Capítulo 13
Una nota manuscrita pegada en el escaparate daba las gracias a amigos y clientes, les deseaba toda clase de bendiciones y se despedía de ellos.
Luego repetía el mismo mensaje en polaco, o eso parecía.
Fue todo lo que Shirley Dander alcanzó a leer antes de ponerse de rodillas.
A un lado, Roderick Ho fingía hablar por el móvil mientras ella trasteaba con lo que Lamb había descrito como «un juego de ganzúas universales capaz de abrir cualquier cerradura estándar».
Lo había dicho con absoluta seguridad, pero la promesa empezaba a parecer tan fiable como uno de sus discursos motivacionales.
—Putas ganzúas... —murmuró ella.
Al teléfono, Ho hablaba con un interlocutor inexistente:
—Os he dado unas instrucciones y lo que espero es que las cumpláis de inmediato, ¿queda claro o no?
—Se supone que hemos de pasar desapercibidos, no montar un numerito —musitó ella.
Como era un día laborable por la mañana y las calles estaban llenas de gente, Roddy Ho se había decantado por vestuario de camuflaje, y además llevaba una tablilla sujetapapeles que Catherine Standish había encontrado por ahí.
Según Shirley, con ese conjunto parecía más bien un instructor de autoescuela presa de los nervios, pero él le había contestado que de eso ni hablar, porque él tenía la cabeza tan fría como, como...
Seguían pasando los minutos.
Ninguna de las malditas ganzúas funcionaba.
—... como la nevera de Samuel L. Jackson.
—¿Qué?
—Así de fría tengo la cabeza.
—Se supone que estás al teléfono, no hablando conmigo.
Volvió a concentrarse en el dispositivo.
—No hay nada de qué preocuparse —indicó—. Sólo es una empleada a la que, de vez en cuando, hay que soltarle un par de bofetones...
—Ni en tus sueños más locos.
Ella había llevado peinados con más peligro que cualquier amenaza que pudiera soltarte Roderick Ho.
La siguiente ganzúa tampoco funcionó.
—¿Van a volver a abrir?
—¿Perdone?
Quien le había hecho esa pregunta era una anciana con el carrito de la compra.
—La tienda del Viejo Miles —respondió la señora señalando la puerta.
Ella miró a Ho, quien se suponía que estaba a su lado para labores de distracción, pero estaba demasiado absorto en su llamada telefónica imaginaria.
Pensándolo bien, tal vez era la conversación más significativa que había mantenido en mucho tiempo.
Igual terminaba por concertar una cita consigo mismo para tomar algo en un bar.
—Somos de Protección Civil —respondió ella—. Hemos venido a ver cómo está el... el socavón.
—Uy, ¿es que podemos caer por un agujero?
—Es muy posible —respondió ella, justo en el momento en que la tercera ganzúa se insertaba a la perfección con un sonido agradable, como el de la tapa de un frasco de mermelada al abrirse—. Por precaución, se recomienda mantenerse a distancia.
—Vale, tengo cosas que hacer —dijo Roddy al teléfono—. Te dejo. Salud, hermano. —Y puso fin a la llamada.
Después siguió a Shirley al interior y cerró la puerta de la calle tras él.
La tienda apenas llevaba un par de días cerrada, pero dentro reinaba una atmósfera de final irreversible tan espesa como una nube de polvo.
Despojadas de artículos a la venta, las estanterías se veían desvencijadas e inestables, como si pudieran venirse abajo en cuanto alguien les pusiera dos dedos encima, y la zona del mostrador, que durante décadas había ocupado la caja registradora, era de un color siete veces más claro que la superficie circundante.
Shirley negó con la cabeza. Raras veces entraba en una tienda con más de dos años de antigüedad.
De hecho, evitaba en lo posible cualquier comercio, salvo cuando era nuevo y anunciaba ofertas por apertura o cuando estaba a punto de echar el cierre y liquidaba existencias.
Tras el mostrador había una puerta que llevaba a las escaleras mencionadas por Lamb. Se dirigió a ellas de inmediato.
Ho dejó la tablilla sujetapapeles en el suelo y la siguió.
A la chica le había costado lo suyo abrir la puerta de la calle, pero estaba claro que Lamb lo había previsto, pues en el momento de hacerle entrega del juego de ganzúas a ella, y no a él, lo había mirado una fracción de segundo y le había hecho un ligerísimo guiño que nadie más en el mundo habría podido detectar.
«Tengo clarísimo que eres más capaz de colarte por esa cerradura que un fantasma bien engrasado, pero vamos a dejar que la chavala tenga la oportunidad de lucirse.
» Aquello era un gesto de consideración por parte de Lamb, porque todo el mundo sabía que los hombres eran más mañosos que las chicas para las cosas prácticas.
Los datos y las estadísticas lo dejaban muy claro, colega.
Al subir por las escaleras, resultó que había tres puertas más, dos de ellas abiertas. Había llegado el momento de asumir el mando. Levantando una mano con firmeza, le indicó a Shirley que se detuviera mientras con la otra agarraba el pomo de la puerta cerrada.
Lo hizo girar y, con un movimiento fluido, empujó.
—Está cerrada con llave.
—Ya. ¿Y si se abre hacia fuera?
Tiró del pomo y la puerta se abrió sin dificultad, dejando ver un retrete, por suerte desocupado.
