La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

—¡Ja! ¡Muy buena! Ah, pero hablabas en serio...

Bueno, pues de acuerdo, en Londres. Alcalde de Londres, ¿por qué no?

Es muy ambicioso, sin duda, pero tenemos dos años para prepararlo, y Bernard Shaw convirtió a una florista callejera en una gran dama en menos tiempo en su Pigmalión , así que no hay por qué arredrarse.

—La mirada de incomprensión que provocó la última afirmación habría desanimado a un hombre menos seguro de sí mismo, pero Judd simplemente sonrió y alzó su copa—.

Dos años —repitió, y mantuvo la copa levantada hasta que Flint brindó con él.

Más tarde, después de que Flint se marchara, pidió un segundo brandy y volvió a contemplar las vistas.

Unos minutos antes había dicho que probablemente habrían estado mucho más animadas si aquella turba no hubiera hecho caso a lo que Flinty le pedía, pero, en realidad, salvo por cuatro chalados que se dedicaban a derribar estatuas, dudaba que una turba británica fuera capaz de dar rienda suelta a su rabia como era debido.

Quizá habría habido algún que otro escaparate destrozado y coches incendiados —algunas cabezas sangrando, algunas costillas fracturadas...

—, pero la cosa no habría tardado en degenerar en una orgía de hurtos al por mayor.

El saqueo era el modus operandi habitual de las turbas británicas; eso venía de fábrica, y lo que comenzaba con una indignación justificada inevitablemente terminaba con tiendas saqueadas en las principales calles comerciales.

Cosa que a él le parecía perfecta. Uno podía confiar en que el británico de a pie, llevado por su naturaleza humana —para no ser injustos—, renunciaría a la revolución a cambio de un par de televisores de pantalla plana.

En vez de aristócratas alineados contra un muro, lo que seguía eran unos cuantos magistrados haciendo horas extras durante unas semanas, algunos artículos llenos de indignación en la prensa seria y, finalmente, todo el mundo volvía a contar los días que faltaban para Navidad.

En cualquier caso, los tiempos estaban cambiando, eso estaba claro.

No mucho tiempo atrás, la sola idea de que un individuo como Desmond Flint se presentara a la alcaldía de Londres —por no hablar de que tuviera posibilidades de éxito— habría provocado estruendosas carcajadas en cualquier cenáculo de Islington.

Ahora, en cambio, cuando llegase el momento de anunciar su candidatura, a los izquierdistas de salón seguro que les daba algo.

El statu quo había saltado por los aires haciéndose añicos, ya fuera por avaricia, idealismo, malevolencia o pura incompetencia (ya daba igual), y mientras unos lloraban sus pérdidas y se lamían las heridas, los más listos aprovechaban las mil y una oportunidades que se abrían ante ellos, dispuestos a recomponer aquellos añicos a voluntad.

—Por la recomposición —murmuró, llevándose la copa a los labios.

No era magnífico, simplemente estaba bien, pero lo mejor estaba por llegar.

Dogging . Sexo en público. River no sabía gran cosa al respecto, excepto que existía: gente que follaba en coches estacionados mientras otros miraban.

Era posible que aquella actividad implicara otras cosas, pero para conocer los detalles tendrías que haberla practicado o conocer a personas que lo hubieran hecho, y no se le ocurría nadie que cumpliera esos requisitos. O que lo hubiera mencionado, al menos.

—¿Cuál es el coche que nos interesa? —preguntó Lech.

River se lo señaló, y el otro aparcó a unos metros, haciendo que los espectadores se volvieran a mirar como zombis atraídos por el movimiento.

La mayoría estaban agrupados al fondo del aparcamiento, donde un coche se balanceaba al ritmo de la actividad que se llevaba a cabo en su interior.

El corrillo en torno al coche de los cadáveres —Jim en el asiento trasero, Jane en el maletero— lo formaban dos hombres y una mujer, los tres con ropa de senderismo.

«Salgo un rato a dar un paseo, cariño», imaginó River que les habían dicho a sus parejas. «Voy a observar pájaros.»

Como era de esperar, en el interior de ese vehículo concreto no había señal alguna de actividad, pero aquel trío parecía absorto de todos modos.

Lech apagó el motor.

—Sabes que tienes una pinta desastrosa, ¿no? —le dijo a River.

—Si te parece, dejamos para luego los consejos sobre vestimenta y demás.

—No seas capullo. Quiero decir que me dejes hablar a mí.

Salió del coche y River lo siguió.

Estaba oscuro y el terreno era irregular.

Uno de los hombres tenía una linterna, pero apuntaba al suelo, de modo que la luz era indirecta y sólo iluminaba tenuemente la zona.

El tipo estaba de espaldas a Lech y a River, pero se dio la vuelta al oírlos llegar.

Los otros dos, un hombre y una mujer, estaban de pie al otro lado del coche. Tal vez eran pareja.

