La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 9 #7
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Capítulo 9 #7

Ella aulló con rabia y él se abalanzó de nuevo sobre ella y alargó la mano en dirección a la pistola, pero dos rápidos puñetazos en el costado frenaron su movimiento.

Ahora fue él quien intentó darle un codazo en la cara.

Y acertó. Ella dejó de agarrarlo por un instante y esta vez sí alcanzó el arma, pero antes de que pudiera utilizarla, la otra le asestó un puñetazo en la garganta.

Él sintió un espasmo por todo el cuerpo, dedos incluidos, y de pronto la pistola se disparó y un súbito fuego artificial se recortó contra el oscuro telón de fondo.

La bala podía haber ido a parar a cualquier lugar.

Y otro tanto pasó con el arma, pues, antes de que ella pudiera arrebatársela de la mano, él la lanzó con todas sus fuerzas hacia la oscuridad.

El chapoteo, cuando cayó al agua, se mezcló con el eco del disparo.

Todavía pugnando por respirar, y con la sensación de tener la cabeza envuelta en plástico, trató de liberarse, pero estaba de espaldas contra los maderos y ella, con el rostro lleno de sangre y los dientes rechinando, se apretaba contra él con la fuerza de una amante.

Le dio dos puñetazos en la cara provocándole un dolor punzante, pero antes de que pudiera asestarle un tercero, él arqueó la espalda con violencia y la apartó...

Durante un segundo se sintió tan liviano como una pluma.

Tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse.

Quedaba trabajo por hacer. Se puso en pie como pudo, perdió el equilibrio y volvió a tropezar con el observatorio de aves, pero no cayó.

Ella también se había puesto en pie, y acababa de adoptar la postura del dragón agazapado, o tal vez la del tigre volador. Ya iba a abalanzarse contra él cuando algo la detuvo: Sid Baker, que se había aferrado a sus piernas como una niña pequeña enrabietada.

Él dio un paso al frente y le asestó a la mujer un puñetazo en el rostro. Ella cayó hacia atrás, tropezó con Sid y acabó estampándose contra el maderamen.

Se abalanzó sobre ella mientras Sid seguía sujetándole las piernas.

Pataleaba como una posesa, pero la otra no la soltaba.

Él le hincó la rodilla en el estómago, le rodeó el cuello con las manos y apretó.

Era como luchar contra un pez. La mujer se arqueaba, se sacudía, hacía lo imposible por asestarle un nuevo puñetazo; finalmente lo sujetó por las muñecas intentando zafarse de su agarre.

Él llevaba las de ganar, pero consiguió liberar una pierna, pateó a Sid en la cabeza y se zafó.

Rodó sobre sí misma y reptó medio metro, pero él se le echó encima otra vez, dispuesto a rematar la faena, a hacer las cosas bien.

¿Bien? ¿Eso estaba bien...? De pronto fue consciente del jaleo que estaban armando: gritos, gruñidos, jadeos de dolor...

La mujer estaba boca abajo sobre los tablones, con él sentado a horcajadas sobre su espalda.

Y el agua estaba allí, frente a ellos. Hacía un momento, ella había intentado ahogarlo.

Era una posibilidad, ¿no? La arrastró hacia delante y, al comprender su intención, ella intentó impedírselo, pero no le sirvió de nada, porque poco después ya eran dos los que estaban empujando su cabeza hacia abajo.

Fue él quien acabó por hundirle la cabeza en el agua, como si estuvieran ejecutando un espantoso remedo de ceremonia baptista, mientras ella agitaba los brazos con desesperación tratando de agarrarse a algo, lo que fuera; al final, consiguió cogerle una oreja y tiró de ella como si quisiera arrancársela, clavándole las uñas.

Pero él no aflojó ni un milímetro porque no se lo podía permitir, y Sid aferró a la mujer por la muñeca, le apartó la mano y se la sujetó con fuerza.

Sus pies empezaron a repiquetear contra los maderos, transmitiendo un mensaje en morse: una vaga sucesión de vocales que expresaban a saber qué.

Ella no había muerto antes, así que desconocía ese territorio.

Y las letras iban espaciándose, de tal modo que el mensaje iba haciéndose cada vez más fragmentado, como si lo que la mujer estaba viendo —fuera lo que fuese— superase su capacidad para describirlo.

Tras un último y débil intento de resistencia, de pronto todo se sumió en el silencio.

Se acabó. En realidad, nunca se acabaría, pero se había acabado.

Él se tomó su tiempo antes de soltarle la cabeza: un minuto más, por si acaso.

No hubo una reanimación repentina, ni una de esas resurrecciones de última hora que vemos en las películas.

Él se apartó del borde, todavía de rodillas.

Todos sus músculos temblaban. Sid también se había alejado un poco, arrastrando los pies.

Entre ambos había cierta distancia, pero respiraban al unísono, con jadeos entrecortados.

Él notó que estaba empapado de arriba abajo.

De sudor y de sangre. Del agua del lago.

Si esto se repetía alguna vez, estaba claro que debía llevar ropa de recambio.

Tenía náuseas. Y justo cuando lo estaba pensando, Sid empezó a vomitar.

Él se limpió la boca como hubiese sido él quien hubiera vomitado.

A espaldas de ambos, a lo lejos, ululó un búho. Y a continuación, desde la orilla contraria, otro le respondió: uhú, uhú, uhú . La vida seguía.