Capítulo 11 #2
Entraron en el estudio y Sid se dirigió de forma automática hacia el sillón del Viejo Cabrón.
Encendió la lámpara de pie y la estancia adquirió un agradable resplandor amarillento, una calidez que parecía irreal después de los acontecimientos de aquella noche.
Era como si los actores principales se hubieran reencontrado en el escenario tras haber dado muerte a los secundarios entre bastidores.
River reparó en el olor a agua del lago que emanaba de Sid. Sin duda, él olía igual.
—¿Habéis estado nadando? —preguntó Lech—. ¿O luchando en el barro?
—Nos habían encontrado —explicó Sid—. Me habían encontrado.
—Vaya...
—Y ya no son un problema —dijo River.
—Ah, pues genial, ¿no? —apostilló Shirley.
Lech arqueó una ceja.
—¿Crees que hablamos en broma? —inquirió River.
—Tan sólo estoy haciéndome a la idea —dijo Lech—. Yo soy analista, nunca he trabajado sobre el terreno.
Shirley acababa de encontrar la pistola fundida y retorcida.
—¿La habéis dejado así esta noche o ya venía de serie? —preguntó.
River se la quitó y la devolvió al estante.
—Han venido a por nosotros y los dos están muertos. Los hemos dejado en su coche en el lugar del que acabamos de volver.
—¿Han muerto en un accidente de tráfico? —preguntó Shirley.
—No. Nos los hemos cargado y los hemos metido en su propio coche —aclaró River.
Algo en su tono hizo que incluso la propia Shirley se abstuviera de pedir más detalles.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Lech.
River notaba que su cuerpo se quejaba. Las recientes magulladuras empezaban a despertar.
Tenía los músculos acalambrados y adoloridos.
Había estado hundiendo la cabeza de aquella mujer en el agua hasta que dejó de existir.
Era algo con lo que iba a tener que cargar en adelante, pero pensaba que no le resultaría tan difícil: esa mujer quería matarlos a él y a Sid.
Había sido una cuestión de supervivencia, literalmente.
Sí, con el tiempo olvidaría, pero ahora tenía que lidiar con el rastro de dolor que la lucha había dejado en él, y lo único que quería era descansar y dormir.
Por un lado, agradecía que Lech y Shirley hubieran ido a echar una mano, incluso le agradecía a Lamb que los hubiera enviado, pero lo único que quería en ese momento era que todos menos Sid se fueran a tomar por saco y lo dejaran en paz.
Aun así, sabía que debían terminar el trabajo.
—Más vale que recuperemos ese coche antes de que lo encuentre alguien.
En el despacho tenuemente iluminado, las cicatrices en la cara de Lech podían pasar por una barba incipiente.
—¿Nos hacemos con él y entonces... qué?
River pensó que podían empujarlo a las aguas del lago para que se perdiera entre las plantas acuáticas.
Era una solución muy de Hollywood, pero que en la vida real acabaría en un fiasco: el coche quedaría a medio sumergir, a la vista de los curiosos, y ellos mismos acabarían calados hasta los huesos.
—Lo traemos aquí —indicó—. Y cuando volvamos a estar en el mapa, los limpiadores podrán llevárselo.
El mejor tipo de problema era el que podía resolverse mediante la oportuna intervención de unos especialistas sobradamente cualificados.
—Yo conduzco —dijo Shirley.
—Aún estás borracha —objetó Lech.
Shirley le hizo una mueca en plan «¿y qué?», pero Lech no la vio porque estaba mirando a River.
—¿Cómo han quedado los del coche? ¿Están muy hechos polvo?
En lugar de responder, River tomó la mano de Sid.
—No tardaré en volver.
—Te espero aquí.
«Un atisbo de la antigua Sid», pensó él.
—¿Y qué se supone que voy a hacer yo? —preguntó Shirley.
—Por ahí hay una tetera y unas bolsitas de té —dijo River—. A ver si se te ocurre algo.
Soltó la mano de Sid y salió de la casa con Lech.
Hacía bastante frío; no le habría venido mal cambiarse de ropa...
si hubiera tenido algo que ponerse, claro.
Los destellos de la lucha junto al lago seguían centelleando en su mente y no pudo evitar un estremecimiento.
