Capítulo 9
Doña Amalia Ferlosio aún no tenía claro por donde comenzar, pero fue Fernanda quien, con su habitual practicidad, le indicó el camino.
—Creo que debería empezar por investigar en el pueblo. Sabemos cuándo nació la niña, y tuvieron que bautizarla nada más nacer, así que podemos preguntar al párroco, que busque en los registros de hace veintidós años, desde junio hasta septiembre, que es cuando está abierto el balneario.
—Estoy de acuerdo contigo, ese tiene que ser el punto de partida, Fernanda. El problema es que el valle es muy extenso, y a lo largo del mismo se dispersan muchos pueblos y aldeas.
—Comencemos por el más cercano.
—Es lógico. Pero, una vez tengamos los nombres de los bebés bautizados en las fechas que hemos estimado, ¿iremos casa por casa, preguntando?
Además, hay otro problema añadido: si en esa familia han integrado a la niña como propia, desconfiarán de nosotros.
¿Y si la han llevado al hospicio? ¡No la encontraríamos nunca!
—No piense esas cosas, por favor. Ya verá como el párroco nos ayuda. No quiero decir con esto que nos vaya a llevar derechas a la niña, pero puede hacer una importante labor de descarte.
Doña Amalia suspiró al darse cuenta de que la empresa que tenían por delante era bastante más complicada de lo que su optimismo inicial le hizo ver.
Aun así, no estaba dispuesta a desfallecer, sólo la muerte la desviaría de su propósito.
Y, como por algo debían comenzar, la propuesta de Fernanda, tan razonable, sería el punto de partida.
—También se me ha ocurrido algo interesante, Fernanda— añadió doña Amalia—. Creo que no estaría mal contratar a un detective.
—¿Un policía? —dijo la doncella, con los ojos muy abiertos. Doña Amalia sonrió, divertida.
—No, mujer, un detective privado, parecido a los que contraté para que buscasen a María Cristina por América.
—Pues como le den el mismo resultado, señora… — dijo la doncella, contrariada.
—América es muy grande, enorme, Fernanda, pero aquí conocemos el punto de partida y sabemos por dónde tirar del hilo.
—Mirado así...
—Pues haremos eso: contactaré con mi administrador y que le pediré que busque un buen detective. Pero hasta que él llegue, averiguaremos por nuestra cuenta, no hay tiempo que perder.
Esa misma mañana, doña Amalia solicitó una diligencia del hotel para las llevase hasta el pueblo más cercano, Sarbiñales.
Sin comentar la decisión que cada una de ellas había tomado con independencia de la otra, decidieron ir sin desayunar.
No fue mala idea: el descenso por esa carretera infernal resultó ser aún más espeluznante que la subida.
Cuando pusieron los pies en tierra firme se tomaron del brazo, para evitar que esas piernas, que les temblaban como flanes, se les doblasen sin remedio.
—Doña Amalia, lo del detective es una buenísima idea.
La señora miró a Fernanda, y la palidez que vio en su rostro la imaginó muy parecida en el suyo propio.
—Lo dices para que sea él quien suba y baje al pueblo, ¿verdad? —respondió doña Amalia, y ambas rieron, arrebatadas por uno de esos momentos de complicidad que contribuían a reforzar su vínculo personal.
—Un paseo hasta la iglesia nos vendrá de maravilla —dijo la viuda del conde de Valcerrado, mientras señalaba el campanario de la iglesia, que resaltaba entre los tejados de pizarra, a unos centenares de metros.
La iglesia, de estilo románico lombardo, se alzaba en un rincón apartado de la población.
Rodeada de montañas, sus constructores parecieron elegir el lugar exacto donde la magnificencia de esa naturaleza indómita glorificaba la obra de Dios.
Tenía gruesos muros de piedra, un campanario achatado y un porche con columnas de madera donde refugiarse de las inclemencias.
El templo estaba abierto, así que las dos mujeres entraron.
Al fondo, en el altar, el párroco se entregaba la tarea de encender varias velas.
Doña Amalia y su doncella se santiguaron antes de arrodillarse en uno de los banquitos.
Pasaron así unos minutos, en los que, aunque pudiera parecerlo, ninguna de las dos rezaba, porque tenían la cabeza puesta en el asunto que las había llevado hasta allí.
El párroco, por fin, se retiró por una puertecilla lateral, y las mujeres se pusieron en pie y caminaron hacia allí.
Doña Fernanda llamó antes de asomar la cabeza.
—Perdone, padre, ¿tiene un momento para atendernos?
El cura, que estaba de espaldas, se volvió, y doña Amalia observó, descorazonada, que era joven, demasiado joven para el propósito que les había guiado hasta él.
— Pasen, por favor. Usted dirá, señora.
—Soy Amalia Ferlosio, y ella es mi ayudante, Fernanda Castro. Y nos trae por aquí un asunto complicado, para el que necesitaríamos su colaboración.
—Mientras no sea para el contrabando de tabaco…—dijo, mirándolas sin pestañear y provocando que ellas se mirasen, a su vez, desconcertadas, hasta que el cura soltó una risita divertida.
—Disculpen, señoras, sólo era un broma. Díganme de que se trata ese asunto y, si está en mi mano, y no es nada ilegal— continuó con la bromita el joven, advirtiéndolas con su dedo índice— haré cuanto pueda por ayudarlas.
Al ser consciente de la personalidad relajada, casi divertida, del párroco, doña Amalia se atrevió a verbalizar sus temores:
—Padre, creo que es usted demasiado joven para la encomienda, no es que su juventud no le capacite, Dios me libre de pensar semejante cosa, pero quien sin duda podría ayudarnos sería su predecesor en el cargo.
—Pues como no tengan ustedes forma de comunicarse con el más allá, no veo la manera.
