Capítulo 2
Nieves Sagunto trabajaba por segundo año consecutivo en el pabellón de hidroterapia del Gran Hotel.
Su trabajo le gustaba, era bañera, y eso significaba que debía preparar los tratamientos según las especificaciones de la papeleta que traía consigo cada paciente.
Era imprescindible que los baños se ajustasen a la temperatura y tiempo especificado por el médico, al igual que las duchas y las pulverizaciones.
Dentro de sus cometidos estaba el de asistir a la clienta en cuanto necesitase, mantener el suministro de toallas limpias y dejar el cuarto de baño en perfectas condiciones de limpieza para la siguiente usuaria del mismo.
En tan sólo una temporada, Nieves había aprendido mucho del trato con las personas.
La conclusión que había sacado era desoladora: la mayoría de esas clientas acaudaladas que pasaban el verano en Valdelagua eran exigentes, maleducadas y muy desconsideradas con las trabajadoras del pabellón.
Por eso, al ver que su próxima paciente era doña Úrsula Montalbán, Nieves esbozó una sonrisa: la egregia dama era como un soplo de aire fresco entre la densa bruma de señoronas petulantes a las que había que servir, que no atender.
Doña Úrsula era diferente: una mujer de andares elegantes, a pesar de la artrosis de rodilla que le obligaba a utilizar un bastón, e impecables modales, que ponían de manifiesto su exquisita educación.
Y el respeto hacia sus congéneres, con independencia de la clase social a la que perteneciesen, era una de sus prioridades.
La otra, pasar desapercibida, pues muy pocas personas en el Gran Hotel sabían que ella y su difunto esposo eran los propietarios de una parte mayoritaria de participaciones en el negocio balneario.
La fortuna de la viuda de don Eugenio de Alvear haría palidecer a los que tanto que se jactaban de su riqueza.
Nieves limpió a conciencia la bañera, secó el suelo y preparó con mimo las toallas, doña Úrsula se merecía que todo estuviese impecable.
Recibió a la dama con una sonrisa sincera, y se aseguró de que la experiencia del baño fuese perfecta.
Cuando el tiempo prescrito pasó, la bañera se acercó a la dama y, con mucha delicadeza, la ayudó a salir, mientras le tendía una toalla de impecable hilo con la que la dama cubrió su desnudez.
Doña Úrsula, asistida por Nieves, tomó asiento mientras se secaba un poco, envuelta en la tela.
—¿Qué tal, doña Úrsula? ¿El baño ha sido de su agrado?
—¡Maravilloso, hija! —respondió la anciana, con los ojos brillantes—. Creo que la rodilla me dará una tregua, al menos por esta noche. ¡Qué paz, qué bienestar!
La dama hizo el intento de secarse los pies, pero Nieves se lo impidió.
—Si me permite, señora Montalbán, no es necesario que se agache usted, yo la secaré.
—¿No te importa?
Nieves sonrió con dulzura, doña Úrsula era tan agradecida que estaba encantada de hacerlo por ella.
—Será un placer, señora— dijo, mientras comenzaba a dar toquecitos suaves con la toalla.
—¿Cómo te llamas?
—Nieves, señora, Nieves Sagunto.
—Bonito nombre, muy adecuado si naciste por aquí.
La joven sonrió porque, en efecto, era hija de aquellas montañas y sus nieves perpetuas.
Antes de contestar, recordó las palabras de Doña Rafaela, la encargada de las bañeras, acerca de la inconveniencia de mantener conversaciones con los acaudalados huéspedes del hotel.
«Vienen a disfrutar de su estancia y recibir sus tratamientos, no a charlar con aldeanas», solía decirles.
Pero Nieves supo, desde el principio, que con doña Úrsula la buena conversación estaba garantizada, siempre haciendo uso de los correctos modales en los que había sido instruida antes de incorporarse al trabajo.
Escuchaba con atención, sonreía con discreción cuando era pertinente y sólo hablaba cuando la señora le preguntaba, o cuando creía que podía aportar algo verdaderamente interesante a la distendida charla.
