La casa de las aguas 1 Capítulo 13
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Capítulo 13

El comedor de segunda estaba tan abarrotado como de costumbre.

Rocío vio un sitio libre y se acercó hasta allí, mientras buscaba con la mirada a Nieves y Alba, sin localizarlas.

Decepcionada, tomó asiento, saludando con timidez a las camareras de habitación que, en un grupito, reían y hablaban, alborotando en exceso.

La secretaria del doctor se inclinó para ver el contenido de la cazuela, y al comprobar, con evidente disgusto, que el rancho consistía en legumbres con verduras, se sirvió un cazo pequeño, pues el menú no despertaba su apetito.

Mientras comía, se centró en la conversación del resto de comensales sin sentirse culpable por ello, puesto que las voces que daban dejaban claro que no les importaba ser oídas.

—¡…El huésped más fascinante de toda la temporada! —impuso su voz sobre el resto una chica menuda y morena, que obligaba a todas a que le llamasen Dulia en lugar de Obdulia, que era su nombre completo.

En ese momento, Rocío vio a Alba en el umbral de la puerta, dubitativa, sin duda buscándolas.

Al igual que ella, Alba era de carácter tímido, y sus intereses, tan alejados de los del resto de camareras, no ayudaban a que se integrase en el grupo.

Cuando la pillaban a solas, Alba era diana de sus burlas, por lo que siempre que coincidían en el comedor prefería sentarse con sus amigas y compañeras de habitación.

Esbozó una sonrisa cuando vio la mano de Rocío agitándose, y se apresuró a sentarse con ella.

—¡Alba! —llamó su atención la chica llamada Dulia, ajena a la presencia de Rocío — Seguro que no te has enterado, a pesar de saberte de memoria los nombres y número de habitación de cada cliente del hotel.

—¿De qué debo enterarme? —preguntó Alba sorprendida, provocando de inmediato un coro de risas a su alrededor.

Obdulia, que parecía liderar el grupito, aseveró, irónica:

—¿Lo veis? ¡No se ha enterado! Alba, despierta, mujer.

Rocío se sintió incómoda asistiendo en silencio a esas burlas, así que salió en defensa de la joven.

—No creo que tenga tanta gracia, Alba está centrada en su trabajo y en cosas más importantes que los chismes. Si nos decís a qué os referís, estaremos tan informadas como parecéis estarlo vosotras.

Alba sonrió ante la demostración de arrojo de Rocío, a quien el resto de camareras miraron con antipatía, pero sin entrar en polémicas, pues le mostraban un cierto respeto al considerar que su trabajo como secretaria la situaba en un escalafón superior.

— Hablábamos del huésped más esperado, que ha llegado esta mañana —dijo Mónica, otra de las camareras.

—¿Qué tiene de especial ese joven caballero? —inquirió Alba, fingiendo un interés que no sentía.

Todas respondieron atropelladamente, y fue Dulia quien impuso el orden antes de responder.

—Es un músico americano, guapísimo. ¿No lo has visto en el anuncio de su actuación? ¡Ojalá pudiésemos entrar para verlo tocar!

—Sigue soñando, mujer —le dijo Mónica, cargada de acritud.

—Entonces debe ser Tom Porter, de la trescientos cinco.

—¿Veis lo que os decía? —dijo Dulia, mirando de una en una al resto— ¡Se sabe el nombre y donde se aloja, pero no tiene ni idea de quien es!

—Ese es nuestro trabajo, estar al tanto, ¿o no? Si doña Irene me hubiese adjudicado su gabinete, entonces sí, merecería atención por mi parte y conocería todos los detalles para poder atenderlo como se merece.

—¡Yo sí que lo atendería como se merece! —dijo Mónica con ojos picarones, lo que provocó la hilaridad del resto.

—Y, ¿qué géneros interpreta ese guapo pianista? — preguntó de nuevo Alba, ahora un poco más interesada.

Dulia la miró como si no comprendiese la pregunta, por lo que Alba se vio obligada a reformularla:

—Quiero decir que cual es el tipo de música que toca.

Esta vez fue Mónica quien respondió, mirándola con descaro:

—¡Pues piano! Toca música al piano, ya te lo hemos dicho.

Alba se armó de paciencia, comprendiendo que las camareras, carentes de ambiciones culturales, desconocían el concepto de género musical. Intentó explicárselo, aún a riesgo de seguir alimentando su fama de sabelotodo, con la consiguiente impopularidad que ello le acarreaba.

—El piano es un instrumento, como ya sabéis, con el cual se pueden tocar diferentes estilos de música. Lo mismo se puede interpretar un vals que una pieza de zarzuela, una ópera o un minueto.

Las camareras se miraron unas a otras, y rieron a coro.

—¡Vaya con la señorita sabihonda! Pues a pesar de tanta sabiduría aquí estás, como el resto, sirviendo a gente rica que te tratan como a un trapo — atacó Mónica—.

No sé de qué te va a servir tanta palabrería.

Con esa cara y ese cuerpo —dijo, sin pretender hacer de ello un halago— yo me dedicaría a buscar esposo.

—Alba tiene otros intereses, Mónica —respondió Rocío de nuevo—. Hay mujeres que no pretenden que su mundo se reduzca a encontrar un marido que trabaje para ellas.

—Déjalo, Rocío, no te esfuerces —se envalentonó Alba—. Cada loco con su tema.

—¿No nos acaba de llamar locas la sabelotodo? —intervino Mónica otra vez, pero, por suerte, fue Dulia quien aclaró su malentendido.

—No, mujer, es sólo un refrán, y quiere decir que cada uno va a lo suyo. Igual tienen razón estas dos y hay que cultivarse un poco.

