La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 9 #5
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Capítulo 9 #5

Notaba un nudo cada vez más apretado en el estómago.

Respiraba con dificultad y rechinaba los dientes.

La emoción de los minutos previos se había desvanecido por completo para dejar paso al miedo.

Miedo a no encontrar a Sid; miedo a encontrar su cadáver.

Había estado a medio segundo de chocar de frente contra aquel coche; de haberle faltado un átomo de suerte, estaría muerto o herido de gravedad.

Y lo que le fuera a pasar a Sid le pasaría inexorablemente, si no le habría pasado ya.

Y ni siquiera sabría que él había intentado impedirlo.

Un disparo partió la noche en dos, pero no era más que el motor de su coche. El chirrido convertido en traqueteo alcanzaba nuevas cotas.

Y entonces, algo de color gris plomo brilló entre los árboles a su izquierda, y él se acordó de un pequeño lago, un área de pícnic.

Recordaba haber ido allí de niño, y aminoró la velocidad al tomar la siguiente curva, que era bastante larga, con la repentina convicción de que allí había un lugar donde estacionar, por detrás de una hilera de árboles.

Ese pensamiento todavía se estaba formando cuando la realidad lo confirmó: un déjà vu que adquiría presencia física.

Salió de la carretera, condujo en la oscuridad y se detuvo a veinte metros de distancia de otro vehículo aparcado en solitario.

Era plateado, con una matrícula que acababa en xth .

Las puertas estaban abiertas, pero en el asiento trasero había alguien. Alguien que no se movía.

Apagó el motor y durante uno o dos segundos sólo fue consciente de lo fuerte que sonaba su respiración.

El airbag seguía tirado bajo el volante, por lo que el pie se le enredó un poco al salir.

El corazón le latía muy aprisa y las piernas le temblaban a medida que se acercaba al otro coche, pensando: «No, por Dios, otra vez no...

», acordándose de la sangre en la acera la última vez que Sid había muerto.

—Mejor acabamos aquí, en el coche —dijo Sid, y clavó el abrecartas del Viejo Cabrón en la mandíbula de Jim.

La sorprendió lo fácil que había sido, aunque la sorpresa de Jim fue aún mayor. Como seguía teniendo abrochado el cinturón de seguridad, no cayó hacia delante, sino que se desplomó hacia un lado. Farfulló algo sin sentido y murió.

Jane se puso a gritar.

Ella abrió la puerta y salió como pudo.

Y de pronto estaba lejos, corriendo por un sendero que llevaba al borde de la laguna.

La velocidad era fundamental. Quizá Jane se detendría a comprobar si lo de Jim tenía remedio, aunque ella tenía claro que no lo tenía.

Ni siquiera se había molestado en tratar de sacar la hoja, de tan profundamente clavada como estaba.

El cuerpo de Jim tan sólo llevaba unos segundos enfriándose, pero sin duda cada vez estaría más frío.

Los árboles fueron espaciándose y, poco después, llegó a la laguna.

El sendero trazó una curva y fue a parar a un angosto embarcadero de madera lamido por las aguas, en cuyo extremo había una caseta de madera sobre unos puntales de madera: un observatorio de pájaros.

No era mucho mayor que una cabina telefónica, por lo que Jane seguramente podría derribarlo con sus propias manos.

Así que Sid siguió avanzando por la orilla, viró a la izquierda, corrió unos metros más y acabó por agacharse y meterse entre los árboles, que la atacaron con sus ramas bajas, azotándole el rostro y las manos. Ella se detuvo y ellos se calmaron.

Iba vestida con ropas oscuras. Podía confundirse con las sombras. Pero a esas alturas había agotado la suerte de toda una vida. Y también se había quedado sin arma.

Recordó la mirada de Jim al comprender que estaba muriéndose. Una mirada escandalizada, antes que aterrada.

Todo estaba en silencio.

No había pájaros, ni tráfico, tan sólo el rumor del viento al deslizarse sobre la laguna.

Era de esperar que por aquellos andurriales hubiera alguna pareja de amantes, o de bebedores, o las dos cosas a la vez.

O que al menos hubiera algunos imbéciles deseosos de magrearse o de olvidarse de todo por otros medios.

Pero allí tan sólo estaban Sid y Jane. Una Jane que ahora vendría a por ella, armada y motivada a más no poder, pues esto ya no era un trabajo, era algo personal.

A saber qué clase de relación tóxica existía entre esos dos, pero en cualquier caso se había terminado, y no cabía duda de que Jane querría vengarse, por lo que era probable que Sid acabara muriendo en este lugar desconocido.

Una idea que la llevó a apretarse contra el tronco del árbol, como si tratara de fundirse con él, volverse invisible, convertirse en árbol.

« Tch, tch, tch », dijo la bala, y un disparo partió la noche en dos.

Ella gimió, pero no había sido un tiro, sino un coche que pasaba.

Abrió la boca para gritar pidiendo ayuda, pero la cerró de golpe.

Un grito atraería a Jane, a quien le bastaría un momento para terminar el trabajo.

Pues en eso se había convertido ella: en un trabajo inacabado.