Frunció el ceño y, para disimular, preguntó:
—¿Qué ha pasado en la ciudad?
La pausa subsiguiente fue lo bastante larga como para que supusiera que no había sido el único en tener una noche movidita.
Finalmente, Lech explicó:
—Lamb le ha cantado las cuarenta a Taverner. Y ahora estamos en una casa segura.
—¿Todos están bien?
—Los hemos dejado comiendo comida india.
—¿Has guardado el ticket de compra?
—Se lo he dado a Lamb —respondió Lech—. ¿Por qué?
—No, por nada —dijo River, pensando que no era el momento de explicarle que nunca en la vida le iban a reembolsar los gastos.
El trayecto le pareció más breve esta vez, aunque Lech no se acercaba ni de lejos a las velocidades suicidas que había alcanzado él.
Tuvieron que hacerse a un lado en un par de ocasiones para dejar pasar a otro coche que venía de frente.
Antes había tenido mucha suerte: sólo un susto con otro vehículo.
Y sólo dos asesinos. Podría haber sido peor, y ahora estaba a punto de serlo, porque cuando Lech tomó el desvío hacia el aparcamiento entre los árboles, los faros mostraron movimiento.
Ahora había otros tres vehículos: dos en el extremo más alejado, y uno más junto al coche con los cadáveres, en torno al cual se distinguían tres siluetas.
—Mierda... —masculló. Se acordó de la caseta sobre el embarcadero del lago y aventuró—: ¿Serán observadores de aves?
—Eh... no exactamente —respondió Lech—. Creo que éstos han venido a follar.
«Y resulta que tengo al hombre indicado para hacer este trabajito», había dicho Lamb.
Así que Louisa volvía a internarse en el metro, entre gente que salía de copas o del cine, el público de los teatros, los empleados de tiendas nocturnas y quienes enlazaban un turno de limpieza o mantenimiento con el siguiente.
«En el metro siempre se sabe si es de día o de noche», pensó.
La iluminación era constante, la temperatura apenas variaba; y aun así siempre sabías si era de día o de noche.
Roderick iba con ella, no porque ella necesitara ayuda, sino porque Lamb no tenía ganas de tenerlo cerca.
Mientras esperaban en el andén, se puso a mirar los anuncios de bancos, agencias inmobiliarias y servicios en línea.
Te ofrecían créditos a unas tasas de interés fijadas por Satanás.
Eso le recordó la cara que había puesto Lamb al hablar con River por teléfono, y su silencio cuando oyó que el equipo de sicarios había sido eliminado.
No le había dado más detalles, pero River no iba armado y, en esas circunstancias, improvisar no resultaba fácil.
Entretanto, la gente iba y venía del trabajo, salía a tomar algo y se endeudaba cada vez más.
Ella tenía un pie en ambos mundos: era propietaria de su propio piso, conducía su propio coche y había abatido a tiros a más de uno.
Pero nunca le sobraba dinero a fin de mes, el importe de su futura pensión no pintaba bien y ahora su propio equipo se había borrado del mapa, había unos cadáveres por ahí y Lamb tenía un plan.
Un tren entró en la estación, y ella miró de reojo a Ho, que estaba absorto en la contemplación de un anuncio de griferías para cuartos de baño protagonizado por la consabida fémina con poca ropa.
Ho había respondido que no cuando Catherine le había preguntado si se acordaba de Kay White o de Struan Loy, pero ella habría apostado lo que fuera a que se acordaba muy bien de Sid Baker.
Sid era inteligente, y aunque eso probablemente no contara mucho para Ho, también estaba buena, y eso sí entraba dentro de sus prioridades.
Cuando una tía buena andaba cerca, Ho se la comía con los ojos.
Ella había reparado en que, en esas ocasiones, movía los labios como murmurando algo para sí mismo, como si en su cerebro revoloteara una inaudible voz en off .
A veces le daba curiosidad saber qué decía, pero por lo general prefería ignorarlo.
Lo mejor era no tener ni idea de lo que pasaba por la cabeza de Roderick Ho, como si fuera el código de lanzamiento nuclear o el historial de navegación en red del primer ministro.
El tren se detuvo ante ellos, y mientras subían, ella susurró señalando con un gesto rápido a los demás pasajeros:
—Es mejor que no nos sentemos juntos. Nunca se sabe.