Capítulo 8
El comedor del Gran Hotel Valdelagua era una estancia majestuosa y la luz, tanto de día como de noche, su característica más destacable: durante el día, gracias a los enormes ventanales, por los que asomaba la vegetación del jardín de poniente; de noche, por las grandiosas arañas que colgaban de las alturas, esparciendo la luminosidad de cientos de lámparas de incandescencia.
Pero no era la luz, ni las elegantes vajillas, ni los manteles bordados lo que hacía especial a esa estancia: el alma del gran comedor eran los clientes que, aliviados de sus dolencias, relajados por el efecto balsámico de la inmersión en las aguas minero-medicinales y reconfortados por un agradable paseo a orillas del lago, acudían a deleitarse con las delicias gastronómicas elaboradas por el prestigioso chef.
La cena era el momento más especial, en el que, dispuestos a disfrutar, los huéspedes acudían ataviados con elegancia, despojados ya de las ropas más ligeras y llevaderas que utilizaban a lo largo de la jornada.
Las damas, acicaladas en la peluquería del hotel, se paseaban con sus mejores galas veraniegas, confeccionadas meses antes con vaporosas gasas y sedas livianas, para ser lucidas en las cenas del balneario.
Las ganas de disfrutar vigorizaban el distendido ambiente, en el que la alegría era la nota de fondo.
El comedor se distribuía en base a mesas de diversas capacidades y formas.
El jefe de sala, impecable en su atuendo y modales, guiaba a los huéspedes a través de la estancia, eligiendo para cada caso la mesa que consideraba más apropiada.
Las ganas de socializar y divertirse eran la tónica general, por lo que las preferidas eran las redondas, con capacidad para seis u ocho comensales, donde la elección de quienes se sentaban juntos era minuciosamente estudiada para garantizar que los comensales compartiesen temas de común interés, gustos e ideología, aunque en esto último la divergencia era escasa, lo cual reducía la probabilidad de equivocarse.
Respecto a lo demás, la experiencia de años del jefe de sala aseguraba el éxito de la reunión.
Casi todos los huéspedes cenaban a la misma hora, condicionada por el comienzo del espectáculo de la sala de fiestas que, fuese cual fuese, solía llenarse.
Los camareros atendían las mesas con aparente tranquilidad, pues eran penalizados quienes alterasen la sala yendo y viniendo como si les persiguiese un perro rabioso.
Por todo ello, el ambiente era relajado y distendido, gracias a los esfuerzos de los empleados para aparentar que todo estaba bajo control, aunque en el office y las cocinas sudasen la gota gorda.
Isabel Beaumont recorrió la sala delante de su esposo, acaparando miradas discretas, pero cargadas de intenciones.
Algunas señoras comentaron la inconveniencia del vestido de la dama, cuyo escote, muy a la moda, consideraron desproporcionado.
Los caballeros opinaron entre ellos acerca de lo acertado del atuendo, pues era una bendición para los ojos, se dijeron, poder contemplar semejante belleza.
Gaspar de Arístegui caminaba detrás, sin percatarse — o al menos eso daba a entender— de que su esposa no dejaba indiferente a nadie.
Parecía distraído, como si un asunto de vital importancia le impidiese centrarse en el presente.
Ella quiso sentarse en una mesa para dos, pero el esposo decidió que estarían mejor compartiendo la cena con otros ilustres huéspedes.
Así que los condujeron a una mesa redonda donde ya estaban sentadas otras dos parejas: don Francisco del Álamo, eminente cirujano, y su esposa, doña Caridad Martínez de la Vera, junto con don Casimiro Fuentes y señora, doña Ágata del Pulgar.
De inmediato, Isabel comprendió que nada la unía a esas dos mujeres, ataviadas con el recato provinciano de las beatas consagradas, y odió a su esposo al sentirse inspeccionada sin decoro, mientras los maridos charlaban con despreocupación, dirigiéndole, de vez en cuando, tiernas miradas al hermoso escote.
Apenas probó bocado, pero sí bebió un par de copas de champán, que le provocaron el milagroso efecto de tomar distancia con esas miradas reprobadoras y comenzar a viajar a los lugares felices de su memoria, donde el amor de Gaspar lo llenaba todo de luz.
