Capítulo 4
Cuando Rocío vio entrar en el comedor a Nieves, suspiró aliviada. Le hizo una seña con la mano, porque le había reservado un sitio a su amiga.
—Estaba deseando verte— le dijo a la bañera en voz baja, pues era consciente del interés que suscitaban allí las conversaciones ajenas —, me ha pasado algo terrible.
Nieves la miró con curiosidad.
—Pero aquí no podemos hablar, podrían oírme.
—¿Tan grave es? — le preguntó su amiga, cada vez más intrigada, y al ver que Rocío estaba a punto de echarse a llorar, se asustó un poco.
—¿Quieres que salgamos?
La secretaria del doctor negó con la cabeza, porque si abandonaban el comedor de repente, todas las miradas recaerían sobre ellas.
—Comamos deprisa y salgamos —propuso Rocío.
El comedor del personal nada tenía que ver con el fasto del comedor de huéspedes del Gran Hotel.
Allí no había camareros de modales exquisitos, sino unas perolas con el rancho calentito, de las cuales se servía uno mismo.
La vigilancia para evitar abusos se hacía innecesaria, porque los propios trabajadores se encargaban de amonestar a quien se excediese en la ración.
Las chicas acababan de servirse el guiso de verduras cuando llegó Alba, quien enseguida las vio.
Justo enfrente de ellas quedaba una silla vacía, donde se acomodó la recién llegada.
—¡Vaya mañana, chicas! —fue lo primero que les dijo, desplomándose sobre la silla.
—Pues te aseguro que la nuestra no ha sido mejor— dijo Nieves. Rocío y yo vamos a comer deprisa para dar un paseo, ¿te vienes?
Alba interpretó de inmediato el discreto guiño de la bañera, comprendiendo que tenían que hablar de algo importante. Asintió mientras se servía una pequeña cantidad, y las tres comieron en silencio.
Entre las numerosas normas que garantizaban el orden, estaba la de que cada trabajador llevase su plato y el cubierto a una pila, donde otras empleadas los fregaban. Así lo hicieron, antes de salir al frescor del paseo arbolado que se extendía delante del Gran Hotel.
—¿Nos dará tiempo a llegar al lago?
—Sí, aún es pronto— dijo Rocío, enfilando hacia allí.
La luz del sol arrancaba reflejos al agua en movimiento, donde podían verse algunas de las barquitas que el hotel ofrecía a sus huéspedes como un divertimento más. Las tres jóvenes, apoyadas en la barandilla, contemplaron en silencio el bellísimo panorama durante apenas unos segundos.
—¡Rocío! Pero, ¿qué ha pasado? —preguntó Nieves, atormentada por la curiosidad.
—Nada bueno, os lo aseguro. Sabéis que este trabajo me gusta muchísimo, pero no sé si cuando termine la temporada diré lo mismo.
Tanto Alba como Nieves la miraron asombradas, pues no esperaban que el asunto fuese tan grave como para que Rocío, entusiasmada con su puesto de secretaria, dijese lo que acababan de oír. Enseguida comprenderían por qué, cuando pasó a relatarles el encontronazo con el doctor Calderón.
—No te preocupes, al fin y al cabo, le paraste los pies sin más consecuencias, ¿no es así? —dijo Alba.
La secretaria asintió con la cabeza, antes de responder:
—Pero eso no es lo que me preocupa. Lo que me causa verdadera desazón es lo que siento dentro, como si algo me advirtiese que las cosas no van a ir bien, que hay algo oscuro en ese hombre que…
—Ese doctor no es buena gente, Rocío —la interrumpió Nieves—, te doy la razón. Tiene algo siniestro, me lo pareció desde el primer día. Una lástima que el doctor Novoa se jubilase, él sí era un caballero de los pies a la cabeza.
—Pues además de su comportamiento conmigo, tendríais que ver con qué mezquindad trata a los pobres de solemnidad. El trato que le dispensó a una mujer que fue a la consulta en busca de tratamiento fue vergonzoso, no se molestó ni en hablar con ella, mucho menos en hacerle un diagnóstico.
—Pues ándate con cuidado, Rocío, pues alguien que se comporta así con los más desfavorecidos demuestra no tener ningún respeto por sus semejantes —le aconsejó Alba.
—¡Como si fuese tan fácil! Os agradezco la buena voluntad, pero no tengo forma de defenderme, él es quien manda.
—Tiene razón, Alba — dijo Nieves, apenada—. La posición de Rocío no es nada fácil.
Las tres permanecieron en silencio, pensando en la indefensión de tantas mujeres, de tantos empleados que deben soportar a diario las injusticias de sus jefes por el simple hecho de ser sus asalariados.
— Pero piensa, ¿qué es lo peor que podría pasarte? ¿ Que tengas que dejar tu trabajo? ¡Pues otro habrá! —dijo entonces Alba.
