La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 12
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Capítulo 12

Había infracciones, había delitos y traiciones, pero también cosas que no tenían perdón de Dios.

—Cuando encuentre al que me ha robado el mechero, se va a enterar —dijo Lamb.

En Chelsea, la luz del amanecer había estado colándose por la callejuela y ascendiendo por los muros y cañerías de la casa segura, y en ese momento entraba en las habitaciones sin cortinas, mezclándose con los olores de comida para llevar y las pestilencias nocturnas.

Tan sólo encontró compañía en la sala de estar, donde tenía lugar una espera más o menos silenciosa.

Louisa estaba sentada en un rincón con las piernas cruzadas, en una postura de yoga relativamente chapucera —término cuya mera mención proyectaba delirantes imágenes en su cerebro agotado—.

Catherine, a su lado, daba la impresión de encontrarse de rodillas, aunque también podía ser una ilusión óptica causada por su vestido largo.

En todo caso, tenía una expresión tranquila e imperturbable en el rostro.

«Hay momentos en los que los adictos en recuperación alcanzan unos niveles de serenidad con los que los demás no podemos ni soñar», pensó Louisa.

«Los muy cabrones...» En cuanto a Roderick Ho, lo habían despachado en busca de otro mechero, o de unas cerillas, o de cualquier cosa que fuese capaz de generar una llama, para ahorrarle a Lamb el esfuerzo de tener que hacer todo el trayecto hasta la cocina y encender el pitillo en uno de los fogones y a los demás el fastidio de tener que oír hablar del tema.

Louisa estaba pensando que, en vista de las circunstancias, Reece Nesmith III estaba haciendo gala de bastante entereza. Sobre todo teniendo en cuenta el recibimiento que le había dispensado Lamb, sugiriendo que él era el elemento más problemático de todos, y no el que más problemas tenía.

—Vaya, ya tenemos aquí al increíble hombre menguado —había dicho, y Reece lo había fulminado con la mirada.

Cuando ella y Ho habían ido a buscarlo a su piso, parecía de lo más vulnerable. Se los había quedado mirando como si fuesen la vanguardia de una banda de matones, pero su actitud había cambiado en cuanto habían mencionado el nombre de Lamb.

No era probable que Reece tuviera ganas de volver a verlo, más bien debía de querer escuchar lo que tuviera que contarle.

En todo caso, se había calzado las botas —lo cual había incrementado su estatura en unos cuatro centímetros— y se había puesto un grueso chaquetón de paño como los que usaban en otro tiempo los obreros británicos.

Una vez en el metro, entre cuyos pasajeros había algunos chalecos amarillos que volvían a casa desde Oxford Circus, ella había tenido la impresión de que Reece había adquirido una capa protectora adicional contra la que rebotaban tanto las miradas hostiles y las crueldades murmuradas entre dientes como las sonrisas amistosas.

Era evidente que, de estar en los zapatos de aquel hombrecillo, ella necesitaría una capa parecida.

—Aquí estoy —le había respondido Reece a Lamb—. ¿Qué querías?

—Bueno, mejor esperamos a que hayan vuelto todos, así me ahorro la papeleta de tener que explicar las cosas a dos grupos de idiotas distintos.

—¿O sea que pretendes que me quede por aquí hasta que te dé por hablar?

Lamb había sonreído mostrando todos los dientes.

—Eso mismo. Y pensar que hay quien dice que los enanos son lentos de entendederas. —De pronto había dejado de sonreír y había mirado el cigarrillo apagado que tenía entre sus dedos—. Por cierto, ¿dónde demonios se ha metido el agente Cero Cero a la Izquierda, si se puede saber?

—Por favor, que no te oiga llamarlo así —había intervenido Catherine.

—¿Por qué? ¿Puede tomárselo a mal?

—Puede pensar que hablas en serio.

Reece se los había quedado mirando.

—Tengo la sensación de haberme metido en un circo.

—Me alegra ver que te sientes como en casa —había dicho Lamb, tras lo cual se habían quedado todos más o menos en silencio durante un muy buen rato. Finalmente, Lamb miró hacia la puerta y dijo—: Vaya, ¿alguien viene a visitarnos?

Todos se pusieron tensos, pero transcurrieron seis largos segundos antes de que llamaran.

Catherine hizo amago de levantarse, pero Louisa fue más rápida.

Eran Lech Wicinski y Shirley Dander. Esta última, desaliñada y ojerosa como si hubiera aprovechado para sobar un rato en el coche y se hubiese despertado con resaca.

En cuanto a Lech, nunca era fácil saber cómo estaba o en qué andaba pensando.

A Louisa le parecía que, tras haberse cubierto con una coraza de navajazos, estaba aprendiendo a esconderse detrás.

—¿Cómo está River? —preguntó mientras los seguía al salón. Y, un segundo después, añadió—: ¿Y Sid?

—Un poco maltrechos. Pero bien. —Louisa se lo quedó mirando como si esperara oír más, pero él se encogió de hombros—. Él estaba bien, al menos. A Sid casi no la vi. Shirley estuvo más tiempo con ella.

—La pobre no se acordaba de casi nada —dijo Shirley—. De lo del disparo en la cabeza, quiero decir. Pero ahora tiene un estilo propio. Tiene un surco por este lado... —Se señaló la sien izquierda—. La verdad es que mola un montón.

