La casa de las aguas 1 Capítulo 12
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Capítulo 12

Don Mateo, un cura con secretas tendencias revolucionarias, no era partidario de facilitarles la beatería a los acaudalados huéspedes, disponiendo el Gran Hotel Valdelagua de diligencias a su disposición con las que podrían acudir a misa diaria en el pueblo.

Tuvo finalmente un gesto de conmiseración con ellos, aceptando oficiar la eucaristía en la capilla del balneario.

Sin embargo, no sucumbió a la propuesta de residir en el hotel, algo totalmente inadmisible si quería estar en paz con sus principios.

Así, cada mañana, podía verse al párroco desmontando de su caballo, tras lo cual paseaba con las manos a la espalda hasta la capilla, saludando a unos y a otros, al tiempo que rechazaba con humildad generosas invitaciones para comer.

Doña Amalia había calado en él, pues advirtió en la mujer una inusual nobleza de alma, reflejada en la afectuosa relación que mantenía con su doncella, a quien dispensaba el mismo trato que a una familiar cercana, o una buena amiga.

Le había conmovido especialmente la historia de la dama, presente en la tristeza que reflejaban sus ojos tras años de sufrimiento, una historia que le reafirmaba en la convicción de que ni la posición ni el dinero garantizan la felicidad en esta vida terrenal.

Traía noticias poco alentadoras para las dos mujeres, pero que, sin duda, esclarecerían el camino a seguir si deseaban continuar con la búsqueda.

Por su parte, doña Amalia y Fernanda ya estaban preparadas para el encuentro.

Hubiesen preferido prescindir de la visita al templo, pues ninguna de las dos era de misa diaria.

Sin embargo, allí estaban, cubiertas sus cabezas con un recatado velo negro, deseando que terminase la celebración  para mantener una conversación, largamente deseada, con el párroco.

Se sentaron en un banco de las filas intermedias, pues las primeras ya estaban ocupadas por señoras que deseaban mostrar, a ojos de todos, su impecable cumplimiento con la eucaristía diaria.

Don Mateo, de espaldas a los feligreses, comenzó con la misa en latín, y su voz potente y juvenil llenó el aire de vibraciones sonoras que evitó que más de uno se durmiese de pie.

Al finalizar el culto, las beatas recalcitrantes esperaron cola a la puerta de la sacristía para reiterarle al cura la invitación para comer, o simplemente, para que don Mateo no olvidase sus caras si, en una de esas, caían fulminadas y debía interceder por sus almas ante Dios.

Cuando finalmente el pequeño templo se vació, doña Amalia y Fernanda se pusieron en pie. Iban en busca del párroco cuando este, despojado de las vestimentas sacramentales y ataviado con su sencilla sotana negra, salió a su encuentro.

—Doña Amalia, Fernanda… —el cura hizo una leve inclinación de cabeza a modo de saludo— me alegro de verlas de nuevo. ¿Les parece que demos un paseo por las inmediaciones?

Asintieron, deseosas de saber, porque la impaciencia se les hacía ya insoportable.

Los tres comenzaron a caminar sin prisa por los bellos alrededores del hotel y, cuando se encontraron a salvo de oídos indiscretos, mosén Mateo compartió con ellas sus averiguaciones.

—Me temo que no traigo buenas noticias, señoras, pero mantengamos el optimismo: podemos decir que, al menos, ya sabemos algo.

Tanto doña Amalia como Fernanda le miraron expectantes, y don Mateo no quiso alargar el tormento, imaginando sus ganas de conocer las novedades, fuesen cuales fuesen.

—He investigado con diligencia, créanme, y he encontrado dieciocho partidas de nacimiento, correspondientes a niñas bautizadas en la época que usted me indicó, doña Amalia. Todas ellas han sido identificadas por mis feligresas, y ninguna es sospechosa de haber llegado a la familia de forma extraña.

Doña Amalia agachó la cabeza, desalentada, y el párroco pudo advertir que Fernanda, cogida a su brazo, se lo apretó, sin duda con la intención de hacerle sentir su apoyo incondicional.

—Y eso, ¿qué puede significar? —preguntó doña Amalia, aun sabiendo de antemano la respuesta.

—Está muy claro, señora: significa que la criatura no nació en Sarbiñales, sino en alguna de las muchas aldeas dispersas por el valle. Pensándolo bien, cuanto más recóndito el lugar, mayor la probabilidad de que un nacimiento que se quiere ocultar pase desapercibido, ¿no les parece?

Ambas asintieron. En su actitud se notaba la decepción sufrida. Fue Fernanda Castro quien le hizo al cura una pregunta que, sin duda, tenía su lógica:

—Pero, don Mateo, aunque la niña naciese en una de las aldeas del valle, ¿no es lógico que su partida de bautismo quedase registrada en la parroquia de Sarbiñales? Me imagino que, al ser la mayor población del valle, hará las veces de archivo eclesiástico de toda la zona.

—No le falta razón, Fernanda, pero, por desgracia, no siempre es así. A veces los curas acudimos a echar las aguas de socorro, cuando la criatura corre peligro de muerte. Y en esos momentos de tanta urgencia suele pasarse por alto el registro. Muchas veces se hace innecesario, ya me entienden.

—¿Quiere usted decir que, si la niña falleció al poco de nacer en una aldea perdida del valle, cabe  la posibilidad de  que no figure en los registros de bautismos?

—Así es, Fernanda.

Doña Amalia se desvió para tomar asiento en un banco que providencialmente les salió al paso.

Necesitaba sosegarse, pues hasta el momento no había contemplado la posibilidad de que la hija de María Cristina hubiese podido fallecer al poco de su llegada a este mundo.

