La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Ho asintió. Justo iba a sugerir eso mismo.

El metro era territorio peligroso desde siempre, ¿no?

Había que permanecer alerta y ser de lo más astuto para detectar a otro profesional.

Tan astuto como él mismo. Por su parte, iba camuflado a la perfección: sudadera negra con capucha, vaqueros negros...

Un poco clásico, sí, pero discreto. Y aunque proyectaba cierto aire transgresor —porque de eso no podía librarse—, al menos no iba pregonando a los cuatro vientos que era un espía.

Nunca se ponía una gorra de béisbol, por ejemplo.

Cerca de su casa había un cartel del ayuntamiento sobre las familias de acogida que decía: no todos los superhéroes llevan capa .

«Joder, pues claro», había pensado él. «¿Y Spiderman?

¿Y el Capitán América? ¿A quién se le ocurre escribir una memez semejante?

» Aunque, bueno, en el cartel había una verdad de fondo: no hacía falta vestir como un superhéroe para serlo.

Lo importante era mantenerse siempre alerta.

Dar siempre la mejor versión de ti mismo.

Como cuando se lo había montado para atraer a aquella espía novata a la trampa tendida por Lamb.

Si habían llegado hasta allí era gracias a él: a Roddy el Rodillo , que, como siempre, abría paso a toda máquina para que Lamb consiguiera lo que necesitaba.

Y que ahora estaba operando en el metro con la concentración absoluta que lo caracterizaba.

Ni un momento de respiro. Probablemente la gente pensaba: «Este tío no tiene botón de apagado; con RodMan no hay quien pueda.

» A lo mejor no estaría de más llevar una gorra de béisbol con el logo adecuado...

En su barrio había una tienda donde hacían impresiones en camisetas y demás, y no sería mala idea acercarse por allí y pedir que le estampasen un eslogan en la gorra: espía en acción .

Sería un pequeño chiste privado, pues todo el mundo daría por sentado que llevaba esa gorra para hacerse el gracioso, sin darse cuenta de que, bajo esa aparente normalidad, había un cerebro siempre alerta...

Alguien estaba dándole pataditas en el pie.

—¡Eh!

—¿Qué...? ¿Qué pasa?

—Es nuestra parada.

Subieron las escaleras y salieron de la estación.

La noche había caído y las calles habían cambiado de dueños.

Durante el día, la gente aún procuraba guardar las formas; de noche, ya no hacía falta.

Los pocos peatones que seguían por allí a esas horas o bien ya se habían gastado todo el dinero que llevaban encima o iban demasiado borrachos para darse cuenta de que les estaban metiendo la mano en el bolsillo.

Se cruzaron con unos cuantos hombres de mediana edad con chalecos amarillos que comentaban los acontecimientos de la noche; el nombre de Flinty surgía una y otra vez.

No tardaron en dejar atrás la arteria principal, cuyos restaurantes protegían las mesas de la acera con mamparas de metacrilato, y se internaron en calles laterales flanqueadas por una mezcla de viviendas y pequeños negocios.

En las puertas de éstos había carteles desvaídos: sastrería y confección a medida , compramos oro , servicios de limpieza ...

Uno de los escaparates exhibía un collage de anuncios inmobiliarios: pisos, casas en alquiler.

La puerta que buscaban estaba justo al lado.

—¿Cómo se llamaba el tipo? —preguntó Ho.

—Tú limítate a tocar el timbre —respondió Louisa.

Era una hora intempestiva para recibir visitas, así que el inquilino podía haber salido o estar ya acostado.

Pero no parecía ser el caso, porque ella no tardó en oír pasos en la escalera.

Lamb le había dado una descripción bastante precisa, de modo que no se sorprendió cuando el hombre abrió la puerta y los observó desde abajo.

—¿Eres Reece Nesmith? —preguntó ella.

—¿Y vosotros quiénes sois?

—A nuestro jefe ya lo conoces, o eso tengo entendido. ¿Podemos pasar?

—Y bien. ¿Qué te parecen las vistas?

«Las vistas» eran las de un hotel cercano a la sede de la bbc , uno de los favoritos de Peter Judd, en buena medida por el bar de la decimoquinta planta.

Le fascinaba el panorama de Londres, sobre todo al anochecer, cuando la ciudad se desplegaba a sus pies como una constelación de poder e influencia: una acumulación de riqueza y propiedades destinada para el disfrute de quienes podían contemplarla desde las alturas.

Justo lo que él estaba haciendo en ese momento, copa de brandy en mano.

Desmond Flint se tomó unos segundos antes de responder:

—Pienso que... parece muy caro.

Él se echó a reír.

—No te equivocas.

—Y que está fuera del alcance de la gente normal.

—Vamos, por favor. —Le puso la mano en el hombro, invitándolo a ocupar uno de los sillones—.

La gente que se conforma con la normalidad se lo tiene merecido.

Y todo lo que sale caro se puede comprar y vender.

Como dice aquel chiste: ya sabemos que estás en venta.

Ahora sólo estamos discutiendo el precio.

Lo cual nos lleva directamente a lo sucedido esta noche.

