La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

—¿Sabéis lo que estoy pensando? —intervino Jane—. Yo creo que un bañito nos vendría bien a los tres para despejarnos un poco. ¿Cómo lo ves?

La pregunta estaba dirigida a Jim, que respondió de inmediato:

—¿Un baño nocturno? ¿Y por qué no? El agua al principio estará un poco fría, pero uno enseguida se acostumbra.

—No tengo bañador —dijo Sid.

Parecía tener problemas para controlar el volumen de su voz.

Las palabras salían de su boca un tanto burbujeantes, como si hubiera estado inhalando helio.

Era lo que pasaba cuando estabas cerca del final: las cosas más cotidianas iban perdiéndose.

La última vez que había muerto todo había sucedido de golpe, por lo que no llegó a sentirse nerviosa.

Esta vez, sin embargo, había demasiados avisos.

Iban a asesinarla. No sabía por qué, pero le parecía que ninguna razón iba a resultarle aceptable, incluso si se la explicaban de forma pormenorizada.

—Nos bañamos en pelotas —dijo Jim—. ¿Por qué no? Somos todos adultos, ¿no es cierto?

Extendió la mano y desabrochó el cinturón de seguridad de Sid. El cinto le rozó los pechos al enrollarse de nuevo.

—Y si no —dijo él, y por primera vez su voz sonó como era en realidad, no la de un vicario jovial, sino la de un intruso frío como el hielo—, podemos acabar con todo esto aquí, en el coche. No será tan limpio, pero si lo prefieres, lo hacemos.

Se había vuelto hacia ella, y sus ojos se encontraban a escasos centímetros. Los miró fijamente, pero no vio nada en ellos.

—Muy bien —dijo.

Jim ladeó la cabeza ligeramente, como formulando una pregunta muda.

—Mejor acabemos aquí, en el coche —respondió ella, ajustándose la manga.

—Supongo que te das cuenta de que, si esto sigue prolongándose, pronto no me van a quedar ni dos espías a los que putear —dijo Lamb. Aspiró y exhaló una bocanada, una delgada nube que fue alejándose sobre el canal.

—Os habéis borrado del mapa —dijo ella, retomando un estribillo previo—.

Seguid así. Todos vosotros. Dentro de pocos días, una semana como mucho, los caballos lentos podréis salir a pastar con tranquilidad otra vez.

Porque vamos a encontrar a ese equipo de asesinos y los vamos a enviar de vuelta a casa en un sobre acolchado.

—Estás arrebatadora cuando mencionas artículos de papelería. —Lamb se giró para mirarla. Su cara era la cara de la luna, llena de cráteres, promontorios y manchas grisáceas—. White y Loy ya no están, y no los voy a echar de menos. Pero Sid Baker también aparecía en esa lista, y eso es otra cosa.

—Baker está muerta —repuso ella, aunque sin mucha convicción.

—Estaba muerta —convino él—. Ésa es la versión oficial.

Pero, a la vez, tú necesitabas hacer constar en los registros que en realidad no lo estaba, por si lo sucedido se volvía contra ti.

No lo olvidemos: quien la cagó hasta el fondo fuiste tú, con el resultado de que a Sid por poco la matan.

Y por eso te ocupaste de dejar una carpeta con la verdad metida en algún rincón del archivo de Molly, allí donde se suponía que nadie iba a mirar.

Porque se supone que ahora todo el mundo digitaliza los datos por defecto, ¿no es así?

—Todos menos tú.

—En efecto, sólo lo hago si no me queda más remedio.

Ella dio una larga calada.

—No es la primera vez que la Primera Mesa esconde cosas entre el papeleo, ni va a ser la última.

De manera que sí, es verdad, me propuse mantener a Baker fuera de la circulación.

Y la he mantenido bien segura durante todo este tiempo.

Con un nuevo nombre y un nuevo historial, en una bonita casa en el norte.

—Algo me dice que te preparas para venirme con un «pero» monumental.

—Ha desaparecido. El lechero que se ocupaba de ella nos lo notificó hace un par de días.

—¿Y qué hiciste?

—La notificación me ha llegado hace pocas horas.

—Es lo que más me gusta de Regent’s Park. Todo funciona como un reloj suizo. ¿Es posible que en esa carpeta constara el lugar exacto donde estaba escondida? Déjalo, no te molestes en responder. Pero ¿has averiguado adónde ha ido y para qué?

—Lo estamos investigando.

—Voy a ahorrarte la investigación. Está en la casa de David Cartwright. ¿El nombre te suena? El antiguo flautista de Hamelín del servicio. Él tocaba y todo dios bailaba al son de su música.

—¿Y por qué Baker iba a dirigirse allí?

—Porque un espía en fuga siempre busca la ayuda de otros espías, y Sid era amiga de River Cartwright.

Y la dirección principal que consta en el expediente de River es la de la casa del abuelete, por la sencilla razón de que el muchacho ahora mismo vive de alquiler, con un contrato de seis meses.

Cosa que Sid seguro que sabía, porque en su día probablemente ojeó el mencionado expediente.

