Capítulo 13 #4
—Yo creo que la envidia te corroe. Pero ya que estamos hablando de él, que sepas que voy a verlo esta tarde.
—Lo haces al menos una vez por semana.
Ella se limitó a asentir.
—De manera que no lo habrías mencionado si no tuvieras algún as en la manga. Por favor. No soy uno de esos estetas insufribles que consideran que las mujeres maduritas no deberían enseñar los brazos en público. Adelante, enséñame tus cartas.
—Tengo previsto contárselo todo —aseguró ella.
—Entendido.
—¿Sí? Porque todo es todo, Peter. Una confesión en toda regla.
—He dicho que entendido. Por mucho que me disguste recurrir a las frases hechas, espero que no vayas a dar un paso en falso.
Alguna que otra vez has puesto en duda mi sentido de la lealtad, pero en comparación con el primer ministro soy más fiel que un perro labrador.
Si el primer ministro llega a pensar que puedes dejarlo en evidencia, aunque sea mínimamente, te tirará por la borda sin pensárselo dos veces.
—Lo sé. Pero también sé que está tan ansioso de disfrutar de la gloria como de evitar que lo culpen de algo.
Y como tan elocuentemente viniste a decir la otra noche, este caso puede reportarle una buena dosis de gloria.
—Cogió su vaso y prosiguió—: Lo sucedido en Kazán no ha sido publicitado.
Es posible que en la Dark Web corran rumores, pero el Kremlin no lo ha mencionado oficialmente porque no le interesa que el mundo sepa que en un momento dado bajó la guardia.
Y nosotros tampoco hemos hecho ninguna mención oficial porque oficialmente no ha pasado nada.
Pero, de forma extraoficial, puedo hacer que el primer ministro se apunte el tanto.
—«El primer ministro británico ordenó un asesinato planificado por funcionarios del Estado» —elucubró Judd—. Diana, me temo que ése sería el segundo titular de prensa que menos le gustaría al primer ministro. Tan sólo superado por: «¡Que nadie toque mi puto portátil!»
—No hablo de titulares de prensa. Estoy hablando de leyendas.
Todo el mundo sabe que el primer ministro se cree la reencarnación de Churchill.
El problema está en que no ha logrado convencer a los demás.
Pero ésta es su ocasión de hacerse pasar por todo un héroe de guerra, aunque sólo sea en los pasillos de Whitehall.
Si se corre la voz de que autorizó de forma tácita la ejecución en Kazán, te aseguro que los funcionarios que de verdad cortan el bacalao van a mirarlo con otros ojos en las reuniones de más alto nivel.
Y nada le haría más ilusión que ser visto como un líder guerrero por los altos mandos de las fuerzas armadas.
Quienes, dicho sea de paso, ahora mismo lo ven como un cruce entre un presentador de concursos y un yeti de dibujos animados.
Judd asintió pensativo, como si estuviera evaluando una jugada de ajedrez.
—Es arriesgado, no obstante. Podría volverse en tu contra. ¿Estás segura de que te interesa dar ese paso?
—Sí, sí: reconocerlo todo. Admitir abiertamente que recurrí a fuentes de financiación alternativas para montar una operación encubierta de la que, en última instancia, el primer ministro puede beneficiarse.
Sí, yo creo que funcionará. Como es sabido, alguna vez ha dejado claro que no le gustan las trabas burocráticas.
—Si con eso quieres decir que ha llegado a limpiarse el culo con la ley, sólo puedo estar de acuerdo.
—De manera que nuestro trato se termina aquí. Sé que tú te planteabas este proyecto a largo plazo, y yo te agradezco tu ayuda. Pero no vas a seguir utilizándome como correa de transmisión para dirigir el mi5 a distancia, Peter. Eso se acabó, para siempre.
Judd volvió a asentir.
—Nada me gusta más que verte empuñar la fusta, Diana. Noto que me sube la adrenalina. —Levantó la copa, pero en lugar de proponer un brindis, dijo—: Pero tengo que corregirte en un pequeño detalle. Has usado las palabras «reconocerlo todo». Eso no es muy exacto.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella.
—Me limito a señalar que no puedes aportar al primer min istro todos los detalles de nuestro acuerdo por la simple razón de que aún no los tienes.
Y una vez que los tengas, pues... —Sonrió o, como mínimo, enseñó los dientes—.
Una vez que los tengas, creo que no vas a tener ningunas ganas de reconocerlo todo, y menos aún ante el primer ministro.
—Dejó la copa en la mesa—. ¿Quieres que te pida una bebida de verdad? Creo que te va a hacer falta.
Ya avanzada la mañana, Sid se despertó sola y murmuró:
—¿River?
Pero nadie respondió.
Estuvo a punto de repetir su nombre un poco más alto, aunque cambió de idea.
Todo permanecía en silencio y, a medida que los recuerdos fragmentarios de la noche anterior empezaban a recomponerse en su cabeza —el instante en que le clavó el abrecartas en la mandíbula a aquel hombre; el momento en que ahogaron a la mujer en el lago—, le pareció preferible no romperlo.
