La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 13 #5
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Capítulo 13 #5

Se levantó del sillón del Viejo Cabrón y se desperezó.

Una ráfaga de viento hizo vibrar el cristal de la ventana, y ella se sobresaltó levemente, como si aquello fuera un eco de la pesadilla de la víspera, cuando el timbre había sonado y vuelto a sonar; cuando había oído traquetear la ranura del buzón y se había imaginado a aquellos dos arrodillados frente a la puerta, turnándose para observar el recibidor.

En la casa volvió a reinar el silencio, roto únicamente por el leve traqueteo de un pomo.

Y entonces la idea la golpeó de repente.

El pomo traqueteando...

¿Dónde estaba River?

Había un atasco de tráfico porque siempre los había, porque aquello era Londres.

Lo más seguro es que más de uno habría pensado lo mismo aquella mañana.

Cantor iba tumbado en el asiento trasero, y quien conducía era el hombre sin nombre cuyas mejillas estaban surcadas de cicatrices: un aviso para navegantes de que las decisiones erróneas tienen consecuencias nefastas.

El sonido de una bocina produjo más bocinazos. Aquello también era Londres: todo el mundo quería hacerse oír, aunque no tuviera nada que decir.

—¿Alguien nos sigue? —preguntó él.

El conductor emitió un ruido extraño a modo de respuesta, así que repitió:

—¿Alguien nos sigue?

— Nyet .

—¿Y esa mujer quién era?

Sabía la respuesta, pero igualmente necesitaba oírla.

—Regent’s Park.

De modo que sí: Taverner había enviado a su gente a por él.

«Taverner está decidida a hacerte picadillo.»

Era posible que hubiera cometido un error de cálculo, como le había dicho Diana.

La mujer que había aparecido de pronto frente al Needle no había podido cruzar la calle a causa del tráfico, y el hombre con las cicatrices había aprovechado esa demora para llevárselo por la esquina y meterlo en un coche de un empujón.

A veces las cosas sucedían tan rápido que parecían una buena idea.

Y ahora estaban en movimiento otra vez, aunque con paradas constantes, siguiendo un patrón arrítmico, y su cabeza rebotaba en el asiento mientras intentaba reconstruir su reflexión de hacía poco: Taverner iba de farol para que tuviera miedo hasta de las sombras.

Sin embargo, las sombras parecían ser más sólidas cada vez, y ahí estaba él, muerto de miedo.

El coche dio un giro muy cerrado, y el conductor se disculpó con acento gutural:

—Lo siente.

—¿Adónde me llevas?

El tipo se encogió de hombros de forma audible.

—A un lugar seguro.

—¿Por qué?

—Tú ayudas, nosotros ayudamos.

«Pero yo no tenía intención de ayudaros», pensó él. «Me limité a intercambiar unos favores. No tenía intención de acabar escondido en un coche para que no me capturase el servicio secreto británico.»

Los errores de cálculo tienen consecuencias nefastas...

El otro volvió a hablar:

—No preocupes. Mi gente y la tuya acabarán ponerse de acuerdo. Y podrás volver tus informativos y también ayudando mi gente, ¿verdad? Tranquilo, todo bien.

—Yo no... yo no trabajo para tu gente. Me limité a hacerle un favor a un contacto, eso fue todo.

—Pues seguirás haciendo un favor.

—No, eso no... se trata de un malentendido. No pienso haceros ningún otro favor.

Hubo un pequeño silencio, seguido por:

—No es buen momento decirme esto. No mientras ayudándote.

El coche se detuvo con brusquedad y él atisbó por la ventanilla a un joven de origen chino dando saltitos en la acera como si estuviera reservando una plaza de estacionamiento.

—Hemos llegado —indicó el conductor.

Estaban en el Soho, en una calle que le resultaba familiar, pero de cuyo nombre no se acordaba, pues su mente seguía dando vueltas.

Se bajó del coche. Había gente por todas partes —por algo estaban en Londres—, aunque nadie les prestaba atención, o si lo hacían, se las arreglaban para hacerlo con disimulo.

Una puerta abierta llevaba al interior de una tienda al parecer abandonada.

—Rápido —instó el otro.

Y él entró con rapidez. Cruzó la puerta y se encontró en un local comercial abandonado. El joven chino había desaparecido, pero una mujer bajita y rechoncha se hallaba ante él.

—Arriba —indicó, con un acento alemán propio de una película de serie B.

Él empezaba a tener un mal presagio, como si en efecto se encontrara en una película de serie B.

—¿Qué es lo que hay arriba?

—No hay tiempo para preguntas. Te están buscando.

El conductor había cerrado la puerta de la tienda y estaba apoyado en ella.

—Yo no...

—Ahora.

Las escaleras crujieron. En lo alto había un pequeño rellano: un retrete, dos habitaciones más... La mujer lo condujo a la situada en la parte trasera.

—Estás en una casa segura —explicó.

El hombre con las cicatrices había subido tras ellos.

—Sí, aquí estarás salvo.

—Tengo que hacer unas llamadas —dijo él—. Acabaré enseguida, sólo necesito diez minutos.

Sacó el teléfono mientras lo decía, pero la mujer rechoncha se lo arrebató de inmediato.

