La casa de las aguas 1 Capítulo 15
30%

Capítulo 15

En cuanto llegó al pabellón, Rocío buscó a Nieves. Al no verla por allí, imaginó que estaría limpiando y preparando las salas de baños, así que las recorrió una a una, hasta que, finalmente, la encontró. Asomó la cabeza y vio a la bañera colocando toallas limpias en los estantes.

—Te hemos echado de menos—dijo— ¿Aún no has ido a comer?

Nieves emitió un gruñido:

—Ni creo que pueda ir —respondió, echando las toallas usadas en un carrito para la ropa sucia.

Al ver que Rocío ponía gesto de extrañeza, le explicó lo sucedido:

—El Médico Director se ha pasado por aquí y ha considerado que el nivel de higiene en las salas de baños no se corresponde con el que se exige en un establecimiento de esta categoría. Así que nos ha obligado a quedarnos limpiando hasta que lleguen los clientes de la tarde.

Rocío comprobó que, en efecto, el cloro flotaba en el ambiente, imponiéndose sobre el habitual olor mineral del agua, y se preguntó si esa orden del doctor no sería una represalia contra la encargada de los baños, doña Rafaela, al haberle cuestionado, esa misma mañana, el trato a los pobres.

—Estoy cansada y hambrienta —refunfuñó la bañera. Bajando la voz hasta casi un susurro, le dijo a su amiga:

—¡Ese doctor Calderón es insoportable! No sé cómo lo aguantas.

—Cada día me cuesta más, lo confieso —respondió Rocío, tras emitir un sonoro suspiro—. Mi trabajo me gusta tanto como me desagrada mi jefe. Por cierto, debo incorporarme en unos minutos a la jornada de la tarde, pero antes tengo que contarte algo estupendo.

Nieves la miró con curiosidad:

—Ya puede ser bueno, a ver si me alegra el día que, de momento, viene torcido.

—Pues creo que, en efecto, te lo va a alegrar. ¿Sabes que va a actuar en el hotel un músico americano muy famoso?

Nieves lo desconocía, porque los espectáculos eran exclusivos para los huéspedes. Negó con la cabeza.

—Se llama Tom Porter  —continuó la secretaria— y toca una música con un ritmo como nunca hubieras imaginado…. ¡Me he enamorado locamente de él!

—¿Enamorarte locamente, si lo has visto unos minutos, y puede que nunca vuelvas a verlo en toda tu vida? —le respondió Nieves con cierta sorna, ajena al encuentro  en el salón de fiestas.

—Podré verlo, claro que sí… ¡Y Alba y tú también! Él mismo nos ha invitado a asistir al concierto.

Nieves abrió mucho los ojos, asombrada.

—Y eso, ¿cómo ha sido?

—Ahora no tengo tiempo para contártelo, pero ya te lo explicaremos después. En cuanto salgas, nos reuniremos donde siempre, porque tenemos que pensar cómo nos arreglaremos para la ocasión.

—Pero, ¿estáis seguras de que nos dejarán entrar?

Rocío, que encandilada por el apuesto Tom Porter no se había planteado tal posibilidad, dudó unos segundos antes de decir:

—Tú vete pensando en lo que te pondrás, hay que confiar, mujer. ¡Lo pasaremos de maravilla!

La secretaria vio que era la hora en punto, y suplicó por que el médico no estuviese ya en su despacho, pues don Prudencio Calderón tenía por norma que sus secretarias llegasen cinco minutos antes, para estar plenamente operativas en cuanto el reloj diese las tres.

—Me voy, no puedo esperar ni un minuto más —dijo Rocío, antes de salir corriendo.

Nieves se quedó pensando en las palabras de su amiga.

No había estado presente en el curioso encuentro con el músico, ni había quedado obnubilada por su magnetismo, ni atrapada en su seductora sonrisa, por lo que su visión de lo relatado por Rocío era completamente realista.

Movió la cabeza de un lado a otro, negando.

Ojalá se equivocase, pero consideraba que la probabilidad de asistir a ese recital era tan ínfima como de que las tres cenasen en el comedor principal una de esas noches de verano.