—En efecto, doña Úrsula, nací en Sarbiñales, donde imagino se habrá usted bajado del tren. Es el pueblo que tenemos justo debajo.
Ahora fue la dama quien sonrió.
—¡Ni tanto que debajo! Cuando vi por vez primera Valdelagua, se me hacía difícil aceptar lo que contemplaban mis ojos, un majestuoso edificio perdido entre las montañas.
Dicen de la construcción de las pirámides de Egipto, pero esta es, también, una obra faraónica, porque no puedo imaginar la ristra de carros subiendo por el camino de cabras por el que se accede, cargando con todos los materiales necesarios.
—Si me lo permite, le diré que yo también le he dado vueltas a ese asunto, pues al igual que a usted, se me hace difícil de entender.
—No deja de ser un consuelo, jovencita: pensé que era la única a quien este lugar le parece un prodigio.
La joven bañera volvió a sonreír, sin afectación ni fingimiento, con una naturalidad que evidenciaba la elegancia innata de sus modales, a pesar de su humilde procedencia.
—¿Pues sabe lo que se comenta? Que estuvieron a punto de hacer un artefacto para poder subirlo todo con más comodidad, una especie de vagón sobre unas vías que ascendían por la montaña.
—Lo sé, querida —sonrió doña Úrsula, quien conocía muchos detalles de la construcción—, pero la idea no es nueva, ya existe, en el Grandhotel Giessbach, en Suiza.
Allí, desde el embarcadero del lago, los huéspedes del hotel suben cómodamente sentados, contemplando las vistas con la seguridad que proporcionan las vías sobre las que va guiado el vehículo. Es muy cómodo.
—¿Lo conoce usted? —preguntó Nieves, con timidez.
—Sí, lo conozco. Acudí allí con mi esposo, al poco de inaugurarlo, hará unos veinticinco años. Lo recuerdo muy bien porque allí celebramos nuestras bodas de plata.
La mirada de doña Úrsula se perdió en dulces ensoñaciones, y Nieves respetó su momento. Finalmente, la anciana señora regresó a la realidad, tras unos instantes de feliz ausencia. Entre tanta charla, la señora Montalbán ya estaba vestida y lista para salir.
—Bueno, imagino que habrá más clientes esperando por el baño y tendrás que prepararlo, no te entretengo más.
—Usted no entretiene, señora, siempre es un placer atenderla —respondió la joven bañera, con su espléndida sonrisa—. Para lo que necesite, ya sabe dónde estoy, a su completa disposición.
El baño le había sentado de maravilla a doña Úrsula, también el trato que le había dispensado Nieves Sagunto. Pediría que le atendiese siempre ella, porque le hacía sentirse tan bien que estaba segura de que la interacción con la empleada contribuía, sin duda, a su mejoría.
El buen humor de Nieves se desvaneció de inmediato cuando, en la rotonda de espera, advirtió la presencia de Berta Casalduero, hija de un destacado industrial cántabro y tan insoportable que hacía falta mucha contención para no ahogarla en una de las bañeras, pensó Nieves.
— ¡Oiga! —Berta se dirigió, furibunda, hacia ella —¿Qué clase de atención es esta? ¡Llevo tres minutos esperando!
Doña Úrsula se cruzó con la joven Casalduero, quien le hizo un gesto con la cabeza por todo saludo.
La noble anciana movió a su vez la suya de un lado a otro, manifestando así su disconformidad con los modales de quienes, por ser millonarios, se creían con el derecho de humillar al resto de la humanidad.
Sintió lástima por Nieves, una buena trabajadora que se vería obligada a aguantar los malos modos de muchas de esas señoritas.
—Lo siento muchísimo, señorita Casalduero, pero el retraso entra dentro de lo previsto, tenga usted en cuenta que…
Berta la interrumpió sin miramientos:
—¡No me ponga excusas! Este es un hotel de lujo, y el servicio debe ser impecable. Manifestaré mi queja al doctor. ¡Y ahora dese prisa, mujer!
