La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

A las seis de esa mañana, en la campiña de Tonbridge y aún medio grogui, River fue trastabillando al baño y terminó por despertarse de golpe al ver su imagen en el espejo.

Parecía que se hubiera caído de un árbol.

Tenía la cara hinchada y las manos llenas de costras de mugre y heridas.

Se las lavó hasta que le hormiguearon por el frío, aunque, por debajo de la piel, en lo más profundo de su ser, los huesos, los nudillos y las articulaciones seguían estremeciéndose con el recuerdo de lo que habían hecho la noche anterior: sujetar bajo el agua la cabeza de aquella mujer hasta que murió ahogada.

Salió del baño y empezó a recorrer la casa.

Se había ido volviendo más pequeña conforme él crecía, pero ahora volvía a parecer grande.

En parte porque estaba vacía y en parte porque cualquier vivienda, la que fuese, daba la impresión de ser enorme ahora que vivía de alquiler en un apartamento de una sola habitación en la ciudad.

Y también, por supuesto, porque su pasado y sus recuerdos se acrecentaban día tras día, y casi todos ellos se encontraban en ese lugar, en esa casa.

Incluso las ausencias contaban historias.

Las constelaciones de minúsculos agujeritos en las paredes eran lo único que quedaba del arte que en su día las adornaba.

Recordaba haber encontrado a su abuela Rose en ese mismo rellano en una ocasión, contemplando un grabado, un escueto bosquejo a lápiz de la puerta de una casa cubierta de hiedra.

No se le ocurrió preguntarle qué era lo que estaba mirando —porque él también creía ver lo que su abuela veía—, pero ahora se arrepentía de no habérselo preguntado.

También conservaba recuerdos de lo que el Viejo Cabrón había visto y pensado, aunque algunos se habían ido borrando con el tiempo.

Últimamente se había puesto de moda grabar a la gente mayor mientras aún seguía viva para conservar sus historias, y él había llegado a plantearse registrar los recuerdos que conservaba de su abuelo, pero había descartado la idea casi en el mismo instante en que se le ocurrió.

El Viejo Cabrón jamás lo habría permitido, y hacerlo a escondidas habría sido una traición en toda regla.

Así que lo único que tenía era aquella biblioteca.

Si su abuelo había puesto por escrito sus recuerdos alguna vez, debían de estar ocultos allí, en alguna parte.

Aquello era un palacio de la memoria convertido en un lugar real.

Un espacio al que él, ahora, añadía sus propios recuerdos, como quien pinta sobre un lienzo usado.

Sid seguía dormida, acurrucada en el sillón.

Resultaba reconfortante verla en paz después de lo ocurrido la noche anterior.

Recordó cómo había salido tras ella al volante de su coche destartalado; cómo había estado a punto de empotrarse contra el vehículo que venía de frente.

«Cuando alguien a quien quieres está en peligro...

» Eso era lo que había pensado: alguien a quien quería corría peligro.

Y ahora Sid dormía en el estudio donde él se había criado.

Su teléfono estaba en la mesa, con la batería y la sim en su sitio, aunque nadie lo había usado desde que lo había vuelto a encender: ni una sola llamada, ni un mensaje de texto.

Lo cogió, miró a Sid y pensó en hacerle una foto, pero entonces se dio cuenta de que no sería muy apropiado hacerlo sin su consentimiento.

Aun así, ya que tenía el móvil en la mano, aprovechó para hacer un vídeo del estudio: las estanterías del Viejo Cabrón, sus libros y recuerdos, el grabado de La ronda de noche sobre la chimenea...

Era un vídeo de seis segundos que terminaba con la imagen de Sid acurrucada en el sofá.

Vale, tampoco era muy apropiado, pero siempre estaba a tiempo de borrarlo.

Volvió a comprobar si había algún mensaje.

Nada, cero. De repente se acordó de que había dos cadáveres metidos en el coche que él mismo había aparcado fuera y se preguntó qué demonios estaba haciendo.

Parecía un colegial enamorado. Se metió el teléfono en el bolsillo y salió de la casa.

El automóvil estaba aparcado en la parte de atrás, donde lo había dejado.

Había cubierto con una manta el cadáver encajonado bajo el asiento trasero —en aquel momento le pareció una estrategia muy astuta—, y al escudriñar por la ventanilla tan sólo alcanzó a ver un bulto informe: todo lo que quedaba de un aspirante a asesino.

Un asesino experimentado, de hecho. Un especialista en esas cosas, no como él mismo.

No se molestó en abrir el maletero. Era evidente que nadie se había pasado por allí a buscar a esos dos.

Flexionó los dedos y volvió a sentir el hormigueo en las manos; aún podía sentir el tacto de la cabeza mojada de esa mujer.

Lo mejor que podía hacer era preparar un buen desayuno.