Lech se dirigió al hombre con la linterna.

—¿Hay algo interesante?

Los tres cruzaron miradas con extrañeza y enseguida apartaron la vista del coche. River supuso que existía una especie de protocolo que debía respetarse. Para empezar, no se fomentaba la charla.

No le hacía ninguna gracia acercarse. Tenía el pelo sucio y la cara magullada, y aquellos tres probablemente se preguntarían si se había metido en problemas.

Pero no le hicieron mucho caso. Toda su atención estaba puesta en Lech, y los tres recularon cuando éste se inclinó y miró por la ventanilla del coche. Un instante después, él hizo lo mismo.

El cadáver de Jim estaba tal como él y Sid lo habían dejado: tumbado boca abajo en el hueco entre el asiento trasero y los delanteros. Era un bulto oscuro con algo de blanco en las manos y la cara, esta última manchada o simplemente en la sombra.

River hizo lo posible por verlo tal como lo vería una persona cualquiera —alguien que pasara por allí o un vecino del pueblo aficionado al dogging —, pero Jim daba la impresión de estar muerto, y bien muerto, por mucho que lo miraras.

La mujer habló en voz baja:

—Estábamos preguntándonos si... ¿Quizá convendría hacer una llamada?

—Anónima, claro —propuso uno de los dos hombres—. También podemos... en fin, irnos y ya está. Y avisar más tarde.

Lech se incorporó.

—A éste lo que le gusta es difuntear —afirmó—. No me digáis que no sabéis lo que es.

—¿Difuntear?

—Hay quien lo llama «hacerse el fiambre». El nombre lo dice todo. —Adoptó un tono paciente, como si estuviera dirigiéndose a niños pequeños—. La idea es quedarte tan inmóvil como puedas, sin apenas respirar. Algunos incluso fingen tener una herida y todo.

—Yo veo sangre por ahí.

—Pues claro.

—Pero es que... parece como si estuviera muerto de verdad.

—Sí, sí; se nota que es de los que saben.

River pensó que Lech sonaba como un experto. «Tú déjame hablar a mí», le había dicho. Y tenía razón.

—¿Y cuánto tiempo siguen así?

—El que haga falta, como tiene que ser —afirmó Lech.

—Sigo sin verlo claro —dijo el primero de los hombres—. Yo creo que deberíamos llamar a alguien.

—Claro, y vais a quedar como unos señores. Porque igual está muerto de verdad, en cuyo caso vosotros tres habéis estado mirando su cadáver tranquilamente durante no se sabe cuánto tiempo; o igual no lo está, y entonces no habréis hecho más que joderle la noche a todo el mundo.

—Vale, vale, tampoco hace falta usar ese lenguaje.

Sin levantar la voz, los tres se pusieron a debatir la cuestión.

Lech volvió a echar una mirada por la ventanilla y, finalmente, dijo:

—Mirad, si lo que a vosotros os va es el sexo normalito, por nosotros no hay problema. Pero hemos venido de bastante lejos, así que haced el favor...

El trío se reagrupó al otro lado del coche sin decir nada.

River estaba contando los latidos de su propio corazón —«ocho, nueve, diez...

»—, más acelerados de lo que deberían. Se preguntó si alguno de esos tres llegaría a oírlos, hasta que cayó en la cuenta de que, en vista de las circunstancias, lo normal era que el corazón se te acelerase un poco, ¿no?

Oyó el sonido de una cremallera al abrirse.

Al cabo de otros veinte segundos, uno de los tipos dijo:

—A mí esto no me pone.

Lech replicó en tono áspero:

—En el coche del otro lado hay más movimiento. Quizá sea más de tu agrado.

Los otros intercambiaron una mirada.

—Yo soy más tradicional —reconoció la mujer.

Lech se encogió de hombros.

—«Para gustos, colores»...

—Así que mejor me voy y...

La desconocida retrocedió un paso y finalmente se dio la vuelta y echó a andar hacia el grupo situado en el otro extremo.

—Bueno, yo creo que me voy con ella... —dijo el primer hombre.

El segundo se apartó al cabo de un momento, pero se detuvo y miró atrás:

—El tío es muy convincente, eso hay que reconocerlo.

River y Lech se quedaron a solas.

—Buen trabajo —dijo River unos segundos después.

—Voy a tener que desinfectarme la cabeza.

—Por cierto, ¿eso lo has hecho tú? Lo de abrirte la bragueta, quiero decir.

—Y ha funcionado, ¿eh?

—Lo digo porque puedo darte un momento, si necesitas...

—Vete a la mierda. ¿Tienes las llaves?

River tenía las llaves.

—Vale. Pues siéntate al volante y ponte en marcha.

River se metió en el coche mientras Lech volvía al de Louisa.

Algunos de los congregados en el otro extremo del aparcamiento se los quedaron mirando al salir, pero la mayoría de ellos estaban ocupados en otras cosas.