La casa de las aguas 1 Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

La secretaria no sabía qué contestar. Sí, era su primer trabajo, pero ya era la segunda temporada que lo realizaba.

Lo único que sabía, a ciencia cierta, era que, con el anterior médico de baños, todo era más fácil, amable, relajado y motivador, los pacientes eran tratados con respeto e interés, independientemente de su clase y procedencia, y la temporada de baños en el pabellón de hidroterapia eran meses de recuperación y tranquilidad.

Ahora, sin embargo, cada día aparecían nuevos damnificados por las normas que imponía este nuevo Médico Director, desde los pobres de solemnidad, pasando por la encargada de baños y acabando por ella misma.

—Estuve el año pasado ocupando este puesto con su predecesor, señor —fue su certera respuesta a la pregunta formulada por el doctor.

—A eso me refería, precisamente. Es usted demasiado joven para comprender que cada jefe es diferente, y el nuevo, que soy yo, espera de usted otro comportamiento, más amable, más dulce.

Rocío, es usted demasiado desabrida, y a los hombres nos gustan las mujeres melosas, cariñosas, dulces como la miel.

La joven enrojeció a causa de la indignación.

En ningún sitio estaba escrito que sus atribuciones como secretaria de un médico de baños consistiesen en endulzarle la vida al jefe, como si en lugar de una secretaria hubiese contratado un tarrito de miel.

Rocío sintió su dignidad mancillada, era una trabajadora, independientemente de su condición de mujer, y él, en la consulta, no debería comportarse como hombre, sino como Médico Director, cuya única preocupación, respecto a su empleada, debería centrarse en su desempeño con la máquina de escribir.

No pudo evitarlo y, aunque intentó callar, la rabia puso en su boca las palabras adecuadas.

—Pues lamento decepcionarle, doctor, pero a mí me han contratado para mecanografiar. Si quiere usted dulzura, se ha equivocado de persona, yo sólo soy su secretaria.

El Médico Director diseccionó las palabras que, en un principio, le habían parecido el discurso enojado de una jovencita deslenguada pero que, profundizando, contenían un mensaje claro, impropio de una chiquilla tan joven y con tan poco mundo en su haber, de quien, en principio, hubiese esperado una completa sumisión.

Pero se había equivocado, esa Rocío San José sabía bien cuál era su lugar allí.

Tras los primeros instantes de desconcierto, Prudencio Calderón comprendió que su secretaria iba a ser un hueso difícil de roer.

Pero siempre le gustaron los desafíos. Sonrió para sus adentros, porque esa muchachita caería, como todas las demás.

Y sería muy placentero verla suplicando por su trabajo y por su silencio, porque todas acababan comprendiendo que, si lo sucedido salía a la luz, sólo ellas serían las perjudicadas.

—Bueno, Rocío, no se haga usted de rogar, mujer.

En el fondo sabe que es como todas las mujeres: coquetear con los hombres, sean estos sus jefes o sus subordinados, y dejarlos con la miel en los labios, es una de las diversiones preferidas de las féminas.

Y a mí, personalmente, me encanta ese juego.

Creo que usted y yo lo vamos a pasar bien, ya recordará mis palabras cuando acabe la temporada.

Rocío no supo qué contestar, porque se dio cuenta de que, dijese lo que dijese, el doctor Calderón lo daría la vuelta para llevarlo a su terreno y, una vez allí, tenerla a su merced.

Pero en ese momento, llamaron de nuevo a la puerta, y una mujer delgada, de mirada sombría, porte deslustrado y aspecto enfermizo, hizo su aparición. De inmediato el doctor Calderón se alejó de la mesa de su secretaria y carraspeó nervioso.

—Querida, qué placer verte por aquí.

—¿No deberías estar en tu despacho, Prudencio?

— advirtió la mujer con gesto adusto, tras lo cual le dirigió una mirada desafiante a Rocío y, de nuevo, clavó esa mirada glaciar en el doctor, cuyos pensamientos se centraban en determinar cuánto tiempo llevaba su esposa en la puerta, porque se oía todo —lo había comprobado personalmente— y la conversación que acababa de mantener con su secretaria era muy esclarecedora acerca de sus pretensiones como jefe.

—Estaba corrigiendo unos documentos con la señorita San José.

—Ya, ya…—dijo la mujer con un tonillo que no daba lugar a dudas—. Y dentro de dos días, Prudencio, me dirás que se te ha acumulado el trabajo y que debes quedarte en el despacho un par de horas más, ¿no es así, querido?

Al oír esas palabras, las mismas con las que el doctor la había amenazado, Rocío enrojeció en un acto involuntario e incontrolable que, sin duda, la ponía en evidencia delante de la esposa del doctor.

Mantuvo la mirada en los papeles que tenía sobre la mesa, mientras intentaba comprender por qué se comportaba como si tuviese algo que ocultar.

—Piedad, no empecemos. Y ahora, por favor, déjame trabajar.

Si mal no recuerdo, soy yo quien mantiene a esta familia, así que debes retirarte, de inmediato.

Nos vemos luego —dijo don Prudencio mientras, con gesto firme, le ponía la mano en el hombro y la redirigía hacia la puerta.

La mujer, a pesar de que en un principio manifestó un carácter decidido, no opuso resistencia y obedeció sin rechistar al esposo.

Cuando salió, el doctor Calderón desató su rabia contra Rocío.

—¿Se da cuenta, señorita, de que todas las mujeres son iguales?

Rocío calló, porque era evidente que la manipulación y la mentira eran los juegos preferidos de su jefe. En esos momentos deseó que el fin de la temporada termal llegase cuanto antes.

—Dese prisa con esos documentos, ya ha oído a mi esposa: si no hace su trabajo al ritmo que debe, me veré obligado a retenerla aquí hasta que se ponga al día.

Una vez más en aquella larga, agotadora y desalentadora mañana, Rocío se quedó atónita.

¿Acaso pensaba que era tan lerda como para ignorar el tonillo irónico con el que su esposa habló de esas supuestas horas extra?

Pero no le sacaría de su error, porque mientras la tuviese por tonta,  el factor sorpresa estaría de su lado.