Tan distraída estaba, que cometió la torpeza de desentenderse de la conversación, sin percatarse de que una de las damas acababa de formularle una pregunta.
—Doña Isabel, ¿se encuentra usted bien? —preguntó la señora, pensando en una indisposición como única explicación posible para que una dama, tan correcta como la esposa del señor Arístegui, hubiese cometido la grosería de desatender al resto de comensales.
—Discúlpeme, Ágata, lo cierto es que me encuentro algo cansada, parece mentira que un lugar de reposo pueda resultar tan agotador, ¿no les parece?
No, no se lo parecía en absoluto a ninguna de las señoras allí sentadas.
—Le preguntaba que si tienen ustedes hijos…
—Ah, pues no, no tenemos. Y lo cierto es que yo no sé si estaría realmente preparada para ser madre.
La respuesta les pilló desprevenidos a todos, porque se hizo el silencio. Doña Caridad intentó resolver la situación, sin sospechar que insistir en el tema no haría sino empeorarlo.
—¡Todas las mujeres estamos preparadas para ser madres, querida! Es nuestro sagrado deber, la finalidad por la que Dios nos puso en este mundo.
Isabel se lo pensó unos instantes. El champán, pasados los primeros momentos, le estaba produciendo una somnolencia incontrolable y estaba aburridísima, por lo que decidió que nada mejor que espabilarse el aburrimiento respondiendo con sinceridad.
Por un momento temió que Gaspar se enfadase, pero entonces recordó que había sido él quien rechazó la idea de cenar solos para unirse a ese grupito de hipócritas.
Así que habló sin temor a las consecuencias.
—No estoy de acuerdo, señora. La verdad, no me considero una máquina de hacer niños, sino una persona, con otros muchos intereses, aparte del de la procreación.
De nuevo se hizo el silencio, hasta que uno de los señores soltó una carcajada y aplaudió despacio, un par de veces.
—¿Una máquina de hacer niños? ¡No deja de ser una comparación de lo más ocurrente, señora mía!
Pero a doña Caridad no le hizo ni pizca de gracia. Se puso muy colorada antes de responder:
—Con todos mis respetos, señora, no creo que comparar a las madres con máquinas sea ni cristiano, ni apropiado. ¡Por Dios, qué disparate!
—El mismo disparate, si me lo permite, que ha dicho usted: relegar a las mujeres a hembras paridoras no me parece, tampoco, nada apropiado.
Gaspar de Arístegui la miró con los dientes apretados, estaba furioso. Decidió que lo mejor era dar por finalizada la cena.
—Creo que va siendo hora de que nos retiremos, mi esposa está cansada, ha sido un día muy largo— dijo. A continuación, se limpió con la servilleta, que dejó cuidadosamente abandonada sobre la mesa, y se puso en pie, esperando que Isabel hiciese lo mismo.
—Entonces, ¿no los veremos en el concierto? —preguntó doña Ágata, la dama que había permanecido al margen del rifirrafe, porque la otra estaba demasiado enfurruñada para dirigirles la palabra.
—No, señora. Creo que por hoy ya hemos tenido bastante ajetreo.
Isabel ya se había puesto en pie.
—Señoras, señores —saludó con un ligero movimiento de cabeza e inició la retirada, seguida por Gaspar, que contenía a duras penas su irritación. En cuanto desaparecieron, doña Caridad comentó:
—¿A descansar? ¡Nones! ¡Lo que irá es a darle una buena azotaina a esa deslenguada, por comportarse como una niña malcriada!
Todos asintieron al unísono, el marido de doña Caridad imaginando las deliciosas posaderas de Isabel Baumont expuestas sobre sus rodillas, y envidió profundamente a Gaspar de Arístegui.
Gaspar se encaró con su esposa en cuanto se adentraron en los pasillos, a esa hora desiertos.
—¿Te has vuelto loca? ¿Acaso no recuerdas que tengo un nombre y una impecable reputación?
Isabel lo miró. Estaba bellísima, con el cabello ligeramente despeinado, las mejillas sonrosadas y esa mirada suya, tan azul, reflejando una insolencia que enardecía de manera especial a su esposo.
No se percató del deseo con el que la miraban sus ojos, suplicantes, y sólo vio a un hombre enfadado a causa de una incómoda situación que, por cierto, ella había provocado.
—Lo siento —dijo mirando al suelo.
