La casa de las aguas 1 Capítulo 5
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Capítulo 5

Doña Irene, la gobernanta, andaba de un humor de perros aquella mañana.

Las camareras que ya habían trabajado en el hotel balneario las temporadas anteriores conocían el motivo: estaba prevista la llegada de los Salvatierra.

El hecho, que en principio no tendría nada de especial, traía a la mujer de cabeza porque, además de ser huéspedes habituales, a los que convenía atender escrupulosamente, la familia estaba formada por cinco miembros, ocupaban una habitación sencilla y dos gabinetes y traían consigo un séquito considerable de sirvientes, a los que también había que ubicar en las mansardas.

Pero lo peor de todo era soportar sin desfallecer a la señora de Salvatierra y a sus dos gemelas, Melisa y Felisa.

Por el contrario, la señorita Claudia, primogénita del matrimonio Salvatierra, era una de las personas más amables y condescendientes de las muchas que la curtida gobernanta había conocido a lo largo de sus más de quince años en el hotel.

Alba correspondió con un asentimiento rápido cuando doña Irene le adjudicó la habitación individual en la que se alojaría a Claudia Salvatierra, y el gabinete que ocuparían Felisa y Melisa quedó al cargo de Joaquina, una mujer abnegada, tímida y muy trabajadora, a quien lo único que parecía importarle era el bienestar de los huéspedes por encima del suyo propio.

Con ella al frente, la gobernanta se garantizaba que no habría encontronazos entre sus trabajadoras y las indeseables damiselas que, a pesar de sus veinte años, tenían pataletas propias de niñas de tres.

Todo estaba preparado cuando la diligencia que traía a la familia se detuvo ante la puerta principal del Hotel Valdelagua, seguido de otra en la que llegaban tres miembros del servicio, entre los que estaban la doncella de la señora y un sirviente que se ocupaba de atender al señor, un ayuda de cámara al más puro estilo británico.

Y detrás, los carros cargados con baúles y maletas.

Los mozos del hotel se apresuraron a bajar los equipajes en cuanto el conductor detuvo a las empecinadas mulas, y los fueron dejando en el vestíbulo ante la mirada inquisitiva del director quien, mientras saludaba a los Salvatierra, les lanzaba una muda advertencia para que desalojasen esos bultos del recibidor cuanto antes.

Doña Irene respiró cuando los recién llegados bajaron al comedor, momento este en el que daba por concluida la complicada tarea de instalarlos.

Cuando los vio bajar, subió presurosa, para asegurarse de que todo estaba en orden.

Las criadas aún estaban terminando de colgar trajes y vestidos en los armarios de los dos gabinetes.

En cuanto los Salvatierra pusieron un pie en el comedor, varios huéspedes se apresuraron a saludarlos, pues pocos eran los que no deseaban un trato cordial con el marqués de Piedrahita, uno de los hombres más ricos y poderosos, que había ocupado el cargo de ministro durante la reciente presidencia de Antonio Maura.

Y mientras el marqués estrechaba manos y palmeaba las espaldas de los incondicionales de Valdelagua, doña Clarisa y sus tres hijas se acomodaban en la mesa, la misma que ocupaban los Casalduero.

—¿Doña Virtudes? ¡No ha pasado un año por usted! —saludó la señora de Salvatierra a la de Casalduero con mirada maliciosa, «¡Han pasado cinco! », hubiese querido decirle.

—¡Por usted sí que no pasan los años, querida! —le devolvió el cumplido doña Virtudes, siempre tan inocentona e incapaz de captar la ironía.

Las jovencitas se saludaban también mientras se miraban de reojo, las gemelas intentando calibrar algún cambio significativo —a peor, por supuesto— en la anatomía de Berta, esta inspeccionando a su vez los rostros insulsos de las Salvatierra, a cuyo lado Claudia brillaba con la sencillez y la pureza de un diamante.

—Berta, ¡nos encanta tu vestido! —dijo Melisa, mientras la joven Casalduero asentía, perversamente regocijada al comprobar que las gemelas no habían abandonado su estúpida costumbre de hablar en plural, como si todo lo que dijese una de ellas contase con la aprobación incondicional de la otra.

—Os agradezco el cumplido, es cierto que la tela es preciosa y, para qué voy a negarlo, me sienta de maravilla, ¿verdad?

Las gemelas Salvatierra asintieron sin demasiada convicción.

Eran altas y espigadas, rubias de cabello y con una piel muy blanca, donde las perennes ojeras resaltaban como cercos amoratados.

Sus facciones no eran incorrectas, pero, en su totalidad, resultaban desagradables, aunque nadie pudiese explicarse el por qué.

Berta Casalduero también era alta y de talle fino, morena, de piel aceitunada y, al igual que les sucedía a las gemelas Salvatierra, había algo en su cara que no terminaba de encajar con el resto, por lo que el conjunto resultaba, en el mejor de los casos, indiferente.