Como un suelo por barrer o un plato por lavar.

«A la mierda», pensó. « Tch, tch, tch », intervino la bala.

«A la mierda con ella también», zanjó Sid.

Podía volver al sendero y seguir corriendo, aunque dudaba que fuera a parar a alguna parte.

Seguramente daba la vuelta al lago, de tal forma que volvería a encontrarse en el punto de partida.

Pero ¿acaso no era eso lo que sucedía con la mayor parte de los caminos?

Con sus propios viajes, por ejemplo. Al huir de Cumbria había supuesto que River iba a mantenerla a salvo.

Por la razón que fuera, River era un anclaje seguro en un revoltijo de cosas dispersas: un par de zapatos metidos en un armario, ya inservibles, pero que no te decides a tirar.

El suelo de un despacho sembrado de desperdicios...

Un café horroroso, bebido en un automóvil de noche...

«¿Por qué has venido aquí...?» «No se me ocurrió ningún otro lugar. Y tú eres de fiar.»

Era imposible comprender por qué la mente se aferraba a determinados recuerdos.

—¡Maldita puta!

Jane la agarró por el brazo y, tras arrastrarla hasta el sendero, la arrojó al suelo y le propinó una violenta patada.

Ella intentó rodar sobre sí misma para amortiguar el impacto, una lección aprendida durante su adiestramiento en las colchonetas de Regent’s Park y supuestamente grabada a fuego en su memoria, pero acabó desplomándose como un saco lleno de arena mojada, pues el golpe la había dejado sin aliento.

Cuando abrió los ojos, Jane era una borrosa silueta luminosa que se abrillantaba y oscurecía al ritmo de su corazón. Jane se agachó para que ella, su víctima, la oyera bien.

—Si quisiera, podría pegarte un tiro ahora mismo. O matarte poco a poco con mis propias manos. Pero al final vas a acabar en esas aguas y vas a morir con los pulmones reventados, ¡porque ése era el plan!

Las palabras «ése» y «plan» le sirvieron para marcar el compás, acompañándose con la culata de la pistola y con la cabeza de Sid haciendo las veces de tambor.

« Tch, tch, tch .»

El mundo desprendía destellos grises y blancos, como un recuerdo borroso de una película de terror, y a ella le dolía la cabeza, al igual que las rodillas y el resto del cuerpo.

—Parecías tan pequeña e inofensiva, tan jodidamente débil... con aquel trozo de metal retorcido en las manos como si fuera tu única arma.

Otro golpe. Otro destello. Ella notó que le crujían los dientes.

—Y pensar que todo el rato llevabas ese puto cuchillo escondido en la manga...

Ella intentó decir algo, pero las palabras le salieron pastosas, como si estuvieran hechas de barro.

Jane le dio una sacudida.

—¿Qué estás diciendo?

Soltó un escupitajo y farfulló:

—Jim me ha ayudado a ponerme la chaqueta. Ha sido él quien ha permitido que me llevara el cuchillo.

«Tienes que ser como Villanelle, como Lara Croft...»

Había sido Sid Baker, pero la de otro tiempo, no la de ahora.

—¡Levántate de una puta vez!

Jane la arrastró de vuelta al embarcadero, agarrándola por el cuello de la chaqueta con la misma mano con la que empuñaba la pistola, apretando el cañón contra su oreja. A ella los pies apenas le respondían; tenía la impresión de estar a punto de caerse, pero aun así fue avanzando.

La pasarela que conducía al observatorio de aves era sólida, de construcción reciente. A mitad de camino, Jane volvió a estamparla contra el suelo.

—Tendría que destriparte como a un pescado y hacer que te comieras tus propias entrañas.

«Puedes tomar prestado mi abrecartas. Lo dejé clavado en la quijada de tu amante.» Pero las palabras no llegaron a aflorar. Tenía bloqueada la garganta.

Por allí tendría que haber algunos observadores de aves, grupos de aficionados a los pájaros, a la espera de que se iniciase el canto matutino. Pero aún no había llegado la madrugada; tan sólo estaba haciéndose un poco tarde.

Entonces Jane se arrodilló a su lado y le apretó la espalda con una mano mientras tiraba de su cabello con la otra, obligándola a levantar la vista.

—Esto es lo que vas a ver mientras te mueres: mi cara riéndose de ti y de todos tus amigos muertos.

—Tu amigo tenía la mandíbula blandita —dijo ella—. La hoja ha entrado como si nada.

Jane le estrelló la cabeza contra el maderamen y luego la empujó hacia el otro lado de la pasarela.

Con violencia, hizo que asomara la cabeza por el borde.

El agua estaba alta y le devolvió la mirada, como una manta con pliegues interminables salpicada de lentejuelas, de reflejos que ni se sabía de dónde procedían.

Ella sólo acertaba a ver los escasos centímetros situados bajo sus ojos, pero aquella imagen se extendía hasta llegar al final de la vida.

Y de pronto desapareció, pues su cabeza estaba bajo el agua, empujada por la mano de Jane.

«Vas a morir con los pulmones reventados...»