La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 13 #6
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Capítulo 13 #6

—Cuyos nombres concretos no constan en el papeleo —confirmó Judd—.

A la hora de invertir, es preferible hacerlo con discreción.

¿Cuántos usuarios del transporte público saben quién es el dueño de las vías por las que circulan los trenes, o a quién pertenece la energía que mantiene encendidas las luces de sus casas?

—Hizo un vago gesto con la mano libre, señalando el suelo, las paredes, el techo—.

O, ya puestos, ¿quién es el dueño de la mitad del centro de Londres?

¿De los edificios nuevos y de los viejos?

Los nombres que aparecen en los títulos de propiedad carecen de importancia.

—Se inclinó hacia delante—. ¿Sabes por qué los ricos son tan devotos de la soberanía nacional?

Porque con ella se sacan un dineral cuando las condiciones del mercado son favorables.

—Explícate de una vez.

—El cuarenta por ciento del capital inicial de mi compañía provino del extranjero.

—Del extranjero.

—Sí, de bastante lejos.

—Recurriste a dinero de los chinos para montar Bullingdon Fopp.

—El gobierno tampoco hizo ascos a ese dinero a la hora de reflotar la industria del acero.

—La compañía que organizó la financiación del operativo en Kazán —recordó ella.

—Entre los diversos usos que le has dado a ese dinero.

—Mira que eres cabrón, tienes que estar loco.

—De manera que eso de sincerarte con el primer ministro seguramente no te conviene; ¿verdad?

Me explico: ese hombre ha hecho carrera tomándole el pelo al electorado, pero una cosa es engañar a la gente y otra que te la cuelen a ti.

Y si se entera de que su servicio de inteligencia montó una ejecución no sancionada oficialmente con dinero extranjero, pues...

Lo que el primer ministro no soporta es que lo dejen en evidencia y que todo el mundo vea hasta qué punto es imbécil.

Así que dudo mucho que vayas a conseguir esa absolución que tanto ansías.

Diana empezaba a experimentar una especie de sensación extracorporal, como si se hubiera desgajado de sí misma y estuviera flotando en el éter, abrumada por emociones demasiado intensas, la principal de las cuales era la conmoción.

Estaba pensando en aquellas visitas guiadas, organizadas para que los desconocidos pudieran ver los pasillos exteriores de Regent’s Park.

¿Acaso le había estado abriendo las puertas al enemigo de par en par sin darse cuenta?

¿Había quemado sus propias defensas y permitido la entrada de una potencia extranjera?

—Estás muy tensa —observó Judd—. Respira hondo y acábate ese vino. Eso siempre ayuda.

—Eres un puto demente, ¿sabes?

Lo dijo sin levantar la voz, pero sus ojos echaban chispas.

—Ándate con cuidado. No te interesa que alguien pueda oírnos.

—Nos has metido a todos en una situación imposible: a mí, a Regent’s Park, al puto país entero. Esto podría llevar a una guerra, ¿te das cuenta? A una guerra de verdad, a escala descomunal.

—No te me pongas melodramática.

Ella más bien sentía impulsos homicidas.

—¿«Melodramática»? Acabas de decirme que metiste dinero de los chinos en una operación del servi...

—No, Diana. Lo que hice fue meter dinero, simplemente, en una operación del servicio, y el dinero no entiende de fronteras. Así que relájate un poco.

—Esto va más allá de la traición. ¡Es un puto golpe de Estado!

—Otra vez te me pones melodramática. Venga, acábate esa copa.

Enseguida vamos a almorzar, y ya nos tienen preparada una botella de zinfandel bien fresquita.

—Engulló una dosis considerable de gin-tonic—.

Mis patrocinadores no están al corriente de nuestro acuerdo con...

eh... con los ángeles, y menos aún de mi posible implicación en tu reciente aventura en Rusia.

Así que tú no te preocupes. No tengo previsto poner en peligro la seguridad nacional.

—Sonrió como lo haría un caimán—. Por así decirlo, soy mi propia muralla china: la discreción personificada.

—Y derribarás esa muralla con un bulldozer cuando te convenga.

—La cuestión es que de momento no me conviene. No mientras tú y yo sigamos manteniendo una buena relación. Considéralo como una especie de acuerdo tácito.

A ella le temblaba la copa en la mano; no mucho, pero lo suficiente para que él lo notara. Bebió un trago ansiando que el vino se transmutara en brandy, whisky o cualquier bebida alcohólica de esas que servían en los chiringuitos de la playa muchas décadas atrás.

—Tú querías ser primer ministro —dijo—. Es lo que siempre has querido. Y ese otro tipo que está hecho de la misma pasta que tú se ha hecho con el cargo y te ha chafado la guitarra. Ésta es tu forma de vengarte, ¿verdad?

—¿Mi forma de vengarme? No, Diana, todo esto lo he hecho porque soy como soy. Nada ha cambiado. Tengo unos planes y tú vas a ayudarme a hacerlos realidad sin que nadie tenga por qué enterarse. Me doy cuenta de que no estás del todo contenta con algunas de las personas a las que recluté, pero...