Por la razón que fuese, Nieves no había acudido a comer, y como Alba y Rocío habían terminado ya, en lugar de esperarla en el comedor, una mirada les bastó para ponerse en pie, llevar sus platos al lavadero y salir de allí, dejando al resto de camareras enfrascadas en sus habituales comadreos.

—¿Qué pasará con Nieves? ¿Sabes salgo?

Rocío negó con la cabeza.

—Pero ya es tarde, no creo que venga.

—¿Y si nos acercamos a ver el cartel? —propuso Alba.

—Vayamos —asintió Rocío, espoleada por la curiosidad.

Salieron del comedor por la escalera de servicio y dieron toda la vuelta por el exterior, hasta la entrada trasera.

Desde allí, atravesaron un pasillo solitario, donde al final del mismo había una puerta que comunicaba con un amplio corredor, en el cual estaba la gran puerta del salón.

A un lado de la misma, un elegante caballete exhibía, para información de los huéspedes, un cartel con las próximas actuaciones.

Ya se aproximaban, cuando comenzaron a oír el piano y, como llevadas por un encantamiento, se fueron acercando, atrapadas por la magia del sonido.

A Rocío le sorprendió que pudiese existir una música como esa, y que hubiese un pianista capaz de arrancarle al instrumento ese prodigio de ritmo, una melodía que se le pegaba a uno de tal manera, que incitaba de una forma casi diabólica a mover el cuerpo al ritmo de la misma.

Conscientes de donde se encontraban, ojearon a toda prisa el cartel, pues si las encontraban por allí tendrían que dar incómodas explicaciones.

Entonces la música se detuvo y, antes de que se hubiesen movido del sitio, la puerta lateral de la sala se abrió.

De ella salió un hombre moreno, de tez dorada e impecable porte, que se dirigía hacia ellas con gesto serio.

No fueron conscientes de su cara de pánico al verse sorprendidas, ni de la indecisión en sus movimientos, al no saber hacia dónde tirar, pero su actitud despertó la curiosidad del músico, que relajó el gesto para iluminar su rostro perfecto con una sonrisa de dientes blanquísimos.

—¿Se han perdido, señoritas?

Ellas se miraron, pasmadas ante la inesperada circunstancia de que el músico americano hablase su lengua.

—No, señor, sólo veníamos a informarnos de la actuación —dijo Alba.

—…Pero la música nos ha dejado fascinadas —continuó Rocío, sin poder reprimir su emoción.

El hombre la miró con una insistencia que logró que la joven secretaria bajase la vista, sonrojada.

—Estoy encantado de tener tan bellas admiradoras. Espero verlas en la actuación, tocaré con ilusión renovada al saber que estarán ustedes entre el público — dijo, acariciando con su mirada los ojos claros de Rocío.

Fue Alba quien se atrevió a aclararle al músico que aquello no era posible.

—Señor, agradecemos sus palabras, pero no estaremos, somos empleadas del hotel y no tenemos acceso a las actuaciones.

Tom Porter no pudo esconder su desconcierto, pero no estaba dispuesto a perder de vista, así como así, a la belleza rubia que lo miraba como si no hubiese visto un hombre en su vida.

—Salvo si son ustedes mis invitadas, que lo son, desde ahora mismo. Antes de que comience la actuación, pasen por aquí. ¿Tengo su palabra de que asistirán?

Las jóvenes dudaron unos segundos, pero si acudían como invitadas del artista, nadie pondría pegas a su presencia en el recital. Rocío fue la primera en asentir, entusiasmada. Pero Alba hizo entonces una puntualización:

—Tenemos una amiga a la que no podemos excluir, señor Porter, gracias por su amabilidad, pero no podemos dejarla.

—¡Pues que venga también, por supuesto! Donde caben dos, caben tres, ¿no se dice así en España?

—Gracias, señor Porter —dijo Alba, porque Rocío apenas podía hablar, de tan emocionada —nos veremos en el recital.

—Un momento, antes de que se vayan, ustedes saben mi nombre y mi profesión, pero yo estoy en desventaja, lo desconozco todo de ustedes.

—Alba, camarera de habitaciones —respondió la joven, inclinando la cabeza ligeramente.

—Rocío, soy la secretaria del Médico Director.

—Qué interesante, así que trabaja usted en el pabellón de baños.

—En efecto, señor Porter.

—Un placer, señoritas. Debo seguir ensayando con mis músicos, nos vemos en la actuación.

Las dos amigas sonrieron mientras caminaban de regreso a sus respectivos trabajos.

Estaban deseando encontrarse con Nieves y contárselo, seguras de que nada de lo que sucediese en esa temporada podría superar aquello.

Pero no sabían cuánto se equivocaban, porque no les iban a faltar unas cuantas emociones más, y no todas tan positivas.

—¡Estoy enamorada! —dijo de pronto Rocío parándose en seco al tiempo que agarraba a Alba del brazo, deteniéndola también—¡Es el hombre de mi vida!

Alba rio, divertida.

—Tanto como el hombre de tu vida…

Pero Rocío parecía no escucharla.

—¿Viste cómo me miraba? ¡Ningún hombre, jamás, me ha mirado nunca así! ¿Y sabes por qué? ¡Porque ha sido un flechazo! Y yo soy la mujer de su vida, estoy segura, lo noto en la fuerza con la que me palpita el corazón, sé que él también está pensando en mí.

Alba reanudó la marcha, Rocío tras ella, sus ojos destellando ilusión como nunca. Pensó, un poco preocupada, que su amiga exageraba.

Sí, Rocío exageraba mucho, porque el intérprete de ragtime llevaba unos minutos concentrado en su música, tecleando con pasión ese ritmo que tanto le había impresionado a la joven secretaria, la cual había pasado ya a un discreto segundo plano en su pensamiento.