Capítulo 11
La cuidadosa edición del vídeo conseguía pintarlo como un héroe: Desmond Flint caminando en dirección a la alborotada multitud que se agolpaba en Oxford Circus.
La policía se había apostado en las calles adyacentes, pero centraba su atención en apaciguar el tráfico, más que en dispersar al gentío.
Tampoco había habido violencia, salvo por el escaparate roto, aunque sí había ruido, calor y movimiento; esa combinación de ira y de desmesurada sensación de triunfo que puede convertir un concurso de preguntas en un pub en un campo de batalla.
Desde la distancia, las líneas del frente no estaban muy claras.
El conductor de un autobús había abierto la puerta de su vehículo para entablar una especie de debate con los de fuera, pero era difícil saber si lo que intercambiaban eran opiniones políticas o amenazas.
Lo que sí estaba claro era que se trataba de un momento de transición y que las cosas estaban en precario equilibrio.
Como sucede en todos los circos, se caminaba sobre la cuerda floja, y el más pequeño desliz podía llevar a que la carpa entera se viniera abajo.
Y entonces Desmond Flint apareció en escena y asumió el protagonismo.
Sus primeros pasos tal vez parecieron un tanto vacilantes, pero algo fue cambiando a medida que se acercaba, como si se diera cuenta de que los próximos segundos lo definirían para siempre.
Nadie iba a confundirlo con Gary Cooper —en su caso, estar listo para el partido y solo ante el peligro significaba tener la nevera llena de cervezas y un par de pilas nuevas en el mando a distancia—, pero fue irguiéndose mientras recorría la última veintena de metros y poco a poco empezó a caminar con más aplomo. Tenía un propósito, y se le notaba.
Más tarde surgirían todo tipo de preguntas y especulaciones: ¿De dónde había sacado el megáfono?
¿Acaso lo llevaba siempre consigo, por si las moscas?
Pero él se limitaría a esquivar la pregunta, contentándose con decir: «Alguien me lo puso en la mano», sin especificar quién ni en qué momento, y sin mencionar jamás el nombre de Peter Judd.
Y cuando la cámara lo captó alzando el aparato y llevándoselo a los labios, la imagen resultante acabó convirtiéndose en un meme pasado por Photoshop una y mil veces: Desmond Flint haciéndole frente a un carro de combate en la Plaza de Tiananmén; Desmond Flint posando el pie en la luna; Desmond Flint de pie en un balcón vestido de blanco papal... «Todos me conocéis. Soy yo, Flinty.»
Más tarde, Peter Judd comentaría:
—La historia universal tiene una política de puertas abiertas. Hasta el más necio puede entrar.
El discurso de Flint a la multitud apareció impreso en varios periódicos británicos al día siguiente, aunque la puntuación variaba en cada uno de ellos.
—Todos me conocéis. Soy yo, Flinty. Y es un orgullo estar aquí, vistiendo el mismo chaleco que vosotros.
El chaleco del trabajador británico, nuestro chaleco, el de los que construimos estas mismas calles, estos mismos edificios que os rodean.
En el corazón de Londres, nada menos, en el corazón del que en otro tiempo fue un orgulloso imperio.
Y sé muy bien por qué estáis indignados, por qué os entran ganas de arrasar con todo.
A mí también me pasa. A mí también. Porque, en los últimos tiempos, todos hemos visto que la palabra que nos corresponde por derecho de nacimiento, la palabra «Gran», la que viene antes de «Bretaña», ha sido pisoteada y arrastrada por el barro...
¿o acaso no es verdad? Llevan años mintiéndonos y tratándonos como a seres inferiores.
Y estoy tan indignado como vosotros, podéis creerme.
Hemos caminado hombro con hombro, hemos bebido de los mismos termos de té.
En noches como ésta y en noches peores también, en noches frías y lluviosas, hemos aguantado el frío y la lluvia porque teníamos claro que estábamos haciendo lo correcto, que nuestras voces debían ser escuchadas por esos que están calle abajo: los de la bbc , a quienes tendría que darles vergüenza hablar en nombre de Gran Bretaña, y también por los que están calle arriba, en Westminster, donde los peces gordos se pasan el día con la nariz metida en la nata.
Y vamos a seguir haciéndolo, compañeros.
Y compañeras también, claro que sí. Vamos a seguir haciéndolo hasta que llegue el día en que dejen de fingir que nos escuchan y abran sus malditos oídos de una vez por todas.
Y cuando eso suceda, me encargaré personalmente de hacerles saber cuáles son nuestras exigencias.
Porque confiáis en mí para hacerlo, ¿verdad? ¡Estoy seguro de que confiáis en mí!
En la breve pausa que se permitió a continuación, un silencio fugaz se apoderó de las calles durante medio segundo antes de que llegara la respuesta: un murmullo que fue creciendo hasta transmutarse en un rugido, acompañado por los golpes de los pies contra el suelo y por el palmear de las manos contra la chapa de los coches y autobuses.
