Capítulo 10 #2
En el comedor había pasado la hora de máxima ocupación, pues muchos clientes acudían a desayunar muy temprano, después del breve paseo hasta la buvette, donde tomaban las aguas, y antes de acudir a su cita en el pabellón de hidroterapia.
Por eso apenas quedaban unos pocos comensales distribuidos aquí y allá, clientes que se tomaban la estancia en el balneario como unas vacaciones de relax más que como una cura medicinal.
Isabel se encaminó hacia una mesa al lado de la ventana, donde los rayos de sol, que entraban tamizados por los colores de la vidriera, componían un espectáculo de luz de lo más cautivador.
La voz de su esposo a su espalda la hizo girarse.
—Estás aquí…pensé que aún dormías, como sueles hacerlo hasta tarde…
—Últimamente no duermo bien, Gaspar —fue su escueta respuesta.
—Ya he desayunado, pero, si no tienes inconveniente, me sentaré contigo y tomaré otro café.
Algo en el interior de Isabel se agitó al oír la propuesta de Gaspar, pues se sintió como cuando él le propuso la primera cita.
Ilusionada de pronto, caminó delante hasta la mesa elegida.
Gaspar retiró su silla para que tomase asiento y, acto seguido, él se sentó enfrente.
Un camarero se acercó de inmediato. El señor de Arístegui le indicó que tomaría un café con leche, antes de decirle a Isabel:
—¿Quieres un chocolate? He tomado antes uno, y está delicioso.
Ella asintió con la cabeza, sin explicarse por qué sentía ese hormigueo, tan placentero, por algo tan insustancial como que su esposo le recomendase el chocolate para desayunar.
Entonces se dio cuenta de que él pretendía ser amable y mostrarse solícito, acorde con ese comportamiento que tanto había echado de menos.
Isabel se sintió renacer. Y también se sintió bella, y deseada por él.
Le reconfortó comprobar que ninguno de esos pensamientos menoscababa ni su libertad, ni su criterio.
Desayunaron en silencio, con la timidez de dos adolescentes en su primera cita, sin atreverse a romper la magia con un comentario improcedente que, quizás, les condujese a revivir lo sucedido la noche anterior cuando ambos, molestos y enfadados el uno con el otro, abandonaron el comedor.
La luz contribuía a crear una atmósfera onírica que a Isabel le trajo retazos de un sueño que había tenido justo antes de uno de sus frecuentes despertares nocturnos.
Era un sueño dulce que no había recordado hasta ese momento y, sin rememorar con exactitud los detalles, las sensaciones la inundaron de amor y deseo, al evocar en esa ensoñación el cuerpo de Gaspar tan cerca del suyo, mientras hacían el amor.
—¿En qué piensas, querida? —dijo de pronto Gaspar, mirándola con los ojos entrecerrados, retador y casi divertido. Isabel dio un respingo antes de comprender que su esposo no podía leerle el pensamiento, y sonrió con dulzura.
—No pensaba, Gaspar: rememoraba un sueño. ¿Tú te acuerdas de lo que sueñas?
Él negó con la cabeza, aún sonriente.
—No suelo hacerlo —le respondió. Hubiese querido añadir que los sueños son sólo eso, y que la vida es lo que realmente cuenta. Pero contuvo su habitual pragmatismo y calló.
—Pues es bonito recordar los sueños, cuando son agradables —ella no abandonaba su sonrisa, que se dulcificaba más y más según se iban apoderando de sus sentidos las sensaciones rememoradas—. Soñar es como vivir otra vida, pero tamizada de impurezas. Sólo sentimientos, en estado puro.
Gaspar la miró intrigado y, en cierto modo, admirado. Él, un hombre de negocios, hijo a su vez de un poderoso terrateniente, había perdido la capacidad de divagar y abandonarse a las ensoñaciones, a favor de una mente práctica, ordenada, lógica y rentable.
—¿No comes nada?
Isabel denegó con la cabeza.
—No tengo apetito, el chocolate es suficiente. ¿Has tomado las aguas?
—Sí — respondió él —, me acerqué a las fuentes temprano. Mal no han de hacerme, digo yo.
—Ese doctor…Calderón, ¿qué opinión te merece?
Gaspar se encogió de hombros, carecía de la capacidad de análisis de su esposa, por lo que no se había formado una opinión del Director Médico.
—A mí me pareció una persona muy fría, como si su trabajo fuese para él algo mecánico, sin entrar a fondo en las necesidades de las personas a quienes atiende.
—No puedo emitir un juicio, la verdad. Me expendió una papeleta para que me den el agua en las fuentes y unos agradables baños relajantes, eso es todo.
Al igual que tú, mi estancia aquí es de descanso, nada más.
Bueno, el hotel es magnífico y los alrededores espectaculares, y eso hace mucho.
Es un enclave perfecto para disfrutar de unos días lejos del trabajo y de la ciudad.
A Isabel se le iluminaron los ojos. «Para disfrutar del amor», pensó.
—Esta tarde podríamos dar una vuelta por el lago, es precioso.
—¿Ha de ser esta tarde? —Frunció el ceño Gaspar—. Lo siento, querida, pero he quedado con don Federico Ribadeo, tengo algo que tratar con él, hay un interesante negocio de por medio.
Isabel suspiró. Allí estaba de nuevo su esposo, ese hombre práctico, frío y negociante.
Estuvo a punto de recriminarle, enfadada, su incapacidad para desconectar del dichoso trabajo.
Fuese donde fuese, Gaspar encontraba una oportunidad que debía aprovechar, y un tiempo que gastar intentándolo.
Y si algo sobraba, quizás, sólo quizás, ella tendría la suerte de recoger las migajas de atención que le lanzaba ese hombre al que había unido su vida para siempre.