Capítulo 16
Por suerte, el hotel disponía de servicio de telegrafía, gracias al cual doña Amalia pudo enviarle un telegrama a su administrador.
Al cabo de una semana, la viuda de Valcerrado recibió una carta de su hombre de confianza, en la que le hablaba de Emérito Gil, el detective contratado.
Llegaría en un par de semanas en el tren de la tarde, y ese mismo día, dada la supuesta urgencia de la investigación, subiría a Valdelagua para hablar con doña Amalia.
Como aún quedaban unos días hasta la llegada del señor Gil, doña Amalia, incapaz de permanecer de brazos cruzados, decidió bajar esa misma tarde al pueblo, en busca del cura.
Fernanda, a quien la idea de montarse de nuevo en la diligencia le ponía los pelos de punta, asintió sin demasiado convencimiento.
—Sé que lo pasaste mal durante el trayecto, Fernanda, peor que yo, que ya es decir. No es necesario que me acompañes, ya soy mayorcita y no voy a perderme.
—De eso ni hablar, doña Amalia: yo me voy con usted, faltaría más.
Y como doña Amalia sabía que el desmesurado sentido del cumplimiento del deber de su asistente le impediría dejarla sola, no insistió.
Procuraron comer pronto y hacerlo de forma somera, para evitar pasar por la comprometida situación de un estómago revuelto durante el endemoniado trayecto, a pesar de que estaban seguras de que los cocheros de las diligencias estaban acostumbrados a parar de modo súbito en cualquier tramo del camino.
La frugalidad dio buenos resultados, pues a pesar del miedo, que ese no se lo quitaba nadie, sus aparatos digestivos apenas notaron la inconveniencia de esa carretera de montaña con su impertinente trazado de cerradísimas curvas.
Ahora ya sabían hacia dónde se dirigían, así que enfilaron hacia el templo románico, donde esperaban encontrar a mosén Mateo, que era como se referían a él los lugareños. Pero mosén, para sorpresa de las mujeres, había salido, según el ama de cura, a buscar setas, una de sus aficiones preferidas.
—Como le dé por caminar, pueden ustedes esperar sentadas.
—Pues así lo haremos, señora —dijo doña Amalia, tomando asiento en un banquito de piedra pegado a la casa rectoral.
Mientras esperaban, doña Amalia y Fernanda se entregaron a la calma que el magnífico entorno les proporcionaba.
Apenas hablaron, empequeñecidas por la grandeza de esas montañas, una verdadera cura de humildad.
El sol de comienzos de verano acariciaba sus rostros.
Medio adormiladas, cayeron en brazos de una somnolencia dulce y pegajosa que pretendía alejarlas del mundo.
Ya a punto de rendirse, la voz masculina y profunda del cura las sacó del trance.
—Doña Amalia, Fernanda, qué grata sorpresa — dijo el joven sacerdote, plantado frente a ellas, con una cesta pequeñita de mimbre colgada del brazo izquierdo.
—Mosén, ¿ha habido suerte? —salió a recibirlo el ama, secándose las manos en el delantal.
—La suerte, María Pía, es cosa de hombres, la providencia, cosa de Dios. Y esa Divina Providencia es la que ha llenado esta cesta para que cenemos un buen revuelto.
María Pía, sin entender del todo el adoctrinamiento de mosén Mateo, cogió la cesta y se metió adentro.
—¿Quieren dar un paseo, o prefieren probar las setas?
—Le agradecemos la invitación, Padre, pero el revuelto es el que podemos preparar nosotras si se nos ocurre comer algo antes de subir a la diligencia —replicó doña Amalia con un desparpajo inusual, a lo que el cura, después de soltar una carcajada, añadió:
— Veo que, menos la fe, todo es contagioso.
—¡Hasta el mareo, podemos jurárselo sin temor a hacerlo en vano! —añadió esta vez Fernanda, a lo que todos sonrieron de nuevo.
—Si han venido en busca de información, lamento decirles que no sé nada nuevo —les dijo el cura apesadumbrado, pues nada le gustaría tanto como encontrar alguna pista que le condujese a esa criatura abandonada hacía veintidós años ya.
—Una lástima —respondió doña Amalia y, a pesar de que lo intentó, no pudo ocultar su decepción.
—¿Ven como la fe no es contagiosa? Usted parece haberla perdido de pronto, doña Amalia. Sin embargo, yo estoy convencido de que algo importante surgirá. Ese convencimiento es la fe —añadió el cura y, bajando un poco la voz, dijo también:
—Y no tiene que ver necesariamente con Dios ni con la religión, sino con el convencimiento de que se va a lograr lo que se pretende.
Doña Amalia le miró:
—Siga usted con su fe, padre, cosa que yo le agradezco sobremanera. Queríamos decirle también que, en breve, dispondremos de ayuda en este asunto.
Como mosén las miró extrañado, doña Amalia le explicó:
—Vendrá un detective privado a investigar, su llegada está prevista para dentro de un par de semanas. Si usted no tiene inconveniente, me gustaría que colaborasen, creo que su conocimiento de la zona y de los feligreses puede ser muy útil.
—Por supuesto, doña Amalia, faltaría más, estaré encantado de ayudarle cuanto pueda.
—Gracias, padre, es usted un ángel —dijo Fernanda, pero no había terminado la frase cuando se dio cuenta de que sus palabras servirían, sin duda, para que el cura soltase una de sus bromas, como así fue:
—Fernanda, para ser un ángel me faltan los mofletes y la melena rizada, y no me veo yo de esa guisa.
Muy a su pesar, las dos mujeres acabaron riendo a carcajadas.