Capítulo 10 #4
Peter Judd no se molestó en disimular la meticulosidad con que refregó el borde de la petaca antes de beber de ella. Pero Desmond Flint ya estaba fuera del taxi y tenía muchas otras cosas en que pensar como para ofenderse.
River estacionó en un área de descanso situada a menos de un kilómetro de la casa. Sid le pasó el teléfono desmontado y él le insertó la batería y lo encendió.
—Si todos os habéis borrado del mapa, lo lógico es suponer que Lamb también habrá desconectado el móvil, ¿no?
Él se acordó de la última vez que Lamb había apagado las luces de la Ciénaga. Tras hacerse con los móviles de todos, los tiró por el desagüe. Eso sí, se tomaba mayores libertades con las pertenencias ajenas que con las suyas.
—Pronto lo averiguaremos —se limitó a responder.
Lamb contestó al séptimo timbrazo.
—¿Y ahora qué cojones pasa?
—Soy yo.
—Así que no te han matado aún.
—Por lo visto no.
—¿Y qué hay de Baker?
—Si la hubieran matado, ya te lo habría dicho.
—Entonces, ¿estás rompiendo el protocolo sólo para decirme que por fin has logrado bajarle las bragas?
—Alguien vino a por ella. Dos álguienes.
—¿Y?
—Han dejado de ser un problema —respondió River.
—Vaya, pues eso les pasa por meterse con mis cachorrillos en celo. —Hizo una pausa—. Entendido. Bien hecho. A menos que fueran simples encuestadores, limpiaventanas o algo por el estilo. Aunque, incluso en ese caso, esta noche no seríais los primeros en ensañaros con un civil.
River no sabía a qué se refería, pero le daba igual.
—Los hemos metido en un coche. Hay que ocuparse de ese coche cuanto antes.
—Así que ahora me tomas por un aparcacoches a tu servicio.
—Jackson, no estoy de puto humor.
—Ya lo veo. ¿Se supone que me llamas desde algún lugar concreto?
«Desde el culo del mundo», pensó él.
—He pensado que lo mejor era alejarse cuanto antes de esos dos...
—Los dos que hay que reciclar —completó Lamb.
—Eso mismo. Y bien, ¿seguimos borrados del mapa o puedo estar seguro de que Regent’s Park va a hacer lo que le toca?
—No. Volved a vuestro punto de partida. Wicinski y Dander se dirigen hacia allí ahora mismo.
—¿Y luego?
—Luego ya se me ocurrirá algo. Una pregunta: ¿esos dos... eh... reciclables, están más o menos a la vista? ¿Alguien podría reparar en ellos pronto?
—Esperemos que no.
—Claro. ¿Cuándo se ha visto que la esperanza nos falle?
Cortó.
—Si alguien ha estado escuchando, pensará que no es más que una charla cualquiera de un miércoles por la noche —apuntó Sid.
Había más energía en su voz.
—Lamb sabe que estás viva —dijo River—. Probablemente siempre lo ha sabido.
—Vaya, veo que el hombre sigue siendo muy suyo.
—Si acaso, es más suyo que nunca.
—Ha mencionado dos nombres. ¿Quiénes son?
—Wicinski y Dander. Lech y Shirley.
—Y los ha enviado a casa de tu abuelo. Señal de que se preocupa por ti, por los dos.
—No estoy seguro de que la preocupación tenga nada que ver. —Volvió a quitarle la batería al móvil—. Para él todo es un juego. Sólo está moviendo las piezas del tablero.
—Es lo que tu abuelo solía hacer, ¿no?
—No hay comparación.
—Si tú lo dices.
—Vaya, pero es que ni de lejos. —Frunció el ceño, sin motivo aparente, y preguntó—: ¿Estás bien?
Sid se miró las manos. Ya casi no le temblaban.
—No dejaba de oír una voz... —dijo—. Una voz que estaba en mi cabeza.
—Tranquila. Eso nos pasa a todos.
—Cállate. Era... he llegado a pensar que era aquella bala la que estaba hablándome. La bala que me dispararon. Era como si hablara conmigo.
River se puso en marcha con los ojos puestos en la oscura carretera.
—Tranquila —repitió.
—Sólo que de repente, cuando esa mujer estaba sujetándome la cabeza bajo el agua, ha sido como si la voz se ahogara...
« Tch, tch, tch. Pch, pch, pch ...»
—Desde entonces no he vuelto a oírla.
« Kch, kch, kch .»
River siguió conduciendo. La carretera empezaba a resultarle familiar, con las curvas acostumbradas, las rectas de siempre... Algunas ramas de los árboles que flanqueaban la carretera pendían sobre la calzada, recortadas y remodeladas por la circulación regular de un autobús.
—No soy un experto. Pero es posible que un trauma anule otro trauma...
—¿En serio? ¿No eres un experto?
—Cállate.
—Lo digo porque quien te oyera pensaría que te pasaste siete años en la Facultad de Medicina.
—Yo te veo bien —dijo él—. Tal vez es cuestión de que vuelvas a empezar.
Ella sonrió y volvió a mirarse las manos.
—Gracias, por cierto.
—No hay de qué.
—Esa mujer iba a matarme.
—Ya lo sé. Pero te las has arreglado bastante bien por tu cuenta.
—No sé si «bien» es la palabra más adecuada.
—Era ella o tú.
—Sí, lo sé.
—Y no quiero que vuelva a pasarte nunca más.
Se hizo a un lado para facilitar el paso de un coche que venía de frente, enfilaron otra curva y llegaron a casa.
—Así que están vivos —dijo Catherine.
—La noche es joven.
—¿Por qué has hablado de «unos reciclables»? —preguntó Louisa.
—Parece ser que nuestros dos sicarios se han tropezado con Romeo y Julieta y, maravilla de maravillas, han salido más bien maltrechos. —Lamb negó con la cabeza—. Menos mal que no soy aficionado a las apuestas, porque hubiera perdido hasta la camisa.
—¿Y los dos están bien?
—Esperemos, ¿o acaso tengo cara de doctor?
—Entonces, todo ha terminado —dijo Catherine.
—Sí, claro. Total, sólo han mandado a un comando de asesinos para darnos caza. Y como no soy rencoroso, aquí no ha pasado nada.
—La verdad es que me moría de ganas de entrar en acción —terció Roddy.
Todos se lo quedaron mirando.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? —dijo Louisa finalmente.