La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 9 #6
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Capítulo 9 #6

Intentó dar una patada, pero Jane estaba encima de ella, con una rodilla en su espalda y apretando con una mano su brazo derecho contra los maderos del embarcadero.

Tenía la sensación de que todo aquello estaba ocurriendo en una zona horaria diferente.

Mientras tanto, contenía el aliento, al tiempo que Hércules Poirot resollaba en su interior.

« Tch, tch, tch », dijo. « Pch, pch, pch », dijo después.

« Kch, kch, kch », soltó finalmente. El agua le presionaba la cabeza con fuerza y los recuerdos empezaban a desgajarse de la masa de su pasado: la bola de hierro que remataba los postes de su primera camita, el abrigo que llevaba puesto el primer día que fue a la escuela...

Algo ardía dentro de su pecho. Si ella lo permitía, engulliría todos sus recuerdos: aquella hoja de papel de color en la que había pegado unas estrellitas doradas y dibujado un caballo muy simpático...

Lo más sencillo sería abrir la boca para respirar de una vez y dejar que el agua fría del lago apagara aquel incendio.

Ya no se acordaba de por qué estaba allí, pero todos los caminos llevaban al punto de partida, ¿no?

El papel coloreado se arrugó y se volatilizó, sumándose a todas las cosas de las que ya no se acordaba.

Y de repente Jane la soltó y ella estuvo a punto de dejarse caer al agua, porque parecía la consecuencia lógica.

Pero con los restos de voluntad que todavía le quedaban se echó atrás, y el hecho de inhalar una bocanada de aire le pareció un acontecimiento extraordinario: inusual, sin precedentes, merecedor de una vela votiva.

Sentía dolor al respirar y el pecho le seguía ardiendo, pero durante un minuto se quedó allí tendida, jadeando y mirando las nubes.

A un metro de distancia, Jane estaba tomándose un respiro en su empeño de matarla a ella para matar a River en su lugar.

Tras adentrarse en el sendero entre los árboles, River llegó a la orilla del lago que recordaba de cuando era pequeño, o que creía recordar, porque descubrió algo nuevo: un embarcadero de madera de unos diez metros de longitud que llevaba a una pequeña cabaña, probablemente un observatorio de aves.

El caso era que, ya fuera que aquel embarcadero estuviera situado apenas por encima del agua, o bien que las aguas del lago estuvieran altas, aquello permitía que una mujer estuviera ahogando a Sid, sumergiéndole la cabeza bajo la superficie con la rodilla hincada en su espalda.

Sid estaba viva, pues pataleaba, aunque a duras penas.

Un rayo de luz iluminó un objeto plateado en el maderamen: una pistola. La mujer la había dejado de lado para ahogar a Sid con ambas manos. Él tardó unos segundos en procesar la imagen, pero cuando lo logró ya estaba a mitad de camino.

La mujer se volvió hacia él con una expresión que era puro cálculo: ¿acababa lo que estaba haciendo o abordaba la nueva tarea, tal vez más urgente?

Abandonó lo que tenía entre manos, dejando a Sid tan aturdida como un pez fuera del agua, y se abalanzó sobre la pistola.

Pero el pie de él llegó antes y la envió volando hacia la cabaña.

Rebotó contra la puerta y cayó sobre el entablado.

Él intentó rematar la faena dándole a ella una patada en la cara, pero perdió el equilibrio. La mujer estaba de rodillas, a una altura idónea para soltarle un puñetazo en los huevos, pero él se estaba tambaleando, así que el puñetazo fue a darle en el muslo, que de inmediato se le entumeció.

Se dio la vuelta y se agachó para coger el arma, pero ella ya estaba de pie, y le lanzó una patada que le dio en el hombro porque apartó la cabeza justo a tiempo.

Era su turno, y se abalanzó sobre ella, haciéndole un placaje de rugby, para evitar que cogiera la pistola.

Ambos cayeron al suelo; él encima. Notó que ella intentaba hincarle la rodilla entre las piernas y las cerró con fuerza al tiempo que le asestaba un cabezazo en la nariz.

La sangre salió a borbotones. Entonces, la mujer abrió las manos y se las estampó en ambas orejas a la vez. Sintió que la cabeza le estallaba.

La apartó de un empujón y, durante una fracción de segundo, sus miradas se cruzaron. Uno de los dos iba a matar al otro. El que se hiciera con la pistola era el favorito.

Ella estaba más cerca.

Se puso a cuatro patas e intentó alcanzar el arma, pero él se recuperó a tiempo y se le echó encima de nuevo.

Intentó agarrarla por el cuello de la chaqueta para estamparle la cabeza contra los tablones, pero ella rodó sobre sí misma y lo desequilibró hasta el punto de que por poco fue a parar al agua.

Volvió a estirarse para coger la pistola, pero él la cogió por la muñeca y, cuando ella intentó darle un codazo en la cara, le respondió con una violenta dentellada.