Tenía hambre. Comer algo le sentaría bien.
Pero River no estaba en el baño, como comprobó enseguida, ni había regresado al estudio cuando volvió allí.
Lo siguiente que hizo fue abrir las cortinas y dejar entrar la luz del día.
Era como recargar una batería. Las habitaciones a oscuras se volvían sombrías, casi inútiles.
Necesitaban luz para recordar lo que eran.
Y la misma idea podía aplicársela a sí misma.
En momentos así le costaba no tocarse la cicatriz de la sien.
Los susurros de la bala habían desaparecido.
La voz de Hércules Poirot ya no seguía en su cabeza.
Quizá regresara más adelante, pero de momento estaba sola.
Sola, de vuelta en el mundo y con decisiones que tomar.
Y ya había tomado unas cuantas, de hecho.
Para empezar, no iba a volver a Cumbria, ni tampoco iba a retomar la identidad que le habían asignado durante la fase de recuperación.
Era la identidad de una no persona, un mero cascarón carente de relleno.
Tampoco había sido Sid Baker durante esos días, o lo había sido a una escala tan reducida que nadie habría podido notarlo.
Había sido un personaje ausente del escenario cuyo diálogo no iba más allá de unas simples pausas en la conversación general.
La acción había estado desarrollándose en otra parte.
Y después de lo sucedido el día anterior, ya no quería volver a tener nada que ver con la acción.
No obstante, creía estar preparada para ser Sid Baker otra vez.
La noche anterior había estado hablando con Shirley Dander, después de que River y Lech Wicinski se marcharan de regreso al escenario de toda aquella carnicería.
—¿Y dices que has estado viviendo en esta casa?
—Me he quedado un tiempo.
—¡Pero si está llena de libros!
Shirley lo dijo como si aquello entrara en contradicción con el concepto que ella tenía de vivir en algún sitio, o hasta de quedarse un tiempo en él.
—Al menos aíslan un poco del frío, ¿no? —apuntó ella.
—¿Tú has matado a esos dos?
—No.
—¿Lo ha hecho River?
—Hemos tenido suerte, eso es todo.
—Ya, claro. Pero estamos hablando de asesinos profesionales, no sé si me explico. El número de personas que tuvieron suerte antes que vosotros se reduce a cero.
«Pues será que tuvimos mucha suerte», pensó ella al oírlo. Pero Shirley parecía impresionada.
A Jane y a Jim los habían enviado a Inglaterra en una misión de represalia por algo que Regent’s Park les había hecho a los rusos, explicó Shirley.
«Cojón por cojón», añadió, con una sonrisa malévola propia de Jackson Lamb.
¿El crimen cometido por los del Park? Ejecutar a una de las responsables del desmán cometido el año anterior, una operación chapucera que ella había estado siguiendo por la prensa durante su estancia en Cumbria.
El objetivo a batir en ese último caso era una pareja de rusos exiliados, pero dos civiles británicos habían penetrado accidentalmente en la línea de fuego y uno de ellos había muerto.
El método de asesinato escogido por los rusos acaparó titulares de prensa por todo el mundo: untar el pomo de una puerta con una sustancia tóxica llamada novichok.
En fin, cierto que ella había regresado al mundo, pero ése era el mundo con el que se encontraba.
Shirley Dander parecía algo inquieta y nerviosa, tal vez iba colocada.
Las cicatrices de Lech Wicinski estaban a plena vista, pero él seguía ocultándose tras ellas.
Min Harper estaba muerto, así como otros que habían llegado después, pero Louisa Guy seguía formando parte de los caballos lentos, Roderick Ho continuaba siendo Roddy Ho y Catherine Standish seguía llevando las llaves encima.
En cuanto a Lamb, ella sólo podía suponer que no había cambiado —dejando aparte los daños que hubiera podido infligirse a sí mismo—, pues sin Jackson Lamb la Casa de la Ciénaga no existiría.
La Ciénaga era el escenario, y ésos eran los actores, y durante el tiempo que ella había estado recuperándose de su herida en la cabeza, River había seguido en la obra, por lo general atado a la misma rutina de siempre —el papeleo, las tareas sin sentido, el trabajo monótono y agotador—, pero de vez en cuando, muy de tarde en tarde, encontrándose él también en primera línea de fuego.
Y ella sabía muy bien lo que significaba estar en una situación crítica.
Lo había descubierto unos años atrás, mientras yacía en una acera mojada por la lluvia.
Y la noche anterior había pasado por una situación similar, mientras la pareja a la que River y ella acabarían matando unas horas después hacía girar el pomo de la puerta delantera y cortaba el cristal de la puerta trasera, como unos personajes malignos en un cuento de hadas para adultos.
Y luego se la habían llevado por la fuerza.
«Podemos acabar con todo esto aquí, en el coche.
No será tan limpio, pero si lo prefieres, lo hacemos. » Toda una sentencia de muerte...