La casa de las aguas 1 Capítulo 10
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Capítulo 10

Cuando Isabel despertó, vio que Gaspar ya no estaba a su lado.

Se levantó y corrió las cortinas, deseosa de que la luz del nuevo día entrase en la habitación, pues no soportaba la oscuridad.

Miró a su alrededor y sintió la soledad abrazándola.

Decidió refugiarse de ella entre las sábanas, quizás lo mejor fuese quedarse allí todo el día, pensó, afectada por los acontecimientos de la noche anterior.

Se tumbó de lado, pasó el brazo por debajo de la almohada y contempló con tristeza el limpio cielo azul que se colaba por la ventana.

Cerró los ojos y sus pensamientos, tan tristes e insistentes, invadieron su mente sin que pudiese hacer nada por detenerlos, pues parecían tener vida propia.

Al cabo de unos segundos se dio media vuelta, quedando de cara a la pared, con la vista perdida en los arabescos que la ornamentaban, mientras una vocecita en su interior insistía en repasar, una y otra vez, lo vivido la noche pasada: las palabras de doña Caridad, la reacción de Gaspar, la discusión posterior.

Llevaban casi una semana alojados en el balneario y todavía no habían desayunado juntos.

«¿Qué hago aquí?», se preguntó Isabel, mientras las lágrimas comenzaban a brotar, alimentadas por el deshielo de su alma.

En ese momento llamaron a la puerta. Imaginó que sería el servicio de habitaciones, así que pidió un momento, saltó de la cama y se puso una bata encima:

—¡Adelante! Puede pasar.

Alba saludó con su acostumbrada contención.

—Disculpe, señora, volveré más tarde.

—¡No! —respondió con demasiada vehemencia Isabel— Quédese, por favor, no me molesta.

—Como quiera, señora.

La dama se aposentó en un sillón pegado a la ventana, por lo que Alba abrió el otro balcón. Deshizo el lecho y comenzó a rehacerlo, con esos movimientos rápidos y precisos que tanta admiración causaban en la señora de Arístegui, que no había hecho una sola cama en su vida.

—Eres rápida — le dijo a la camarera con una sonrisa.

—Tengo que serlo señora. Se nos exige rapidez.

Alba continuó con la sábana encimera, que sacudió al aire para acomodarla sobre el colchón, lo cual hizo con tal precisión que apenas tuvo que moverla, pues colgaba por ambos lados por igual.

Siguió con el embozo, que plegó con increíble simetría, logrando un doblez casi perfecto.

Estaba a punto de dar el toque final a la cama, cubriéndola con la colcha de seda verde, cuando la señora se levantó del sillón.

—Tengo que vestirme.

—¿Quiere que vuelva más tarde, señora?

—No, no es necesario. Vete limpiando la salita, por favor.

Isabel se refugió tras un biombo, donde se deshizo de la bata y del camisón, se colocó la ropa interior y acomodó el traje que había elegido, sin corsé, porque estaba harta de llevarlo.

Después se acercó al tocador, donde comenzó a peinarse.

En un momento, había recogido su hermoso cabello.

No se maquilló, pero se dio unos toques de perfume en las muñecas.

Se miraba en el espejo cuando Alba entró.

—Señora, ¿le parece bien que comience con la limpieza del dormitorio?

—Sí, ya me voy. Imagino que mi esposo estará esperándome para el desayuno —dijo Isabel, aun sabiendo que Gaspar habría desayunado ya. Pero sincerarse con la camarera hasta ese punto le pareció, de pronto, una humillación innecesaria.

—Pues, con su permiso, comenzaré. Esta ropa, señora, ¿es para colgar?

Isabel sonrió:

—Trae, no tengo nada mejor que hacer, y así terminarás antes. Me imagino que aún te esperan muchas habitaciones.

—¡No se moleste, señora, por favor! —se escandalizó Alba, aterrada ante la idea de compartir labores con una huésped del hotel. Era una completa insensatez que podría volverse en su contra, pues a esa señora tan amable podría darle la ventolera y quejarse ante la gobernanta.

Isabel Beaumont pareció leerle el pensamiento, porque dijo de pronto:

—Ya sé que los clientes, y concretamente las clientas, solemos ser caprichosas, insolentes y, a veces, estamos tan aburridas que decidimos divertirnos a costa de la camarera de habitaciones, a la que ponemos en un compromiso…

Alba la miró tan desconcertada que la dama se echó a reír, antes de decirle: —Mira, Alba, yo no soy ese tipo de persona.

Te diré más: me repelen esas damas estiradas y agrias que se creen por encima de quienes les sirven y que, además, también compiten indecorosamente contra los de su propia clase, poniéndose la zancadilla las unas a las otras en cuanto pueden.

Y ahora, voy a colgar mi ropa, que ya soy mayorcita para hacerlo. Tú vete barriendo, o lo que consideres.

Alba no pudo evitar una sonrisa, que afloró sin pretenderlo.

—Gracias, señora, recuerde que nos exigen rapidez.

Isabel sonrió, a su vez. Estaba cogiendo el traje de la noche anterior, que había dejado colgando en el borde del biombo, cuando observó que la camarera miraba de reojo un libro que había sobre la mesa del gabinete. Se acercó.

