Capítulo 9 #3
Se dio cuenta de la vacuidad de esas palabras en cuanto las pronunció, y Lamb seguramente también, pues su respuesta inmediata fue echarse un segundo pedo.
—Judd se la tiene jurada a la Casa de la Ciénaga —dijo a continuación—.
Si no recuerdo mal, la última vez que nos vimos las caras se quedó sin su mayordomo.
—«Mayordomo» no era la mejor palabra para describir a Seb, el antiguo correveidile, esbirro y matón a las órdenes de Peter Judd, aunque era cierto que no se le había visto el pelo desde hacía mucho tiempo—.
Pero me pregunto con qué puto propósito ha montado todo esto —prosiguió Lamb—.
Eso de patrocinar una ejecución, pues bueno, puedo entenderlo: le sirve para que comas de su mano, y seguro que le gusta verte menear el culo a su alrededor.
—Yo no como de su mano ni meneo el culo.
—Eso díselo a su polla tiesa. Pero no entiendo qué gana vendiendo a mi tropa al enemigo. La jugada está tan meditada como un mensaje de Trump en las redes sociales. No tiene sentido enfrentar a dos grupos opuestos cuando el que se va a llevar el leñazo eres tú.
—Judd no está detrás de eso —dijo Diana.
—¿Y entonces quién?
—White y Loy son agua pasada. Los dos están fuera de nuestros registros, y hasta los registros están fuera de nuestros registros desde que hice que borraran a la Casa de la Ciénaga.
Eso significa que la información de la que dispone ese equipo del gru , si es que realmente es del gru , procede del archivo de Molly Doran.
—Gracias. Hasta ahí había llegado yo solito.
—Y Judd nunca ha tenido acceso a ese archivo.
—Y ahora vas a decirme quién sí.
—Uno de los ángeles... de los patrocinadores. Su nombre es Damien Cantor. Es un playboy de los medios de comunicación que ha crecido con internet y se ha graduado en YouTube con matrícula de honor. Él...
—Su currículum me importa una mierda.
—Ya, pero ¿te suena el canal Go tv ? Es la niña de sus ojos.
—¿La niña de sus ojos? ¿Y cómo vino al mundo? ¿Es que ese fulano se folló a un canal de teletienda?
—Judd quería que Cantor se sumara al proyecto porque tiene dinero en cantidad —explicó ella—.
Y lo que de verdad lo motiva es tener influencia.
Lo que quiere es marcar el paso de la agenda política, sin limitarse a informar sobre ella, pues así funcionan las cosas hoy día: si tienes un canal de noticias es como si fueras el dueño de medio gobierno.
—Ya veo. Otro puto Rupert Murdoch de andar por casa. Lo que nos faltaba.
—También es un narcisista y un engreído. O sea que lo tiene todo para llegar a primer ministro un día de éstos. Lo que explica que no pudiera resistir la tentación de hacerme saber que me tenía cogida por los pelos.
Lamb soltó un silbido, como si estuviera impresionado.
—En cambio, yo he tenido que interrumpir la siesta para hacértelo saber.
—Vete a la mierda, Jackson. Y dame uno de ésos, anda.
—Quería decir un cigarrillo, pero no tardó en darse cuenta de su error.
Lamb se quitó el que tenía encajado en la boca y se lo pasó.
Tras un ligerísimo titubeo, ella lo aceptó.
Él cogió el pitillo que llevaba en la oreja y encendió los dos.
Una vez concluido el numerito, ella continuó—: Cantor me dijo que un antiguo miembro de su equipo de seguridad había entrado a trabajar en Regent’s Park.
Al mirar su expediente, vi que había tenido un encontronazo con Molly cuando ella lo sorprendió merodeando por su archivo. Cosa que no suele gustarle.
—Cierto. Es muy capaz de darte una patada en el culo.
—Creo que lo que sigue te va a gustar. Ese individuo la llamó «lisiada».
En lugar de responder, Lamb fijó la vista en una de las casas flotantes amarradas al otro lado del canal. Un destello tras sus cortinas sugería la presencia de una vela encendida en el interior, o quizá de un televisor, o de un iPad... de hecho, podía ser cualquier cosa.
—Ese tipo se llama Tommo Doyle —prosiguió ella—. Y probablemente tuvo tiempo de fotografiar la carpeta de la Casa de la Ciénaga al completo mientras estuvo en el archivo. Por orden de Cantor, claro. Porque Cantor estaba al corriente de la existencia de la Ciénaga: Judd le habló de vosotros.
—¿Qué le dijo exactamente?
—Que existía, que yo había borrado vuestros expedientes, que estaba usando a tu equipo como blanco para prácticas de tiro... Seguramente pensó que la Ciénaga era una mercancía que podía venderse a buen precio.
