Capítulo 14
Esa misma tarde, mientras Tom Porter ensayaba para el recital y Rocío comenzaba a perder la cabeza por el famoso pianista de ragtime , Berta Casalduero sorprendió a doña Virtudes con su intención de acompañarla al té de las cinco.
Five o´clock : así, haciendo gala de su carácter cosmopolita, anunciaba el restaurant del Gran Hotel la hora del té, donde acudían, casi en exclusiva, señoras.
Allí bebían de todo menos té, comían deliciosos pastelillos elaborados cada tarde para la ocasión y se tomaban un chocolate espeso y oloroso, con el que acompañaban las distendidas conversaciones antes de volver a tomar las aguas de la tarde y darse un paseo por el bulevar arbolado o, las más jóvenes, acudir a las pistas de tennis para complementar la saludable estancia con un siempre beneficioso ejercicio.
—Buenas tardes, queridas —saludó doña Virtudes a las mujeres de la mesa —, hoy nos acompaña mi hija Berta, así que moderemos los comentarios, por favor, cuando se refieran a temas inadecuados para una jovencita inocente y casadera.
«¡Si tu supieras lo que yo sé, madre…! », pensó Berta Casalduero, interiormente regocijada con su secreto, pero poniendo cara de lo que debía parecer, una jovencita inocente y casadera .
—Pues no se apure usted, doña Virtudes, porque el comentario más interesante de cuantos tengo es apto para cualquier oído —comenzó doña Francisquita Latour.
Todas aguzaron el oído, desatendiendo la llegada del camarero, al que hicieron esperar pacientemente hasta que la dama soltó el bombazo:
—Anoche, la esposa de don Gaspar de Arístegui llamó algo terrible a la esposa de don Francisco del Álamo.
Doña Virtudes se volvió al paciente camarero, a quien pidió un agua mineral y un chocolate con buñuelitos. En cuanto el empleado se retiró, ambas, madre e hija, se inclinaron un poco sobre la mesa, para que doña Francisquita pudiese terminar su relato sin elevar en exceso el volumen de la voz.
—Pues, ¿qué le llamó? —preguntó, muerta de curiosidad, la señora de Agustín Casalduero.
—¡Uf! No puede usted ni imaginarlo… Máquina de hacer niños , eso fue lo que la llamó — susurró la mujer, asintiendo, satisfecha, ante la expectación que había logrado.
Doña Virtudes, no obstante, se puso muy colorada.
—¡Bertita, hija! Quizás debieras taparte los oídos, no sé si esta será una conversación adecuada para ti.
Berta dibujó apenas unas sonrisa sarcástica, pero una de las damas salió en su auxilio.
—¡Deje usted a la niña, doña Virtudes! —replicó la señora de Méndez, en plan reprimenda suave—.
Si me permite el consejo, no creo que le haga mal ir comprendiendo las cosas de la vida, ¿qué tiene ya, veinte añitos?
¡Mujer, que es casadera! A Dios gracias, esta generación viene más espabilada, porque lo que éramos nosotras, no sabíamos ni donde teníamos la mano derecha…
¡Como para saber dónde teníamos otras cosas!
Todas rieron el pícaro comentario, especialmente celebrado por Berta quien, ahora sí, era capaz de desentrañar el lenguaje críptico de esas señoras casadas, sólo apto para iniciadas en el matrimonio y sus misterios.
Sin embargo, se hizo la tonta, porque le convenía que todas aquellas damas creyesen a pies juntillas en su candor e inocencia de veinteañera con la virtud intacta.
Doña Francisquita, que le tenía mucha manía a Isabel Beaumont, volvió a la carga.
—Doña Caridad estaba disgustadísima, la pobre.
Por suerte, don Gaspar, que tiene bastante más cabeza y decoro que ella, se la llevó, con la excusa de que estaban cansadísimos —la mujer abrió las manos y elevó los ojos al cielo, ridiculizando la excusa del señor Arístegui—.
Pero todas sabemos que lo hizo para que no metiese más la pata.
Yo, de él, le hubiese dado unos buenos cachetes al llegar a la habitación.
—Por cierto, dicen que hacen vida separada. A él se le ve paseando a primera hora de la mañana y desayunando solo. También en los baños se le ve solo. Digo yo que para qué habrá venido esa esposa.
—Para tenerlo contento, querida— un coro de risillas agudas, apenas contenido, llamó la atención de otra de las mesas, donde se sentaban mujeres más jóvenes que, sin duda, se dedicaban a asuntos similares.
—Pues no creo que sea buena idea que vaya sola a tomar el baño— dijo de pronto Berta Casalduero, al comprender que era la ocasión perfecta para llevar a cabo su propósito.
—¿Por qué dices eso, querida? —le preguntó doña Virtudes a su hija.
La joven se hizo la remolona, rehuyendo las miradas, como si se sintiese muy incómoda por su inesperada intervención.
—Bueno, madre, es un asunto que quizás les resulte incómodo a las señoras, ya te lo diré luego.
Pero aquellas damas no se iban a conformar con un silencio por respuesta, y Berta lo sabía. Doña Anita de Ansótegui y Valdés se apresuró a animar a la chica, no fuese que la blandengue de ella les dejase con las ganas de un chisme que prometía ser interesante.
