La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Me refiero a este juego con Cantor. Ese hombre es problema de Regent’s Park, no nuestro. Y no creo que Taverner piense dejarlo irse de rositas, precisamente.

—Bueno, a mí me gusta ganar a largo plazo —dijo Lamb—. Pero también me gusta ganar a corto. Además, Taverner tiene más problemas de los que imaginas. No puede ajustar cuentas con Cantor hasta estar segura de que las consecuencias no van a salpicarla.

Encontró el encendedor justo cuando su móvil empezaba a sonar, y se quedó mirándolo un segundo, como si no tuviera clara la procedencia de aquel ruido. Finalmente, sacó el móvil del bolsillo y respondió:

—¿Qué?

Era Roderick Ho, dedujo Catherine. Lamb adoptaba una expresión peculiar cada vez que se veía forzado a escuchar a Ho; la misma, de hecho, que adoptaba al verse forzado a escuchar a todos los demás, sólo que más acentuada. Cuando Ho terminó, le dijo:

—Si lo he entendido bien, estás diciéndome que habéis hecho lo que os he ordenado. ¿Por qué eres incapaz de decírmelo sin rodeos?

Escuchó un momento en silencio.

—Ah, ya entiendo. Sí, claro, es una explicación perfectamente razonable.

Catherine arqueó una ceja.

—¿«Una explicación perfectamente razonable»?

—Dander estaba hablando por detrás de él. Dice que Ho es tonto del culo.

—Es un alivio ver que el equipo está tan cohesionado. —Hizo una pausa—. Pero seguimos sin saber nada de River.

—Así es —respondió Lamb—. Pero imagino que la chavala y él tendrán cosas que contarse. Tú ya me entiendes... ¿o no?

—Me preocupa que no vuelva.

—¿Y por qué no iba a volver?

—No sé lo que pasó anoche, pero debió de ser traumático. Y el chico lleva tiempo pasando por una mala racha: la muerte de su abuelo, todo este caos de por aquí... Puede que haya llegado a su límite.

—No me digas.

—El año pasado estuvo a punto de irse. No nos dejó de milagro.

—El muchacho es un espía. Lo lleva en la sangre.

—Y ahora Sid ha reaparecido.

—Por eso digo que igual tienen mucho que contarse. A ver si nos entendemos, lo que quiero decir es que... —Se interrumpió de golpe—. ¿Y ahora qué pasa?

Catherine tardó unos segundos en oírlo también: alguien estaba abriendo la puerta. Y tenía llave, así que sólo podía ser Diana Taverner, que apareció un instante después, se detuvo en el umbral y negó con la cabeza.

—Ayer este lugar estaba impoluto.

Lamb adoptó un gesto compungido.

—Así son los jóvenes de hoy: piensan que mamá se ocupará de limpiarlo todo.

—A veces me pregunto cómo lograste sobrevivir cuando trabajabas infiltrado. Si la Stasi quería encontrarte, le había bastado con seguir el rastro del caos que ibas dejando a tu paso —dijo Diana; luego se volvió hacia Catherine—: ¿Cómo puedes soportar esto?

—Porque en su época probé otras cosas y no funcionaron.

—Suena razonable —repuso Diana, indicándole con la cabeza que ya podía irse—. Los adultos tenemos que hablar.

—Ella se queda —dijo Lamb.

—No me parece que...

—Se queda.

Diana hizo una mueca de exasperación, pero prosiguió como si Catherine no estuviera allí:

—He hablado con Rasnokov. Está dispuesto a llevarse a sus Perros de aquí.

La expresión de Lamb no cambió en absoluto.

—De manera que ya podéis desalojar este sitio.

—Ahora que empezaba a cogerle cariño. Y Vasili ¿qué se lleva a cambio? A ver si lo adivino: unos salvoconductos para sus caniches del alma.

—Al menos así evitaremos más líos.

—Salvo por la sangre en las paredes. Justo lo que provocó todo este embrollo, ¿o no es así?

