Capítulo 11
Por primera vez, desde que trabajaba en el balneario, a Rocío le costó levantarse de la cama, porque una premonición fatal se había apoderado de su ánimo.
Se vistió sin ganas, sin apenas prestar atención a su aspecto, a pesar de que se sabía guapa y le gustaba arreglarse, porque era reconfortante mirarse al espejo y que este le devolviese la imagen de una bella joven, de piel perfecta y talle fino, grandes ojos claros y bonita sonrisa, con su peinado y traje impecables.
Hoy, esa chica del espejo no le interesaba demasiado.
Fue con Nieves hasta el pabellón de hidroterapia, donde cada una se dirigió a un extremo del mismo. Antes de separarse, la bañera constató que esa desidia que parecía haberse apoderado de Rocío no era sólo producto de su imaginación.
—Nos vemos a la hora de la comida, si es que no me han despedido antes.
—¿Por qué dices esa tontería, Rocío? ¡Nadie va a despedirte!
—No sé si podré morderme la lengua con el doctor, Nieves, cada día se me hace más insoportable.
Nieves no dijo nada, porque las típicas frases hechas apelando a la paciencia eran improcedentes: fáciles de replicar, pero muy difíciles de poner en práctica. Así que lo único que se le ocurrió decirle fue:
—Inténtalo, al menos.
Cuando Rocío entró en su despacho, el doctor ya estaba allí. Parecía disfrutar revolviendo entre los papeles, dando a entender que ese pequeño cubículo donde trabajaba la secretaria también formaba parte de sus dominios, al igual que ella.
—Buenos días, doctor —saludó Rocío sin mirarle a la cara, porque no soportaba los ojillos escrutadores de Prudencio Calderón sobre su piel, parecía que la acariciasen con perversas intenciones. Al pensarlo, la joven sintió un estremecimiento.
—Buenos días, señorita —respondió él, con una sonrisa de difícil interpretación—. Ha descansado usted bien, se nota en el inmejorable aspecto de su piel.
Rocío se mordió la lengua. La jornada acababa de comenzar, pero el doctor Calderón ya había dejado clara su postura, pisoteándola para ascender hasta el escalafón que le correspondía, y lo había hecho con un nuevo comentario acerca de su aspecto físico, aun sabiendo que a ella le desagradaba.
—Veo que se ha levantado usted perezosilla, sin ganas de responder a mis galanterías. Y ha de saber que nada alienta tanto a un hombre —continuó, provocador— como una joven dama enseñando las uñas, como una gatita en celo.
Rocío carraspeó, nerviosa. Entendió que el doctor disfrutaba con su rebeldía, y eso la descolocó por completo, sin comprender el juego de seducción zafia que Prudencio Calderón se traía entre manos.
Sólo le quedó clara una cosa: que esa intuición que le decía que todo amenazaba con torcerse era bastante certera.
—¿No me dice usted nada? ¡Pues a trabajar, señorita!
Porque como se acumule trabajo, nos veremos obligados a permanecer aquí fuera del horario — dijo, sin perder detalle de la reacción de la secretaria, que fue instintiva y muy elocuente, pues no se le ocurría peor situación que la de encontrarse completamente a solas con el Médico Director.
De inmediato, comenzó a ordenar los papeles que debía mecanografiar, dispuesta a no perder ni un solo minuto para que tal posibilidad no se produjese.
En ese momento llamaron a la puerta de su despacho. Él, contrariado, salió del de la secretaria para dirigirse al suyo.
—¡Adelante! —se le oyó decir, malhumorado. Cuando la puerta se abrió, en el umbral estaba doña Rafaela, la encargada de los baños.
—Disculpe la molestia, doctor — dijo la mujer—, pero en las salas de baños tengo a tres pobres de solemnidad esperando turno.
El doctor encogió los hombros mientras la miraba con cara de sorpresa.
—¿Y qué quiere usted que yo le haga?
La mujer no se inmutó. El doctor Calderón era el jefe de todo el departamento, pero ya lo tenía muy calado, y no estaba dispuesta a dejarse amedrentar por un hombre así.
—Rocío vino a decirme que, por orden suya, los pobres de solemnidad no pueden recibir tratamientos coincidiendo con los clientes del hotel.
—En efecto, veo que lo tiene claro, por lo que se me hace difícil comprender cuál es el motivo de su interrupción.
—Los tengo esperando. Uno de ellos es un niño, tendrá unos seis o siete años.
—Pues que se vayan y regresen cuando todos los huéspedes hayan terminado con sus tratamientos.
—En ese caso, doctor, será a la hora del cierre, porque están todas las horas completas.
El doctor, sin duda, disfrutaba con el sufrimiento ajeno.
Y estaba claro que la encargada lo pasaba mal por tener que enfrentarse a la situación de esos desamparados, a los que se vería obligada a negar esas aguas que, desde tiempos inmemoriales, eran un bien que las montañas regalaban a todos, con independencia de la clase social a la que perteneciesen.
—Pues que vuelvan mañana.