A las siete de la tarde, por fin, la larguísima jornada de Nieves terminó.

Estaba cansada y hambrienta, lo cual enardecía su animadversión contra el doctor, al que consideraba un abusador y un tirano.

Caminó hacia el lago, donde Rocío y Alba ya la esperaban, agitando sus manos con energía mientras la sonreían.

Según llegó, la tomaron cada una de un brazo y comenzaron a caminar por la bonita orilla.

—¡Alegra esa cara, por favor! ¿No es maravilloso? ¡Estaremos las tres en el recital!

Nieves, que no las tenía todas consigo, quiso que le explicasen lo sucedido, por lo que Rocío y Alba, pisándose la palabra y a cuál más emocionadas, le relataron la conversación en el comedor con el resto de camareras, la curiosidad que les produjo el entusiasmo con el que estas hablaban del músico, debido a lo cual decidieron acercarse hasta la sala de fiestas, y el encuentro casual con Tom Porter.

—Es guapísimo, Nieves — dijo Rocío, dejando a un lado su habitual timidez—, no pienso más que en él, no sé lo que me ha pasado, pero ha sido algo maravilloso.

— Muy bien, chicas, ahora que estoy al corriente de todo, ya puedo dar mi opinión. Y siento desilusionaros, pero yo no me molestaría en pensar siquiera qué nos pondremos —sentenció Nieves.

Las otras dos, cuyo entusiasmo les impedía considerar cualquier negativa, por muy razonable que esta fuese, la miraron como si hubiese perdido la cabeza.

—Pero Nieves, no seas aguafiestas, ¿cómo vamos a dejar pasar esta oportunidad?  —dijo Rocío, que no podía sacarse del pensamiento al apuesto músico , mirándola con esa sonrisa tan especial.

—Rocío, no sé si te das cuenta de que   pretender que entremos en la sala de fiestas a disfrutar de un espectáculo es arriesgarnos a que nos saquen de allí de malas maneras, por no hablar de las consecuencias que puede tener en nuestros empleos.

Alba y Rocío, decepcionadas, miraron a Nieves sin comprender por qué no estaba tan emocionada como ellas. La bañera intentó explicar sus bien argumentados temores:

— El músico ha dicho que estamos las tres invitadas, pero, ¿no os habéis parado a pensar que esa invitación puede que sólo sea papel mojado?

¡Sed realistas, chicas! Lo más probable es que, cuando llegue el momento de la actuación, ya se le hayan olvidado las caras de esas trabajadoras del hotel que fueron a curiosear, o sea, las vuestras.

Rocío, que había caído rendida a los encantos del músico, fulminada de amor por ese hombre que la había trastornado, no iba a contemplar tal posibilidad. Ni la más mínima duda quebrantaría su determinación de volver a ver a Tom Porter.

—Nieves, querida, Alba es testigo de cómo me miraba, se ha enamorado, al igual que yo de él. Así que no me vas a convencer, sé que me está esperando.

—Rocío, estás muy ilusionada, creo que más de la cuenta, porque si te oyeses… no es mi intención aguarte la fiesta, créeme, lo único que pretendo es evitar que hagamos el ridículo, tú la primera.

A pesar de las palabras de Nieves, Rocío no se enfadó con ella, pues al no haber estado presente en el mágico encuentro, era comprensible que no entendiese la magnitud de sus sentimientos. Intentó argumentar con ella.

—¿Por qué haremos el ridículo? ¿Porque no iremos vestidas con trajes de noche? Tom Porter sabe que somos empleadas, así que imaginará que no vamos a lucir joyas, ni tocados exóticos ni sedas.

Comprendiendo que estaban tan ilusionadas que no habría forma de convencerlas de la locura que, quizás, iban a cometer, Nieves se rindió.

—Bueno, vosotras ganáis, así que vamos a pensar en cómo arreglarnos para, al menos, pasar desapercibidas.

Alba y Rocío se abrazaron a ella, demostrándole así lo felices que les hacía que las tres participasen de una experiencia que prometía ser lo mejor que les sucedería en toda la temporada, quizás la única posibilidad de vivir algo así.