—No.

—Pero yo...

—No.

Miró en derredor. No había moqueta y la ventana estaba cubierta por una persiana metálica. La única iluminación la proporcionaba una bombilla desnuda que colgaba de un cable. No había muebles, ni tampoco calefacción.

Y a sus pies, recién atornillada al suelo de tablones, había una argolla metálica unida a unas esposas.

—Aquí estarás salvo, siempre que no moverte —dijo el hombre.

—Cosa que no va a pasar —aseguró la mujer.

Se puso de rodillas y, antes de que él pudiera evitarlo, cerró una de las esposas en torno a su tobillo izquierdo.

—Pero ¿qué demonios...?

—Agua —dijo el hombre mientras sacaba una botella de dos litros de detrás de la puerta.

—Y una botella vacía —dijo una voz desconocida. La mujer a la que había visto frente al Needle de pronto estaba allí, con otra botella de dos litros con el tapón desenroscado—. Aunque seguro que acabarás llenándola.

—¿Qué es todo esto? ¿Qué estáis haciendo? —preguntó él. Tenía la boca seca.

—Vamos a dejarte reflexionar sobre tus actos —respondió el hombre de las cicatrices. Ahora su voz era normal, sin rastro de acento eslavo.

—A mí siempre me recomiendan que reflexione —comentó la mujer rechoncha poniéndose en pie. De pronto su acento también había cambiado—. Lo que pasa es que nunca tengo tiempo de hacerlo.

—Pero tú no vas a tener ese problema, porque vas a tener tiempo de sobra —afirmó la otra mujer.

El joven chino que había estado reservando una plaza junto a la acera también había hecho acto de presencia. Y era el único que seguía ateniéndose a un guión de película de serie B.

—Te pasaste de listo al tratar de jugar con nosotros, colega.

La segunda mujer le lanzó la botella vacía.

—Puedes gritar tanto como te dé la gana —indicó—. Porque si alguien llega a oírte, no te hará ni caso.

—¿Y vosotros quiénes sois?

El joven chino se volvió hacia él.

—Somos de la Casa de la Ciénaga —dijo, y al momento agregó—: Hasta la vista, baby .

Y se marchó con los otros escaleras abajo.

Él tiró de las esposas, pero la argolla no se movió de donde estaba.

Y la mujer no iba desencaminada: cuando gritó, tan fuerte como pudo, nadie le hizo ni caso.

—Es maravilloso ser miembro de este club, ¿no te parece?

—No cambies de tema.

—Digo esto para ilustrar lo que voy a decir. Presta atención.

El camarero se acercó con otro gin-tonic para Judd y una copa grande de chablis para Taverner, quien resistió la tentación de bebérsela de un trago.

«Me limito a señalar que no puedes aportar al primer ministro todos los detalles de nuestro acuerdo por la simple razón de que aún no los tienes.»

—Me hace gracia la placa del vestíbulo que dice que este club lo fundó hace cincuenta y tantos años un fulano cuyo nombre no recuerdo, pero que había sido condecorado con la Cruz de Victoria.

Es un detalle encantador, ¿no? No cabe duda: si vas a contar una mentira, mejor que sea una mentira tan grande como para ocupar todo el lateral de un autobús.

—Al grano.

—Bueno, ambos sabemos perfectamente que este club tiene menos de veinte años y que su fundadora fue una tal Margaret Lessiter, quien, si no me equivoco, fue a la misma universidad que tú.

Era una de las alumnas más destacadas, ¿verdad?

Junto con aquel tío que consiguió llevar un banco a la quiebra y la hija de aquel estafador que se dedicaba a hacer de celestina para algún que otro miembro de la Casa Real.

Una promoción estelar, desde luego. Las reuniones de antiguos alumnos tienen que ser la bomba.

—No estoy segura de que asistan a ellas. ¿Qué quieres decir con esto?

—Que la placa de la entrada no lo cuenta todo. —Judd cogió su copa—. Como pasa con mi propia pequeña empresa, Bullingdon Fopp.

La agencia de relaciones públicas que Judd había estado dirigiendo desde su salida del gobierno.

—Verás, Diana, yo necesitaba financiación para poner el negocio en marcha. Una vida dedicada al servicio público no te deja demasiado dinero en el banco.

—Claro. Aunque tu carpeta de activos inmobiliarios pesa más kilos que un bungalow. No sigas fingiendo que tu servicio público te ha impedido amasar una fortuna.

—Siempre hay gente que tiene envidia de los emprendedores. Pero creo que no has reparado bien en algo que he dicho antes, no he visto que tus antenas se movieran.

Sí que se habían movido.

«Me limito a señalar que no puedes aportar al primer ministro todos los detalles de nuestro acuerdo, por la simple razón de que aún no los tienes...»

Taverner cogió su copa de chablis. Sabía muy bien que uno podía ahogarse en un palmo de agua. Hacerlo en un palmo de vino empezaba a parecer una buena opción.

—Tienes tus propios patrocinadores —replicó. El sonido de su voz era forzado, poco natural, como si aún estuviera metida en un ensayo. Con un poco de suerte, el director no tardaría en gritar: «¡Corten!»