La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 10 #3
75%

Capítulo 10 #3

Habían comido algo por el camino, después de dejar una tonelada de comida india para llevar en la coqueta casita.

Ella se había ofrecido a conducir «hasta que salgamos de la ciudad; así iremos más rápido», pero, ateniéndose a las instrucciones de Louisa, Lech respondió que no, gracias.

Para empezar, porque ya iba bastante acelerada.

Y para acabar, pues también. No estaba seguro de que ella estuviera de acuerdo, pero las llaves las tenía él, y eso era lo importante.

La casa del Viejo Cabrón estaba en las afueras de Tonbridge, en el condado de Kent. La lluvia se había desplazado hacia el oeste y la hora punta había quedado atrás. Bien mirado, había peores formas de pasar la noche, de no ser por la compañía y por el mal presentimiento que lo embargaba.

Todavía con las gafas puestas, Shirley preguntó:

—¿Hasta qué punto crees que estamos metidos en un lío?

—A ver. Tú y yo hemos atracado a un tío en un urinario. Y todo el mundo parece saberlo, así que el lío es de los gordos.

—Al menos no lo hemos matado.

—Y con eso te conformas, ¿no?

—Todo irá bien.

Daba la impresión de estar tranquila.

—¿Es una corazonada o sabes algo que yo no sé? —preguntó Lech.

—Nosotros estamos en la Ciénaga, no en Regent’s Park. Lamb es muy libre de despedirnos cuando le dé la gana: no necesita un pretexto. Pero lo que no va a permitir es que Taverner nos eche.

—Ya, pero hay un pequeño detalle: Taverner es su jefa.

Ella se rió al oírlo.

Jugueteó con las gafas, dejando que le colgaran de las orejas y se posaran en la barbilla.

—¿Qué se siente? —llevándose un dedo a la cara.

—¿A qué te refieres?

—A eso de destrozarte la cara.

—Muy empoderador. Deberías probarlo.

—¿Te arrepientes?

Lech tocó fondo el día que Lamb le entregó la navaja de afeitar.

«Siempre te queda otra opción, además de la sutura y la cirugía plástica.

» Los puntos de sutura le habrían dejado la cara hecha un mapa, y no podía permitirse pasar por el quirófano con el sueldo que cobraba.

Hizo lo que Lamb le sugería. ¿Qué otra le quedaba?

¿Cubrirse el rostro de vendajes como si fuera el hombre invisible?

Ahora que lo pensaba, igual habría funcionado.

Pero ni por asomo iba a debatir todo eso con Shirley, así que se limitó a gruñir y se concentró en adelantar al camión de delante. La llovizna emborronaba el parabrisas.

—Entonces —preguntó al fin—, ¿tú no llegaste a conocer a esa tal Sid?

—No. Ya estaba muerta cuando entré en la Ciénaga.

—O no.

Shirley se encogió de hombros.

—Le pegaron un tiro en la cabeza. Es posible que siga viva, pero dudo que sea la misma de antes.

«Eso pasa mucho últimamente», pensó Lech. Y en voz alta, añadió:

—Entonces, ¿tú crees que Lamb va a sacar el garrote para defendernos?

En la risa de Shirley se notaba el influjo del alcohol.

—Lamb con un garrote en la mano... ¡no quiero ni imaginarlo!

Lech tampoco quería imaginarse a Shirley con un objeto contundente en la mano. En lo referente a los objetos cortantes, era difícil que alguien le hiciera tanto daño como el que se había hecho a sí mismo.

—Eso sí, Taverner se pasó tres pueblos al borrar la Casa de la Ciénaga de los registros —consideró Shirley—. De manera que sí, yo creo que Lamb le hará alguna jugarreta. No porque nos quiera a su lado. Sólo para impedir que ella nos saque de allí.

Lech pensó: «Y éste es el mundo en el que ahora me muevo. Un mundo en el que las decisiones no se toman atendiendo al bien común o a la causa más justa, sino en el que todo se reduce a joder a tu rival, por mucho que tu rival sea de tu mismo bando.»

Shirley volvió a revolver en la guantera y encontró un paquete de chicles.

—¿Alguna vez has tenido un déjà vu ?

—Algo me dice que pronto voy a tenerlo.

—Vamos a mirar en el maletero —dijo ella—. Quizá Louisa se haya comprado una llave inglesa nueva. —Al ver que Lech arqueaba las cejas, añadió—: Nunca se sabe.

Al tercer intento, el contenedor de periódicos viejos atravesó el escaparate y los chalecos amarillos acogieron el consiguiente estrépito de cristales contra el suelo con un rugido de aprobación.

Como si el escaparate de marras hubiera sido lo único que los mantenía a raya, procedieron a invadir la calzada en masa, deteniendo en seco el tráfico que hasta ese momento circulaba a duras penas, de modo que tanto Oxford Street como Regent Street no tardaron en quedar bloqueadas por una fila de autobuses y taxis, taxis y autobuses, mientras los cabriolés a pedales subían a las aceras.

Desde lejos, todo aquello tal vez podía parecer una celebración en marcha —del aniversario del Brexit, pongamos por caso—, pero visto de cerca era palpable un sustrato de violencia.

Un simple escaparate roto tampoco era para tanto, claro.

Pero sí daba la impresión de ser un comienzo.