—¿Alguna habéis leído el cuento de La Cenicienta ? —dijo Rocío, y sus amigas se limitaron a mirarla— ¡Que nos sirva de inspiración!

—Tenemos dos noches para cortar, coser, y esperar un milagro. ¡No podemos perder ni un segundo!

—Pero, ¿qué vamos a coser? ¿De dónde sacaremos las telas? —preguntó Nieves escéptica, con la esperanza de que las otras dos comprendiesen que era una locura. Pero la respuesta de Rocío

la sorprendió:

—Vamos a intentar conseguirlas. Seguidme.

Las tres se dirigieron a paso rápido hacia un pabellón cercano a la llamada casa de máquinas, que albergaba la lavandería, la sala de planchado y la de confección. Cuando entraron, les recibieron, antes que la encargada, el calor sofocante y el olor a ropa limpia.

—¡Lourdes! —avanzó Rocío hacia ella.

La encargada de la lavandería era una mujer enjuta, de ojos profundos y mirada huidiza.

—¿Qué te trae por aquí, Rocío?

—Queríamos pedirte un favor.

La encargada la miró con curiosidad:

—Tú dirás…

—Necesitamos tres manteles viejos.

—Sabes que tengo cuatro hijos que alimentar y una madre enferma. Tu petición compromete mi puesto de trabajo, lo siento, chica, sabes que te aprecio, pero no puedo hacerlo.

—Quedará entre nosotras, por favor —le suplicó Alba—. Se desechan muchos manteles, al igual que sábanas, nos lo ha dicho la gobernanta.

—Toda la lencería que se deshecha por inservible se vende a un trapero, que paga por ella.

—Y nosotras, ¿no podemos pagártela? Mucho no valdrá, cuando un trapero puede hacerlo.

—Mira, niña —respondió Lourdes— , el problema no es lo que valga la tela, es que no estoy autorizada para venderos a vosotras esos manteles. Si me pillan, me echan, así de claro.

—Oye, ¿y si te pago con un favor? Tu madre está enferma, ¿no? Pues le vendrían muy bien unos baños toda esta temporada —insistió Rocío.

—Tú sabes mejor que nadie que los pobres también tienen derecho a las aguas —contestó la encargada.

—Si, pero desconoces que el Médico Director no soporta a los pobres, considera que ensucian la imagen del balneario con su miseria y, a pesar de estar obligado por ley a tratar a la gente sin recursos, él se cree con derecho a hacer lo que le viene en gana, que para eso tiene la sartén por el mango.

Pero si accedes a hacernos este pequeño favor, yo podría falsificar una papeleta para los baños, y Nieves sería la encargada de atenderla, por lo que nadie se enteraría.

Lourdes recordó el sufrimiento que le provocaba a su madre el reumatismo que padecía. Sabía que, con el tratamiento adecuado, los baños con esas aguas, casi milagrosas, podían hacer que se curase o, al menos, que los dolores fuesen mucho más llevaderos.

—¿Cuántos necesitáis? —dijo al fin.

Las tres chicas se miraron, entusiasmadas, y fue Alba quien respondió:

—Dos, si son de los grandes.

Lourdes asintió con la cabeza.

—Veré lo que puedo hacer. Si hay muchos no se notará, pero estamos a principios de temporada, no ha dado tiempo a que salgan sábanas o manteles en mal estado.

Lourdes salió por una puerta batiente que comunicaba con un largo pasillo, y las tres jóvenes se prepararon para aceptar la negativa, pues, en efecto, no había dado tiempo a que se desechasen piezas de lencería. Mientras la esperaban, Nieves y Alba tuvieron unas palabras con Rocío.

—Rocío, te has pasado. Lo de falsificar una papeleta es una locura.

—Y , además, me has incriminado a mí —dijo Nieves.

Rocío estaba tan embelesada por el músico que no pensaba con claridad, dispuesta a hacer lo que fuese.

—Nadie se dará cuenta, ¡no os pongáis tan dramáticas!