—Las circunstancias cambian.

—O sea: te has dado cuenta de la cagada monumental que montaste financiando Kazán y ahora todo lo demás queda aparcado hasta que arregles ese asunto.

Diana miró a Catherine.

—Por mí no te preocupes —dijo ella—. Yo no le hago el menor caso cuando está sobrio.

Lamb prendió el cigarrillo y apagó el mechero agitándolo como si fuera una cerilla.

—Diana invitó a unas cuantas celebridades a embarcarse en el navío de Regent’s Park. Los famosillos de marras pagaron el pasaje de su bolsillo, muy rumbosos ellos, pero ahora exigen llevar el timón.

—Eso no va a pasar.

—Si tú lo dices. Pero los piratas son como son. No admiten un no por respuesta.

El teléfono de Lamb volvió a sonar. Sin apartar los ojos de Diana, se lo tiró a Catherine, que lo pilló al vuelo.

—Hola, Lech. Sí. Pero cuéntame. —Hizo una pausa—. Gracias. Ahora se lo digo.

En lugar de devolver el teléfono, se lo quedó, aferrándolo con fuerza.

—Y bien, ¿qué te han dicho?

—Que ya han hecho las dos llamadas previstas.

—¿Llamadas? —intervino Diana—. Se supone que os habéis borrado del mapa. Y ahora que lo pienso... —Miró en derredor de forma histriónica—. ¿Dónde está el resto de los inadaptados?

Lamb soltó una risotada.

—Llamarlos inadaptados es hacerles un favor, créeme.

—¿Qué te traes entre manos, Jackson?

—Tú puedes declarar una amnistía, pero yo no voy a hacerlo. ¿Te suena una carpeta que Cantor hizo llegar al otro lado del Telón de Acero? ¿Una que llevaba el título «La Casa de la Ciénaga»?

—¿«El Telón de Acero»? ¿En serio?

Lamb exhaló una nube de humo.

—Una buena metáfora es para siempre.

Ella negó con la cabeza con fatiga.

—Ya no sé cómo decirlo. Lo último que necesito en estos momentos es tu ayuda. —Miró a Catherine—. ¿Aún no has aprendido a controlarlo?

—Voy tomando notas.

Diana volvió a encararse con Lamb.

—Cantor está metido en la mierda hasta las cejas.

Rasnokov tiene un vídeo en que aparece entregando esa carpeta a sus contactos.

Un vídeo, repito. Le pueden caer cinco años, como poco.

Y mira, lamento que haya muerto gente, en serio, pero lo que está en juego es más importante, de manera que olvídate de lo que sea que estés tramando.

Rasnokov está dispuesto a tender puentes.

—Pues tiene una forma curiosa de demostrarlo.

—Todos tenemos jefes políticos con los que lidiar.

—Habla por ti. —La ceniza del cigarrillo cayó sobre su regazo, pero él no se inmutó—.

En fin, al final me has convencido. Quieres vía libre para los del equipo de ejecución y yo no voy a ser un estorbo.

De hecho... —Hizo una pausa para aplastar el cigarrillo contra el suelo—...

creo que en alguna parte tengo una caja en la que cabrán todos.

Así os ahorráis los gastos de devolución.

Diana lo miró fijamente.

—¿Qué has hecho?

—Justo lo que tendrías que haber hecho tú. Quitarlos de en medio.

Catherine se aclaró la garganta.

—Bueno, encargar que los quitaran de en medio —prosiguió él—. Ya sabes, es el secreto de toda buena gestión. Así que puede que Rasnokov decida replantearse el acuerdo al que habéis llegado. Pero por Cantor no te preocupes. Eso ya está arreglado.

—¡Pero ¿tú estás mal de la puta cabeza?!

—Como digo, una buena gestora valoraría la iniciativa.

—¿La iniciativa? ¡Soy la Primera Mesa, pedazo de gordo cabrón! ¡Tú me rindes cuentas a mí!