Doña Rafaela comenzaba a desesperarse, pero no podía manifestar la rabia que le causaba la actitud del doctor, claramente provocadora.
—Mañana estaremos en las mismas, doctor, estamos en plena temporada.
El médico le respondió sin inmutarse:
—Usted misma se ha respondido. Y como este balneario no es una institución de caridad, sino un carísimo complejo termal para gente que pude permitirse estos tratamientos, a esa gente no le quedará más remedio que esperar a que surja un hueco, eso sí, que no sea en las horas de máxima afluencia, ya lo he dejado dicho: los clientes aborrecen mezclarse con chusma.
Rocío, desde su despacho, escuchaba sin perder detalle.
La rabia que le producían las palabras del doctor Calderón era tal, que a punto estuvo de levantarse y recordarle que la ley acogía a esos pobres de solemnidad, para los que había previsto tratamiento termal sin coste alguno.
Un par de veces estuvo tentada de echar hacia atrás su silla de un empujón y recordarle a ese desaprensivo lo que parecía haber olvidado.
Pero la desfachatez con la que estaba tratando a doña Rafaela le hizo desistir, de nada serviría cuando Prudencio Calderón tenía todas las de ganar, él era quien hacía y deshacía allí, sin supervisores, sin nadie que pusiese en duda sus decisiones.
La encargada, comprendiendo que no tenía nada que hacer, se despidió con un gesto de cabeza y se giró para salir.
Antes de hacerlo se detuvo un instante, volviéndose hacia el doctor.
—Perdone la indiscreción, señor Médico Director, pero, ¿tiene usted hijos?
—En efecto, esa pregunta es una indiscreción. Y ahora, regrese de inmediato a su trabajo, señora, porque recuerde que está bajo mi supervisión, y observo que malgasta su tiempo en menudencias que ya debería saber cómo resolver.
—Pues más vale que la naturaleza se los haya negado…— salió murmurando la mujer, aún a riesgo de que su jefe oyese el provocativo comentario.
Cuando la encargada se fue, Prudencio Calderón, que no tenía citas hasta las once de la mañana, decidió pasar el rato con Rocío, así que regresó al despachito, cerrando la puerta que separaba ambos, el suyo y el de la secretaria.
—Imagino que ha oído la conversación, señorita. Y vengo a felicitarla: ha cumplido usted mis órdenes a rajatabla, veo que tengo en usted a una fiel escudera.
En efecto, Rocío le había comentado a doña Rafaela las órdenes del doctor Calderón respecto a los pobres de solemnidad, manifestando su total desacuerdo con las mismas, sumándose la encargada a la indignación de la secretaria, pues el anterior Médico Director respetaba sin excepción la ley y acogía en su consulta a cuantos pobres de solemnidad se le presentasen, expidiendo las correspondientes papeletas para los tratamientos en el pabellón y la toma de aguas, después de haber hecho un certero diagnóstico.
Ambas, secretaria y encargada de baños, comentaron desazonadas que había sido un desatino, por parte de la dirección, contratar a ese médico de baños, tan inhumano.
También doña Rafaela, al igual que Nieves, le advirtió a Rocío acerca del doctor, pues era ella la trabajadora que más cerca lo tenía:
—Cuídate de él, muchacha, porque no me extrañaría nada que ese hombre te hiciese la vida imposible con proposiciones que deberías aceptar si no quieres perder el trabajo.
Son muchos años tratando con la gente, Rocío, y una ha aprendido a catalogar a las personas.
Y el doctor, te lo digo yo, es de los que dejan tras de sí mucha destrucción.
—Nieves opina lo mismo, doña Rafaela —le había confesado Rocío—, pero estas advertencias no me ayudan en nada, sólo consiguen que el miedo se apodere de mí.
—Si te lo decimos, es para que vayas con los ojos bien abiertos y pisando de puntillas, tendrás más probabilidades de salir indemne —le había explicado la encargada.
Ahora, el doctor sonreía, satisfecho, sin quitarle ojo.
Parecía encontrar un perverso placer en observarla con esa insistencia que, sin duda, la ponía muy nerviosa.
Y el doctor era cada vez más atrevido, porque de las clavículas de su secretaria había pasado a mirar sin disimulo su escote y, a juzgar por lo que dejaba trascender, era algo que le agradaba bastante.
Rocío miró la hora en el reloj de pared que tenía justo enfrente, y se le cayó el alma a los pies al constatar que aún le quedaban muchas horas soportando al doctor Calderón.
—¿No le parece que esa encargada es una incompetente? —dijo de pronto el Médico Director— Parece que le cuesta entender mis instrucciones.
Rocío se quedó atónita, ignoraba qué pretendía su jefe con el comentario. Sólo se le ocurrió decir:
—Usted dicta las normas, señor Médico Director, y yo no soy quién para opinar al respecto.
Prudencio Calderón sonrió, mirándola a través de sus ojos empequeñecidos por el gesto, lo cual le daba a su mirada un aire mezquino que inducía a la desconfianza.
—No me gusta esa forma suya de proceder, señorita. Es su primer trabajo, ¿no es cierto?