Nieves palideció. Si esa endemoniada de Berta Casalduero le iba con el cuento al doctor, estaba perdida, porque sería la palabra de una ilustre huésped del hotel contra la suya. Entró en la sala de baños contigua a la que había utilizado doña Úrsula, y sujetó la puerta para que la señorita entrase.
—¡Ayúdame a desnudarme! ¡Deprisa!
Nieves comenzó a desabrochar el collar de perlas, que le tendió a su propietaria, mientras pensaba que la dirección de baños debería obligar, por norma, a que las señoras acudiesen sin alhajas, pues además de correr el riesgo de extraviarlas, se perdía un tiempo precioso ayudándolas a despojarse de ellas.
Siguió por la botonadura de la espalda del vestido, un total de cuarenta botones pequeñitos, formando una interminable hilera.
Cuando la hubo desabrochado, le ayudó a sacar las mangas, y el vestido cayó como una corola a los pies de la joven.
Ahora sólo quedaban el corsé, la blusa, los calzones, las ligas y las delicadas medias de seda, cuya extracción era una labor concienzuda si no deseaba hacerles un enganchón que provocara un nuevo estallido de protestas e insultos.
Cuando por fin Berta estuvo lista para el baño, Nieves introdujo el termómetro y abrió el agua caliente, porque la temperatura había descendido un par de grados.
—Ya puede entrar, señorita Casalduero.
—¿No me ayudas? —dijo ella, tendiéndole la mano, mientras una sonrisa perversa se dibujaba en su rostro.
Nieves tuvo miedo, porque no adivinaba qué podría estar pasando por su cabeza esta vez, pues con la joven Casalduero, cada baño se convertía en una carrera de obstáculos.
Lo comprobó enseguida, cuando la dama se introdujo en el agua y soltó un agudo chillido.
—¿Quieres matarme, estúpida? ¡Está hirviendo!
Nieves se apresuró a cerrar el grifo e introdujo de nuevo el termómetro. Cuando comprobó que la temperatura no excedía de los cuarenta grados, sonrió, aliviada.
—Señorita, el agua hierve a cien grados Celsius, no a cuarenta—. De inmediato se arrepintió de haberla contestado, no debería haberlo hecho. Sin embargo, no se produjo el estallido de cólera que Nieves esperaba. Berta Casalduero tan sólo sonrió.
—Veo que sabes, y yo creo que más de la cuenta.
—Con su permiso, debo ausentarme, he de acondicionar el cuarto contiguo. Si necesita algo, use la campanilla, estaré pendiente de usted.
Cinco veces tuvo que acudir Nieves, alertada por el tintineo de la campanilla, sin que ni una sola de las llamadas estuviese justificada.
Que si cuanto tiempo le quedaba aún en la bañera, que si estaba fría el agua, que si olía demasiado a minerales, que si…
A duras penas pudo recoger las toallas usadas por la bañista anterior y colocar las limpias en los estantes.
Tal y como indicaba el doctor, higienizó la bañera con un limpiador a base de cloro, muy diluido, y secó como pudo el pavimento con unos trapos, porque mientras lo hacía, la campanilla sonó de nuevo.
Por suerte, el baño de la señorita Casalduero había concluido.
—Hemos terminado, señorita Berta. Espero que le haya sentado bien la inmersión en estas aguas tan especiales.
—Ayúdame a salir —dijo Berta, sin escucharla.
Nieves le tendió la mano y, en cuanto estuvo fuera, puso la toalla seca y limpia sobre su cuerpo. Con una lentitud que exasperó a la bañera, la joven dama comenzó a vestirse, solicitando su ayuda aunque no fuese necesaria.
Cuando Berta Casalduero salió del cuarto de baños, la bañista siguiente llevaba esperando diez minutos más de lo habitual, y Nieves sudaba más allá de lo normal, en ese ambiente saturado de humedad.
Le gustaba su trabajo, excepto en aquellos momentos en que debía atender a clientas como la señorita Casalduero.