La casa de las aguas 1 Capítulo 17
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Capítulo 17

A lo largo de su jornada laboral, llamar a la puerta del gabinete de los Arístegui era uno de los momentos más agradables del día, porque encontrarse con doña Isabel, una huésped tan considerada y amable era, además de algo inusual, garantía de un pequeño rato de agradable charla mientras limpiaba.

Sin embargo, aquella mañana la dama parecía un poco más abatida que de costumbre.

Alba comenzó a sospechar que quizás su matrimonio era una de esas uniones concertadas, tan frecuentes entre la gente de abolengo, con un esposo que no la hacía feliz.

No andaba desencaminada la camarera, pues, aunque no fuesen esos los motivos concretos, había acertado al suponer que era Gaspar de Arístegui el motivo de la tristeza de Isabel.

A pesar de los días que llevaban en el balneario, habían compartido escasos momentos juntos.

Por alguna razón que se escapaba a su entendimiento, su esposo parecía propiciar la distancia, rellenando su tiempo con encuentros en los que siempre era más importante el presunto negocio que podría surgir que su compañía.

Y, cuando decidía que debía acompañarlo, se veía obligada a aguantar con resignación a las esposas de los otros caballeros, cortadas todas por el mismo patrón, tan diferente del suyo.

—Buenos días, doña Isabel — dijo Alba, tan cansada tras otra noche en blanco que debía hacer un gran esfuerzo para mantenerse despierta. Pero la señora Beaumont, siempre tan atenta, advirtió de inmediato los estragos que la falta de sueño había causado en el delicado rostro de la joven.

—Alba, ¿te encuentras bien?

La camarera sonrió débilmente:

—Estoy bien, señora, gracias por su interés.

—No sé si creerte… pareces cansada en exceso —insistió doña Isabel, por lo que a Alba no le quedó más remedio que darle una explicación para corresponder al interés que la dama mostraba por ella.

—Es que no he dormido, señora.

Isabel Beaumont abrió mucho los ojos, asombrada:

—¿Qué no has dormido? ¿Quizás estás enferma? Y, aun así, ¿has venido a trabajar?

—No se alarme, señora. Agradezco mucho que se preocupe por mí, pero no ha sido culpa de nadie, sólo mía. Mis amigas y yo nos hemos pasado dos noches cosiendo.

—Pero, y eso, ¿por qué? —Isabel mostró extrañeza.

Alba dudó, temiendo que, si decía la verdad, doña Isabel la tomase por una insensata. Tenía una tendencia incorregible a dejarse llevar por la prudencia, a pesar de que ya había podido comprobar que la señora de Arístegui no era como las demás, en ella podía confiar.

—Es una historia extraña, señora, ¿le apetece oírla?

Nada deseaba tanto Isabel Beaumont en esos momentos como oír el relato de esa joven por la que sentía tanta simpatía, un relato que le haría olvidarse de por qué estaba allí, sintiéndose tan sola, rodeada de señoras insoportables y aguantando sin derrumbarse la frialdad de un esposo al que ella amaba como el primer día, aunque en él pareciera haberse agotado el amor.

—Claro que me apetece, Alba, siempre cuentas cosas interesantes.

—Esto, doña Isabel, más que interesante es algo extravagante, que no sabemos cómo terminará.

Y ante la curiosidad suscitada en la dama, Alba procedió relatarle con detalle lo sucedido dos días antes, mientras con un plumero quitaba el inexistente polvo a los muebles.

Cuando terminó, Isabel Beaumont la miraba sonriente. Alba concluyó, apenada:

—Lo hemos intentado, pero sólo hemos logrado confeccionar dos vestidos pasables. Una de nosotras ha de renunciar.

—Pero…¡Sois admirables! ¿Habéis sido capaces de coser dos vestidos?

—Sí, señora, son muy sencillos, por eso hemos podido hacerlo.

