La casa de las aguas 1 Capítulo 14 #2
29%

Capítulo 14 #2

Berta sonrió sin pretenderlo, y en su rostro se dibujó una mueca perversa.

Doña Virtudes, incapaz de detener el afán de morbo de las damas allí presentes, se entregó a la aceptación de que su hija era una bocazas desconocedora del poder devastador de esas lenguas viperinas que, al igual que exagerarían el comportamiento de la bañera, exagerarían también lo referente a ella.

—Quiso secarme ahí —dijo entonces Berta bajando la vista, y todas las mujeres comprendieron de inmediato. Alguna se santiguó, pero las más agudizaron el oído, deseosas de que la chica concretase un poco más, como así fue.

—Comenzó a secarme con un frenesí, con una locura…

—respondió la muchacha, haciendo uso del lenguaje utilizado por los ardientes protagonistas de las novelitas eróticas de la señora de Salvatierra.

Las palabras de la joven cumplieron su objetivo, pues excitaron de inmediato la imaginación de las damas, dando forma a la idea que Berta quería inocular en sus cerebros, tan fácilmente manejables. Aturdidas, se fingieron escandalizadas.

—¡Oh! Pero, ¿cómo es posible, en un sitio como este?

—¡Hasta los reyes acudieron la temporada pasada!

Doña Virtudes boqueaba como un pez fuera del agua, pues aún no se había recuperado del shock, no por lo que le hubiesen hecho o dejado de hacer a su hija, sino por lo incómodo que le resultó que su Bertita estuviese ya tan abierta al oscuro mundo de la sexualidad.

—Bueno, señoras —intentó poner un poco de sensatez la señora de Méndez—, a veces las interpretaciones son sólo eso. Berta, ¿le pediste tú que te secara? Porque, de lo contrario, no sé cómo no saliste corriendo y gritando, al ver que esa mujer se comportaba contigo de esa forma tan extraña.

—Señora, comprenda que yo me asusté mucho.

—¡Berta! —intervino la madre, fuera de sí— ¿Acaso no estás mayorcita para secarte sola?

—¡Pobre criatura, no le riña usted, que bastante ha tenido! —intervino doña Anita—. Quizás a su hija le pase como a doña Francisquita que, por el reuma de sus articulaciones, no se llega a la espalda.

—Doña Anita, que no veo que la joven, aquí presente, esté impedida como para no llegar a secarse lo innombrable —añadió  la señora de Méndez, provocando la carcajada de todas, excepto la de doña Virtudes, por supuesto.

Berta comprendió que la maniobra se podía volver en su contra, así que insistió en lo que la interesaba.

—No se dejen secar por ella, yo ya las he advertido, señoras. Esa Nieves es un peligro.

Doña Virtudes, que ya no podía más, decidió dar por terminado el encuentro media hora pasadas las Five o´clock :

—Señoras, yo me retiro, se me ha puesto un terrible dolor de cabeza, por la impresión.

Berta se levantó también, ya había sembrado la semilla de la desconfianza, así que nada la retenía entre esas cotorras viejas. Se alejaron, la joven del brazo de la madre, que estaba deseando pillar a esa atolondrada a solas.

En cuanto se fueron, doña Anita de Ansótegui fue la primera en inclinar la cabeza hacia el centro de la mesa, y todas la imitaron.

—Tan grandullona, dejándose secar…siempre he dicho que a esta Bertita Casalduero le falta un chaparrón.

Soltaron una carcajada a coro. El té había estado de lo más entretenido, y ya tenían historia que contar en cuanto saliesen del restaurant.

Ya en su gabinete, doña Virtudes la emprendió con su hija.

—¡No sé dónde tienes la cabeza! Pero, ¿cómo se te ocurre contar semejante locura, delante de esas señoras? Has perdido la razón por completo.

—No sé qué tiene de malo decir la verdad, madre.

—A veces dudo que tengas algo de sesera, Berta. Las conozco muy bien, en cuanto te descuides, te despellejarán a ti , además de a la bañera.

—Pues, si no me equivoco, eres asidua a esas reuniones, donde, imagino, te dedicarás a lo mismo que ellas, es decir, a los comentarios picantes y a despellejar a las que están ausentes.

—¡Berta! —chilló doña Virtudes— ¡Ya he tenido bastante! Desconozco dónde has aprendido esos modales.

—Madre, mejor preocúpate por hacer correr el rumor acerca de esa tal Nieves, pues si me he puesto en evidencia, tal y como dices, al menos que sirva para algo.

Berta Casalduero se retiró a su cuarto justo cuando don Agustín regresaba del salón de caballeros, donde cada día tomaba el equivalente al té de las señoras, pero con café, copa y puro, y rodeado de señores que sólo hablaban de política y de mujeres, que no de esposas.

—Virtudes, ¿qué ha pasado? Me ha parecido que alzabas la voz.

—No te apures, esposo, cosas de chiquillas, esta hija nuestra, que está en la edad de la rebeldía.

El padre, menos consentidor y más realista, se mofó del comentario:

—Pues tiene veinte años, esposa, yo creo que ya va siendo hora de que deje de lado las niñerías.

Doña Virtudes calló, no deseaba que llegase oídos de su esposo lo sucedido en el salón de té, porque ello acarrearía, sin duda, una discusión del matrimonio. Los hombres, pensó, lo veían todo con una simpleza descomunal, como si educar hijos fuese tan fácil como criar gallinas.

Mientras tanto, Berta, tumbada en su cama, disfrutaba de lo que ya consideraba una victoria.

Se había atrevido a hacerlo, había divulgado un falso testimonio acerca de Nieves Sagunto que, con mucha probabilidad, la alejaría del balneario y de Carlos Ribadeo para siempre.

Aún no podía creer que hubiese resultado tan fácil, y estaba deseosa de ver los resultados de su perverso plan para vanagloriarse de ello ante las gemelas Salvatierra.