Rocío la miró en silencio, y sus ojos angustiados reflejaron la impotencia que le provocaba tal posibilidad.
—¿Y te parece poco, Alba? Me encanta trabajar de secretaria del Médico de Baños, me he esforzado mucho para conseguirlo. Pero, además, no puedo irme, necesito mi salario, no es por capricho, sabes que es por necesidad.
Sus compañeras guardaron silencio de nuevo, y lo único que pudieron hacer fue pasarle la mano por el hombro, en un vano intento por tranquilizarla.
—La única conclusión que he sacado, de momento, es que el mundo está dividido en dos: los que tienen el poder y los que están a sus órdenes.
Y siento deciros, chicas, que no formamos parte del grupo de privilegiados.
He podido comprobarlo esta mañana, con una joven huésped del hotel, Berta Casalduero, ¡es insoportable!
Se quedaron en silencio, reflexionando, mientras una de las barcas, en la que paseaban un grupito de jóvenes, se acercaba al pequeño embarcadero.
De pronto se volvieron, alertadas por un chapoteo, seguido de risas y voces que, divertidas, jaleaban al joven que había caído al agua al intentar bajar a tierra firme.
Las tres miraban la escena, que comentaron, divertidas.
El caballero, empapado de la cabeza a los pies, intentaba salir del agua, ralentizados sus movimientos por el peso adicional de la ropa mojada, pegada a su cuerpo, mientras otros dos jóvenes, aún sentados en la barca, lo contemplaban muertos de risa.
El chico alcanzó la orilla y salió sin perder la sonrisa, a pesar del chapuzón, mientras las tres jóvenes contemplaban divertidas la humillación del caballero que, sin duda, había trastabillado al salir de la barca.
—¿Sabéis alguna quién es? —preguntó Rocío.
—Ni idea —contestó Alba, sin dejar de mirarle, ahora con cierto disimulo.
—Pues si no lo sabes tú, que te conoces a la mayoría de huéspedes… —dijo Nieves.
—Edad para acudir a tratamientos hidroterápicos no tiene, aunque nunca se sabe, porque algunas dolencias no respetan ni a la juventud. Yo, desde luego, en la consulta del doctor no lo he visto —respondió Rocío.
Permanecieron en silencio mientras el joven se aproximaba a ellas. Al pasar por su lado, les dirigió un saludo al tiempo que las miraba con cierto descaro, y dirigiéndose a Nieves en concreto dijo:
—Me distraje al verla, señorita. Y ya ve las consecuencias…
Sin dejar de sonreír, se alejó con las manos en los bolsillos como si tal cosa, el cabello revuelto y las ropas desastradas, dejando a su paso un reguero de agua y la perplejidad pintada en el rostro de Nieves, mientras el resto de ocupantes de la barca descendían uno a uno, sin parar de reír.
Alba miró sonriente a la bañera:
—¡Nieves! ¿Eso ha sido un piropo?
—Puede…—contestó ella escéptica, convencida de que su aspecto físico nunca atraería la atención de ningún hombre—, quizás me vio de lejos y se distrajo pensando en la desgracia que supondrá tener tantas pecas.
Rocío le recriminó de inmediato esa actitud, que ya había advertido en otras ocasiones:
—Deja de menospreciarte, Nieves, eres una mujer muy hermosa. No comprendo cómo puedes mirarte al espejo y no verlo.
—Lo único que veo es un rostro salpicado de ridículas pecas, estaría mejor trabajando en un circo —dijo, convencida.
—¿Sabes qué? —Replicó entonces Rocío, ahora algo indignada— Tengo una prima que padeció la viruela hace dos años, y su cara está llena de horribles cicatrices…Tu rostro, sin embargo, es suave y uniforme, y esas pequitas no son más que un bello capricho de la naturaleza.
Ante semejante argumento, Nieves calló. Indudablemente, su amiga tenía razón, pero le costaba convivir con las dichosas pecas, para las que había probado todo tipo de remedios sin resultado.
Continuaron caminando a buen paso, temerosas de llegar tarde.
Cuando se separaron, cada una de ellas estuvo dándole vueltas a la conversación mantenida con las otras dos, insistiendo en aquellos aspectos que más les habían impactado de la misma.
Todas, sin saberlo, coincidieron en prestar especial importancia a lo relatado por Rocío respecto a la actitud del médico.
Alba y Nieves, sin ser las afectadas directas, sintieron como suya la angustia de Rocío, quien se hallaba en una posición tan delicada que, hiciese lo que hiciese, estaba destinada a perder.
En el inconsciente de todas permanecía la convicción ancestral de que el orden social condiciona la vida, determinando el reparto de papeles: sometidos y dominadores, vencidos y ganadores. Y ellas sabían, perfectamente, el que les había tocado representar.