—¿Sabéis cortar? —dijo la dama, que no salía de su asombro.

—Por suerte, sí. Cuando hay que sobrevivir con poco y vestir a toda la familia, unas mujeres aprenden de otras, y las hijas de las madres. No queda más remedio que dar muchas puntadas, las tres hemos aprendido en nuestras casas, y hemos cosido muchas prendas.

Isabel asintió, imaginándoselas en las largas tardes de invierno, mientras el vendaval de nieve arreciaba afuera, con la aguja en la mano y la cabeza agachada sobre la tela.

Una vida tan distinta de la suya, que nunca se había visto obligada a coserse ni un botón, porque siempre tuvo quien lo hiciera por ella.

Admiraba a esas jóvenes, a quienes, a pesar de todas sus limitaciones, no se les ponía nada por delante.

—Me gustaría contribuir de alguna manera para que las tres podáis asistir. Y no se me ocurre otra cosa mejor que prestaros mis trajes —dijo, de pronto, la señora de Aristegui, sintiendo que necesitaba colaborar en esa causa tan romántica.

—No, no, señora, eso no puede ser. Es usted tan generosa…

Pero si aceptásemos, podríamos meternos en un buen lío, por mucho que usted intercediese por librarnos del castigo que, sin duda, recibiríamos.

No, sentaríamos un terrible precedente para el hotel si tres trabajadoras aparecemos en la sala de fiestas con la ropa de una de las huéspedes.

Gracias, de verdad, pero es algo impensable.

Dicho así, Isabel comprendió que quizás Alba tenía razón.

Si por ella fuese, no tenía inconveniente en saltarse las normas y provocar así a las estiradas damas que acudirían y que sin duda considerarían un acto irreverente como pocos el que hubiese prestado su propia ropa a unas trabajadoras.

Pero entendió que, si bien ella saldría indemne de la provocación, que sólo le costaría unas críticas y probablemente la reprobación de su marido siempre ausente, las empleadas podrían pagarlo con el despido.

—Tienes razón, Alba. Pero se me ocurre otra idea: puedo pedirle a la costurera del hotel que confeccione un tercer traje, sencillo como los que habéis confeccionado vosotras. Así podréis ir todas, ¿qué te parece?

—Es una bonita idea, que sería de gran ayuda, señora, pero creo que no va a dar tiempo.

—Por intentarlo no pasa nada.

Alba se encogió de hombros, antes de decir:

—Doña Isabel, a veces me siento tan incómoda…me da usted tanto, y yo puedo corresponder con tan poco…

Las palabras de Alba enternecieron a la joven señora, quien emocionada respondió:

—Salvo un par de señoras más cabales que el resto, creo que eres la única persona en todo el hotel con la que puedo hablar, con la que me siento a gusto, así que no tienes que agradecerme nada. En tal caso, soy yo quien está en deuda contigo.

Alba enrojeció, no lo podía evitar. Isabel preguntó:

—¿De qué talla sería el vestido? ¿De la tuya, por ejemplo?

La camarera asintió sin demasiado convencimiento.

—Perfecto, Alba, porque tú y yo tenemos, más o menos, las mismas medidas.

No te voy a pedir que te pruebes uno de mis trajes —Alba suspiró, aliviada— porque sé que serías incapaz, pero estoy segura de que te quedarían como un guante.

Así que llevaré uno de mis vestidos donde esa modista, y que haga lo que pueda. ¿Te parece?

A Alba le entraron ganas de echarse en sus brazos y llorar de agradecimiento, cosa que, por supuesto, no hizo.

—Gracias, doña Isabel, sabe que se lo agradezco de corazón.

—De nada, Alba. Y ahora vete: la gobernanta ya te estará echando de menos.

«..Y espero que no os quedéis las tres dormidas en el recital…», le oyó decir Alba, cuando cerraba la puerta.