Por una extraña casualidad, un equipo de televisión estaba en la zona desde el primer momento, a pesar de que los informativos últimamente apenas prestaban atención a los chalecos amarillos, que habían pasado a ser considerados otra molestia en las calles, parecida a los adoquines sueltos o a los recaudadores de fondos para organismos benéficos de toda clase.

Sin embargo, el canal Go tv había enviado una furgoneta a última hora de la tarde, y su personal estaba allí, grabando imágenes del tumulto incipiente.

Por la ventanilla del taxi, Peter Judd los contempló con creciente interés mientras iban adentrándose entre el gentío, más que nada porque uno de los miembros del equipo tenía justo el tipo de piernas que a él le gustaban: largas y pegadas al cuerpo de una mujer.

El ruido ascendía y descendía, como una ola rompiendo en el mar.

—El taxímetro sigue corriendo, jefe —indicó el taxista.

—No sabe cómo le agradezco que me lo recuerde. Pero no tiene importancia, se lo aseguro.

—Es su dinero.

—Que pronto será de usted.

La promesa alegró al taxista, o por lo menos le soltó la lengua.

—Veo que estos payasetes le interesan. Los chalecos amarillos.

—Mmm.

—Bueno, jefe. He dicho que son unos payasetes, pero algo de razón tienen.

Porque si uno lo piensa, son la voz del pueblo.

A ver si me explico, las cosas están fatal, ¿o no es así?

Están fatal desde hace unos cuantos años.

Esto de los políticos es un puñetero circo.

Y uno se pregunta: ¿quién es el gobierno para decirnos lo que debemos hacer?

—Es una pregunta sorprendentemente perspicaz. Pero voy a pedirle un favor.

—Lo que usted diga, jefe.

—Que se calle, salga del coche y espere cinco minutos fuera. Voy a celebrar una reunión.

Que comenzó veinte segundos después, en cuanto llegó Desmond Flint.

—¿Qué demonios está pasando? —preguntó mientras subía al taxi.

—Es extraño, ¿eh? —Judd sonrió ampliamente—. Se diría que tu gente tiene ideas propias y todo.

—A ver. Esto no es... una concentración pacífica. No están siguiendo mis instrucciones. —Cerró la puerta—. Esto que está pasando, esto... La policía está empezando a ocupar Oxford Street. La gente va a pensar que somos una panda de delincuentes.

—Es lo que acostumbra a suceder cuando alguien quebranta la ley —indicó Judd—. Pero tú no te inquietes. Toma esto, anda.

Le pasó una petaca de plata. Flint la cogió, mirándola sin comprender.

—Es poco probable que el ministro del Interior haga intervenir a la policía sin la autorización del primer ministro. Y como a éste suele ser difícil localizarlo cuando hace falta tomar una decisión, tenemos un poco de tiempo —dijo Judd.

—Esto no es casualidad. Aquí hay alguien que está creando problemas de forma deliberada. Yo no tengo nada que ver. Esto es cosa de... ¿cómo los llamabas? ¿Agentes procuradores?

— Agents provocateurs —respondió Judd.

—Y me dijiste que te habías ocupado del tema, que habías convencido a los del mi5 para que los retirasen de la circulación. Y ahora me encuentro con esto. ¡Y con cámaras de televisión delante, por Dios!

—Bebe un poco —sugirió Judd—. Te calmará los nervios.

Flint contempló la petaca y, finalmente, se la llevó a los labios. Tras dar un buen trago, dijo:

—Pensaba que ibas a ser mi padrino en la política. Hoy mismo me lo has dicho, apenas hace unas horas. ¡Y ahora me encuentro con esto, con que mi movimiento, el movimiento que yo puse en marcha, está a punto de pegarle fuego al puto centro de Londres! ¿Y qué es lo que has estado haciendo entretanto?

—Verás —respondió Judd—. Me he encargado de que alguien se cargue un escaparate.

—Levantó la mano para no ser interrumpido—.

Sí, ya sé lo que vas a decir. Que eso seguramente se consigue con una simple llamada de teléfono.

Pero hay que saber a quién llamar, amigo mío. Hay que saber cómo hacer las cosas.

—¡Tú estás mal de la cabeza, colega! ¡Estás como una puta regadera!

—Y la misma persona a la que llamé para pedirle prestado un lanzador de contenedores de metal fue la que organizó la llegada del primer equipo de televisión: el equipo de Go tv .

Ya te había hablado de ese canal, si mal no recuerdo.

Y ahora pórtate como un buen chico: toma otro trago de brandy, que es de los buenos, y pásate un peine por el pelo.

Porque será mejor que entres en acción antes de que empiecen a quemar cosas de verdad, no metafóricamente.

Si empezamos con los incendios, la imagen que se va a transmitir será...

¿cómo decirlo?... propia de tiempos más sombríos.

—¿De qué demonios estás hablando?

—El canal Go tv no está aquí para filmar unos disturbios, Desmond. Ha venido para filmarte a ti.

—¿A mí?

Judd señaló a la multitud con la barbilla. El alboroto había ido a más.

—Sí, a ti. Querías tener la oportunidad de lucirte, ¿no es así? Pues te la estoy ofreciendo en bandeja. —Se echó hacia delante para abrir la puerta del taxi—. Tu destino está esperándote. Ya me darás las gracias después. Toma este trasto y úsalo. Ah, y déjame el brandy. Gracias, muy amable.