La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

A esas horas no tenía ninguna visita en su agenda...

El tal Claude o Clyde parecía un jugador de rugby samoano, y desde luego no había conseguido el empleo tras someterse a un test de inteligencia, pero a ver: eran las siete de la puta mañana, joder.

Tendría que estar sufriendo una emergencia inducida por la viagra para estar esperando a alguien a esas horas.

—¿Este visitante le ha dado su nombre?

—Dice que viene de parte de... —Hubo un diálogo ininteligible—. De parte de una tal Diana Taverner.

«Vale», pensó. Eso sin duda iba a añadir un poco de picante a una mañana que prometía ser sabrosa de por sí.

—Gracias, Clyde. Hágalo subir.

—Me llamo Clifton, señor.

—Sí, claro... hágalo subir. Al apartamento, no al despacho.

Los ascensores eran rápidos, pero no tanto. Tenía tiempo de acabarse el café antes de que su visitante apareciera.

En cierto sentido, todo líder quisiera hacer pedacitos a su rival y lanzarles esos pedacitos a las fieras; pero en otro, se siente más próximo a sus rivales que a sus propios colegas.

Mientras Diana Taverner hablaba con Vasili Rasnokov, notaba que se entendían realmente bien.

Probablemente así sería su relación con Jackson Lamb si se encontraran en bandos opuestos, por mucho que Lamb y ella aún no hubieran llegado al extremo de llevar un recuento de los cadáveres que intercambiaban.

—Has enviado a un equipo a nuestro país, Vasili.

—¿Un «equipo»?

—Y no es la primera vez.

—Nuestros ciudadanos tienen libertad de movimiento, Diana. Como os pasaba a vosotros antes del Brexit, ¿recuerdas? Y en tu país hay tantas cosas hermosas que admirar... ¿Quién podría culpar a alguien por querer pasar su tiempo libre visitando vuestras legendarias atracciones?

—Por favor. Esa gente no ha venido a admirar nuestra arquitectura. Ha venido a pintar grafitis en nuestras paredes.

—No me suena esa expresión.

Claro que le sonaba.

Diana estaba en la azotea de Regent’s Park.

El teléfono no era de los de usar y tirar, o al menos no exactamente, pero sí era un dispositivo que sólo empleaba para llamar a Rasnokov —actual ocupante de la Primera Mesa en el gru —, cosa que nunca hacía desde su despacho.

A su alrededor, y por debajo de ella, la ciudad iba generando esos ruidos incoherentes de primera hora de la mañana, a veces discernibles como procedentes del tráfico o de las persianas metálicas que subían o bajaban, lo que significaba que la urbe aún no había decidido qué ánimo preciso iba a mostrar durante aquella jornada: si el radiante y alegre que denotaba energía y ganas de hacer cosas, o el hosco y descuidado que traslucía escaso interés en establecer contacto visual.

Ella tenía muy claro cuál era su propio ánimo en aquel momento.

—Por nuestra parte estamos preocupados por un suceso lamentable —dijo Rasnokov—, un asesinato cometido dentro de nuestras fronteras. No hace mucho, una mujer joven, una secretaria del gru , fue ejecutada en las calles de su ciudad natal.

—¿Una secretaria? —repuso ella—. No me digas.

—Perdón, esta última expresión no termino de entenderla. ¿Estás pidiéndome que te confirme lo sucedido?

—No, no hace falta.

—Me alegra oírlo. Al parecer, al principio se creyó que aquella mujer había sido víctima de un atraco que salió mal o algo parecido, pero eso despertó las sospechas de los investigadores, porque allí ese tipo de crímenes son mucho menos frecuentes que en Occidente.

Muchísimo menos frecuentes, de hecho. Así que revisaron el caso con lupa y llegaron a la conclusión de que aquel asesinato en particular había sido obra de extranjeros.

Y de unos extranjeros que además eran...

¿cómo los llamáis vosotros? ¿«Mercenarios»? No. Hay una palabra más exacta.

—Sicarios.

—Eso mismo, gracias. Sicarios extranjeros.

Puedes suponer nuestra inquietud ante la situación.

Eso de que una de nuestras ciudadanas haya sido víctima de unos criminales, de unos asesinos profesionales, llegados del extranjero, nos parece algo insólito.

Nuestro presidente ha insistido en que tales acciones no pueden quedar impunes.

—¿Y alguien se encargó de recordarle que lo sucedido fue la respuesta a una provocación anterior?

—A nuestro presidente le interesan mucho los detalles, sobre todo cuando se trata de algo sucedido en nuestro territorio. Y lo sucedido era toda una afrenta a uno de nuestros organismos de seguridad nacional. Esa clase de insultos deben recibir la respuesta apropiada, ¿no crees?

—Por eso mismo dimos un paso al frente. El episodio que describes fue en sí mismo una respuesta mesurada y apropiada a una afrenta que no podíamos dejar pasar. Y tú lo sabes mejor que nadie.

Rasnokov no respondió y ella aprovechó el silencio para caminar hasta el borde del edificio y mirar hacia abajo. Le gustaba pensar que era inmune al vértigo, pero eso de contemplar a personas tan diminutas, que además ignoraban ser observadas, de hecho la mareaba un poco.