Cuando las tres jóvenes terminaron su jornada aquella tarde y entraron en el edificio donde tenían su dormitorio, el portero, encargado de vigilar las entradas y salidas, así como de asegurar la moralidad de los empleados asegurándose que hombres y mujeres fuesen cada uno a su ala correspondiente, salió presuroso a su encuentro, con un paquete en las manos.

—Señorita Alba, la costurera ha dejado esto para usted, y estaba empecinada en asegurarse de que se lo entregase sin falta —resopló el hombre.

Alba sonrió, pues imaginaba la insistencia de Isabel Beaumont con la costurera, a la que habría obligado a jurar que entregaría el paquete antes de las siete.

—Gracias —dijo la joven sonriente, mientras sus amigas miraban expectantes el envoltorio, pues ya les había puesto al tanto de lo que la señora Beaumont había ideado para que las tres pudiesen acudir al recital.

—Parece que se trata de un asunto de vida o muerte —añadió el portero, deseoso de saciar su curiosidad, lo cual no logró, pues las jóvenes se retiraron sin darle explicaciones.

Entraron en la habitación que compartían, y abrieron el paquete, rasgando el papel a causa de la impaciencia.

Ante sus ojos apareció un vestido confeccionado en tela de damasco que, si bien no era seda, tenía un aire sofisticado muy cercano al lujo.

El corte era muy sencillo, con escote cuadrado y mangas abullonadas, una cinta de raso a la cintura y falda y sobrefalda, esta última rematada con una cinta de pasamanería.

A pesar de su sencillez, ninguna de ellas hubiese imaginado en su armario un vestido así.

—Es para ti, Alba.

—¡Oh, no, ni hablar! Lo echaremos a suertes.

—La señora Beaumont lo ha mandado confeccionar de tu talla —dijo Nieves— y es a ti a quien le corresponde llevarlo.

—En serio, chicas, lo echaremos a suertes, las tres tenemos más o menos las mismas medidas, por lo que será para quien la suerte decida que tenga que ser. Y no perdamos el tiempo: aún tenemos que asearnos y peinarnos.

Conocedoras de que sería imposible convencer a Alba de que llevase ella el vestido, partieron tres trocitos del papel en el que venía envuelto, donde cada una debía escribir su nombre. Los doblaron y los metieron en un sombrero.

—Alba, al menos debes ser tú quien reparta la suerte.

Esta vez Alba asintió y, cerrando los ojos con innecesaria fuerza, introdujo la mano en el sombrerito de paja para extraer en primer papel que rozaron sus dedos. Las otras dos miraban con ojos ilusionados. Alba deshizo los dobleces efectuados minutos antes y leyó el nombre en silencio.

—¿Quién ha salido? —preguntó Rocío, incapaz de aguantar la incertidumbre ni un segundo más, y Alba le tendió el trozo de papel, en el que podía leerse su nombre.

—¡Qué ilusión! —gritó, tan entusiasmada como sorprendida— Lo siento, chicas, esta noche lo llevaré yo… Me hace tanta ilusión, pero, por otro lado…

—No lo pienses más, por favor: la suerte ha decidido, y por algo será —dijo Alba, mientras Nieves, sonriente, se guardaba en el bolsillo los dos papelitos cerrados. Si los  hubiesen desplegado, sólo Rocío se hubiese sorprendido al ver su nombre escrito en ambos.

Cuando aún faltaba media hora para el comienzo del recital, del edificio que albergaba los dormitorios de los empleados salieron tres bellas damas cogidas del brazo.

Cualquiera que no las conociese hubiese pensado que eran jóvenes huéspedes, y la sencillez de sus atuendos, un reflejo de su rebeldía, incipientes sufragistas en ciernes, a medio camino entre el conservadurismo paternal y el deseo de cambio.

Sus peinados, tres moños iguales, al estilo de las chicas Gibson, remataban el aire bohemio y ligeramente transgresor, que no resultaba, ni mucho menos, ofensivo.