—¡Que lo sientes! ¡Qué vergüenza, Isabel!
Ella se revolvió de nuevo, y se detuvo para decirle:
—¿Vergüenza?¿Consideras que es una vergüenza defender mis argumentos? ¿Por qué esa señora ha de estar en posesión de la verdad? ¡Por favor, Gaspar, ¡madura un poco! —le dijo, antes de reanudar la marcha.
—No sé lo que te sucede, querida, pero estás insoportable.
—Vayamos al concierto —dijo ella de pronto—. Disfrutemos de la música, hagamos como si no ha pasado nada, por favor, olvidémoslo e intentemos ser felices…
Pero Gaspar estaba demasiado enfadado para aceptar la reconciliación, y se sentía incapaz de enfrentarse de nuevo a los dos matrimonios.
Aunque su verdadera razón, esa que ni él mismo se atrevía a reconocer, era que deseaba meterse en la cama que compartía con Isabel, porque quizás se produjese el milagro de que ella recuperase la pasión, que en él seguía intacta, y la medianoche los sorprendiese desnudos, sus cuerpos abrazados después de amarse.
—Querida, por hoy ya he tenido bastante.
Lo único que quiero ahora es descansar y olvidarme de lo sucedido, que ha sido muy desagradable.
Por cierto, ¿mañana tampoco vendrás a tomar los baños?
Creo que te vendrían muy bien para relajar esa actitud que muestras de un tiempo a esta parte y que, por más que lo pienso, no sé a qué se debe.
Pero Isabel sí lo sabía. Era parte de la tristeza que la envolvía desde que Gaspar, siempre tan ocupado, siempre pendiente de sus mil y una obligaciones, se había olvidado de que ella existía.
Se sentía arrinconada, un simple objeto decorativo que le hizo gracia en su momento pero que, acostumbrado a verla, había perdido todo el interés.
Apenas se miraban. Cada vez se asemejaban más a dos desconocidos, tan diferentes de los jóvenes enamorados que, sólo con mirarse, sentían la sensación de que una corriente eléctrica circulaba por sus cuerpos.
Caminaron en silencio el resto del trayecto hasta la habitación.
Gaspar se desnudó y se metió en la cama, mientras Isabel, sentada en el tocador, se quitaba los pendientes, desprendía una a una las horquillas que sujetaban su peinado y comenzaba a cepillarse el cabello, sedoso, del color de la miel de flores, mirándose sin comprender por qué ese hombre, al que tanto amaba, parecía ignorarla.
Cuando terminó, se volvió hacia su esposo, que parecía ya dormido, ignorando que él no había dejado de mirarla a hurtadillas ni un solo segundo.
Necesitaba ayuda para desvestirse, pues habían viajado sin servicio.
—Gaspar… —dijo quedamente, cuando se hubo acercado a él.
Gaspar se volvió al oír el susurro.
—Necesito que me ayudes.
Él se levantó. Estaba desnudo. De espaldas, comenzó a desabrocharle los botones que ajustaban el hermoso vestido al cuerpo espigado de Isabel.
Observó su cintura estrecha, y los dedos le temblaron al rozar la piel que fue quedando al descubierto mientras la tela se abría.
Aspiró el aroma único del perfume fusionado con su cuerpo, envolviendo el aire circundante en una nube de sensaciones que desataban su deseo.
Sin saber por qué, evitó que ella se percatase de la reacción que su masculinidad había experimentado ante el acto, aparentemente trivial, de ayudarle a desembarazarse de sus prendas.
Se acurrucó deprisa entre las sábanas, evitando la tentación de mirar la desnudez creciente de su esposa.
Al cabo de una hora, ambos permanecían aun despiertos, haciéndole creer al otro que eran presa de un sueño profundo, pero atormentados por pensamientos tan parecidos que, de habérselos podido leer el uno al otro, se hubiesen sentido tan ridículos como aliviados.
Isabel se durmió al fin, y su último pensamiento fue para ese lugar, el balneario de Valdelagua, concluyendo que había sido una pésima idea lo de acudir allí.
Gaspar tardó un poco más que ella en caer en un sueño plagado de despertares angustiosos, que sólo se calmaban al comprobar la presencia de Isabel, allí, al otro lado de la cama, tan cercana, pero tan distante.