Capítulo 3
La temporada estaba en su momento de mayor auge, por lo que el trabajo en el hotel era incesante.
Al igual que el resto de trabajadores del hotel, las camareras de habitaciones se esmeraban para que la distinguida clientela disfrutase de un servicio impecable, lo cual implicaba actuar con discreción, en la sombra, sin molestar ni interferir en el descanso ni en la intimidad de los huéspedes.
Como la coordinación era esencial, las camareras de piso disponían de un tablero en el que estaban anotados los horarios de los huéspedes de cada habitación, que les servía para saber cuándo los ocupantes de la misma acudían a las citas para tratamientos en el pabellón hidroterápico, aprovechando estos ratos de ausencia para hacer camas, ventilar, limpiar y reponer el agua mineral, del que nunca debían carecer los clientes.
Alba se tomaba muy en serio su trabajo, por eso llevaba anotados los horarios de las habitaciones a su cargo en un papelito doblado, que consultaba en caso de duda.
El matrimonio de la doscientos dos estaba en esos momentos en las salas de baños, por lo que la camarera llamó con los nudillos y, tras unos breves segundos sin respuesta, entró.
Dio un respingo cuando vio la figura femenina tumbada en la cama.
—Perdone, señora, disculpe la interrupción, ya me retiro.
Se dio la vuelta, dispuesta salir, cuando la mujer se dirigió a ella con voz cansada:
—Haga lo que tenga que hacer, no me molesta usted, me vendrá bien sentir que no estoy sola del todo.
Alba detectó el tono apagado, la tristeza en el rostro, el cansancio que no era sino un hastío evidente, como si le costase sobrellevar la vida.
—Como quiera, señora —contestó Alba un poco indecisa, pues no tenía demasiado claro si permanecer en la habitación era lo correcto, a pesar de que la dama así se lo había indicado.
Vacilante, abrió la ventana, dejando que la brisa templada de aquella hora temprana inundase la estancia.
No podía hacer la cama, la mujer permanecía tumbada sobre ella, así que limpió un poco el polvo de los muebles, pero no se atrevió a barrer las alfombras por temor a incomodarla con el poco polvo que, sin duda, levantaría.
Comprobó que el agua mineral estaba intacta y, pensando que era lo mejor que podía hacer, se dispuso a salir por donde había entrado, pensando en volver más tarde.
Pero entonces la mujer habló, dirigiéndose sin duda a ella, no había nadie más allí.
—¿Lleva usted mucho tiempo en este trabajo?
—preguntó la dama, recostada, el brazo derecho sobre su frente, tapándole los ojos como si evitase la luz.
Alma se inquietó, y comenzó a repasar todos sus movimientos, tratando de averiguar en qué se había equivocado, hasta que comprendió que el tono de la mujer era demasiado neutro, quizás sólo quisiese conversación.
—Es mi segunda temporada en el hotel, señora.
La dama se incorporó, giró el cuerpo y sacó los pies de la cama, quedando sentada sobre ella.
—Mantienes la habitación en perfecto orden, y no debe ser fácil…
La joven camarera, aun entrenada a fondo por la gobernanta, carecía de experiencia para afrontar situaciones como la que se le había presentado.
Le habían enseñado cómo limpiar un gabinete, pero no le habían dado instrucciones para mantener una charla con una huésped que, sin embargo, parecía deseosa de hablar.
Alba comprendió entonces que la verdadera profesionalidad consistía en eso, en improvisar con tal de satisfacer las demandas del cliente.
—No lo es, señora. Puede parecer un trabajo simplón, pero le aseguro que es complicado mantenerlo todo en su sitio. A veces, cuando cierro una puerta, vuelvo sobre mis pasos para asegurarme de que no se me ha escapado ni un detalle.
La mujer sonrió. Tenía una bella sonrisa, tan bella como su rostro.
— Pues sí que es un trabajo exigente, desde luego. ¿Cuántos años tienes?
—Veintidós, señora.
La mujer suspiró, como si los veintidós años fuesen un pájaro que había volado lejos para no volver, a pesar de que apenas rozaría la treintena.
—Yo, a esa edad, ya estaba casada. ¿Tú lo estás?
La cara de Alba fue de lo más elocuente cuando su sonrisa afloró.
Desde que trabajaba en el hotel, lo del matrimonio era algo que había relegado a un segundo plano, pues el descubrimiento del mundo tan diferente que bullía cada temporada en ese valle perdido le hizo comprender que su prioridad era aprender: observarlo todo con atención y empaparse de ese ambiente, inimaginado un par de años antes.
Le había cogido el gusto a leer las publicaciones que, a diario, retiraban del cuarto de lecturas de las damas y, en cuanto tenía un rato, pasaba las páginas despacio, inspeccionando, deteniéndose en artículos que resultaban tan interesantes que recortaba la hoja, la doblaba con cuidado y la guardaba.
En muchas ocasiones, la releía en presencia de Nieves y de Rocío.