Antes de entrar, sin embargo, echó un vistazo al entorno.

El jardín que tanto había cuidado su abuelo había vuelto a su estado salvaje, el predilecto de la naturaleza; las malas hierbas superaban en altura a las plantas que con tanto esmero se habían cultivado y el césped estaba salpicado de margaritas y dientes de león.

En algún lugar, debajo de aquellos parterres ahora asilvestrados, yacía el lienzo que David Cartwright había esbozado, y tal vez algún día volvería a ver la luz.

Aunque era poco probable que fuera él quien lo recuperara.

Se dirigió hacia la parte delantera. «Es tu casa, ¿no?

», le había preguntado Lech. «Mi casa, sí», había pensado él.

Y en ese momento, por primera vez, se dio cuenta de que era verdad: ahora era su casa.

Siempre sería la casa en la que había crecido, siempre sería su hogar, pero hasta ahora había sido la casa de su abuelo, un sitio en el que simplemente había vivido.

Y ahora era suya... ¿De verdad iba a venderla?

Estaba claro que era lo más sensato. Pero ahora que estaba ahí fuera, de pie, con Sid durmiendo en el viejo estudio, lo que estaba claro y lo sensato adquirían otro matiz.

La mayor parte de su vida estaba ahí dentro.

Dar por sentado que el resto se hallaba en otro lugar de repente le parecía absurdo.

Un par de noches atrás, al considerar su futuro, se había imaginado con una mano puesta en el pomo de la puerta, listo para adentrarse en lo que la siguiente estancia le deparase.

Y bien. Allí estaba.

Tenía las llaves en el bolsillo, así que, para variar, decidió entrar por la puerta delantera. La abrió.

Dio un paso adelante y se adentró en su futuro.

Damien Cantor estaba mirando las imágenes grabadas en Oxford Circus sentado en la isla de la cocina, donde solía desayunar: un bloque con una encimera de mármol que pesaba un poco menos que una vivienda adosada.

Con el café delante, movía el pie al ritmo de una melodía mental que se acompasaba a la perfección con las imágenes que se reproducían en la pantalla de su portátil.

El vídeo aún no se había emitido —aunque ya habían anticipado algunos fragmentos a partir de las cinco de la madrugada—, pero iba a protagonizar uno de los momentos estelares del informativo de las ocho.

Algunas tomas eran de baja calidad, pero casi mejor, porque dejarían claro al espectador que todo aquello era real, que había sucedido de verdad.

La secuencia que le gustó más fue la que retrataba el instante en que el cubo metálico atravesaba el escaparate.

El equipo de televisión había conseguido grabar la silueta borrosa del responsable, el tipo del jersey rojo bajo el chaleco amarillo, sin llegar a captar su rostro.

Esto de volver a tener a Tommo Doyle a sueldo era magnífico.

También lo era que Peter Judd le debiera un favor.

Él había fingido que el favor era mutuo —que él era el primero en tener la exclusiva, a cambio de que Flint, el hombre de Judd, acaparara los titulares—, pero ambos sabían que las cosas no eran exactamente así.

Judd ansiaba convertirse en un hacedor de reyes, y la última vez que hubo uno sin el respaldo de un canal de televisión todos los implicados llevaban levita.

De manera que Judd estaba en deuda con él. Así funcionaba el mundo.

Se levantó, se desperezó, se sirvió otra taza y se quedó contemplando la ciudad unos segundos: el perfil de sus rascacielos en el horizonte era un imán para los turistas; su clima, un fallo del sistema.

Pero, por Dios, la de dinero que pasaba por allí.

Fluía a raudales un día tras otro. Y no sólo en las altas esferas.

Ese apartamento, situado en el piso cuarenta —el piso perfecto para un soltero, aunque nunca lo llamaba así delante de su mujer—, le salía por dos ojos de la cara, pero valía la pena por la vista.

Y no sólo por lo que veías, sino porque sabías que muy pocos podían disfrutar de ella.

Sí, claro, en lo alto había un mirador, pero su única función era mostrarles a los demás lo que nunca iban a tener.

En cierto sentido, eso los animaba a soñar a lo grande, pero en otro sentido mucho más amplio les decía que se fueran a tomar por saco.

Era un gran partidario del sistema que le había permitido enriquecerse, pero también creía que, una vez en la cima, lo más inteligente era retirar la escalera de ascenso.

Si todos tenían éxito en la vida, entonces nadie lo tenía.

Cualquier otra cosa era básicamente puro comunismo.

El móvil sonó, interrumpiendo su momento filosófico del día.

El que llamaba era el guardia de seguridad del vestíbulo en el turno de la mañana: un tal Clyde, o Claude, o algo así. Pero ¿qué quería?

—Tiene visita, señor Cantor.