—Y lo haré cuando te ocupes de hacer tu trabajo. Lo que incluye no vender a nuestros agentes.

—¿Agentes? ¿Se te olvida que hablamos de la Casa de la Ciénaga?

¡La Ciénaga es un batallón disciplinario!

No, ni eso siquiera: es el sitio al que mandamos a la gente de la que ya no queremos saber nada.

A los que preferimos apartar para no tener que molestarnos con ellos.

Y tu trabajo consiste en impedir que vuelvan a dar señales de vida. Punto. Eso es todo.

—No, hay algo más —dijo Lamb—. Te dejas una parte.

—¿Ah, sí?

—La Ciénaga sigue siendo una sección del servicio. Y la gente que trabaja aquí trabaja para ti, te guste o no. O trabajó para ti en su momento. Y cuando matan a uno de los tuyos, la responsabilidad es tuya...

—Jackson.

—... y mía.

Catherine apretaba el teléfono de Lamb con tanta fuerza que empezaba a dolerle la mano.

Diana abrió la boca para responder, pero no dijo nada.

—Querías cortarle las alas a Cantor —dijo Lamb—. Pues ya está hecho. Y ahora tampoco necesitas llegar a ningún acuerdo con Rasnokov. Dile que el próximo equipo de asesinos que nos mande volverá a casa metido en otra caja. Porque no puedes tender puentes sobre los cadáveres de tu propia gente.

Durante unos segundos nadie dijo nada. El único sonido era el clic del mechero de Lamb. Pero ni siquiera tenía un cigarrillo en la mano: se limitaba a encenderlo y apagarlo.

Diana fue la primera en romper el silencio.

—¿Y también piensas matar a Cantor? —le preguntó a Lamb.

—No —se adelantó Catherine.

—Qué aguafiestas... —murmuró Lamb.

—No vamos a matarlo —repitió Catherine.

—Pero tampoco va a seguir husmeando por Regent’s Park —dijo Lamb—. Eso corre por mi cuenta.

—Más te vale. —Diana sonaba tensa como el cable de una cortadora de queso—. Y ahora dame las llaves de esta casa y vuelve al agujero del que has salido.

—Claro. Y me llevo conmigo a mi gente.

—Ahora.

—Incluidos Wicinski y Dander.

—Dame las putas llaves de una vez.

Lamb le lanzó las putas llaves.

—Y cierra la puta puerta al salir.

—Discúlpala si se ha puesto un poquitín nerviosa —le dijo Lamb a Catherine en cuanto estuvieron en la calle—. Todavía está metida en apuros con esos piratas.

—¿Un poquitín nerviosa? ¡Pero si echaba espumarajos por la boca! Lo que necesita es ir a un psicólogo.

Lamb acababa de encontrar un cigarrillo, pero el encendedor había vuelto a desaparecer. Mientras se palpaba los bolsillos, dijo:

—Por cierto, ¿qué has querido decir con lo de que «Sid ha reaparecido»? ¿Qué tiene que ver con todo esto?

—Te lo explicaría, Jackson —respondió Catherine, levantando la mano para parar un taxi—, pero sinceramente creo que sería perder el tiempo.

La segunda llamada telefónica inquietó a Damien Cantor aún más que la primera.

—Lo llamo desde Regent’s Park, señor Cantor. Supongo que sabe lo que representa este edificio.

Esta vez era una mujer.

—Lo que representa ese edificio... Sí, sí, claro.

—Bien. La señora Taverner quiere verlo esta misma mañana.

—¿Esta misma mañana?

—De inmediato. Hemos mandado a un equipo a recogerlo para que no le cueste encontrar la dirección.

—Yo...

—Ah, y una cosa más. Traiga el pasaporte.

—¿Su pasaporte? —preguntó Lech con extrañeza.

—Eso le va a meter más miedo en el cuerpo, ¿no crees? —dijo Louisa.