—No, señora, de momento no tengo pensado casarme —respondió la camarera sin vacilación, mientras pasaba el plumero por la superficie de una mesilla en la que ya no había polvo que quitar.
La mujer se levantó, cogió la botella de agua, se sirvió un vaso, del que bebió un par de sorbitos y dijo:
—Haces bien. Verás, el amor es un engaño… —dudó un poco antes de rectificar— bueno, el amor, en sí mismo, es un sentimiento hermoso, algo que las palabras no llegan a expresar en toda su grandiosidad. El problema es el matrimonio, la cárcel de amor.
A continuación, pareció arrepentirse de sus palabras, porque rápidamente le dio un giro inesperado a la conversación.
—Por casualidad, ¿no sabrás qué espectáculo hay esta noche en la sala de fiestas?
Alba sí lo sabía, porque cada día, de un vistazo rápido, miraba la cartelera.
Soñaba despierta con la posibilidad de ver uno sólo de los diferentes y magníficos espectáculos que cada noche se ofrecían en el Gran Hotel Valdelagua, desde conciertos de música clásica hasta las más modernas tendencias, así como representaciones teatrales, audiciones fonográficas o cuadros disolventes.
—Hoy hay concierto, señora. No recuerdo el programa completo, pero sé que, en la segunda parte, tocarán un minueto de Boccherini.
La dama no pudo evitar el gesto de sorpresa.
—¿Sabes de música?
Alba sonrió con humildad antes de explicarle:
—No, señora, pero me gusta muchísimo, por eso procuro aprender.
Bueno, en general, me gusta aprender de todo.
Recuerdo el minueto de Boccherini porque el primer día que lo oí se me saltaron las lágrimas, de tan bello como me pareció.
Es una música tan hermosa…Si la primavera fuese música, sería esa.
La dama sonrió a su vez, enternecida ante esa camarera de habitaciones tan diferente de lo que había visto a lo largo y ancho del mundo, porque la señora de don Gaspar de Arístegui, abogado del renombre y consejero de Casa Real, había recorrido mucho mundo junto a su esposo.
—Gracias por la información. ¿Cómo te llamas?
—Alba, señora, a su completa disposición —dijo la joven, inclinando ligeramente la cabeza.
—Y, ¿eres de por aquí?
—De muy cerca del pueblo de donde, con toda seguridad, habrá bajado del tren, es la última estación para poder llegar al balneario. Luego ya ha visto el camino de cabras que nos trae hasta aquí. Perdone, señora, quizás estoy incomodándola con mi charla, no debería hablar tanto, yo…
—No me molestas, para nada, Alba, todo lo contrario —dijo doña Isabel Beaumont con una sonrisa—: agradezco mucho tu conversación. Por cierto, bonito pueblo el de ahí abajo.
—Debería usted ver el valle en pleno invierno…. Cae tanta nieve que, algunas veces, cuando despertamos, la oscuridad es completa. Y no por la ventisca de fuera, sino porque la nieve ha tapado las ventanas.
—Yo estuve en una ocasión en Suiza, y nunca había visto tanta nieve junta.
—Pues si quiere ver nevar de verdad, señora, espere unos meses. Pero en el hotel no podrá alojarse porque, como ya sabrá, debido precisamente a las acumulaciones de nieve, permanece cerrado. Es por completo inaccesible.
A Isabel Beaumont le sorprendió gratamente la forma de expresarse, tan correcta, de la joven, y le preguntó al respecto.
—Lees mucho, ¿verdad?
—Cuanto puedo, señora. Me gusta muchísimo leer, es la única forma de aprender — respondió Alba antes de comprender que estaba cometiendo un error de principiante, que no era otro que el de dialogar con el huésped como si se tratase de una amistad, de un familiar o de un viejo conocido.
Se arrepintió de inmediato pues, aunque la señora de Arístegui parecía diferente, no debía fiarse.
Las gentes de posibles eran así: imprevisibles, caprichosos, y de un instante al siguiente, cambiaban de parecer y se mostraban ariscos, insondables, prepotentes.
Nunca sabía una cuando la paciencia se les agotaría, así que decidió no tentar más a su suerte y cortar de inmediato.
—Si me disculpa, señora, debo continuar con mi trabajo. Ha sido muy grato para mí poder satisfacer sus requerimientos. Le deseo que pase un buen día.
Isabel Beaumont comprendió entonces que no hablaba con la desocupada esposa de un aristócrata, sino con una persona que dependía del jornal de su trabajo para sobrevivir. Algo azorada, respondió:
—Gracias, Alba, todo está en perfecto orden, puedes retirarte.
Alba salió del gabinete con la extraña sensación de que Isabel Beaumont estaba muy sola.
Le pareció extraño, pues la tónica general del balneario era el disfrute, el descanso y la diversión, acompañados de una buena mesa y mejor bodega.
Por la razón que fuese, la mujer de la doscientos dos no compartía el optimismo general reinante en el hotel.
Caminó por el pasillo meditabunda, preguntándose cómo era posible que una dama como ella, tan hermosa y adinerada, pareciese tan infeliz con su vida y circunstancias.