Epílogo
Llegó el último día de agosto y, con él, el final de la temporada termal en Valdelagua.
La mayoría de los huéspedes habían partido los días precedentes, y muchas de las habitaciones estaban ya cerradas hasta principios de mayo, cuando el batallón de limpiadoras irrumpiría de nuevo para adecentarlo todo de cara a la nueva temporada.
Isabel Beaumont, cumpliendo la voluntad de doña Amalia, le comunicó a mosén Mateo lo sucedido, transmitiéndole también el misterioso mensaje de que continuasen con las investigaciones.
A los pocos días, la señora Beaumont recibió carta de la marquesa viuda, y las noticias no eran buenas: Fernanda Castro había permanecido en coma varios días, al final de los cuales había despertado.
A pesar de ello, los médicos eran pesimistas respecto a su completa recuperación, pues la conmoción cerebral había tenido consecuencias cuyo alcance era aún difícil de estimar.
Alba entró aquella mañana en el gabinete de los Arístegui sabiendo que doña Isabel partía en unos minutos. Su misión era la de asegurarse que el equipaje de los señores estuviese preparado y atender, si era necesario, cualquier solicitud de última hora.
—Alba, ha sido un placer conocerte.
—Igualmente, señora —dijo la joven camarera, haciendo una ligera reverencia con la cabeza, que hizo sonreír a la señora de Arístegui.
—Doña Isabel, no quisiera ser indiscreta, pero, ¿podría informarme del estado de doña Fernanda? ¡Me impresionó mucho su accidente!
Isabel le puso al tanto de lo que doña Amalia le había escrito.
—Y pensar que sólo unos minutos antes estábamos hablando con ella…—dijo la camarera, apenada.
—Quiso conocerte, ¿te acuerdas?
—Cómo no voy a acordarme, le doy una y mil vueltas, porque creo que antes de caer le sucedió algo, estaba confusa, como aturdida. Quizás su estado fue la causa del accidente.
Isabel la miró interesada, porque ella había pensado lo mismo.
— Es curioso que digas eso, Alba, porque yo tuve exactamente la misma sensación. En fin, esperemos que se recupere.
—Señora, ¿contaremos con su presencia en la próxima temporada? —dijo Alba, dejando entrever, sin proponérselo, el cariño que le había tomado. Doña Isabel le respondió con una sonrisa y una confidencia.
—Este lugar guarda recuerdos muy especiales para mí, Alba, podría decir que aquí he renacido. Es muy probable que nos veamos de nuevo.
Gaspar entró en ese momento para decirle a su esposa que la diligencia que los bajaría hasta el pueblo ya esperaba.
La dama y la camarera de habitaciones se dirigieron una última mirada e Isabel salió tras su esposo.
Alba miró a su alrededor y, después de comprobar que todo estaba correcto, cerró las contraventanas y corrió los cortinajes, dejando la habitación en total oscuridad.
La joven camarera avanzó por ese mismo pasillo donde su vida pudo haber cambiado para siempre, ajena a que sólo un peldaño de mármol había decidido su destino.
Nieves se afanaba con el resto de bañeras en la limpieza y desinfección de todas las salas.
Era la parte que menos le gustaba de su trabajo, pero sabía que era necesaria.
Mientras frotaba las piezas de loza, pensaba en todo lo que habían vivido: el desastroso estreno de Rocío en el amor, la acusación vertida contra ella y la posterior confesión de Berta Casalduero, el acoso del doctor Calderón…
se dijo que quien menos sustos se había llevado era Alba, a pesar de tener que aguantar a esas compañeras suyas, camareras de habitaciones que le hacían la vida imposible, burlándose de ella sólo porque era diferente.
Al otro lado del pabellón, Rocío miraba de reojo a Pablo de la Cueva, considerando que su llegada había sido una auténtica suerte.
Aún no se había recuperado de la aventura amorosa con Tom Porter, que le dejó el corazón roto y muchas lágrimas.