—¿Qué nadie se dará cuenta, dices? ¿Crees, en serio, que la madre de Lourdes puede pasar por clienta del hotel?

Alba y Nieves miraban fijamente a Rocío.

—¿Por qué no?

Nieves elevó los ojos al cielo y sonrió, sarcástica:

—Rocío, no sé qué te ha hecho ese hombre, pero no razonas. Yo sólo te digo que no quiero verme envuelta en esto, ¿vale? A ver cómo lo solucionas con esta mujer, pero lo de falsificar la papeleta, desde luego que no.

Callaron, porque Lourdes ya se acercaba. Rocío decidió que ya pensaría cómo salir del atolladero, pero ahora era primordial conseguir la tela.

—Venid conmigo, habéis tenido suerte —les dijo Lourdes— , parece que no dio tiempo a retirar las prendas de la temporada pasada antes de que las nieves anegasen el camino. Hay un buen montón, así que no se notará.

Rocío estuvo a punto de saltar de entusiasmo, aunque si hubiera sabido las consecuencias que tendría para ella, a buen seguro hubiese dejado intacto el lote para el trapero.

—Y os voy a dar información valiosa, que no debéis compartir con nadie, confío en vosotras, sé que no me la vais a jugar.

Las tres asintieron.

—Una de las costureras tiene un pequeño negocio, consistente en vender botones, pasamanería, cintas, encajes y demás adornos, que descose de la ropa que dejan las clientas, por inservible o, sencillamente, porque la olvidan aquí y, si regresan, de una temporada a otra ya no la reclaman.

—Oye, Lourdes, ¿y no podría vendernos alguna de esas prendas, que ya las arreglaríamos nosotras?

La encargada la miró como si hubiese dicho algo terrible.

—¡Eso nunca! Nadie reconocería unos botones o un trozo de encaje, pero una prenda entera, sí. Os recuerdo que hay clientas que regresan una temporada tras otra.

Las jóvenes asintieron, decepcionadas.

—¿Podrías llevarnos con la costurera?

Así fue como consiguieron un trozo de cinta de terciopelo, botones y tiras de pasamanería a un precio estupendo, mientras la imaginación desbordada de Alba iba dibujando en su mente la maravillosa prenda que saldría de sus manos.

Pasaron la noche en vela, cortando y cosiendo.

Ya de madrugada, tenían las espaldas doloridas y los ojos llorosos de tanto esfuerzo.

Era evidente que no les daría tiempo a confeccionar los tres vestidos, aún les quedaba otra noche en vela, pero tendrían suerte si lograban terminar dos de ellos.

Eso significaba que alguna no podría acudir al recital.

Cuando el sol comenzó a asomar por poniente, agotadas y muertas de sueño, se rindieron ante la certeza de que pretendían un imposible.

Nieves se anticipó, proponiendo una solución.

—No os preocupéis, yo no he visto a ese músico, por lo que me falta el entusiasmo que os sobra a vosotras dos —dijo mientras se ponía en pie, con los ojos enrojecidos y las articulaciones entumecidas—. Yo no asistiré, no me importa no hacerlo.

—De eso nada, Nieves: tú te vendrás con nosotras. —dijo Rocío—. Esta noche continuaremos, ya veréis cómo se produce el milagro.

—Que no, que para mí no es tan importante. Acudid vosotras, me conformo con que me lo contéis.

—Es inútil, Nieves, no insistas, no te dejaremos fuera. Rocío tiene razón, debemos continuar. Se me ocurre que, en lugar de ir a comer, podemos echarnos a dormir, así nos recuperaremos un poco para seguir cosiendo esta noche.

—De acuerdo —aceptó al fin Nieves, sin demasiada convicción—. En el descanso del almuerzo nos echaremos a dormir, y continuaremos con la locura toda la noche.

Nieves y Rocío caminaron juntas hacia el pabellón, pero Alba se desvió para entrar en la zona de servicio del hotel, donde la gobernanta ya esperaba a su legión de camareras para planificar el día sin dejar nada a la improvisación.