Dio un paso atrás.

—¿Y adónde crees que nos llevará todo esto? Si seguimos por este camino, por este intercambio repetido de respuestas apropiadas, ¿tú crees que la cosa va a acabar bien?

El silencio se prolongó.

Tenía claro que iba a ser una jornada larga.

Los chicos y chicas del centro de operaciones habían estado trabajando durante toda la noche, peinando las cámaras urbanas de seguridad, revisando el sistema de reconocimiento automático de matrículas y aprovechando todo lo que la inteligencia del Cuartel General de Comunicaciones del gobierno podía ofrecer.

Y aun así, el equipo responsable de que Kay White se cayese de una escalera, de que Struan Loy muriese incinerado y de que Sidonie Baker se llevara tal susto como para esconderse incluso del mi5 , seguía sin localizar.

La última vez que dos de los peores y más salvajes agentes del gru habían cruzado las fronteras del Reino Unido lo habían hecho pertrechados con pasaportes numerados secuencialmente.

Lo que a primera vista parecía un error de principiantes, pero, en retrospectiva, se había considerado una auténtica provocación.

Sus actuales sucesores no habían sido tan descarados en su proceder y, salvo por los asesinatos, no habían dejado rastro alguno.

O al menos ninguno que el centro de operaciones hubiera podido detectar todavía.

Finalmente, Rasnokov se decidió a hablar:

—Supongo que nadie nos está escuchando, ¿no?

—No por mi lado, Vasili.

El ruso titubeó de nuevo.

—Seguramente lo mejor es que reconozca que la decisión de... ¿cómo decirlo...? La decisión de visitar vuestras maravillosas catedrales fue tomada por alguien situado por encima de mí. Y tal vez hubiera sido mejor no haberla tomado.

El hecho de que lo reconociera sorprendió a Diana. El mensaje implícito, sin embargo, no la sorprendió en absoluto.

Rasnokov era perfectamente capaz de recurrir a la violencia, pero ella nunca lo había tenido por un loco. Y el que había puesto en marcha el primero de los atentados tenía que ser un loco.

—No podías esperar que nos quedásemos de brazos cruzados, Vasili. Como acabas de decir, una acción de ese tipo supone toda una afrenta.

—Por aquí se especulaba que tu servicio carecía de los recursos necesarios para poner en marcha una respuesta tan complicada y costosa.

—En tal caso, vuestras especulaciones resultaron ser erróneas, ¿no crees? No andamos tan cortos de pasta como suponíais.

—¿«Cortos de pasta»?

—Escasos de fondos.

—Ah, sí. «Cortos de pasta...» Tiene su gracia.

—Me alegro de que te guste. Y bien, ¿qué pasa con vuestros actuales... turistas? ¿También te los endosaron desde arriba?

Interpretó el silencio de Rasnokov como un asentimiento.

La jornada iba a ser larga, sí, pero esa conversación le brindaba un atisbo de esperanza.

Si conseguía resolver el tema del equipo de ejecutores del gru , podría concentrarse en sus otros problemas.

Acordar una tregua implicaría que los rusos se salieran con la suya sin consecuencias, eso estaba claro, pero no supondría una humillación pública.

Las muertes «accidentales» de unos antiguos espías a los que nadie conocía —y que la prensa apenas había llegado a mencionar— no habían causado el revuelo que habría provocado el asesinato público de un civil.

Nadie echaba de menos a un caballo lento.

Excepto Jackson Lamb, claro. Pero ése era un problema del que ya se ocuparía más tarde.

Rasnokov se había tomado su tiempo, pero finalmente dijo:

—Nuestros turistas actuales, sí... Bueno, es un hecho que, en estos tiempos que corren, con la preocupación por el medio ambiente y esas cosas, este tipo de viajes de placer son un poco inadecuados. El planeta no puede permitírselo. Quizá habría sido mejor que se hubieran quedado en casa.

Diana respiró hondo.

—Entonces, ¿por qué no los llamas para que regresen? Ésa sería una buena solución.

—Sí, sería una buena solución. Pero me preocupa que su regreso a casa no sea tan plácido como nos gustaría. Últimamente se dan muchas demoras, y esos turistas podrían encontrarse con algún que otro inconveniente.

—No te preocupes por eso. Las cosas no están tan mal como antes y es posible que puedan viajar sin contratiempos.

—Eso sería lo mejor para todos. Pero tengo que preguntarlo: ¿qué clase de tasa adicional habría que pagar a cambio de esa garantía?

Era positivo que Rasnokov diera ese paso, pues le ahorraba el engorro de formular la petición ella misma.

—Verás, Vasili. Siempre me ha resultado interesante mirar las fotos de las vacaciones de otras personas, ¿a ti no? Me pregunto si tienes alguna en particular que pudieras compartir conmigo.

—De eso ni hablar —dijo Damien Cantor. Guardó silencio un momento y enseguida añadió—: ¡Es imposible que tú seas un espía!

Reece Nesmith III se lo quedó mirando.

—Nunca he dicho que lo fuera.