Capítulo 10
Las multitudes tienden a contagiarse de la emoción dominante.
En los últimos años, los jóvenes habían salido a la calle, indignados por el daño que sus mayores le habían hecho al planeta, sí, pero también impulsados por la esperanza.
Para otros, en cambio, la rabia seguía siendo la salida más fácil.
Esa noche, los chalecos amarillos se habían concentrado en torno a Oxford Circus. El tráfico seguía fluyendo, pero los manifestantes tenían claro su derecho a ocupar las aceras, y su presencia había terminado por extenderse a las cuatro esquinas del cruce, bloqueando los accesos al metro.
La hora punta, sin embargo, ya había pasado, y no había señales de contramanifestantes convocados por quienes estaban igual de furiosos, aunque por motivos diametralmente opuestos.
De modo que los chalecos amarillos siguieron con lo de siempre: consignas repetidas hasta la saciedad, sarcasmos a gritos y repentinos estallidos de cánticos desafinados.
Entretanto, la tomaban con sus enemigos habituales: los demasiado bien vestidos, los claramente indigentes, los inequívocamente extranjeros, los ciclistas, los conductores que hacían sonar el claxon con desprecio, los que lo hacían en señal de apoyo, las mujeres que iban en grupo, las que iban en pareja, las que iban solas y cualquiera cuya pigmentación se apartara del ideal cromático de los chalecos amarillos, que se consideraban muy blancos pese a que el tono dominante entre ellos era más bien un gris enfermizo.
La escena podría haber tenido lugar en cualquier ciudad británica, en cualquier rincón de Europa.
Pero bastaba con levantar la vista por encima de las cabezas de los furiosos para comprender que aquello sólo podía ser Londres: los hermosos edificios londinenses recortados contra un cielo londinense sin estrellas.
No lejos de allí —Regent Street arriba, a este lado de Portland Place—, un taxi negro redujo la velocidad: el pasajero le había indicado al conductor que se detuviera un momento mientras hacía una llamada por el móvil.
—Ayer lo vi en el informativo de la tele —dijo el taxista.
—Hay que tener presente que la cámara siempre te añade unos kilos de más.
—Supongo que espera que le dé las gracias por lo que declaró.
—A ver, yo nunca espero que me den las gracias.
Lo único que espero es que me paguen lo que me deben, con puntualidad.
—Peter Judd se movió en el asiento para mirarse en el retrovisor central.
Se llevó la mano libre a la papada y estiró el cuello.
Sus facciones se tensaron y se vio rejuvenecido. Mmm.
—Querían saber si estarías dispuesto a concederles una entrevista —dijo al teléfono.
—Estaría encantado.
—Les he dicho que no.
—¿Qué? ¿Cómo?
—Aún no estás preparado, Desmond. Puedo llamarte Desmond, ¿verdad? Si te llamo Flinty, parecerá que soy un idiota. O un comentarista deportivo. Que viene a ser más o menos lo mismo.
—¿Qué quieres decir con eso de que no estoy preparado? —respondió el otro—. Llevo meses dando entrevistas.
—A los becarios llenos de granos que escriben para periódicos gratuitos y a los pajilleros de internet.
Go tv no será la bbc , desde luego, pero al menos sus presentadores son profesionales y no van a darte la razón porque sí.
Si dices que crees recordar que Downton Abbey la escribió Jane Austen, no van a asentir encantados.
No como en aquel programa en el que te entrevistaron el otro día...
¿Cómo se llamaba? ¿ Gran Bretaña mola o alguna gilipollez parecida?
— Una Inglaterra nueva .
—Gracias.
En Oxford Circus, sin motivo aparente, uno de los manifestantes, cuyo jersey rojo era visible debajo de su chaleco reflectante, levantó un contenedor de periódicos gratuitos hasta hacía un momento lleno de ejemplares del Evening Standard y lo lanzó contra el curvado escaparate de una tienda de ropa.
El proyectil rebotó en el cristal entre abucheos y algunas risas.
Judd aflojó la papada y su rostro volvió a reflejar su edad.
—¿Me estás diciendo que necesito un cursillo de cultura general antes de salir a vender mi proyecto para el futuro del país? —preguntó Flint.
—No estaría de más. Pero no, lo que digo es que tenemos que asegurarnos de que te llamen para hablar de lo que sabes, y no de cosas que puedan dejar patente... en fin, ciertas lagunas.
—¡Lo que hay que oír!
A Judd le sonó a protesta de trámite. No lo sorprendió: las campañas de Flint se basaban precisamente en eso.
—Y supongo que tienes una idea de cómo debo enfocar esos temas, ¿me equivoco? —siguió Flint.
—Yo siempre tengo ideas, Desmond. Por eso me buscan tanto.
—Ahora mismo se diría que estás en medio del tráfico.
—Lo estoy —confirmó Judd—. En un taxi, viendo a tus tropas ejecutar sus maniobras nocturnas. Es un espectáculo extraordinario, más o menos como ver a unos ancianos reservistas bailando danzas folclóricas con intenciones maliciosas.
—¿Por qué siempre me dices cosas que no entiendo a la primera?
—Será porque estudié en buenos colegios. Pero probemos de otra forma: te conviene acercarte a esta manifestación.
