Capítulo 10 #2
—Lo que más me sorprende es que algunos sí estéis sorprendidos. Sid era la única del equipo que tenía la inteligencia suficiente para mirar a ambos lados antes de cruzar la calle.
—Gracias.
—Un placer. —Hizo una pausa—. Por otra parte, es lo bastante mema como para recurrir a Cartwright en busca de ayuda. Eso viene a ser como pedirle consejo al príncipe Andrés a la hora de hacer amigos.
—Chascarrillos aparte —dijo Catherine—, ¿tienes algún plan? Porque si lo único que vamos a hacer es mantenernos fuera de la circulación, más vale que decidamos dónde duerme cada uno.
—Por mi parte, estaré encantado de compartir cama con quien sea —respondió Lamb, levantando una nalga y soltando un cuesco largo y sonoro.
—Hay tres habitaciones, y somos seis —indicó Ho—. Lo mejor será dormir por parejas.
—Sigue soñando —le dijo Louisa.
—Un equipo de sicarios del gru anda liquidando a caballos lentos de ayer y de hoy —intervino Lech—. Quizá deberíamos centrarnos en eso.
—El chico no va desencaminado, aunque tenga la cara hecha un poema —reconoció Lamb—. ¿Alguien tiene algo más que proponer? Recordemos que toda sugerencia es bienvenida. —Recuperó el pitillo de la oreja—. Lo que no es bienvenido es hacer el gilipollas y venir con las sandeces de siempre.
—¿De cuántos sicarios estamos hablando? —preguntó Shirley.
—¿Cuántos payasos caben en un coche?
—Los del gru operan por parejas, ¿no es así? —dijo Catherine—. Y han dejado pasar cierto tiempo entre un ataque y otro: primero Kay; luego Struan, un par de semanas después.
—Si fueran más de dos ejecutores, seguramente habrían podido liquidarlos a los dos a la vez —apostilló Louisa—. Y nosotros tendríamos menos margen de reacción.
—Yo no llegué a conocer ni a Kay ni a Struan —apuntó Lech.
—Ya —repuso Louisa—. Pero vamos a fingir que su muerte nos importa, ¿vale?
—Lo que quiero decir es que ellos estuvieron en la Casa de la Ciénaga antes de que yo llegara. Y resulta que yo no aparezco en ningún registro como miembro del equipo porque Taverner hizo que eliminaran nuestros expedientes en el mismo momento en que yo me incorporé.
—Yo tampoco llegué a conocerlos —dijo Shirley.
—Por eso lo digo, ¿os dais cuenta de quiénes son los únicos caballos lentos que de verdad han desaparecido del mapa? Shirley y yo. Porque si esa gente está basándose en unos registros obsoletos, no tienen la menor idea de que existimos.
—Queda claro que con una gestión eficiente del personal se consiguen resultados —sentenció Lamb—.
Quien os oyera pensaría que sois unos estrategas de tomo y lomo, y no un hatajo de inútiles y tarados.
—Se despegó con esfuerzo de la repisa de la ventana—.
Los sicarios de Moscú están operando a partir de una lista que le robaron a Molly, en la que no aparecen ni la Bolli ni el Carabollo.
De manera que sí, tenemos la ventaja de que a esos sujetos les importáis aún menos que a nosotros, lo que ya es decir.
Por supuesto, dicha ventaja se esfumará en cuanto los dos vayáis a parar a la cárcel por atracar a un turista.
—Ese tipo estaba merodeando por unos urinarios públicos —recordó Shirley—. Yo creo que andaba buscando plan con otro de su cuerda.
—En tal caso estaríamos hablando de un delito de odio —dijo Lamb con expresión compungida—. Hay cosas que ya no son admisibles.
—¿Y cómo crees que podríamos aprovechar esta ventaja? —preguntó Catherine—. No irás a decirme que piensas enviar a Lech y a Shirley a enfrentarse a unos asesinos profesionales.
—Oye, pues sería una forma de quitarnos dos pesos de encima —dijo Lamb—. Pero no, no era lo que estaba pensando. Lo que estaba pensando era...
—River y Sid —sugirió Louisa.
—Lo que estaba pensando era que por aquí cerca tiene que haber algún garito de comida para llevar. Pero vale, sí, una vez que la Bolli y el Carabollo me haigan traído algo que zampar, igual no estaría de más que fueran a buscar a los dos caballos lentos que faltan.
—Podéis coger mi coche —dijo Louisa—. Siempre y cuando no conduzca Shirley.
—¿Qué tiene de malo mi forma de conducir?
—Pues que careces de las habilidades básicas para hacerlo.
—También necesitaré algo de beber —dijo Lamb—. Y un mechero.
Louisa apuntó la dirección del Viejo Cabrón en un papel y le explicó a Lech dónde tenía aparcado el coche mientras Shirley iba y venía nerviosamente.
Roddy había vuelto a concentrarse en su portátil.
Catherine contempló el panorama y tuvo la repentina sensación de que todo aquello le resultaba extrañamente familiar.
Incluso Lech, el último en incorporarse a la Ciénaga, encajaba bien en el grupo.
Aunque sus cicatrices estaban a la vista, había otras cosas que bullían en su interior, buscando una salida.
Se acordó de J. K. Coe y de cómo su trauma, largo tiempo soterrado, había condicionado su vida.
Y pensó: «Esto no es bueno para nadie.» Meterlos a todos, encerrarlos en la Casa de la Ciénaga, no era bueno para nadie.
