Capítulo 6
El viaje desde Madrid se había hecho interminable y, como apoteósico final, doña Amalia Ferlosio y su doncella se vieron obligadas a realizar el último trayecto en una diligencia que el hotel ponía a disposición de los huéspedes desde la estación ferroviaria.
La señora tuvo que cerrar los ojos para evitarse la espeluznante contemplación de la altura desde la que se precipitarían si la pezuña del caballo —«¡Dios no lo quiera!
», suplicó la mujer— resbalaba con las piedras, mientras Fernanda, más templada, se entregaba con resignación a lo que tuviese que ser.
Entre lamentos velados y a punto del síncope, la comitiva llegó, por fin, a su destino.
Como solía suceder a quienes coronaban el espeluznante ascenso, ambas mujeres contemplaron en silencio el surgimiento del magnífico complejo, algo por completo inesperado en esa naturaleza abrupta, que tan indomable parecía.
El cansancio pareció disolverse y, muy a su pesar, doña Amalia tuvo que admitir que tanto sinsabor había merecido la pena.
Ahora tenía por delante una tarea tan complicada como grata: encontrar a esa nieta de cuya existencia se había enterado a través de la única carta que recibió de su hija en casi dos décadas.
El gabinete reservado por doña Amalia, en una de cuyas piezas dormiría Fernanda, cumplía con todas las expectativas de un establecimiento hotelero de su categoría, y aún las superaba.
Desde que la aristocracia y las clases altas habían puesto de moda el magnífico enclave, un grupo de inversores se había esmerado para que el balneario pudiese competir con los mejores centros de turismo termal europeo, logrando que no sólo la calidad de las aguas minero-medicinales atrajesen visitantes, pues el Gran hotel ofrecía un lujo incomparable, así como una oferta de ocio y de gastronomía tales, que era el centro de referencia para la élite madrileña, pero también para honorables huéspedes procedentes de toda la geografía española y europea.
La camarera que se ocuparía de atender la habitación durante la estancia de doña Amalia procedió a sacar las prendas del equipaje, colocándolas con indudable tiento en el armario, ante la mirada escandalizada de Fernanda.
—Señora, creo que, si he venido con usted, será para algo, digo yo…
Doña Amalia había pasado los peores días de toda su vida, tan dolorosos como cuando padeció la pérdida de su amado esposo, el conde de Valcerrado.
Ahora, animada por la expectativa de encontrar a su nieta, lo único que le quedaba ya de su amada hija, un sentimiento de exaltación y cierto optimismo invadían su ánimo.
Contar con la presencia de la fiel Fernanda, insustituible consejera y agradable compañía, contribuía a reforzar la sensación de que tenía por delante un cometido del que saldría victoriosa.
—Estoy hambrienta, Fernanda, el viaje ha sido largo —dijo la dama, desatendiendo adrede el comentario de la doncella—. Y tú, ¿no tienes hambre?
—Puedo esperar, señora, lo primero es atenderla. ¿Desea que se lo traigan a la habitación, o prefiere bajar al comedor?
—Bajaremos al comedor —respondió doña Amalia, mirándola fijamente— Las dos, Fernanda. Y no admito discusión.
Fernanda la miró, hizo un breve gesto de asentimiento con la cabeza y no replicó, la señora tenía siempre las ideas demasiado claras como para contradecirla en menudencias.