Y resulta que los malos de esta película también lo saben, gracias a tu amigo Cantor.

De manera que están a punto de llevarse dos por el precio de uno.

Cuando se presenten a por Cartwright, también van a encontrarse con Baker.

—Hizo una pausa—. Me has entendido, ¿verdad?

No tengo ganas de repetir esta puta parrafada.

—En la carpeta no constaba la dirección de Baker —respondió ella—. Pero sí la del centro donde la habían estado tratando.

—Fantástico. Así ¿cómo demonios no iban a encontrarla?

Ella examinó el cigarrillo que sostenía entre los dedos: ya no era más que ceniza pegada al filtro.

—Mandaré a un equipo para que se ocupe.

—No te molestes. Cartwright sabe que nos hemos borrado del mapa. El chaval seguramente es idiota, pero, de entre todos los idiotas a mi cargo, es el único que se sabe de memoria los protocolos a seguir. De manera que se habrá esfumado llevándose a Sid con él.

—A no ser que el equipo del gru haya llegado antes.

—Ya, claro. Si es el caso, será cuestión de enviar a un equipo de limpieza industrial.

Ella apagó lo que quedaba de su pitillo.

—Me doy cuenta de que estás furioso. Pero ahora todo está bajo control, o pronto va a estarlo.

De manera que no montes uno de tus follones, Jackson.

Escóndete donde sea con una caja de botellas de Talisker hasta que pase la tormenta y puedas salir a la calle, aunque lo más seguro es que antes te mates bebiendo.

—Me encanta oír tus palabras de ánimo. Es como si alguien me ofreciera un vaso con agua fresca. Un mamón que acabara de pegarle fuego a mi casa, por poner un ejemplo.

—Ah, y otra cosa —dijo ella—. Dos de los tuyos le han dado una paliza a un civil esta noche. Y le han robado la billetera y el móvil.

—Todos hacemos lo que podemos para llegar a fin de mes —reflexionó Lamb—. Pero ¿cómo sabes que eran dos de los míos? Tampoco es que yo tenga el monopolio de los atracos.

—Porque uno de mis agentes estaba siguiendo a Wicinski, y me ha informado de que lo había visto moviéndose por los urinarios públicos de la estación de Old Street.

De hecho, ha hablado con él. Y diez minutos después, Wicinski ha salido a toda prisa, en compañía de...

y cito: «Una marimacho rechoncha.» Supongo que se refería a Dander.

Entre los dos habían dejado a la víctima metida en un cubículo de los servicios.

Lamb lo pensó un momento.

—Lo de rechoncha tiene un pase. Pero yo nunca diría que Dander es una marimacho. En todo caso, un marimacho. Tu agente tiene muy poca consideración.

—Que yo sepa, el robo con lesiones sigue siendo un delito grave. Por lo que, en cuanto la Casa de la Ciénaga vuelva a entrar en funcionamiento, espero que esos dos despejen sus escritorios y se las arreglen con la policía.

—¿Despejar sus escritorios? Dander más bien dejará un cagarro humeante encima del suyo.

—Más trabajo para el personal de limpieza.

—Volviendo a esa movida con Judd y sus angelitos —dijo Lamb como si no la hubiera oído—. Te has metido en una trampa para osos, supongo que lo sabes, ¿no?

—Puedo manejar la situación.

—¿Eso crees?

—No lo creo, lo sé.

—Que tengas un buen funeral. —Lamb le tendió la palma de la mano y agregó—. Entretanto, voy a necesitar tus llaves.

—Vas a necesitar mis llaves. ¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir que me he borrado del mapa, según lo convenido, lo que significa que necesito una casa segura.

Por razones obvias, no me fío de la capacidad de Regent’s Park para hacer una tostada en una tostadora eléctrica, y menos aún para impedir que me frían a tiros.

De forma que, si me dejas las llaves de tu casa, por la mañana te ahorrarás tener que barrer los cristales rotos.

—¡Tú a mi casa no vas!

—Acabo de explicártelo. Cristales rotos.

—Por los clavos de Cristo —dijo ella, sorprendiéndose de su propia expresión. Y sacó su llavero, del que extrajo dos llaves. Luego le dio una dirección que no era la suya.

—Hemos estado invirtiendo en el mercado inmobiliario, ¿eh?

—Vas a dejarlo todo como lo encontraste, ¿entendido?

—Es mi filosofía de vida —convino él cogiendo las llaves.

Estaba claro que el coche había sufrido daños.

El ruido del motor denotaba cierto sufrimiento: lo que había empezado como un golpeteo discreto se estaba convirtiendo rápidamente en un traqueteo irritado.

River había pasado por delante de varias casitas de campo sin cruzarse con más vehículos, y tampoco vio rastro de luces traseras cuando el camino se enderezaba de vez en cuando.

No tenía ni idea de dónde estaba. Probablemente había recorrido aquellos parajes en bicicleta de niño, pero las curvas y revueltas se habían borrado de su memoria.

Hasta era posible que ya hubiera acabado alguna vez en una de aquellas zanjas.

Bien estaba haber tenido una prueba previa.