Capítulo 1
Sólo cuando el viajero contemplaba con sus propios ojos el prodigio, comprendía las innumerables alabanzas que hacían del lugar quienes ya lo conocían.
Valdelagua, así llamaban desde tiempos inmemoriales a ese valle atravesado por un río que se nutría del agua de los numerosos ibones formados tras el retroceso de los glaciares, donde, desde mediados del siglo anterior, se había instalado un fabuloso complejo termal.
El edificio más llamativo era el Gran Hotel Valdelagua, de estilo afrancesado, fachada de piedra y tejados de pizarra con mansardas cóncavas, denominado por los lugareños La Casa de las Aguas, en referencia a su principal función.
Desde las ventanas y balcones de su fachada principal podían verse las aguas azuladas de uno de estos lagos glaciares, el ibón de Mirasol, separado del hotel por un paseo adoquinado, flanqueado por serbales cuya sombra agradecían los huéspedes en las horas centrales del día.
A finales de abril, si la climatología y la nieve lo permitían, carros cargados con cuadrillas de trabajadores y víveres se adentraban en el valle, aventurándose por un camino que, en determinados tramos, adquiría una peligrosidad indudable.
Su misión era la de acondicionar las estancias balnearias tras el duro invierno, y en el Gran Hotel, a finales de mayo todo estaba dispuesto: ya habían quitado el polvo de muebles y suelos, abierto ventanas para que el aire limpio de la montaña se llevase el olor a cerrado, y habían hecho correr el agua por las cañerías; Le daban un buen repaso a la cocina que daba servicio al gran comedor, y una legión de mujeres se esmeraban con la puesta a punto de vajillas, cuberterías y cristalerías, mientras el resto sacudían alfombras y cortinas, volteaban colchones y apilaban ropa de cama, recién lavada, en el almacén.
También se aseguraban de que en el departamento de hidroterapia todo estuviese en orden, limpiando bañeras, inodoros, lavabos e incluso azulejos con una solución de Lysol, como exigía el nuevo Médico Director, don Prudencio Calderón, que se había incorporado seis días antes de la apertura del balneario, tal y como especificaba el Reglamento de Baños y Aguas Mineromedicinales de mil ochocientos setenta y cuatro, al que debían acogerse, por ley, los establecimientos termales.
Para Rocío San José era su segunda temporada en Valdelagua, un trabajo que le apasionaba y del que estaba orgullosa, porque era cuestión de mucha suerte y valía que una muchacha, procedente de familia tan humilde, llegase a ocupar el puesto de secretaria del médico de baños.
Aún recordaba el día en que subió al Gran Hotel acompañando a su tía, empleada del mismo.
Estaba esperando en el pasillo del pabellón, desierto tras finalizar la temporada, cuando llegó a sus oídos un sonido desconocido e hipnótico, proveniente de ese despacho donde ahora se encontraba.
Se acercó de puntillas y, al asomar la cabeza, vio que una mujer daba golpecitos, con las yemas de los dedos, sobre un artefacto desconocido para ella.
La secretaria del doctor levantó la vista y sonrió antes de que Rocío pudiese echar a correr.
«Es una máquina de escribir, ¿quieres ver cómo funciona?
», le dijo, y la chiquilla quedó tan fascinada por el invento que decidió que ella también, algún día, teclearía en una máquina como esa.
Fue la maestra del pueblo quien adquirió una, usada y algo anticuada, pero que sirvió para que la secretaria, amiga suya, le enseñase mecanografía a Rocío mientras duraba la temporada termal.
Hacía un año que la mujer había dejado el puesto, que ocupó la joven.
Su desempeño fue tan impecable que el doctor Novoa, antes de jubilarse, había recomendado que Rocío San José fuese contratada en las temporadas sucesivas.
Ahora la secretaria, acomodada en su silla delante de la máquina, recordaba las interminables horas mecanografiando letras y párrafos enteros, sin saber si tanto esfuerzo se vería algún día recompensado.
Consciente de que el milagro se había producido, y era ella y no otra quien estaba allí, comenzó a mover sus dedos para que entrasen en calor, dispuesta a teclear en cuanto el doctor se lo ordenase.
Cada día llegaban nuevos pacientes y era necesario abrirles una ficha, con el diagnóstico y el tratamiento que figuraría en la papeleta con la que acudirían, posteriormente, a los tratamientos hidroterápicos y a tomar las aguas.
Pero aquella mañana de junio, el entusiasmo de la joven secretaria comenzó a flaquear, al constatar el carácter mezquino del nuevo doctor contratado por el balneario.
Comprendió que, con el cambio de Médico Director, muchas otras cosas habían cambiado también, y el hecho que confirmó sus temores fue el trato recibido por una de sus pacientes, a quien Rocío acompañó desde la sala de espera.
Nada más verla allí, el Médico Director puso cara de extrañeza.
— ¿No sabe usted que esta no es la hora que tiene asignada? —le dijo a la mujer sin saludarla, al tiempo que le dirigía a la joven secretaria una mirada de advertencia.
—Disculpe, señor, pero yo no sabía que…
Antes de que la enferma pudiese continuar, el doctor rellenó una papeleta a toda prisa, que le tendió con gesto hosco mientras le decía:
—Si no sabe usted leer, déselo a la bañera, ella sabrá qué hacer. Recuerde que los pobres tienen asignadas unas horas y, si se presenta en un momento inconveniente, no será atendida.
Rocío miró al doctor, desconcertada por lo que acababa de oír, pues sabía que la ley le obligaba a atender a los pobres de solemnidad que requiriesen tratamiento, y a esa paciente no le había hecho ni un somero reconocimiento antes de prescribirle baños de agua templada, pues, como dijo cuando la mujer abandonó la consulta, «mal no le va a hacer».