—Ya he estado antes. Y es una protesta pacífica, como de costumbre.
—Bueno, sí. De momento —dijo Judd mientras el del jersey rojo volvía a alzar el contenedor de metal y lo estrellaba de nuevo contra el escaparate—. De momento.
Las paredes blancas eran indicio de una conciencia tranquila, o eso quería suponer Catherine.
En su época más oscura, en aquel retiro de Dorset al que el mi5 enviaba a su personal con problemas, sus noches habían sido febriles: soñaba que estaba atrapada en una casa de cristal cuyas habitaciones cambiaban de forma sin ofrecer salida.
Y durante los días en que aprendía a asumir su nueva realidad —«Me llamo Catherine y soy alcohólica»—, había acabado ansiando un refugio austero, sin adornos.
Un lugar sin rastro de su vida anterior, ni de otras vidas.
Un lugar donde pudiera convertirse en otra persona. Una casa vacía.
Pues bien, ahora estaba en una.
La coqueta y pintoresca casita a la que Lamb los había llevado, en una callejuela adoquinada próxima a Cheyne Walk, en el elegante barrio de Chelsea, tenía las paredes blancas con las que había soñado.
Paredes blancas, y poco más. La cocina era funcional —una nevera que zumbaba, un horno sin estrenar—, pero no había muebles, alfombras ni cuadros; sólo ventanas que enmarcaban la ciudad ofreciendo un panorama cambiante según las distintas horas del día.
Aquella casa era un lienzo en blanco. Pequeña, pero impoluta. Aún intacta.
—Vaya joyita —comentó Lamb—. Seguro que alguien tuvo que ponerse a cuatro patas más de una vez para conseguir las llaves.
Louisa, Lech y Shirley echaron un vistazo: en el piso de arriba, dos dormitorios y un cuarto de baño.
En el de abajo, la cocina y la sala de estar.
«Debe de valer como dos millones de libras», pensó Louisa, que desde que se había hipotecado veía todo como una agente inmobiliaria.
Lech y Shirley, de alquiler en Londres, la miraban como quien mira un palacio: un sitio al que se entra, pero donde no se vive sin una revolución, un meteorito o una plaga de por medio.
Mientras tanto, Lamb se había sentado en la repisa de la ventana del salón.
La luz dibujaba un halo dorado alrededor de su corpulenta figura.
«Igualito que Enrique VIII», pensó Catherine.
«Con peor vestuario, claro. Pero con la misma propensión a hacer lo que le da la gana sin importar quién acabe decapitado. »
Roddy Ho había encontrado un enchufe en un rincón y estaba cargando su portátil.
Eso no cuadraba con las órdenes de borrarse del mapa, pero Ho sin duda habría puesto los ojos en blanco ante cualquier insinuación de que su presencia en la red podía ser detectada.
«Es lo que tiene Roddy», pensó Catherine.
«Es incapaz de abrir una puerta sin hacerse daño u ofender a una mujer, pero con un teclado delante es capaz de hacer maravillas, incluso con los ojos cerrados. »
Los demás fueron reapareciendo. La casa estaba limpia, tal como les habían asegurado: sin micrófonos ni trampas de ninguna clase.
—¿Y los vecinos? —preguntó Louisa.
—Les diremos que somos de control de plagas, que hemos venido a desratizar y que es posible que estemos aquí unos días —indicó Lamb. Luego se volvió hacia los demás—. Y bien. Vosotros dos: Dildo Bolsón y Capitana Cocaína. Me cuentan que os ha dado por atracar a un turista.
—Ha sido un accidente.
—Pensábamos que era de Regent’s Park.
—Ya, pero Taverner dice que no. Lo que significa que esta vez la habéis cagado hasta el fondo. De forma que ya podéis ir montando vuestra fiestecita de despedida. Yo no voy a poder asistir, por cierto. Tengo previsto pasarme esa noche bebiendo a solas en mi despacho.
—Íbamos a devolverle las cosas a ese tipo —dijo Shirley frunciendo el ceño.
—¿Y esto es lo prioritario ahora mismo? —intervino Lech—. De acuerdo: hemos metido la pata a base de bien, pero hay unos sicarios que están matando a gente.
—River sigue sin dar señales —recordó Louisa—. Igual que Sid.
—Cartwright se ha borrado del mapa —indicó Lamb—.
Puede que se haya acordado de lo que le enseñaron en el adiestramiento o puede que se lo hayan cargado.
Lo descubriremos cuando reaparezca... o cuando empiece a apestar.
A todo esto, yo también tengo mis propios problemas, no creáis. ¿Alguien me deja un mechero?
—Por una vez y sin que sirva de precedente, ¿te importaría no contaminar el aire? —replicó Catherine.
Lamb se la quedó mirando como si acabara de invocar a una criatura imposible; un unicornio, por ejemplo, o un vegano que no se jactara públicamente de serlo.
—¿Y eso de qué serviría?
—Todos respiraríamos mejor.
—De qué me serviría a mí, quiero decir.
—No pareces sorprendido de que Sid siga con vida —observó Louisa.
Lamb había sacado un cigarrillo de la nada, pero se contentó con encajárselo sobre la oreja.