Capítulo 7
Berta no daba crédito a lo que veían sus ojos, fijos en una de esas imágenes que ilustraban las novelas eróticas de la señora de Salvatierra.
Y lo contendido en esas líneas, inimaginable para alguien tan inocente como lo había sido ella hasta la lectura de esos párrafos, le había cambiado para siempre.
Aquel verano Berta Casalduero descubrió una faceta oculta del ser humano que, sin embargo, era la que movía el mundo.
Aprendió que el placer sexual era algo inherente a todos, ella misma había experimentado en su cuerpo la excitación que le provocaron esas líneas, y el enamoramiento —antes infantil— que sentía por Carlos Ribadeo adquirió una nueva dimensión, donde el contacto físico con ese hombre deseado prometía placeres indescriptibles.
Encerrada en su habitación, esperó el momento en el que sus padres salieron a tomar las aguas para sacar del armario el libro que guardaba entre sus camisolas de noche para aferrase a sus páginas, leyendo con avidez, imaginando cada uno de los momentos relatados en una trama que carecía de fuerza, pues su única utilidad era proporcionar un escenario para que el autor— o la autora— desnudasen allí a sus protagonistas y los entregasen a deliciosos momentos de placer.
Aún horas después de haber cerrado el libro, Berta no podía sacarse de la cabeza las ardientes escenas que en ella se dibujaron.
Se sentía una mujer nueva, poseedora, ahora, del secreto de la vida.
Tan absorbida estaba por sus nuevos conocimientos que temió que su madre fuese capaz de leerlo en su cara, y la sola idea le provocó un rubor tan evidente que, ese sí, fue advertido por doña Berta.
Como efecto colateral a tanto conocimiento oculto, desvelado de pronto, Berta había desarrollado cierta inquina por su madre, causada por el hecho imperdonable de que la hubiese mantenido desconocedora de todo, al margen de los mágicos mecanismos que rigen la danza prohibida entre un hombre y una mujer.
No quiso imaginar lo que hubiese sido de ella si, llegada su noche de bodas, no hubiese leído esos libros iniciáticos, porque hubiese quedado ante su esposo como una auténtica estúpida.
A diferencia de lo que pensaba sólo quince días antes, Berta sabía ahora que los hombres no deseaban mojigatas en sus camas, sino mujeres diestras y conocedoras de cualquier práctica, por muy escandalosa que fuese, que les proporcionase placer.
La Berta de antes de los libros se hubiese escandalizado, incluso hubiese llorado amargamente, cuando su futuro esposo hubiese solicitado de ella determinadas acciones que ni se le hubiesen pasado por la cabeza.
Ahora se sentía libre, pero, sobre todo, se sentía poderosa, porque el conocimiento, sea cual sea, es poder.
Cuando aquella tarde se reunió con las gemelas Salvatierra, estuvo cerca de una hora transmitiéndoles el entusiasmo que le había producido tan peculiar literatura, mientras las hermanas, sonrientes y maliciosas, se sentían las artífices de la transformación que, al igual que les sucediese a ellas, se había producido en la bobalicona e ignorante Berta Casalduero.
Ahora estaban las tres al mismo nivel, lo cual podría lograr que esa temporada balnearia se volviese mucho más interesante de lo previsto.
—Deberías devolvernos los libros, con ellos en tu poder corres peligro.
—Por eso no os preocupéis, están a buen recaudo. Si vuestra madre no los echa de menos…
Como siempre al unísono, sonrieron, y fue Melisa quien respondió.
—Por eso no hay problema, tiene tantos que no echará de menos un par de ellos. Pero Felisa tiene razón: podrían descubrírtelos y, en ese caso, nos pondrías a nosotras en un aprieto considerable.
—Os repito que están a buen recaudo, dejadme que los lea de nuevo, porque hay cosas que aún no entiendo del todo.
—Si podemos ayudarte en algo —dijo Felisa, con una perversidad que a Berta le pasó desapercibida.
—Lo de las mujeres…No entiendo cómo es que dos mujeres…bueno, ya sabéis a lo que me refiero.
Las gemelas se miraron, y fue Melisa quien respondió.
—También hay hombres que se gustan entre ellos, Berta. Son vicios, monstruosidades que no dejan de ser curiosas, ¿no te parece?
—En efecto —dijo Berta con la boca pequeña, pues no paraba de darle vueltas al hecho inquietante de que las escenas con esas mujeres amándose le había producido tanto morbo como excitación—. Yo, por suerte, sé a ciencia cierta que me gustan los hombres, y uno en particular.
—Ya lo hemos notado, querida, Carlos Ribadeo, ¿verdad?
Berta se sonrojó tanto que no pudo negarlo, aunque hubiese querido hacerlo porque no se fiaba de las gemelas, estaba casi segura de que eran incapaces de guardar un secreto.
—No digáis nada, os lo ruego.
—Mujer, ¿acaso no confías en nosotras? —dijo Melisa—.
Pero creo que el guapísimo Carlos Ribadeo está lejos de tu alcance, porque quien le gusta— y muchísimo— es la de las pecas.