—Y tú, Claudia, ¿qué tal? —preguntó Berta a la hermana de las gemelas, que permanecía al margen no por voluntad propia, sino porque las mellizas tenían la fea costumbre de excluirla del círculo cerrado que ambas constituían.

—Encantada de verte un año más, Berta —respondió Claudia con una sonrisa con la que le agradecía su interés, pues comenzaba a sentirse un poco ridícula, tan sola en ese comedor en el que estaba rodeada de tanta gente.

Además, había un joven cuyas insistentes miradas la estaban poniendo un poco nerviosa, aunque no era el único, pues la mitad de las miradas masculinas de la sala estaban focalizadas, con mayor o menor descaro, en la bellísima joven.

—Claudia se ha pasado el año aprendiendo a tocar el violonchelo —las dos hermanas soltaron una carcajada, contenida por la mano que, simultáneamente, se llevaron a la boca—. ¿Habías oído algo más ridículo? —terminó Melisa.

Berta, a quien los rifirrafes entre las hermanas le hacían disfrutar de una manera especial su condición de hija única, sonrió, expectante y divertida, pero sin tomar partido, pues era mucho más divertido contemplar en silencio cómo las Salvatierra, ellas solitas, se enfrentaban.

—Melisa, siento decirte que tu opinión respecto al violonchelo no indica más que una absoluta falta de sensibilidad —se defendió Claudia.

Esta vez fue Felisa quien intervino:

—Pero hermana, ¿con qué derecho hablas de falta de sensibilidad, tú, que eres la persona más fría que conozco?

Claudia elevó los ojos al cielo, exasperada. Las gemelas, aparte de una afinada ironía, tenían también una mordacidad capaz de herir al más aguerrido, pero no quiso entrar en el juego, allí no. Al ver que no respondía, Melisa atacó de nuevo:

—Pero no creo que esa afición le dure demasiado, porque mi madre es totalmente contraria a que una hija suya se dedique a un instrumento tan zafio, casi grotesco. ¡Su sonido es tan áspero!

—Lo cierto es que es la primera vez que oigo que una mujer toque un instrumento tan…tan…grande— fue lo único que se le pasó por la cabeza a Berta.

—¡Más grande es el piano, mujer! —le respondió Felisa, y su gemela le coreó las risitas.

—Bueno, me habéis entendido, ¿no? —Dijo Berta, algo contrariada.

—El violonchelo no es áspero, hermana —intervino Claudia—, también puede emitir notas agudas, pero lo que más me gusta es la potencia de su sonido: su caja de resonancia es como un torso masculino, poderoso e imponente.

Las gemelas y Berta se miraron, esta última escandalizada ante la comparación.

—Pues sí que has visto tú torsos masculinos para idear semejante tontería — respondió Melisa, dándole a Felisa un codazo disimulado que, sin embargo, no le pasó desapercibido a Berta.

Mientras este intercambio disparatado de opiniones tenía lugar, en el comedor entraron los Ribadeo, con sus dos hijos, Carlos y Federico.

Al pasar junto a las cuatro jóvenes, saludaron con un gesto de cabeza, y la mirada de Carlos se detuvo unos instantes en la de Claudia, quien a su vez lo miró unos segundos. Berta Casalduero susurró:

—Son los Ribadeo, es su primera temporada en Valdelagua, y he oído que son los riquísimos propietarios de unas minas en Argentina. Y, en honor a la verdad, hay que decir que el joven Carlos es muy apuesto.

Felisa y Melisa se echaron unas risitas, pero Claudia, sin saber por qué, enrojeció. Por suerte para ella, las gemelas seguían cuchicheando con Berta, así que no se percataron de su rubor.

—Ha llegado a mis oídos que ayer se cayó de la barca, y regresó al hotel calado de pies a cabeza… —continuó Berta—. Por cierto, ¿os apetece que nos demos un paseo por el lago esta tarde?

Las gemelas asintieron, entusiasmadas.

—Claudia, también tú puedes venir —dijo la joven Casalduero por cortesía, pues prefería que la mayor de las Salvatierra no las acompañase.

Había podido observarla con detenimiento y el año transcurrido no había hecho sino perfeccionar su impecable belleza.

Y, por supuesto, entre tanta joven casadera y tanto caballero en edad de merecer, la competencia era bárbara, por lo que mantenerse alejada de una beldad como Claudia Salvatierra, que por muy sosita que fuese era guapísima, resultaba una medida estratégica imprescindible.

Lejos de Claudia, Berta no desmerecería tanto.

Claudia denegó la invitación agradeciéndole el gesto a la joven Casalduero, quien sonrió, aliviada ante la negativa.

—Bueno, chicas, pues si os parece bien, a las siete nos vemos en el recibidor.

—Allí estaremos —dijeron las gemelas, cómo no, al unísono.