Pero enseguida se dio cuenta de que ese no pudo ser el caso.

—Espere un momento, don Mateo —Fernanda y el cura también se habían sentado con ella—, María Cristina dejó claro que mi cuñada pagó a una mujer una sustanciosa cantidad por la crianza de la niña, lo cual dejarían resuelto antes de partir, días después del nacimiento.

Si el bebé hubiese fallecido nada más nacer, mi hija habría tenido constancia de ello, por lo que no me hubiese escrito esa carta.

—Aun así, puede que la recién nacida recibiese las aguas de socorro y luego saliese adelante, a veces sucede, los niños son como los gatos, parece que no hay nada que hacer y, de repente, se produce el milagro.

—Lo cierto es que acaba de romperse el hilo del que tirar —dijo doña Amalia, entristecida.

—No lo crea, señora, porque contamos con otra baza.

—Hable, hable, don Mateo —le apremió Fernanda, esperanzada de nuevo.

—La partera de la zona. Según cuentan mis feligresas, tiene buena memoria, cada niño que ha traído a este mundo es un grato recuerdo para ella.

Sin duda, recordará a una jovencita de buena familia, desconocida en la zona, que dio a luz a su hija en la clandestinidad.

¿No tendrá usted algún retrato de María Cristina?

Creo que por mostrárselo no perdemos nada.

Doña Amalia sonrió al recordar ese retrato de familia en el que aparecía el matrimonio con sus hijos, en un tiempo en el que la joven aún no daba muestras del carácter indomable que marcaría su vida.

—Siempre la llevo conmigo, así que le rogaría que cuidase de la fotografía como de una joya que debiese custodiar. Luego se la doy, está en el gabinete.

El cura asintió, pensativo. Sin duda, el retrato de la joven María Cristina podría resultar de utilidad para que la comadrona recordase, y así se lo hizo saber a las mujeres.

—Parece que estamos como al principio, señoras, pero si la partera recuerda, el avance en la búsqueda puede ser un paso de gigante.

—Dios le oiga, don Mateo, Dios le oiga.

El cura, acorde con la seriedad del tema que debían tratar, había dejado a un lado su desbordado sentido del humor, pero halló la ocasión propicia en boca de la viuda de Valcerrado:

—Encomendémonos entonces a santa Bárbara, señora mía, porque como truene, el de ahí arriba no oye nada de nada.

Doña Amalia y Fernanda se quedaron atónitas hasta que comprendieron que don Mateo, para no perder la costumbre, había soltado su chascarrillo. Entonces rieron con desenfado, agradeciendo la momentánea relajación que la risa les produjo.

—Hablaré con la partera en cuanto me sea posible. Y no se preocupen: si me entero de algo importante, estaré deseoso de venir a contárselo.

—Vayamos a por el retrato, mosén Mateo. Ha tenido un estupenda idea, pues puede ser un valioso recurso para reavivar la memoria de quien viera a mi hija hace dos décadas.

Los tres, caminando sin prisas, se dirigieron a la puerta principal del hotel.

Don Mateo miró con disimulo a su alrededor, nunca se acostumbraría al lujo desaforado de ese lugar, edificado por acción de los hombres en un enclave tan cercano a Dios.

Un grupo de mujeres se acercaron a mosén Mateo.

Quizás fuese su frescura y juventud, quizás la franqueza que reflejaban sus ojos claros, o la calma que emanaba de él, lo que explicaría la atracción que el párroco ejercía sobre quienes lo conocían.

Fue doña Caridad Martínez de la Vera quien le invitó, esta vez, a comer.

—Quédese, padre, nos gustaría disfrutar de su inestimable compañía. Hoy tenemos en el menú pato a la naranja, y le aseguro que es una delicia.

El cura agradeció con sinceridad la invitación, convencido de la buena voluntad de quienes querían llevarlo a sus mesas, aunque algo molesto por que no fuesen capaces de entender que su condición de servidor de Dios era incompatible con esos placeres mundanos tan sofisticados, exclusivos y excluyentes.

Les costó un rato despegarse de las insistentes damas, fieles admiradoras de mosén Mateo, y cuando al fin lo lograron, los tres se encaminaron al gabinete.

No le sorprendió al cura comprobar que Fernanda ocupaba una de las piezas del mismo, en lugar de un cuartito en la buhardilla, como el resto de sirvientes.

Doña Amalia fue derecha a la mesilla de su cuarto, donde, enmarcada en plata, la familia Valcerrado le miraba sonriente, antes de que la vida se les torciese cuando lo hacía también el destino de María Cristina.

—Ya se lo he advertido, padre: como me pierda este retrato, ni su jefe le librará de la ira de doña Amalia.

Mosén Mateo sonrió divertido, le gustaba que la dama bromease con él. Miró con ternura el rostro de la jovencita, después el de su madre y, al hacerlo, observó que los ojos de doña Amalia brillaban entonces con una luz que ya se había apagado.

—No se preocupe, señora mía: por suerte tengo un jefe que lo sabe todo y, en caso de extravío, me ayudaría a encontrarlo.

Las mujeres sonrieron, y doña Amalia besó a los suyos antes de dejarlos en manos del hombre de Dios.

Mosén Mateo salió del gabinete y recorrió el hotel hasta el vestíbulo.

Iba tan distraído, pensando en el encuentro con las damas y con la vista en ese retrato que tanto significaba para doña Amalia, que no se percató del asombroso parecido entre la joven con la que se acababa de cruzar y esa jovencísima María Cristina, que le sonreía desde un pasado feliz.