Calle arriba, apoyado en el taxi, Peter Judd asintió con satisfacción, apreciando la oportunidad de los tiempos establecidos por Flint: lo de ese hombre quizá no podía llamarse oratoria, pero sí causaba el efecto deseado.
—Gracias, gracias... No sabéis lo que significa para mí saber que tengo vuestro apoyo en las batallas que están por llegar.
Porque eso es lo fundamental. Pero ahora mismo...
ahora mismo lo que quiero es que lo dejéis por esta noche.
Quiero que disolváis esta concentración perfectamente legal de ciudadanos con ideas afines y volváis a vuestras casas.
Me han dado garantías de que se os permitirá salir de la zona pacíficamente, y también me han asegurado que la policía va a emplearse a fondo para identificar a esos saboteadores, a esos agentes provocadores que se las saben todas y que han venido esta noche con el propósito deliberado de causar disturbios.
Ésa no es nuestra gente. Ése no es nuestro mensaje.
Esa gente es el enemigo, y ha venido aquí con la intención de hacer creer que somos violentos, que nuestra protesta es una protesta violenta.
Y no lo es. Todos sabéis que no lo es. Lo único que queremos es que escuchen nuestras voces, y ahora mismo hemos de dejar claro que las víctimas somos nosotros, que lo único que andamos buscando es que se haga justicia.
No vamos a permitir que el enemigo se infiltre en nuestras filas y mancille nuestro movimiento.
La naturaleza de tales «agentes provocadores que se las saben todas» también iba a ser materia de especulación en la prensa; igual que las garantías que Flint decía haber recibido, cuya procedencia era tan misteriosa como el origen del megáfono.
Cuando empezaron a formularse estas preguntas, sin embargo, las respuestas ya carecían de relevancia: una vez que los tienes pillados por los titulares de prensa, como solía decir Judd, haces lo que quieres con sus pollas.
—Eso es. Marchémonos todos a casa. Lo de esta noche ha sido muy productivo porque hemos demostrado que no nos dejamos pisotear y que sabemos mantener la calma cuando nos provocan.
Hoy podemos irnos con la cabeza bien alta porque pronto volveremos, ¿no es así?
Volveremos. Gracias. Que la paz os acompañe y que Dios os bendiga.
Estas últimas palabras eran más propias de un telepredicador que de un sindicalista, pero daba lo mismo: los vítores enfervorizados con que fueron acogidas pusieron fin a la velada y la multitud empezó a dispersarse.
Unos cuantos se detuvieron para saludar a Flinty o darle unas palmaditas en la espalda, pero nadie se hizo el remolón.
Era mejor no tentar a la suerte ni analizar demasiado a fondo lo que parecía ser una clara victoria.
Hay cosas que es mejor no examinar detenidamente.
A esas alturas había ya numerosos equipos de televisión por la zona —y decenas de teléfonos móviles habían recogido el discurso de Flint—, pero la gente de Go tv había sido la única en estar presente desde el primer instante, justo cuando alguien había destrozado un escaparate.
Aun así, por mucho que el pequeño incidente tuviera un lugar destacado en la cobertura del canal, curiosamente la cámara no había llegado a captar en ningún momento el rostro de aquel alborotador.
El suéter rojo fue encontrado en una papelera después de que el gentío se dispersara, pero la policía nunca llegó a identificar al que lo llevaba puesto.
Los dos coches llegaron a la casa del Viejo Cabrón casi en el mismo momento. River acababa de brindarle un respiro a su maltrecho vehículo cuando los faros del coche conducido por Lech aparecieron en sentido contrario, esculpiendo una larga silueta verde en la oscuridad.
Sid agarró a River por el codo.
—Todo en orden —dijo él al ver que se trataba del coche de Louisa. Y aunque no tenía muy claro que fuera así, porque también había visto que sus ocupantes eran Lech y Shirley, añadió—: Son de los nuestros.
Los cuatro se encontraron en el sendero del jardín. Consciente de que tanto él como Sid ofrecían un aspecto lastimoso, mojados y magullados como estaban, hizo las presentaciones con brevedad.
—Así que tú eres la chica muerta —dijo Shirley.
—Gracias, muy amable.
—No, lo digo en el buen sentido.
Sid miró a River.
—Veo que la Casa de la Ciénaga no ha cambiado.
—No mucho, la verdad.
Lech frunció el ceño.
—¿No sería mejor que entráramos? Es tu casa, ¿no?
«Mi casa, sí», pensó River. Le había llevado cierto tiempo, pero por fin tenía la sensación de que aquélla era su casa. Los condujo al patio trasero y apartó con el pie los cristales rotos mientras les sujetaba la puerta. Reparó en que Lech llevaba el móvil en la mano y comentó:
—Creía que nos habíamos borrado del mapa.
—Bueno, según vayan las cosas. Sabes que hay un equipo del gru ahí fuera, ¿no?
—Sí, nos hemos dado cuenta.