—Joder —dijo ella—, eres más listo que el moño de un hípster.
Las otras dos habitaciones también estaban vacías, con tablones desnudos que crujían bajo los pies y un persistente olor a tabaco. En la del fondo había una persiana metálica echada sobre la ventana y asegurada con un candado. Perfecto: nadie podría mirar desde fuera.
—A ver, pásame el material.
Ho dejó caer la mochila que llevaba al hombro.
Shirley abrió la cremallera y se puso a trabajar.
El ambiente en el estudio era eléctrico.
Londres tenía un nuevo héroe, el apaciguador de disturbios Desmond Flint, y sólo Go tv tenía su número.
Ya estaban anunciando una entrevista en exclusiva; Peter Judd les había prometido una charla en antena con su protegido antes de que terminara la semana.
Una conversación destinada a demostrar que el antiguo Señor Cabreado de la política británica había salido por fin de su crisálida: ahora era un hombre con cosas sensatas que decir sobre el estado de ánimo del país y con arrestos suficientes para hacer que las cosas sucedieran.
Cantor ya había recibido llamadas de varios periódicos serios interesados en «ampliar la cobertura», es decir, en subirse al carro. Muy bien, allá ellos. Pero él no tenía la cabeza en eso. Seguía sin poder quitarse de encima la visita de primera hora de la mañana.
«Yo en tu lugar no me acercaría demasiado a esas ventanas. Regent’s Park sabe dónde encontrar a tiradores de primera.»
Era una tontería, un farol de lo más patético: Taverner nunca se plantearía enviarlo al otro mundo. Eso ni en sueños, vaya.
De acuerdo, él se había tomado sus libertades con ella, y sí, Tommo Doyle se había hecho con una carpeta de Regent’s Park, pero todo aquello formaba parte del juego, aunque fuera haciendo trampas.
Cosa que Taverner sabía. Y era posible que él hubiera transferido las fotos de dicha carpeta a unos contactos de los medios de comunicación extranjeros —unos contactos rusos, vale—, pero los negocios no entendían de fronteras, y siempre había favores que intercambiar.
Nadie podía responsabilizarlo del uso que alguien pudiera dar a según qué información.
Y, además, esas ventanas estaban muy altas; haría falta un helicóptero...
un satélite. En pocas palabras, él estaba demasiado arriba como para que alguien pudiera derribarlo. Estaba fuera del alcance de todos.
—¿Damien? Alguien quiere hablar con usted.
—¿Eh?
—Tiene una llamada por la línea uno.
Pulsó una tecla.
—¿Quién habla?
—¿Señor Cantor? —La voz tenía un sonido gutural, como si su interlocutor tuviera algo atorado en la garganta—. Es un placer saludarlo.
—¿Y usted quién es?
—Soy su nuevo mejor amigo, señor Cantor.
—Mi nuevo mejor amigo —repitió.
—Sí. Y lo llamo para hacerle saber hasta qué punto está metido en la mierda y lo que puede hacer para no salir malparado.
Esforzándose en no pensar en ventanas, se hundió en la butaca y escuchó lo que el otro tenía que decir.
Al terminar la llamada, Lech se metió el teléfono en el bolsillo y miró a Louis a.
—Vaya.
—¿Cómo se lo ha tomado? —preguntó ella.
—Yo diría que no se ha tragado nada de lo que le he dicho.
—Bueno, en realidad es lo que quiere que tú creas.
—Hablas como una espía —musitó él.
—Me alegro de oírlo. —Louisa cogió su propio teléfono—. Ahora me toca a mí.
A las 10.43 —Catherine acababa de mirar el reloj— Lamb se puso a toser y no paró durante ocho minutos.
Ella poco podía hacer al respecto. Al parecer, Lamb consideraba aquellos ataques parte del precio de su estilo de vida, así que ¿por qué no iba a aceptarlo ella también?
Enjuagó uno de los vasos de plástico de la comida para llevar, lo llenó de agua, lo dejó junto al codo de Lamb y permitió que siguiera expulsando los pulmones a su ritmo.
A las 10.51 le preguntó:
—¿Te encuentras mejor?
—Estoy bien.
—Esto ha sido tu versión personal de una sesión de aeróbic, ¿no?
—Es mi organismo, que expulsa las sustancias tóxicas.
—¿Y cómo sabe tu organismo cuándo tiene que parar? —Le pasó un pañuelo de papel—. ¿Cuándo fuiste al médico por última vez?
—En los tiempos del primer Doctor Who. ¿Me he perdido algo desde entonces? —Lamb se secó la cara, cogió el vaso, se bebió la mitad, se dio cuenta de lo que era, frunció el ceño con disgusto y se terminó el resto—. ¿Dónde está el adorno de jardín?
—Si te refieres al señor Nesmith, ha salido.
—¿Y le he dado permiso para salir?
—A lo mejor lo confundes con alguien que trabaja para ti.
Lamb se lo pensó un instante y terminó asintiendo.
—Sí, puede ser. Con esa pinta de desgraciado y de perdedor, es posible que me haya confundido.
—Y aun así ha hecho lo que le pediste. ¿De verdad te parece buena idea?
Lamb, que acababa de encontrar un cigarrillo con el que calmarse, interrumpió la búsqueda del mechero.
—Vas a tener que concretar un poco más.