—¿Sabes quién fue Juana de Arco?

Alba se sonrojó y reanudó el barrido con brío renovado, pretendiendo compensar la distracción empleándose a fondo.

—No, señora— dijo, cabizbaja.

—Esta obra es una novela de Mark Twain, un famoso escritor inglés. Pero está basada en una rigurosa investigación de la vida de la joven heroína.

Alba continuaba con la escoba en ristre, y asintió con la cabeza para no desairar a doña Isabel.

—Toma, te la regalo —dijo entonces la señora de Arístegui, tendiéndole el libro que acababa de coger del escritorio.

La camarera se quedó paralizada unos segundos, indecisa, sorprendida, confusa.

—Cógelo, por favor. Me parece maravilloso ese afán tuyo por aprender, y quiero contribuir a ello. Hacen falta mujeres como tú, dispuestas a salir de la oscuridad en la que nos sumerge la ignorancia, y cambiar el orden del mundo.

Alba no sabía por dónde comenzar con la docena de argumentos que le expondría a doña Isabel para convencerla de que le era imposible aceptar su regalo. Perpleja como estaba, comenzó sin pretenderlo por la razón más prosaica:

—¡Oh, señora! No puedo aceptarlo, aunque se lo agradezco mucho, no tendría dónde dejarlo hasta que termine la jornada.

De inmediato se dio cuenta de lo absurdo de sus palabras, y rectificó:

—Perdone, me he puesto un poco nerviosa… Le agradezco muchísimo su amabilidad, pero no puedo aceptarlo: si la gobernanta se entera de que lo he hecho, las explicaciones serían inútiles, porque me despediría de inmediato. Gracias, es usted muy generosa.

Isabel comprendió que los impedimentos de Alba para no aceptar el regalo eran ajenos a su voluntad e impuestos por sus circunstancias, así que insistió, intentando resolver todas las posibles trabas:

—Se me acaba de ocurrir algo: lo dejaré en recepción, envuelto, con tu nombre en el exterior, y lo recogerás allí. Así nadie sabrá de qué se trata.

Alba la miró, sonriente:

—Yo… no encuentro palabras con las que agradecérselo, señora Beaumont.

—Pues tienes una manera muy bonita de hacerlo: léelo, y dime lo que opinas sobre Juana de Arco. En mi país es una heroína nacional, aunque antes de serlo …Bueno, no podría contártelo sin desvelarte el final, así que mejor léelo.

—Gracias señora, así lo haré.

Alba continuó barriendo la alfombra del gabinete, pero Isabel la detuvo:

—¡Qué trabajo tan poco gratificante, barrer una alfombra que ya está impecablemente limpia…! Déjala tal y como está, será nuestro secreto —sonrió Isabel.

La camarera, que comenzaba a confiar en la encantadora dama, relajó el gesto.

—Entonces me voy, señora. Gracias por todo.

Cuando Alba salió del gabinete de los Arístegui, la invadía una gratificante sensación de euforia.

Algo le decía que esa dama, Isabel Beaumont, era lo que aparentaba ser: una mujer bondadosa, inteligente y generosa, a quien las señoras remilgadas, cotillas y desaprensivas le causaban repelús.

Sonriente, con ganas de saltar de alegría, se dirigió a la siguiente habitación de su lista.

Estaba deseando que llegase el final de su jornada para recoger el libro, porque la intriga acerca de la vida de esa heroína, Juana de Arco, se le hacía ahora insoportable.

Isabel se quedó sentada en el sillón, mirando por la ventana sin ver, porque sus oscuros pensamientos, que había dejado de lado mientras Alba estuvo en la habitación, comenzaron a perseguirla de nuevo.

Deseó por un instante ser esa camarera de habitaciones, con su juventud intacta y sin obstáculos que se interpusiesen entre ella y sus ganas de comerse el mundo.

Su trabajo era duro, sin duda, un trabajo sin reconocimiento que sólo suscitaba el desprecio de muchos desaprensivos, pero ese empleo le daba la posibilidad de ser libre, libre para pensar lo que quisiera sin incomodar por ello ni a un esposo ni a unas señoras respetables.

Pero entonces recapacitó y reconsideró esta idea al comprender que, vista desde fuera, la vida de Alba podría parecer un canto a la libertad, pero estaba condicionada, sin duda, por el extracto social del que procedía.

Era una certeza que la camarera de habitaciones, por mucho empeño que pusiese, estaba condenada, encadenada por sus circunstancias.

Y entonces comprendió que ella sí era libre, libre de verdad.

Gaspar nunca le había impedido realizar ninguna de las actividades que tanto le gustaban y reconfortaban.

Era un hombre bueno, un poco intolerante respecto a la imagen que debían proyectar de cara a los demás, pero, aun así, quejarse de su esposo sería injusto.

Entonces, ¿qué pasaba? ¿Qué era eso que la impedía saltar la distancia que la separaba de él?

Una distancia tan corta como la que se interponía entre sus cuerpos cuando se tumbaban en la cama que compartían.

Se levantó, repasó su aspecto ante el espejo y decidió bajar a desayunar. Sin duda lo haría sola, aunque lo de la soledad, teniéndose a una misma, no era tanta, pensó.