—Judd tomó asiento en el sillón opuesto, con Londres a su izquierda—. Y bien, ¿qué te ha parecido?

Flint volvió a mirar a su alrededor antes de responder. No llegaba a sentirse como en casa, pero empezaba a relajarse. Sin duda, el brandy ayudaba un poco.

—Me ha parecido... distinto.

—¿En qué sentido?

—Simplemente distinto.

—Ya veo. Déjame que te explique una cosa.

Hasta ahora te habías limitado a decirle a esa gente que hiciera lo mismo que ya estaba deseando hacer.

Y se te daba bien, pero eso era jugar a béisbol: bastaba con lanzar la pelota.

Esta noche, en cambio, tenías que convencerlos de que no hicieran algo que se morían de ganas de hacer.

Eso ya es críquet. Hace falta más sutileza, más precisión.

Y sí, claro que hay diferencia. Una diferencia enorme, porque esta noche no te has limitado a señalar de dónde venía el viento: has ejercido el poder.

—¿Me estás diciendo que podrían haber decidido no hacerme caso?

—Siempre cabía esa posibilidad.

—Y entonces ¿qué hubiera pasado?

—¿Qué te hubiera pasado a ti, a mí, o a todos esos preciosos escaparates de Oxford Street?

Flint se quedó callado; Judd bebió un sorbo de brandy, asintió en señal de aprobación y continuó:

—Si no te hubieran hecho caso, yo ahora mismo estaría contemplando unas vistas mucho más animadas, eso seguro.

En cuanto al resto, supongo que tú estarías sentado en la parte posterior de un furgón policial, un montón de escaparates habrían acabado hechos añicos y toda la credibilidad que pudieras haber tenido ante la opinión pública se habría desvanecido de forma irreparable. ¿He respondido a tu pregunta?

—Mira que eres cabrón.

Judd adoptó un aire casi modesto.

—La cosa no se habría ido de las manos si tú no hubieras enviado a alguien para que se liara —añadió Flint.

—Oh, vamos, por favor. Si los hubieran dejado a su aire, esos tipos habrían acabado por cocinarse y devorarse entre sí.

Una cosa es jugar la carta sentimental de cara al público, Desmond, pero no me vengas a mí con la dignidad de la clase trabajada y demás pamplinas.

No ha existido jamás un currante que no estuviera dispuesto a hundirle una pala en la cabeza al vecino a cambio de una cerveza gratis y un polvo.

Así que sí: eché un poco de gasolina al fuego, pero me limité a acelerar las cosas sin intervenir directamente.

Y, en cualquier caso, desde esta noche tu valor está en alza, así que no vale la pena preocuparse por lo que podría haber pasado.

Y escucha, porque esto es importante: no estás sujetando bien la copa.

Abrázala con la mano, así. ¿Lo ves? El brandy tiene que calentarse.

Lo ideal es beberlo a temperatura corporal.

Desmond Flint reacomodó la mano en torno a la copa de licor y preguntó:

—¿Qué quieres decir con eso de que mi valor está en alza?

—Que está subiendo como la espuma. Significa que los periódicos van a hacer cola para hablar contigo.

Sospecho que ahora mismo los de la bbc se mueren de ganas de hacerte una entrevista en profundidad.

No hay nada que les guste más que lamerles el culo a los nuevos líderes, ¿no lo sabías?

Lo que nos sitúa en el lugar idóneo para dar el siguiente paso.

Y decidir dónde vas a darlo, en qué circunscripción precisa.

—¿Estás sugiriendo que me presente a las elecciones?

—Por supuesto.

Flint negó con la cabeza.

—A mí no me van las elecciones. Y a mis seguidores tampoco.

El motivo por el que hemos llevado nuestros argumentos a las calles es que hemos perdido la fe en los políticos.

Gran Bretaña es un país fracasado, y la podredumbre empieza por arriba, eso cualquiera puede verlo.

El Parlamento no sirve para nada, es un desastre.

—Ah, sí, tus seguidores. Te han traído hasta aquí, lo cual es muy amable por su parte, pero pronto te darás cuenta de que ya no necesitarás tanto su aprobación.

Evidentemente, seguirá haciendo falta que seas fiel a tus raíces y todo eso, pero la única forma de ascender es mirando hacia arriba.

Y eso supone contar con el apoyo de los que hasta ahora te consideraban inferior y te ignoraban.

Y para írtelos ganando, lo primero que hay que hacer es ganar unas elecciones.

—Pero ya he dicho que...

—Y yo he escuchado tu objeción, la he considerado y la he archivado en la «I» de «ignorar». ¿Qué te parece el brandy?

—Yo... está bien, está bien.

—Buena respuesta: está bien. No es magnífico.

—Hizo una pausa para confirmar su veredicto, paladeando el licor—.

No es magnífico. Y a ver si nos entendemos: cuando he hablado de elecciones, tú de inmediato has pensado en el Parlamento.

Pero yo de hecho estaba pensando en las elecciones municipales.

—Hizo una nueva pausa—. O sea, en que te presentes a alcalde.

—¿Alcalde de Londres?

A Judd se le escapó una risita.