Capítulo 13 #3
—A mí me lo metería —reconoció él.
Cantor había vuelto a su apartamento tras salir a toda prisa de la oficina.
Lo primero que pensó fue: «Tengo que llamar a Peter Judd.
» Judd era su aliado. Pero también lo era de Taverner o, mejor dicho, de cualquiera que pudiera resultarle útil en un momento dado.
Y era tan solidario como una serpiente venenosa.
Así que no: mejor no llamar a Peter Judd.
«Mete algo de ropa en una bolsa y valora tus opciones.»
El hogar conyugal estaba descartado; era el primer lugar donde lo buscarían.
Y quedarse donde estaba tampoco tenía sentido.
¿Y un hotel? Pero aquello era Londres, una ciudad con más cámaras que palomas, y el mi5 tenía acceso a cualquier sistema de circuito cerrado que le diera la gana revisar.
Mostrar su rostro en el vestíbulo de un hotel sería tan discreto como aparecer en un concurso televisivo de máxima audiencia.
Lo más indicado era irse de la ciudad, pero tampoco podía usar su coche...
Llamó al piso de arriba.
—Necesito un coche de alquiler, un modelo que no llame la atención. Páguelo con su tarjeta personal, no con la de la empresa. Y hace tres minutos que tendría que estar en la puerta.
—Pero, Damien... ¿pasa algo que yo tendría que saber?
—Lo que tiene que saber es que ese coche debería haber llegado hace tres minutos.
Metió en la bolsa ropa para un par de días.
¿Cuánto podía tardar en arreglarse aquello?
Taverner sólo estaba intentando asustarlo, eso era todo.
El enano formaba parte del montaje, con aquella historia sobre agentes británicos muertos.
Porque aquello era un cuento chino, ¿no?
Taverner simplemente lo estaba castigando por haber ido de gallito.
Lo que significaba que el tipo que lo había llamado con acento ruso también era un farsante.
«Lo llamo para hacerle saber hasta qué punto está metido en la mierda.
» Sólo querían meterle el miedo en el cuerpo.
El teléfono volvió a sonar.
—¿Damien? Su coche está en camino.
—¿Cuándo llega?
—Estará ahí antes de que baje. ¿Seguro que todo va bien? Lo digo porque tiene una reunión prevista...
—Cancélela. Y localice a Tommo. Dígale que me llame.
¿Estaba huyendo? No. Era una retirada estratégica, nada más.
Mientras bajaba en el ascensor, pensó en las imágenes de la noche anterior que estarían emitiéndose en aquel mismo instante en las pantallas de todo Londres. Él marcaba la agenda. Taverner no tenía ni idea de con quién se había metido.
Planta baja. Tuvo que abrirse paso entre la gente que hacía cola para el ascensor turístico hasta llegar a Clyde —¿Claude?—, que sostenía un mando con el logotipo de bmw .
—Está detrás, señor.
—Gracias.
Todo aquello ocurría en cuestión de segundos: empezaba a sentirse como si trabajara para Regent’s Park. Había cogido la gorra de béisbol al salir y ahora se la giró, poniendo la visera hacia atrás. Astucia callejera.
El coche estaba donde le habían dicho, y los faros parpadearon cuando pulsó el mando. Pero antes de que pudiera alcanzarlo, un hombre se le acercó por detrás y le habló al oído:
—No le conviene meterse en ese coche.
Era la voz del primero que había llamado: gutural, ronca, y su propietario tenía la cara a juego. Era como si hubiera perdido en un combate contra un trinchador de cocina.
—Hazme caso. Estoy de tu lado.
Al otro lado de la calle, una mujer salió de entre las sombras y echó a andar hacia ellos.
Había un atasco de tráfico porque siempre los había, porque aquello era Londres, pensó Diana Taverner.
Quizá había ciudades en las que los coches circulaban con fluidez, pero seguramente pertenecían a los regímenes más represivos del mundo, donde el Estado controlaba incluso a los conductores, por lo que necesitabas permiso para aventurarte por las calles.
Así que el precio de la libertad de movimiento era, a veces, la imposibilidad de moverte: la frase era ingeniosa, pero ahora mismo eso le importaba un bledo.
Se bajó del taxi para hacer a pie el resto del trayecto. No le vendría mal un poco de tranquilidad para pensar.
Al salir de la casita de Chelsea estaba que echaba chispas, pero no tenía sentido lamentarse por lo que hubiera podido ser y no fue.
Y, a fin de cuentas, todo tenía su lado positivo si sabías mirarlo desde el ángulo indicado.
Lo que mejor se le daba a Lamb era estar repantigado en su despacho matándose a beber, pero lo segundo que hacía mejor, si le tocaban las narices, era romperles las piernas a sus enemigos.
Y en este caso no era ella misma quien saldría malparada, sino Damien Cantor, así que, en cierto sentido, la intromisión de Lamb iba a ahorrarle el trabajo, porque, de un modo u otro, Cantor era un fusible fundido, ya fuera porque Rasnokov tenía pruebas de sus fechorías o porque Lamb se las había arreglado para que entrara en pánico.
En último término, el resultado era el mismo.
