La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 10 #5
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Capítulo 10 #5

Estaban en una habitación sin mesas y con el suelo cubierto por un caótico amasijo de bandejas de aluminio y tapas de cartón, de tenedores y cuchillos de plástico.

El olor a pintura fresca que flotaba en el ambiente como una promesa intacta se mezclaba ahora con el aroma de los platillos indios —baltis y bhajis, dhansaks y dhal— y con el del humo de cigarrillos, pues Shirley le había llevado a Lamb un mechero de plástico, y cuando Catherine había reaccionado abriendo la ventana, Lamb se la había quedado mirando como si se tratara de la primera escaramuza en lo que prometía ser una guerra prolongada.

—¿Y tú sabes quién es ese «alguien» que acabas de mencionar? —preguntó Louisa.

—Su secuaz es un antiguo Perro llamado Tommo Doyle. Pero el alguien de marras es un playboy de los medios de comunicación. Como el malo de una película del 007, sólo que con un nombre vulgar y corriente.

—¿Y ese nombre es...?

—Damien Cantor. —Lamb fijó la vista en Ho—. Tienes preparada tu caja de magia, espero.

—Siempre —confirmó Roddy.

—Excepto cuando no. Pero vale, tráeme a Damien Cantor.

Roddy lo miró sin comprender.

—Que le traigas información sobre ese hombre —clarificó Catherine.

—Y dile que lo haga con rapidez, ya puestos —indicó Lamb.

A Roddy no le hizo falta la traducción de esa última orden, pues ya estaba yendo hacia el ordenador.

—Recuerdo haber leído algo sobre ese Cantor —dijo Catherine—. Es el propietario del canal Go tv . Lo describen como el nuevo Richard Branson.

—¿Acaso no hemos sufrido ya bastante?

—Es un hombre muy influyente.

—Y se propuso comprar más influencia todavía vendiendo al enemigo la Casa de la Ciénaga. —Dio con otro cigarrillo—. Así que me disculparás si no voy volando a suscribirme, o lo que sea que haya que hacer hoy en día para ver la puta tele.

—¿Y Taverner sabe que ese tipo nos vendió? —preguntó Louisa.

—Sí que lo sabe, pero la pobre ahora mismo se encuentra con que sus cojones corren peligro. Y aún no sabe qué hacer al respecto.

—Si alguien está chantajeándola, es señal de que no es digna de ocupar el cargo —terció Catherine.

—Si el hecho de que te chantajeen basta para que te pongan en la calle, nos encontraremos con vacantes por todas partes, empezando por aquí y acabando por Downing Street —sentenció Lamb—.

Lo que tampoco es mala idea, qué quieres que te diga.

En fin, no tengo tiempo ni para fumar un pitillito con tranquilidad, y encima quieren que me ponga a limpiar los establos de la orgía.

—Puso cara de mártir, encendió el cigarrillo y, sin duda por la fuerza de la costumbre, tiró por encima del hombro el mechero, que se precipitó por la ventana abierta—.

De manera que, si os parece, nos ocuparemos de esos cabronazos de uno en uno, ¿entendido?

—Oliver Nash está al frente de la Comisión de Supervisión —recordó Catherine—. Tendríamos que hablar con él.

—Nash es un burócrata. Si le pido que se ocupe de vaciarme los cubos de la basura, lo que hará será privatizar la tarea y sacarla a concurso.

Taverner, en cambio, es de las que pelean hasta el final, justo lo que te interesa que haga una Primera Mesa.

Además, en su día esa mujer y yo compartimos unas cuantas cosas.

—Pero ¿no trató de hacer que te mataran?

—No he dicho que fueran cosas bonitas.

Roddy levantó la vista y, con aire pomposo, notificó:

—Cantor vive en la torre Needle.

Louisa, quien tenía sus propios recuerdos de ese rascacielos, apuntó:

—¿Cómo? ¿Dices que vive allí?

—Es donde tiene las oficinas. Pero también tiene un apartamento privado.

—Ho viene a ser como mis páginas amarillas personales —dijo Lamb—. Bueno, para no ofender, dejémoslo en páginas a secas.

—¿Y qué planes tienes? —preguntó Catherine—. ¿Plantarte en la guarida de Cantor y soltarle cuatro frescas?

—El niñato igual se nos resfría. Mejor lo mato directamente.

—Si estás planeando un asesinato, ya puedes olvidarte de nosotros. Hablo en serio.

—Tú y tus ínfulas de superioridad moral.

—Lamb cogió la botella de whisky que Lech le había traído antes de irse, y que él había recibido con grandes muestras de cortesía, como un miembro de la realeza al ser obsequiado con un zurullo—.

Tiene que hacer frío en ese sitio tan elevado en el que estás.

Eso explica tu frigidez de estos últimos tiempos.

Pero, en fin, vayamos al grano: ¿Cantor tiene familia?

—Está casado, con dos hijos —respondió Ho—. Pero viven en Howe, y él casi siempre está en Londres.

—Mejor que en Howe, claro. Debe de ser un hombre sensato.

Bueno, sensato entre comillas. ¿Qué es eso de hacer tratos con los servicios rusos de inteligencia?

¿Acaso se propone llegar a primer ministro o algo así?

—Desenroscó el tapón de la botella—. No, lo que tengo planeado es ponerme en contacto con este simpático señor Cantor y hacerle saber que está jugando con fuego.

—Escudriñó la etiqueta del whisky con atención, como si no acabara de decidirse a probarlo.

Luego, inclinó la botella y se sirvió todo un vaso directamente en la boca.

Después, añadió:

—Y resulta que tengo al hombre indicado para hacer ese trabajito.