—De Cantor ya nos hemos ocupado.

—¿En serio? Yo iba a hacerte una oferta, pero, como siempre, te has adelantado.

De manera que sí, vamos a ser discretos y cuidadosos, y ese coro angelical cantará en armonía cuando se le pida que lo haga.

Mis patrocinadores, que son simples hombres de negocios, nada que ver con el aparato del Estado, seguirán sin saber nada sobre cualquier acuerdo al que podamos llegar en privado, y no hace falta que la atmósfera se enrarezca por culpa de rumores sobre la relación financiera de esos señores con el mi5 .

Siempre y cuando, como digo, tú y yo sigamos manteniendo una buena relación.

—Le tendió la mano con la mano abierta, invitándola a levantarse y seguirlo—.

Y bien. Es la hora de la verdad. ¿La alianza sigue en pie?

Ella se acabó la copa sin apartar los ojos de él.

Judd le tenía preparada una botella de zinfandel bien fresquita, y seguramente también unas cuantas sorpresas más.

A partir de ahora iba a marcarle cada paso hasta que ella consiguiera recuperar la iniciativa.

Y eso no parecía algo que fuera a ocurrir en los próximos minutos.

Durante años había estado a las órdenes de Ingrid Tearney, quien de vez en cuando le daba consejos. «Si no puedes escoger a tu enemigo, escoge bien el momento.» Con ese adagio en mente, y sin apartar la vista de Judd, le dio la mano.

—Buena chica. ¿Te parece que vayamos al comedor?

Como un caballero, dejó que ella lo precediera por el camino.

Finalmente, Sid encontró a River en la cocina.

Había ido al pueblo mientras ella seguía dormida, y había vuelto poco después con las provisiones acostumbradas —pan, queso, leche, café...

—, que ahora estaban a la vista en la encimera de la cocina mientras que él mismo se hallaba en el suelo, derrumbado.

Encontró su móvil en uno de los bolsillos de los vaqueros, la batería en otro.

Seguía estando borrado del mapa, cosa en la que ella trató de no pensar.

«La batería hay que insertarla así», les dijo a sus manos, que respondieron con torpeza; el móvil se cayó y tuvo que repetir la operación.

«Las teclas se pulsan así.» Llamó al 999 de emergencias y luego se acordó de que había unos protocolos a seguir, unos números a los que telefonear cuando un miembro de Regent’s Park estaba en apuros.

River no era miembro de Regent’s Park, o al menos no exactamente, pero estaba en apuros, así que tampoco era cuestión de andarse con minucias.

De forma que también llamó a Regent’s Park, cuyo número seguía constando en lo alto de la lista de contactos de River, como si nunca se hubiera producido una ruptura.

«Un agente nervioso», explicó. «Un ataque con una sustancia tóxica. »

A continuación se puso de rodillas junto a él.

Se suponía que, en situaciones como ésa, debías hacer una serie de cosas: postura de recuperación, masaje cardíaco, reanimación boca a boca, pero recurrir a cualquiera de esas opciones podía suponer su propia sentencia de muerte.

«Un agente nervioso, un ataque con sustancia tóxica.

» Lo más práctico: ponerse un traje de protección biológica y quedarse a la espera en algún lugar del condado vecino.

Pero en vez de eso, se puso de rodillas junto a él y lo sostuvo en brazos mientras las palabras daban vueltas en su mente como carretas de pioneros en una película del oeste: «No te mueras, no te mueras, no te mueras...

» Era una de esas instrucciones inútiles, propiciadas por el amor, que se hacen trizas al chocar con la realidad. Todo el mundo se muere.

Nunca supo a ciencia cierta cuánto tiempo pasó hasta que llegó la ambulancia.

Pero oyó mucho antes el ulular de la sirena, como si un espíritu recién liberado estuviese cerniéndose sobre ella, aullando entre los árboles y gritando a través de los setos antes de detenerse en aquella casa, tan hechizable como cualquier otra, tan parecida a cualquier otra, que sólo por casualidad era donde River había crecido.

Una casa con ventanas perfectamente corrientes, un tejado en buen estado, un jardín en su día cuidado con cariño y unas hiedras que seguían creciendo en torno a su puerta envenenada.

Y ese aullido después va desapareciendo, se aleja por los caminos vecinales, las carreteras, la autopista, hasta volver al punto de partida, porque los finales terminan por engullir a los inicios, por lo que resulta imposible distinguirlos entre sí.

Ese mismo día, un poco más tarde, o tal vez a primera hora del día siguiente —en cualquier caso, mucho después de que haya anochecido—, Louisa Guy está destrozando un par de zapatillas nuevas mientras corre bajo la lluvia que se ha abatido sobre Londres como un castigo, y el sonido de sus pisadas contra el camino de sirga encuentra un eco sordo en su corazón: «No te mueras. »