La casa de las aguas 1
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Prólogo
Mi querida madre:
He pasado estos últimos veinte años sin que mi orgullo me permitiese escribirte una sola carta, la cual te hubiese llevado un cierto consuelo, ahora lo sé.
Mi vida ha sido una secuencia de despropósitos, pues a pesar de haberlo tenido todo, un peligroso sentimiento de infelicidad me ha rondado de continuo. Poco importa ya, porque mi tiempo se consume con la inexorable contundencia con que lo hace la cera de una vela.
Llegué a este país, como bien sabes, hace la friolera de dos décadas, a pesar de la férrea oposición que, tanto mi padre como tú, pusisteis a mi partida.
El tiempo os ha dado a ambos la razón, pues el hombre al que seguí en esta aventura, y al que creí el amor de mi vida, sólo fue un espejismo, que duró el tiempo que duran la pasión y el enamoramiento.
Después de eso, cuando las ansias de amar se fueron diluyendo entre las dificultades del día a día, él mostró su verdadera cara y, créeme, resultó ser tan oscura como lo es esa cara siempre oculta de la luna.
Acabé en la soleada California, una tierra de buscadores de oro, de soñadores sin brújula, donde he sobrevivido como mi mala cabeza me ha dado a entender.
Me queda poco tiempo, madre. Estoy muy enferma, las peores decisiones me han arrastrado por este trágico derrotero, y ha llegado el momento de confesarme contigo, para aliviar el peso enorme que me asfixia y poder remediar, si aún es posible, el peor de todos los pecados por mí cometidos.
Imagino que recordarás aquel viaje que hice con tía Luisa, en la primavera de mil ochocientos ochenta y tres, donde recorrimos, durante seis largos meses, la costa cantábrica y parte de Portugal.
Pues bien: el verdadero motivo no fue otro que ocultar mi embarazo, que en breve comenzaría a ser evidente.
Viajamos, sí, pero los dos últimos meses los pasamos en un balneario, perdido entre un majestuoso valle, rodeado de montañas, Valdelagua se llamaba aquel lugar, que perdura en mi memoria como lo hacen esos sueños que están en una frontera cercana al reino de las pesadillas.
Tía Luisa lo arregló todo para que diese a luz en un cercano pueblo, asistida por una partera de la zona.
Todo fue bien y, rodeada de secretismo, nació una niña, que le fue entregada a una aldeana, previo pago de una cantidad sustanciosa, con la que quedaba compensada la crianza de la criatura durante un tiempo razonable.
En cuanto me recuperé, hicimos las maletas y regresamos, olvidando para siempre al fruto de ese imperdonable desliz y confiando en que esa desconocida, en cuyas manos dejamos una vida inocente, fuese más cabal que nosotras, una joven madre carente de instinto y una tía soltera, práctica y desprovista de consideraciones morales, a quien lo único que importaba era que su sobrina, única hija de su adorado hermano, se viese libre de un escándalo que lo arrastraría también a él.
Poco después volví a caer en las redes del amor insensato, eso ya lo sabes: me casé con quien no debía, vine tras él a esta tierra inhóspita y aquí moriré, sola y arrepentida, pero deseosa de terminar cuanto antes, porque la enfermedad que padezco es tan dolorosa que la muerte será mi único consuelo.
Me gustaría limpiar mi conciencia, pues más que en Dios, creo en la paz interior, y me moriría más tranquila si supiese que harás algo por intentar encontrar a esa niña, tu nieta, y darle el lugar que le corresponde.
No vengas a buscarme, será un tiempo perdido porque apenas me quedan unos días, quizás horas, de vida.
Invierte ese esfuerzo, si así lo decides, en buscar a tu nieta, pues aunque no tendrás una tumba donde llorarme, podréis rezar juntas por mi descanso eterno.
Sé que no he sido una buena hija, tampoco una buena madre, ni siquiera lo he intentado.
Espero, sin embargo, que no desaparezcamos del todo y, en otra vida, se me dé la oportunidad de enmendar cuanto he hecho mal en esta.
Antes de irme, me gustaría pedirte perdón, y abandonar este mundo con la certeza de que me has perdonado, sé que así será, porque tú siempre me has querido.
Con todo el amor que nunca he sabido recibir de ti, hasta siempre, madre.
Tu hija, María Cristina.
Doña Amalia Ferlosio, viuda del conde de Valcerrado, permaneció con la vista clavada en aquella caligrafía de trazos temblorosos.