Sólo les daba ocasión de alimentar viejos hábitos o de adquirir otros nuevos, igual de malos.
Pero era un poco tarde para hacer esa reflexión.
Lech acababa de coger las llaves de Louisa y Shirley le estaba metiendo prisa para salir.
—Y no atraquéis a más desconocidos —aconsejó Lamb mientras salían, con un cigarrillo sin encender colgándole del labio.
—Es «hayan», por cierto —comentó Catherine.
—¿De qué me hablas?
—Se dice «hayan». Eso de «haigan» es un vulgarismo.
—Pues vale, lo que haiga falta, joder.
«No dejes a la vista la presa que has abatido.
» River ahora no recordaba si la frase era de Bond, de Bourne o de El rey león , pero parecía una buena idea, así que entre los dos medio cargaron, medio arrastraron el cadáver de Jane de vuelta a su coche.
El sendero parecía el doble de largo que antes, y la noche, el doble de ruidosa.
Cuando un vehículo redujo la marcha en la carretera al otro lado de los árboles, a ambos se les aceleró el pulso.
A mitad de camino, Sid tropezó y se cayó.
«Estoy bien», dijo. Saltaba a la vista que no lo estaba, de manera que River se echó el cadáver al hombro y terminó el trayecto dando traspiés.
En las películas, meter un cadáver en un maletero parece fácil, pero la ropa empapada de Jane se enganchó en el mecanismo de cierre.
Su piel se había vuelto como de cera, y tenía cierto aspecto extranjero del que carecía en vida, como si el papel que había estado interpretando se hubiera quedado en el agua.
No era un pensamiento para compartir. River logró por fin desenganchar la tela, y el cuerpo se desplomó en el maletero como un saco de verduras. La muerte era una verdadera cabrona: le quitaba la gracia tanto al muerto como a quien lo había matado.
Jim —así lo llamaba Sid—, por su parte, era ya sólo una carcasa. Costó sacarle el abrecartas de la mandíbula.
—También deberíamos meterlo en el maletero.
Pero Jane ocupaba casi todo el espacio, y doblarla más estaba fuera de su alcance. Así que River se limitó a desabrochar el cinturón de seguridad de Jim y dejar que su cuerpo se desplomara hasta el suelo del coche.
—Canta bastante, ¿no?
La voz de Sid no pasaba de ser un murmullo lejano.
—No nos queda otra. Y nadie va a fijarse mientras el coche esté en movimiento. Yo conduzco éste, tú conduces el mío. ¿Estás en situación de conducir?
Resultó que no lo estaba.
—Tenemos que volver a la casa. Llamaré a Lamb, para que hable con los de Regent’s Park. Ellos se ocuparán del asunto. Pero aquí no podemos dejar a estos dos. Por esta zona viene mucha gente.
En efecto, era probable que alguien pasara por allí en cualquier momento, pero daba lo mismo. A Sid le temblaban las manos de forma incontrolada. Ni siquiera habría sido capaz de manejar unos cubiertos, y menos aún el volante de un automóvil.
—Muy bien —dijo River.
Plan de contingencia: notificaría a Regent’s Park dónde estaban los cadáveres.
Iba a coger el teléfono cuando se acordó del mensaje de texto enviado por Catherine. Con todo lo que había pasado, se le había olvidado.
«Tumba de Blake. Ahora mismo.»
—Mierda.
—¿Qué? —preguntó Sid—. ¿Pasa algo?
—Tiene gracia... nos hemos borrado del mapa.
—¿Nosotros dos?
—Los de la Ciénaga al completo. Yo diría que la cosa tiene que ver con estos dos.
Otro coche se acercaba, la luz de los faros acariciaba los árboles. Sid se estremeció, pero el vehículo no aminoró la marcha. Cuando pasó de largo, la oscuridad que dejó tras él dio la impresión de ser más densa.
—Muy bien —repitió River—. Los dejamos aquí y nos vamos a casa. Me pondré en contacto con Lamb desde allí.
Hablaría con Lamb cuando ya no estuviera junto a un coche con sus dos pasajeros muertos.
No era lo ideal, pero la noche entera había distado de serlo.
Una vez sentado al volante, se percató de que sus manos, las mismas manos que había usado para hundir la cabeza de una mujer bajo el agua y mantenerla allí hasta matarla, también temblaban.
Iba a decir algo, pero se calló. No estaba seguro de qué iba a decir exactamente.
—¿River?
—Ese abrecartas perteneció a Beria —dijo él.
—¿El abrecartas?
—El que te has llevado del estudio.
—Ah.
—Mi abuelo pagó una pequeña fortuna por él.
—¿Quién es Beria?
—Da igual. Luego te cuento.
Los faros de su coche apuntaron al de los asesinos. Pero hacía falta acercarse mucho y escudriñar por la ventanilla para reparar en el cadáver metido dentro, y abrir el maletero para dar con el segundo cuerpo. Se puso en marcha y dejó la escena atrás, rumbo a la casa del Viejo Cabrón.
En otro coche, camino del mismo sitio, Shirley abrió la guantera.
—¡Mira, unas gafas de sol! Oye, ¿qué habrá querido decir Lamb con eso de la Bolli y el Carabollo?
—Eh, cosas de Lamb... —musitó Lech—. Olvídalo.
Shirley se puso las gafas. Le cubrían la mitad de la cara.
—¿Me parezco a Jennifer López?
«Más bien a Jeff Goldblum en La mosca », pensó él.