazonaba mirarle.

—Señor Porter…— dijo Isabel, sonriendo con ese encanto natural que deshacía las defensas de quien se expusiese a mirarla—. No le he dado las gracias por haberme socorrido esta mañana.

El músico intentaba seducirla con la mirada, mientras Gaspar, que ya se había percatado de su presencia, los contemplaba con cara de fastidio.

—Sería un placer poder invitarla a una copa de champán— dijo Tom Porter, tejiendo su tela de araña— pero me temo que su esposo no lo permita, si yo fuese él, tendría celos hasta del aire que roza su piel.

Isabel, que ya se había percatado de las intenciones del galán, y decidió seguirle el juego, por la simple curiosidad de ver hasta dónde era capaz de llegar un hombre arrastrado por el deseo, esgrimió una de sus sonrisas más seductoras, logrando hacer creer a Tom Porter que, a la menor ocasión, se despistarían juntos para amarse en un rincón oscuro.

El músico, cautivado, lanzó su proposición.

—Después de la actuación —dijo, acercándose tanto que Isabel podía sentir su aliento cálido en el cuello— suelo dar un paseo por los jardines, para relajarme. La espero impaciente, Isabel.

Pero la reacción de la señora de Arístegui lo dejó tan sorprendido como desarmado:

—No se equivoque, señor Porter, soy una mujer casada, y las infidelidades no van conmigo. Búsquese a otra.

Al darse la vuelta, Isabel casi se dio de cara con su esposo, que se estaba acercando a la pareja mientras intentaba contener su indignación.

—¡Gaspar!

—Veo que al final te has recuperado, querida, de lo cual me alegro. Ven, me he sentado en esa mesa de allí.

Fingiendo sonrisas, el matrimonio Arístegui se acomodó en un rincón del comedor. En cuanto se sentaron, Gaspar, sin dejar entrever su indignación al resto de asistentes, e increíblemente celoso por la escena que, desde lejos, había presenciado, no pudo contener su ironía.

—Me alegro de tu milagrosa recuperación. No podías bajar a cenar conmigo pero, si no llego a estar aquí, hubieses cenado con ese galán de pacotilla, está claro.

—No digas tonterías —dijo Isabel sin mirarlo. Cogió la copa de Gaspar y dio un trago al champán, gesto que no le gustó nada a su esposo.

—Veo que intentas provocarme, no sé qué he podido hacerte para que me trates así.

—Vamos a cenar —fueron las únicas palabras que salieron de la boca de Isabel, en el momento en que un camarero se acercaba ya para disponer su cubierto y preguntarle qué deseaba tomar.

Cenaron en silencio, incómodos al sentir sobre ellos alguna que otra mirada.

De lejos, Tom Porter no les quitaba ojo, mientras se preguntaba, desalentado, qué era lo que había fallado, porque estaba acostumbrado a que las mujeres, con independencia de su estado civil, cayesen rendidas a sus encantos.