Por otra parte, los matones de Rasnokov estaban, al parecer, muertos, y daba igual desde qué ángulo se mirase el asunto: estaba claro quién había devuelto el golpe.
Y además estaba aquel resquicio que el rudo había dejado entrever, la insinuación de que alguien desde más arriba le había impuesto aquella represalia.
Una muestra de debilidad por su parte, compensada por una demostración de fuerza de la suya.
Ése era el equilibrio que ella quería mantener.
Así que era mejor olvidarse de ese asunto.
Lo único de lo que ahora mismo tenía que ocuparse era del otro frente de batalla, el patrullado por Peter Judd.
Quien estaba convencido de que la tenía comiendo de su mano y al que hacía falta enseñarle que él también iba a acabar hecho fosfatina si persistía en tales delirios.
Le abrieron la puerta del club antes incluso de que llegara a los escalones, y el libro de socios ya la esperaba abierto por la página correspondiente.
No hacía falta preguntar si el señor Judd había llegado: su nombre aparecía dos líneas más arriba, cada letra cuidadosamente trazada de una forma que quizá revelaba seguridad en sí mismo y cierta vanidad, aunque a ella le parecía más bien propia de un colegial.
—En el bar, señora —le indicaron.
El bar estaba en el piso de arriba. Pasó cinco minutos en el guardarropa, preparándose para la batalla, y luego fue en busca de Judd. Su intención era entrar golpeando primero.
Judd estaba sentado junto a la ventana, aparentemente absorto en la pantalla del móvil, pero levantó la vista en cuanto ella entró.
—Diana.
Se puso en pie, le ofreció un abrazo y dio la impresión de encontrar divertido que ella lo evitase. En la pantalla de su teléfono estaba Desmond Flint, que miraba fijamente, como si estuviera atrapado allí.
«¿Se dará cuenta de que eso es exactamente lo que ocurre?», se preguntó ella.
—Conque por eso querías que dejara tranquilos a los chalecos amarillos —dijo mientras tomaba asiento—.
No porque no quisieras disturbios en las calles, sino porque querías que ocurrieran cuando y como te convenía.
Por ejemplo, con Desmond Flint a mano para calmar un poco las aguas.
—Negó con la cabeza—. Reconozco que no se me ocurrió que fuera a ser tu hombre de paja.
Quizá porque no tiene... ¿cómo decirlo?... aspecto de líder.
—Bueno, bueno. Si esto fuese un concurso de belleza, la mitad de los ministros se habrían quedado sin un solo voto.
—No estaba refiriéndome a su físico.
Un camarero merodeaba cerca. Pidió agua mineral y Judd, que estaba tomándose un gin-tonic en una copa del tamaño de un globo, la miró algo decepcionado.
—Espero que no hayas cometido un error de cálculo —dijo ella—. Porque está más claro que el agua que la gente de Flint, sus partidarios a ultranza, son los que están creando problemas en las calles.
—Negarlo sería complicado, sí, pero reconocerlo tampoco tiene por qué plantear ningún problema.
—Peter Judd había adoptado aquel tono sentencioso con el que tanto le gustaba impartir lecciones a sus inferiores—.
Por cada izquierdista vegetariano y biempensante, hay dos personas tomándose una pinta en un pub y pensando que esto es exactamente lo que hace falta.
Y Desmond Flint entiende muy bien a esa gente.
—A estas alturas ya deberíamos haber aprendido que, cuando azuzas a una turba, luego no hay manera de controlarla. Y todas las turbas acaban devorándose a sí mismas.
—Tienes mucha imaginación, Diana. Deberías escribir novelas, o pagarle a alguien para que las escriba por ti. —Bebió un sorbo de gin-tonic—. Por lo visto, es lo habitual.
El camarero llegó con el agua mineral, lo que evitó que ella tuviera que responder. Cuando volvieron a quedarse solos, Judd prosiguió:
—En cualquier caso, sería un error subestimar a nuestro Flinty. Puede que no sepa distinguir un cuchillo de pescado de una cuchara sopera, pero habla un idioma que la gente entiende.
—Lo pintas como una especie de Tarzán de los Monos.
—No tengo intención de hacerlo pasearse en taparrabos, pero la comparación tiene algo de cierto. —Se acomodó mejor en el asiento—. Aunque, naturalmente, si la multitud no hubiera respondido a sus llamamientos a la calma, me habría visto obligado a recurrir al plan B.
—¿Y cuál era?
—Tirarlo al puto foso de los leones.
—Pero ahora estás trabajándotelo, preparándolo para cosas más importantes. Tengo claro que te gustaría ser el poder en la sombra, Peter, pero vas a tener que esperar bastante tiempo. Como sabemos, las últimas elecciones arrojaron un resultado bastante concluyente.
Judd hizo girar la copa en su mano.
—La política es una apuesta a largo plazo.
Es innegable que el primer ministro goza de una mayoría sólida, pero estamos hablando de un hombre cuyo historial pone los pelos de punta.
No sería el primero cuya meteórica ascensión acaba en golpetazo fulminante en la cabeza.
Y es preferible estar preparados para esa eventualidad, ¿no te parece?