Una lágrima cayó sobre el papel, diluyendo la tinta con la que su hija había escrito la palabra madre , que quedó ilegible, transformada en un borrón similar a una nube tormentosa pintada con acuarela.
Repasó su vida, repleta de bendiciones desde el momento mismo de su nacimiento en una casa aristocrática, su matrimonio con Alfonso y el tan esperado nacimiento de María Cristina, que resultó ser una niña, después de dos hijos varones.
Quién le iba a decir a ella, cuando la sostuvo por primera vez en los brazos, después de mecerla durante nueve meses en su vientre, que esa criatura, tan pequeña e indefensa, iba a ser motivo de tantas lágrimas.
«Una nieta», pensó doña Amalia, con la cabeza confusa, llena de recuerdos e imágenes, embotada por sentimientos que le impedían pensar con claridad.
María Cristina, su hija, esa niña a quien dio todo lo que una criatura puede desear, moría sola al otro lado del océano.
Doña Amalia se desplomó en el sillón y lloró bajito, para que el servicio no tuviese constancia de su sufrimiento.
Las lágrimas desesperadas mojaron su pañuelito bordado mientras la angustia, tan intensa que parecía traspasar su corazón como una daga, le provocaba palpitaciones y un dolor intenso en el pecho.
«Una nieta», se repitió la mujer, mientras la luz comenzó a abrirse paso entre las tinieblas de su alma, comprendiendo, de pronto, que la vida le daba una segunda oportunidad.
La condesa viuda de Valcerrado no comió aquel día.
Su doncella, Fernanda Castro, mujer que con el transcurso de los años se había convertido en un fiable hombro en el que apoyarse, contempló en silencio su mirada, perdida entre las copas de los árboles del jardín que rodeaba el palacete.
No intervino, pues a base de años sabía que, en ocasiones, la señora necesitaba que transcurriese un tiempo antes de compartir con ella sus dudas, temores e inquietudes.
Unos días después de haber recibido la carta de María Cristina, al palacete llegó otra, también procedente de América.
Doña Amalia supo lo que contenía antes siquiera de abrir el sobre.
Y, en efecto, una tal Juana Palacios había sido la persona en quien María Cristina confió para hacer llegar a España la noticia de su muerte, acaecida la noche anterior al envío de la misiva, en la cual, con impúdica desnudez, se le comunicaba a doña Amalia Ferlosio el fallecimiento de su hija.
Había recibido cristiana sepultura en el cementerio de san Diego, sin pompa ni boato, pero asistida por la bendición de un cura católico.
Doña Amalia había tenido tiempo de asumir la pérdida, no durante los escasos días que separaron ambas cartas, sino durante los casi veinte años en los que su hija estuvo desaparecida.
Fueron innumerables las veces que la dio por muerta, después de haber invertido grandes sumas de dinero en buscarla, sin éxito.
Al recibir la constatación de lo que tantas veces supuso, sólo deseó fervientemente que María Cristina hubiese tenido unos últimos instantes calmados, en paz consigo misma, si no con Dios.
Lloró asistida por un cierto alivio ante la certeza de que su hija había dejado de sufrir, y aliviada también al liberarse de una incertidumbre que, durante esos largos veinte años, le había impedido iniciar el proceso de duelo.
Ahora, por fin podía llorarla y rezar por ella, segura de que sus oraciones llegarían a buen puerto.
«Te perdono, hija mía, claro que te perdono», susurró al aire doña Amalia, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
La carta que había enviado ya no llegaría a tiempo para que María Cristina constatase la indudable certeza de su amor, que era también perdón, pero no importaba, porque ahora, estaba segura, ella la contemplaba desde algún lugar, entre las estrellas.
Esa misma tarde, Fernanda no se sorprendió cuando doña Amalia recuperó el habla que parecía haber perdido, mientras sus ojos se llenaban de una luz nueva.
—Querida Fernanda, averigua donde queda un balneario llamado Valdelagua. En cuanto lo sepas, prepara maletas y busca un vehículo con chófer pues, si no estoy equivocada, nos espera un largo viaje.
Fernanda no preguntó al respecto, sabía que aún no era el momento de hacerlo, y se limitó a aquello que necesitaba saber para realizar su trabajo con eficiencia.
— El equipaje, ¿para cuantos días, doña Amalia?
—Va para largo, Fernanda, va para largo— fue la respuesta.