La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 12 #4
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Capítulo 12 #4

El apartamento de Cantor daba la impresión de ser un decorado de película: el mobiliario combinaba a la perfección, los libros en las estanterías estaban dispuestos por colores, había grabados y pinturas en otros estantes y, en la espaciosa cocina, una isla central con una encimera de mármol tan descomunal como para practicar patinaje artístico sobre ella.

Pero lo fundamental eran las vistas. Londres se extendía ante ellos, y desde allí podías ver hasta el último rincón: sus torres y puentes, sus alturas y bajuras, sus problemas y prerrogativas...

Desde allí divisabas incluso los confines de la ciudad. Llegabas a ver dónde terminaba Londres.

Y en una película, pensó Reece, ésa sería la guarida perfecta para un genio del mal que pudiera estar planeando precisamente eso: el fin de la ciudad.

De pronto, Cantor hizo chasquear los dedos como si acabara de recordar algo:

—Pero yo a ti te conozco... sí. Tú eres el que andaba dándole la lata a Bud.

Era cierto. Bud Feathernet era el presentador estrella de los informativos de Go tv , y Reece había logrado localizarlo en un restaurante gracias a Twitter.

Después se había presentado en el reservado donde estaba cenando y había conseguido contarle lo ocurrido con Andréi: que había sido asesinado por orden del presidente ruso.

Si eso no daba para un titular explosivo, ¿qué podía darlo?

Pero Bud Feathernet resultó ser un muro infranqueable.

Andy pertenecía a la clase de periodistas de investigación que acaban muertos.

Feathernet, en cambio, era de los que algún día terminarían presentando su propia tertulia en prime time .

Y aquella noche le tocó interpretar el papel del periodista que mandaba echar a Reece del restaurante.

—Me lo contó al día siguiente, en nuestra reunión matinal: un chalado había armado un pequeño escándalo mientras él intentaba cenar tranquilamente. No es la mejor forma de hacer amigos e influir en la gente.

—Ni siquiera quiso escucharme.

—Pues claro que no. Mira, si tu novio no hubiera sido ruso, igual habríamos tenido entre manos una buena historia.

Y si en vez de tu novio hubiera sido tu novia, pues aún mejor.

Pero, francamente, a mis espectadores lo tuyo, tal cual, les habría importado una mierda.

Además de enano, eres estadounidense, eres gay...

Lo mejor es que lo subas a YouTube. —Se había puesto de pie, para subrayar la diferencia de altura—.

Y bien, le has dicho a Claude que tenías un mensaje de Diana Taverner.

—Creo que se llama Clifton.

—Claro, claro, eso es lo primordial: aprenderse los nombres de la gente que está a tu servicio.

Por supuesto, en cuanto te he visto me he dado cuenta de que has recurrido a una mentira para que te dejaran pasar.

La única razón por la que no he ordenado que te sacaran de aquí de inmediato es que quiero averiguar cómo sabías que sería una buena idea mencionar ese nombre concreto. Desembucha.

Reece sonrió.

—No trabajo para Taverner. Pero sí que traigo un mensaje para ti.

Estaba empezando a disfrutar de todo aquello.

Se había pasado semanas aporreando una puerta tras otra, contando su historia a personas que se negaban a escuchar.

El que más caso le había hecho era Jackson Lamb, al que por otra parte todo le daba igual.

«Mira, la gente se muere. Mejor que te vayas haciendo a la idea.

» Pero algo había pasado de pronto. Le habían dado una palanca con indicaciones precisas de cómo usarla.

Lo que sin duda no iba a devolverle a Andy, pero sí dejaría maltrechos a los responsables de su muerte.

Era lo que Lamb le había dicho, al menos.

—Cantor no va a tenerme miedo —había dicho él.

—No —convino Lamb—. Bueno, tal vez le preocupe tropezar contigo, pero está claro que no va a echarse a temblar de buenas a primeras.

—Entonces, ¿qué se supone que debo hacer?

—Ablandármelo un poquito, con eso bastará —había indicado Lamb.

—¿Cuál es el mensaje? —preguntó Cantor.

Reece respondió:

—Hiciste que tu hombre de confianza robara información de Regent’s Park sobre cierto departamento del mi5 . Una información que luego hiciste llegar a la inteligencia rusa.

—¿La inteligencia rusa? ¡Por Dios!

—A ver, seguramente fingiste que no sabías con quién estabas tratando, pero cuando transmitiste esa información, sin duda sí sabías en qué manos terminaría.

—Supongamos que no estás diciendo idioteces. ¿Y tú cómo sabes todo eso?

—Bueno, soy de esos que oyen cosas que a los demás se les escapan. Digamos que sé mantener la oreja pegada al suelo.

Al decir esto último, le dedicó una peineta mental a Jackson Lamb.

Cantor había cogido una taza de café vacía y ahora parecía sopesarla entre las manos.

—¿Estás amenazándome con una especie de chantaje? Lo digo porque Taverner no va a escandalizarse mucho con esa información. Podríamos decir que estoy en su círculo de confianza. ¿Tú sabes cómo funciona esto?

Reece pensó: «Atente al guión. Conténtate con comunicarle lo que Lamb quiere que escuche y lárgate de aquí. Da igual si te cree o no. Tú estás limitándote a sembrar la semilla.»

Finalmente, dijo:

—Taverner ordenó esa ejecución en Kazán.

Cantor lo miró con asombro, aunque no tanto como para dejar caer la taza.

—Ya lo sé. Estuve presente en la celebración.

—Eso puso furiosos a los de Moscú...

—Genial.

—... y ahora están usando la información que les facilitaste para vengarse. Han estado asesinando a algunas de las personas que constaban en el expediente que robaste. —Reece subrayó cada una de las siguientes palabras—: Agentes del servicio secreto británico.

Cantor se puso pálido.

—No me lo creo. Si eso estuviera pasando, ya lo sabría.

—Sólo si Taverner quisiera que lo supieras. Y a Regent’s Park no le interesa que nada de esto se haga público. Aunque eso no significa que no vayan a hacer algo al respecto.

—¿Qué quieres decir con «hacer algo al respecto»?