—No te preocupes por nosotras, jovencita, que ya tenemos una edad y hemos visto lo que teníamos que ver. Cuenta, tú cuenta.
Pero doña Virtudes, guardiana del decoro de su hija, se opuso:
—No insista, doña Anita, que si la joven pretende salvaguardar la sensibilidad de ustedes, sus razones tendrá.
—Ande, ande, que ya estamos curadas de espanto —insistió doña Francisquita, deseosa, como el resto, de que la joven Casalduero comenzase a hablar.
Berta, muy interesada en soltar el bombazo, decidió que la curiosidad suscitada en las damas le garantizaba toda la atención de la mesa, por lo que había llegado el momento de hablar.
—Una de las bañeras, señoras…guárdense de ella— soltó la joven, fingiendo un recato exagerado, ayudada por gestos y posturas que evidenciaban su disgusto.
Las cabezas, acercándose a la mesa, cerraron el círculo al unísono.
—Pues, ¿qué pasa, niña?
—Me da mucha vergüenza contarlo, yo no sé si debería.
«Claro que deberías, mojigata», pensaron todas, ansiosas por escuchar el relato de la joven, sin duda truculento e indecoroso, como debía ser un buen chismorreo.
Sólo la madre, temerosa de que su casta hija hubiese visto u oído algo que pudiese corromper su inocencia, comenzó a sudar, a punto del síncope.
Para evitar el fatal desmayo, doña Francisquita le tendió a la dama su abanico abierto, sin prestarle más atención.
Ahora era la hija quien llevaba la voz cantante.
—Habla, jovencita, te repito que somos mujeres curtidas en todo lo referente a la vida, así que no temas.
Berta no se hizo de rogar ni un segundo más, sabiendo que había logrado captar la atención de todas. Soltaría la infamia sobre Nieves Sagunto, deseosa de perjudicarla gravemente por haber tenido la indecencia de coquetear con Carlos Ribadeo.
—Esa bañera es un peligro para todas nosotras, señoras. Padece de furor uterino y, cuando le ataca, las mujeres son objeto de su afán por saciarlo.
Doña Virtudes no salía de su asombro. Se abanicaba muy deprisa, desconcertada y escandalizada también ante el sorpresivo hecho de que su inocente niña supiese siquiera lo que era un furor uterino.
El resto de damas, atrapadas por el suculento relato de la hija, no le prestaron la más mínima atención.
—Y entonces, ¿qué dices que hace esa bañera? —insistió doña Francisquita, que ya tenía más que olvidada a Isabel Beaumont, porque esto era mucho más interesante.
—Toca a las mujeres —las comensales dieron un pequeño respingo, porque hacía tiempo que nadie contaba algo tan retorcido —. Yo, sin ir más lejos, fui víctima de sus manejos.
Ahora sí, doña Virtudes sufrió un vahído que obligó al resto, por decoro social más que por verdadero interés, a fingir que les preocupaba esa pobre madre, afectada al conocer que su hija había sido objeto de tal perversión.
Una la sujetaba, mientras otra la abanicaba y una tercera ponía en sus labios un vaso con agua, por ver si se espabilaba de una vez y podían continuar.
—¡Ay mi niña! —fueron las primeras palabras de doña Virtudes al recobrar el conocimiento, que no la compostura— ¡Qué va a ser de ti ahora!
—Bueno, bueno, doña Virtudes, tranquilícese, mujer, que un tocamiento tampoco es para rasgarse las vestiduras.
—¡Qué dice usted, doña Anita! ¡Me han corrompido a la niña! —sollozó doña Virtudes, desconsolada.
La joven, al considerar que la histeria de su progenitora podría dar al traste con su plan, trató de arreglarlo.
—Estoy en perfecto estado, madre, continúo siendo la mujer casta y pura que trajiste al mundo. Pero he querido advertirles de las malas intenciones de esa mujer, señoras, cualquiera de ustedes puede ser víctima de sus depravadas intenciones.
—Pero hija, ¿y tu inocencia? ¡La has perdido para siempre! — insistió la señora de Casalduero, a pesar de que el resto de damas parecían ya cansadas de la cantinela. Fue doña Francisquita Latour quien cortó por lo sano.
—Doña Virtudes, no creo que usted, a la edad de su hija, estuviese en Babia…No exagere, que lo único que pude traerle ese celo excesivo es un síncope provocado por el disgusto.
La señora de Casalduero, que no tenía un pelo de tonta, comprendió que el resto de damas comenzaban a cansarse de sus remilgos, por lo que consideró más prudente moderar su actitud.
Ya hablaría con Berta en privado, y le caería una buena reprimenda por haber sido tan poco espabilada y hablar, delante de esas cotillas, de temas tan delicados.
—Pero, Berta, por el bien de todas, has de decirnos de quien se trata…—continuó doña Anita.
El momento de desvelar la identidad de esa bañera supuestamente afectada por un incontrolable apetito sexual había llegado, por fin.
—Creo que se llama Nieves.
—¿Una muy guapa, con pecas en el rostro? —preguntó doña Anita.
Berta frunció el ceño antes de responder.
—Esa misma.
—Pero dinos, hija —insistió la señora, ávida de detalles—, ¿de qué debemos cuidarnos? O sea, ¿qué te hizo?