Por suerte no tuvo mayores consecuencias, salvo las amenazas del doctor Calderón con divulgar a los cuatro vientos lo que había visto.
Pero desde que el doctor de la Cueva se había aposentado en su despacho como un perro guardián, ella había dejado de temerle.
Pensó que quizás don Prudencio ya se había olvidado de ella, aunque no sabía cuánto se equivocaba.
En una de esas miradas de reojo Rocío coincidió con Pablo de la Cueva, quien rápidamente desvió la vista, azorado.
Su trabajo como médico en Valdelagua le había confirmado lo que ya sabía, que su vocación era la medicina y, a pesar de que su mentor, el doctor Calderón, no se había esforzado por enseñarle, Pablo había adquirido bastante experiencia, compensando la falta de implicación del Médico Director con interés y trabajo.
Pero, ante todo, había tenido la suerte de compartir espacio físico con Rocío, lo cual le había llevado a enamorarse de ella sin remedio.
Ahora que terminaba la temporada, pensó, con tristeza, qué sería de él, tan lejos, evocando a cada instante la mirada, el olor y la sonrisa de ella…
estaba, más que triste, enfermo de amor.
—Doctor, ¿podría revisar este informe? —se acercó ella, portando un documento de varias hojas, el resumen de la temporada que debía quedar archivado en el balneario.
Él levantó la vista e hizo un esfuerzo por que sus manos no temblasen, lo cual le sucedía cuando la tenía tan cerca.
—Ahora mismo lo miro, señorita. Pero, ¿sucede algo?
—Nada especial, don Pablo. Sólo que, antes de que lo firme, debería echarle un vistazo.
Rocío no se atrevió a decirle que las estadísticas referentes a los pobres de solemnidad habían sido falseadas por el Médico Director, y confiaba en que el médico adjunto lo advirtiese.
Sin embargo, Pablo de la Cueva se había incorporado a mitad de la temporada, por lo que no podía determinar si eran exactas o no.
—Gracias, señorita Rocío, lo miraré. —A pesar de su timidez, un impulso, casi a la desesperada, le animó a preguntar—.¿Tiene usted pensado trabajar aquí la próxima temporada?
La secretaria no interpretó la pregunta como algo personal, sino como interés profesional.
—Si me contratan de nuevo, desde luego, don Pablo —respondió Rocío, sin confesarle sus temores de trabajar a solas con el doctor Calderón. Aun a riesgo de parecer indiscreta, no pudo resistirse a preguntarle lo mismo. Pablo sonrió.
— Si me contratan de nuevo, desde luego, señorita Rocío —respondió el joven con una sonrisa, mientras pensaba que haría lo imposible por convencer a su tía para que lo hiciesen, aunque estaba seguro de que el Médico Director no respaldaría su continuidad como médico adjunto, pues se había dado cuenta de que don Prudencio prefería trabajar solo.
Rocío regresó a su mesa, y Pablo comenzó a leer el informe, sin concentrarse en él. Su inminente partida, de regreso a la ciudad, se le hacía insoportable. Levantó la vista de las hojas.
—Ha sido un placer trabajar con usted. Es una secretaria muy eficiente —le dijo.
Ella levantó la vista unos segundos y con una indiferencia demoledora le respondió, con la mirada de nuevo en las teclas de su máquina:
—Lo mismo le digo. No sabe usted lo que me ha ayudado su presencia aquí.
Pablo, que desconocía el acoso al que el doctor Calderón la sometía, sonrió complacido.
—Bueno, poco ha podido aprender de mí, creo que más bien ha sido al revés.
La joven levantó la vista, le dio las gracias y continuó a lo suyo.
Pablo de la Cueva pasó el resto de la mañana con el informe entre las manos, leyendo una y otra vez los mismos párrafos, porque una y otra vez la vista se le iba hacia Rocío, a la que contemplaba parapetado tras las hojas, aprovechando esos minutos, los últimos ya, que se deleitaría con su presencia allí.