Si hubiese podido, Rocío le hubiese hecho al doctor unas cuantas matizaciones.
Por supuesto que unos baños templados con aguas medicinales no le harían mal, pero para curarse, la mujer necesitaría adecuar el tipo de tratamiento a su dolencia.
Tampoco le había prescrito la toma de las beneficiosas aguas, privándola así de sanar de una posible enfermedad gástrica.
En cuanto la mujer se fue, la secretaria supo los motivos de tan desatinado proceder:
—Señorita, este es un establecimiento de lujo, los acaudalados huéspedes que lo visitan no desean bañarse donde acaba de hacerlo un tiñoso, ni desean codearse con piojosos cuando acuden a la buvette.
Métaselo en la cabeza, porque sólo se lo diré una vez: a los pobres los queremos bien lejos de aquí, que por la caridad entra la peste , dice un refrán muy sabio.
Quiero que cumpla mis órdenes a rajatabla, porque no se lo voy a repetir: los pobres sólo deben venir a última hora, cuando ya no haya clientes del hotel tomando los baños.
Y a ninguno de ellos se le prescribirá la toma de aguas, por lo que no deberán colarse en las fuentes, ¿me ha entendido?
Rocío asintió sin convicción, impotente ante la autoridad de ese jefe suyo, para el que realizaría durante toda la temporada un trabajo que le gustaba muchísimo, pero que no disfrutaría de igual manera si debía condescender con la conducta desaprensiva del doctor, carente de la humanidad que debe mostrar siempre un buen médico con sus pacientes, con independencia de la procedencia de los mismos.
La secretaria pensó con tristeza en esos enfermos pobres, padres de familia necesitados de un tratamiento o madres con criaturas a su cargo, también niños debilitados por múltiples carencias, a quienes esas curas de agua tanto ayudaban en sus padecimientos.
Pero con la política adoptada por el doctor Calderón, esas aguas de portentosas cualidades, ese regalo que la naturaleza hacía brotar de la montaña, quedaba ahora sólo para uso y disfrute de damas acomodadas, que pretendían curar su neurosis con baños templados, o caballeros sanísimos que, según le había contado Nieves de primera mano, acudían a los baños con intenciones que nada tenían de terapéutico.
—Perdone, doctor, pero la paciente ha de quedar registrada, ¿qué pongo? —dijo Rocío sin ocultar su desconcierto, que era también indignación ante el desprecio con el que el médico había tratado a la mujer.
—Invénteselo, joven, qué más dará… Nadie va a pedirnos explicaciones de la evolución de una desgraciada más.
Cuando hagamos el informe final, pondremos que todo ha ido a pedir de boca, ¿no le parece?
—dijo el doctor con evidente ironía, esbozando una sonrisa que le erizó la piel, porque cada vez estaba más convencida de que don Prudencio Calderón estaba muy lejos de ser un buen médico, pero tampoco era buena persona.
—Como mande, doctor —respondió Rocío sin replicar. Agachó la cabeza para comenzar a mecanografiar, cuando las palabras de su jefe la dejaron perpleja:
—Por cierto, está usted muy hermosa con el cabello recogido, deja al descubierto sus delicadas clavículas, si me permite el comentario.
Rocío hubiese querido responderle con firmeza y dejarle clara su posición respecto a la incomodidad que le causaban sus palabras.
Le hubiese dicho que la delicadeza de sus clavículas ni era asunto suyo ni un tema profesional a tratar dentro de la consulta; le hubiese dicho también que le asqueaba esa forma de mirarla, tan insistente.
Pero no podía hacer nada de eso sin arriesgarse a perder su empleo, así que sólo asintió con la cabeza, la mirada baja, porque no encontró otra forma mejor de expresar su desagrado.
Pero el doctor Calderón no estaba dispuesto a darse por vencido, él era quien mandaba.
—Parece que no le haya agradado demasiado mi observación. Yo soy de esos hombres que piensan que una mujer siempre debería agradecer una galantería.
Esta vez, Rocío no pensó antes de hablar, porque si lo hubiese hecho, su respuesta hubiese sido bastante más comedida que la que salió de su boca sin pasar por el filtro de la prudencia.
—Señor, las galanterías han de darse en el lugar adecuado, yo sólo soy su secretaria.
De inmediato, comprendió que acababa de cometer un error, porque el doctor tardó unos segundos en encontrar las palabras que resarciesen su orgullo masculino herido. Sin dejar de mirarla con dureza, contraatacó:
—Mire, señorita, usted trabaja en esta consulta y me debe obediencia y respeto. Y, si a mí me apetece elogiar sus bonitas clavículas, o cualquier parte de su anatomía que considere digna de mención, lo haré cuantas veces me apetezca. Espero que le haya quedado claro.
Rocío le miró a la cara para responderle:
—Muy claro, doctor.
—Pues ahora, a trabajar. ¡No le pagan por charlar!
El médico regresó a su consulta, donde se sentó, algo malhumorado, tras su escritorio.
Rocío sonrió aliviada, pues este tenso intercambio de opiniones con su jefe, a pesar de todo, no había tenido las consecuencias que ella temía.
No sabía lo equivocada que estaba, pues al otro lado de la pared, el doctor sabía que la bella secretaria se lo iba a poner bastante más difícil de lo que había pensado, pero, lejos de preocuparle, esa resistencia despertaba en él la excitación de lo prohibido, enardeciendo, aún más, sus deseos contenidos hacia ella.
En esos momentos Rocío no podía ni imaginar hasta dónde llegaba la vileza de don Prudencio Calderón, pero antes de que terminase la temporada termal de mil novecientos cinco lo habría experimentado en su propia persona.