Y ten por seguro que esa desvergonzada le dará lo que quiere, que ahora ya sabes lo que es—dijo la gemela, guiñándole un ojo.
Berta se enfurruñó al evocar el bello rostro pecoso, e intentó restarle importancia al comentario de las Salvatierra:
—Tiene unas pecas horribles, no creo que gusten a ningún hombre, y menos a uno tan apuesto y perfecto como Carlos Ribadeo.
—Berta, Berta querida — intervino Felisa—, a pesar de los libros, aún te queda mucho por aprender de la atracción entre un hombre y una mujer: lo que ve el joven Ribadeo en esa muchacha no son, precisamente, sus pecas.
La señorita Casalduero puso cara de no entender, pero enseguida rectificó, pues no quería demostrar a las gemelas que, efecto, había sido demasiada la información digerida en muy poco tiempo y aún estaba tratando de asimilarla.
—Yo te aseguro, Berta —intervino ahora Melisa— que, en cuanto esa empleada se dé cuenta de que un caballero bebe los vientos por ella, se dejará hacer.
Ahora Berta sí sabía lo que era «dejarse hacer».
Una rabia destructiva se apoderó de ella al imaginar a esa joven entregándose a su enamorado, gimiendo ambos de placer como los protagonistas de la novelita titulada «Una doncella en apuros y un caballero al acecho», donde el único apuro de la doncella era la urgencia por satisfacer unos instintos que el caballero acechante se encargó de sosegar.
¿Y ella? ¿Sería capaz ahora, Berta Casalduero, de entregarse a un hombre por placer?
Y si era así, ¿qué la diferenciaba de esa humilde bañera, a la que estaban tachando de casquivana?
Berta se paró en seco y, tomando a una hermana de cada brazo, comenzó a caminar despacio, mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa triunfal.
—Muy capaz veo a esa muerta de hambre de entregarse a él para, si logra atraparlo, medrar como nunca hubiese imaginado. Pero no creáis que le va a resultar fácil, chicas, porque se me ha ocurrido algo que acabará con la bañera pecosa de vuelta al lugar de donde nunca debió salir.
— ¿Pretendes quitártela de en medio, querida? —dijo Felisa, incitándola a la acción.
—Ahora sé cosas que antes no sabía, y eso me da una ventaja de la que carecía —respondió la joven, evocando de nuevo esa sensación de poder que le otorgaban sus recién adquiridos conocimientos.
—Pero, dinos —insistió la gemela—, ¿has ideado un plan? ¿En qué consiste?
Berta, comprendiendo que había pasado de ser la ignorante a estar a la altura de las dos hermanas, a quienes tenía por sagaces e intrépidas, se regodeó con su impaciencia.
Dispuesta a mantener la incertidumbre que, dicho sea de paso, mantenía a las gemelas pendientes de ella, la joven Casalduero sonrió antes de responderlas:
—Tranquilidad, queridas, que ya veréis como estoy en lo cierto: esa está acabada.
Cuando aquella noche las gemelas se encerraron en su gabinete, le dieron vueltas al asunto de Berta Casalduero.
—¿Qué crees que planea?
—No lo sé, pero seguro que es una idea descabellada, una locura. Berta me da miedo —dijo Melisa, sin pararse a pensar que sus propias actuaciones también lo daban.
—¿Y si le gastamos una broma? —dijo Felisa, pensando en algo descabellado.
—No sé, es demasiado vengativa. ¿Qué se te pasa por la cabeza, hermanita?
Felisa sonrió unos segundos, manteniendo en suspense a su gemela:
—Podríamos ingeniárnoslas para que su madre le pille los libros prohibidos. Doña Berta tiene fama de beata, ¿te imaginas el soponcio que le daría a la buena señora?
Ambas rieron despreocupadas, hasta que Melisa recapacitó:
—Nos meteríamos nosotras solitas en un lío, porque seguro que la tonta de Berta nos delataría, me apuesto el cuello.
Ambas se quedaron en silencio, pensando.
—No creo que se atreviese a esclarecer la verdadera procedencia de los libros, porque entonces metería a nuestra madre en un buen compromiso.
—Cierto —confirmó Melisa—. Nos acusaría a nosotras, pero no mencionaría nunca a la señora de Salvatierra.
Ambas se miraron, sonrientes, y chocaron las palmas antes de que Felisa dijese:
—Y claro, nuestra querida madre no podría castigarnos, porque sabe de sobra quién es la dueña de las picantes novelitas. No le quedaría otro remedio que tapar el asunto y olvidarlo cuanto antes.
—Entonces, ¿lo hacemos, o qué?
Antes de dormirse, las perversas jovencitas estuvieron un buen rato riendo mientras imaginaban las consecuencias que tendría para Berta el malévolo plan que habían ingeniado para divertirse a su costa, pues de alguna manera les tendría que pagar el favor que le habían hecho al proporcionarla un conocimiento sólido para caminar segura por el complicado mundo de las artes amatorias.