De nuevo doña Amalia y Fernanda se miraron extrañadas, aquel joven no dejaba la ironía ni durante la misa, estaban seguras.
—Pues mire, como no tenemos ese tipo de salvoconducto, va a ser usted quien intente averiguar, si lo tiene a bien, por supuesto— dijo doña Amalia.
—De mil amores, señora— respondió mosén Mateo divertido, al comprobar que le seguían la corriente. Pero al dirigirse de nuevo a él, doña Amalia lo hizo muy seria:
—Estoy buscando a mi nieta. Ella es lo único que me queda de mi hija, María Cristina, recientemente fallecida.
Al oírla, el joven párroco abandonó su tono de guasa y se entregó en cuerpo y alma a escuchar el relato de la dama, sin prejuzgar las circunstancias ni interrumpirla.
—Pues a pesar de mi juventud, señora, algo podremos hacer.
Yo no estaba aquí cuando todo eso sucedió, quizás el anterior cura hubiese podido recordar.
Pero tengo feligresas, muy mayores ya, que quizás puedan arrojar algo de luz al asunto, porque en los pueblos, ya se sabe, lo que sucede en un extremo vuela, a los pocos segundos, al otro.
Y lo primero que haré será repasar las partidas de bautismo del año mil ochocientos ochenta y tres, desde abril hasta agosto, para mayor seguridad, y las más ancianas beatas de esta parroquia estarán encantadas de ayudarme.
Alguna de ellas es más vieja que Matusalén, pero con una memoria admirable.
Les aseguro que entre todas sabrán darme cuenta de cada uno de esos bautizos.
Las dos mujeres sonrieron, esperanzadas, porque no había mejor comienzo que aquel.
—Le estamos muy agradecidas, padre— dijo doña Amalia, apretando con sus manos la del cura— ¿Le parece bien que bajemos en una semana?
—¿Se alojan ustedes en el balneario?
—Sí, señor. Le hemos planteado el plazo de una semana para que tenga usted tiempo de hacer las pesquisas, no desearíamos hacer un viaje en vano, ¡esa carretera es terrible!
El cura sonrió, condescendiente.
—¿A que no han probado ustedes la escalada? Por aquí solemos hacerlo, ¡Es lo más práctico, se lo aseguro!
Las dos mujeres se miraron de nuevo, también esta vez perplejas, hasta que el cura rio de nuevo:
—No se preocupen, nadie se acostumbra a un cura bromista. ¡Y miren que rezo todos los días por corregirme!
Esta vez rieron los tres.
—Hablando ahora en serio, no es necesario que sufran ustedes viniendo hasta aquí, porque todos los días subo a oficiar misa a Valdelagua, de hecho, he estado a primera hora.
Me ofrecieron residir allí, pero el ambiente no es de mi gusto, demasiado refinado para un hombre de Dios coherente, así que subo a caballo, que es más rápido y espeluznante que la diligencia, pero no tengo nada que temer, soy un protegido —dijo, señalando con el dedo índice al cielo, antes de mostrar una de sus amplísimas sonrisas.
—No sabe cuánto se lo agradecemos, padre —intervino Fernanda— porque sólo con pensar en hacer de nuevo el trayecto, me tiemblan las piernas.
—¿No conoce el remedio? —dijo el cura, abriendo mucho los ojos—. Y a continuación, se fue a un armario y sacó de él una botella de vino dulce, el que usaba para consagrar.
—Échese un buen traguito, señora, y usted también— dijo refiriéndose a doña Amalia.
Las mujeres se quedaron tan desconcertadas que, sin reflexionarlo, echaron un traguito a la botella. Cuando salieron de la pequeña iglesia, caminaron del brazo entre risitas flojas, y el cura, que las vio partir, estuvo seguro de que el viaje de regreso lo harían mucho más relajadas.
—Perdóname, señor —dijo, juntando las manos, con la mirada elevada hacia el firmamento azul de verano —, sólo ha sido una pequeña ayuda para que la vuelta se les haga un poquito más llevadera.
A continuación, encendió uno de esos cigarrillos que el sacristán le regalaba de cuando en cuando, fruto del contrabando, casi seguro, y se puso a reflexionar.
La historia de la señora, aunque frecuente, era tan triste que no dudó en ayudarla.
Buscaría en todas las partidas de nacimiento hasta encontrar algo que le saliese de ojo.
Aplastó el cigarrillo, se levantó de ese banco de piedra con vistas a las montañas, y entró en la sacristía, donde comenzaría con la investigación.
Por suerte, las partidas de bautismo estaban colocadas por años, aunque todas ellas se apilaban formando una torre de documentos que tendría que revisar uno por uno.
Y mientras lo hacía, fue repasando mentalmente a las familias del pueblo que tenían hijas de la edad de la nieta de doña Amalia.
Todas ellas eran gentes humildes, cargadas con una abundante prole y, en consecuencia, la posibilidad de que hubiesen acogido voluntariamente una boca más era casi imposible.
Sin embargo, doña Amalia habló de una generosa aportación para la crianza de la niña…
El párroco pensó que quizás aquel dato fuese un pequeño hilo del que tirar.
Le preguntaría a Leovigilda, muy vieja y con una memoria a prueba de olvidos, si recordaba que, en algún momento, alguna vecina del pueblo hubiese trabajado de nodriza, medrando más de lo habitual en esos casos.
Y si la memoria de la mujer arrojaba algún resultado, lo contrastaría con los registros de bautismos.
El joven párroco se entusiasmó: en el pueblo no tenía con quien jugar al ajedrez, pero la investigación, con la que se había comprometido, mantendría su mente ocupada. En unos días había quedado en ponerlas al tanto de lo que averiguase, así que debía comenzar a indagar de inmediato.