La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 12 #5
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Capítulo 12 #5

—Sólo tienes que atar cabos. Eres responsable de los asesinatos de unos cuantos agentes de Regent’s Park. ¿Tú crees que tu circulito de confianza te va a echar una mano para que salgas bien librado de una cosa así?

—Todo eso es una patraña.

—¿Qué exactamente? ¿Lo de que tu hombre fotografió el expediente o lo de que se lo entregaste a tus contactos rusos?

—Vale. He tenido suficiente. Es hora de que te largues.

Pero Reece tenía una última bala en la recámara:

—¿Y sabes qué es lo más gracioso?

—Todo lo que me has contado —replicó Cantor—. Es una fantasía de cabo a rabo.

—No, lo gracioso es que Taverner está decidida a hacerte picadillo. Y, por otra parte, resulta que ese equipo ruso que anda dejando cadáveres por todas partes está convencido de que eres su mejor amigo. Si tienes suerte, igual vienen a verte antes de que lo haga la gente de Regent’s Park.

—Vete a la mierda.

Al llegar a la puerta, Reece se volvió y añadió:

—Yo en tu lugar no me acercaría demasiado a esas ventanas. Regent’s Park sabe dónde encontrar a tiradores de primera.

Estaba seguro de que haría falta un carro de combate para romper ese cristal, pero no venía mal que Cantor pensara que podría haber un francotirador dirigiéndose hacia allí.

Una vez concluida la llamada, Diana se quedó en la azotea y arrojó otra colilla al pequeño montón que se acumulaba sobre la superficie plana de una rejilla de ventilación.

El día iba tomando forma: soleado, con intervalos sombríos.

Su propio ánimo era prácticamente el opuesto.

No le hacía ninguna gracia tener que cancelar la cacería del comando enviado por Moscú.

La amnistía era una concesión excesiva, por mucho que las víctimas hubieran sido antiguos inquilinos de la Casa de la Ciénaga, demasiado poca cosa para un funeral en la Capilla de los Espías.

Debería haber habido represalias. Y si Lamb se enteraba del trato que acababa de cerrar, probablemente las habría, y quizá desproporcionadas y fuera de lugar.

Pero también había algo de luz: ahora, Cantor estaba en sus manos.

Si hubiera creído que podía salirse con la suya, habría dejado que Vasili Rasnokov pensara que no sabía quién había robado el expediente de la Casa de la Ciénaga, pero eso no habría colado.

Si Rasnokov la hubiera considerado incapaz de descubrir algo así, habría estado demasiado ocupado partiéndose de risa como para atender la llamada.

De modo que no había forma de darle la vuelta a Cantor y usarlo para alimentar a Moscú con un festín de mentiras.

En lugar de eso, tenía al propio Cantor, porque Rasnokov seguro que tenía fotos de las vacaciones: todo el mundo hace fotos cuando se va de vacaciones.

Y probablemente también grabaciones de audio y vídeo de Cantor entregando el expediente robado a sus amiguitos rusos del mundo de las plataformas digitales, porque las Reglas de Moscú y las Reglas de Londres coincidían en una cosa: en cuanto entregabas secretos, tú mismo pasabas a ser mercancía valiosa.

Cantor iba a descubrir por las malas que es imposible darle de comer a un gato una sola vez: en cuanto lo haces, el gato pasa a ser tu dueño para siempre.

Aquellas mismas reglas indicaban también que nunca había que quemar a un informante en terreno rival, pero Rasnokov era un espía de la vieja escuela, y ni por asomo iba a dejar tirado a su equipo en otro país, por mucho que estuviera formado por asesinos con una misión en la que él nunca había creído.

Quería que los llevasen de vuelta porque era lo que había que hacer.

Llevabas de vuelta a los tuyos o los enterrabas tú mismo.

Y si con eso perdías a un informante en el terreno, pues qué se le iba a hacer.

Y oculto en todo aquello había otro rayo de sol: Rasnokov acababa de reconocer que él no habría mandado a su gente al campo de batalla si no lo hubieran presionado desde arriba.

Aquello era más que un simple rayo de sol; casi prometía un verano.

Desde luego, era tentador suponer que en el muro moscovita estaba abriéndose una grieta, pero también era posible que Rasnokov sencillamente quisiera hacerle creer en su existencia sólo para asegurarse de que sus agentes regresaban sanos y salvos.

Así que, por supuesto, todo eso merecía una reflexión, pero no en ese momento preciso.

Porque ahora tenía otros huevos que cocer.

Dio la espalda al paisaje, sacó su teléfono principal y marcó el primer número de su lista de contactos.

—Necesito verlo —dijo, y al cabo de un momento añadió—: A las cuatro. Sí. Gracias.

Colgó y se metió el móvil en el bolsillo.

Lo siguiente que haría sería cancelar la búsqueda del equipo de ejecutores, lo que sin duda suscitaría murmullos de desconcierto.

Pero la Primera Mesa no tenía por qué escuchar a la gente: su función era dar órdenes.

Y si todo lo demás salía como ella esperaba, con intervalos sombríos o no, se las arreglaría para volver a salir vencedora al final del día.

Siempre y cuando nadie lo estropeara todo, claro.