—¿Y no están heridos?

—A ver, está claro que han tenido que lidiar con una buena pelea. Pero nosotros antes también. —Shirley señaló a Lech—. Y nadie nos ha preguntado cómo estábamos.

—Lo que hicisteis fue sacudirle a un desconocido —puntualizó Louisa—. No es exactamente lo mismo.

—¡Tampoco era un total desconocido! —repuso Shirley—. Lech había hablado con él antes de que la cosa se complicara.

—Si hay algo que no soporto son los actos de violencia gratuita —dijo Lamb—. A ver, ¿cómo es que los otros dos no han venido con vosotros?

—Aún no estaban preparados para volver.

—Ah, no estaban preparados... Si hubiera sabido que estaba organizándoles una escapada rural, les habría cobrado comisión. —Se volvió hacia Lech—. ¿Qué habéis hecho con los reciclables?

—Los hemos dejado metidos en su coche delante de la casa de Cartwright. Nos pareció un lugar seguro.

—¿Y por qué no llamamos a Regent’s Park? —dijo Shirley, todavía algo alterada y deambulando por el salón—. Son ellos los que se encargan de hacer desaparecer los cadáveres.

Catherine le lanzó una mirada de reproche.

—Te das cuenta de que en esta habitación hay un civil, ¿verdad?

—Yo no me preocuparía mucho por el amigo —dijo Lamb—. Todo esto está muy por encima de él.

—Tú siempre metiéndote con los que están por debajo.

—Un poco de comprensión, por favor. En este caso, apuntar hacia arriba sería absurdo.

Reece no pudo contenerse más:

—¿Podemos pasar a los chistes de gordinflones?

—Eh, oye, tampoco es cuestión de entrar en ataques personales —repuso Lamb, mirándolo como si se hubiera ofendido.

Lech dio un paso hacia Reece.

—No nos han presentado. Lech Wicinski —dijo.

Pero sus palabras se cruzaron con las de Shirley, que hasta ese momento no se había fijado en Reece:

—¿Eres un nuevo fichaje? Lo digo porque aquí encajarías de maravilla.

—Lo que no es precisamente una hazaña —comentó Lamb—. Y ahora que cada uno ha dicho la suya, ¿qué os parece si nos centramos en lo que interesa? —Hizo una pausa—. ¿Por dónde empezamos? ¿Alguna propuesta?

Catherine puso los ojos en blanco y volvió a intentarlo:

—¿Os parece prudente hablar de todo esto delante del señor Nesmith?

—Bueno, el chaval ya sabía más de todo esto antes de que nosotros nos enteráramos siquiera —recordó Lamb—. Porque los rusos asesinaron a su novio, no sé si lo sabéis... Ah, por ahí viene Superratón...

Ho acababa de aparecer en el umbral y, en cuanto puso un pie en el salón, Lamb la emprendió con él:

—Te envié a comprar un mechero, no a inventar uno.

Ho parpadeó varias veces.

—Las tiendas estaban cerradas.

—No hago más que oír excusas. Venga, suelta el mechero. Y quédate con el cambio.

—Pero... si lo he pagado con mi propio dinero.

—Ah, en ese caso dame el recibo.

Ho se lo entregó de inmediato.

—Gracias. —Lamb prendió el papelito con el mechero y luego encendió el cigarrillo con el papelito en llamas, que después tiró al suelo—. ¿Por dónde íbamos?

—Igual sería buena idea no pegarle fuego a la casa —sugirió Catherine.

Reece pisoteó lo que quedaba del papel hasta apagar la llama.

—Esas dos personas muertas, las que están en un coche, no serán las mismas que mataron a Andréi en Moscú, ¿no? —dijo.

—Lo dudo. El gru no anda precisamente corto de personal.

—Lamb estudió su cigarrillo un segundo—.

Pero el que dio la orden de matarlo es el mismo que envió a un equipo de ejecutores para que se encargara de la Casa de la Ciénaga, de forma que tenemos un enemigo común.

¿Y sabes lo que suele decirse sobre los enemigos comunes, taponcito mío?

—Que te jodan —respondió Reece.

—Esto último ha tenido su gracia —dijo Shirley—. ¿Qué tal si nos quedamos con el chico?

—En ese caso te tocaría sacarlo a pasear —respondió Lamb—. Oye, ¿y qué es eso que no paras de manosear?

Era un encendedor de plástico.

—Lo he encontrado en la acera —dijo ella.

Lamb fulminó al grupo con la mirada.

—No creáis ni por un momento que voy a pasar esto por alto. Si permitiera que unos payasos de pacotilla como vosotros se burlasen de mí, acabaríais por perderme el respeto.

—No quiero ni imaginármelo —dijo Catherine en voz baja.

Lech ya no podía más:

—No hacemos más que darle a la lengua sin parar y aún no hemos aclarado nada. ¿Qué hay que hacer?

—Lo que hay que hacer es desborrarnos del mapa —indicó Lamb—. Porque, como acabamos de comprobar, el gru ha enviado más de un equipo de ejecutores.

—¿Hay otro en circulación?

—Tiene que haberlo —respondió Lamb—. Y está más cerca de lo que pensáis.