—Y lo que más le gusta a un ricachón es enterarse de que algo está en venta.
—Ya empezaba a correr el rumor de que en el Kremlin estaban rabiosos por lo sucedido en Kazán y que pretendían vengarse, declararle la guerra a nuestro departamento de ejecuciones sumarias.
Pero resulta que nosotros no tenemos un departamento de ese tipo, por lo que se encontraron asestando golpes en el vacío.
—Hizo una pausa—. A Cantor le da igual la ideología.
Pero aspira a ser una figura importante, y estamos hablando de unos tipos que fueron capaces de robar unas elecciones a la Casa Blanca.
Si les ofrecía una válvula de escape para su rabia, una que fuera viable, ¿qué estarían dispuestos a darle a cambio?
—Claro. Les dio de desayunar a los tigres sin preguntarse a quién se comerían para el almuerzo —observó Lamb—.
El puto desgraciado. Y por eso hay antiguos miembros de mi equipo que se caen de unas escaleras o mueren incinerados.
Aunque era de esperar que los de gru reparasen en que nuestro listado de personal está escrito con tinta desvaída en un papel amarillento.
—¿Y a ellos qué más les da? Lo que les interesa es que se vea que hacen algo.
Que nosotros lo veamos. Que Rasnokov lo vea.
Que la propia Reinona en Jefe lo vea. Bienvenido al mundo de las fake news , Jackson.
Llevas demasiado tiempo metido en la Casa de la Ciénaga.
Y las cosas se han puesto feas ahí fuera.
—Siempre lo fueron —dijo él.
Las palabras se esparcieron por la mente de River, cada una tan desprovista de vida como una mosca en el parabrisas, aunque todavía perceptibles en medio del caos:
«Mierda. No. Sid.»
Pero, mientras todo estaba sucediendo, no había palabras, sólo movimiento.
Se quedó en blanco mientras sus manos y pies pensaban por él: pisó el freno con brusquedad y el coche derrapó de tal forma, tan de golpe, que no tuvo más remedio que dar un volantazo mientras el automóvil giraba sobre sí mismo, camino de la colisión como un animal de dibujos animados intentando evitar lo inevitable, tirando hacia un lado mientras sus patas intentan ir hacia el otro.
El parabrisas se llenó de luz y de repente se quedó a oscuras.
Se oyó un ensordecedor chirrido de metal contra metal y todo se descolocó y volvió a colocar en otro orden.
Ya no estaba en movimiento. El coche contra el que había estado a punto de chocar se encontraba cruzado en el estrecho carril y el suyo frente al morro, lo que significaba que uno de los dos había dado un giro de 180 grados. Tenía la sospecha de que había sido él.
En su día había hecho un salto en paracaídas supervisado por soldados.
«De apertura baja», lo llamaban: debía tirar de la cuerda en el último momento posible.
Aún recordaba el impacto de sus pies contra el suelo.
Ese recuerdo seguía grabado en la mayor parte de sus huesos, incluidos los huesecillos de los oídos y los pulgares.
Ahora sentía algo parecido. La buena noticia era que el airbag había funcionado.
Hundió la cara en aquella masa blanda y luego la arrancó del volante. Se desinfló con un ruido como los que solía producir Lamb.
—¡Tío, tú estás loco! ¡Serás gilipollas!
El otro conductor se había acercado a él y estaba de pie junto a la ventanilla.
—Lo siento —murmuró él.
—Ahora mismo llamo a la policía, ahora mismo llamo a la policía... ¡estás loco!
—Lo siento.
—¡Porque hay que estar loco para ser tan gilipollas!
Él asintió con la cabeza. Era lo mínimo que podía hacer.
Era un loco gilipollas, estaba claro, no hacía falta discutirlo ni perder más tiempo.
Pisó el acelerador e intentó recrear su giro repentino.
Hacerlo a propósito resultó mucho más difícil, sobre todo con un desconocido furioso gritándole insultos.
Pero lo logró, y al momento estaba alejándose de allí sin dejar de ir demasiado rápido por un camino estrecho y oscuro, pero con la certeza de que algo se había modificado en su interior instantes antes del choque que no había llegado a producirse; algo de lo que se había dado cuenta sólo en ese momento, como cuando metes la mano en un armario atiborrado de ropa y acabas sacando justo la prenda que no sabías que estabas buscando.
El final resultó ser un claro a un lado de la carretera.
Un pequeño estacionamiento entre los árboles desde el que, según imaginó Sid, un sendero llevaría a algún lugar pintoresco, interesante o histórico.
Ahora mismo ella no estaba de humor para ninguna de estas cosas.
Aunque era poco probable que sus preferencias personales fueran a tenerse en cuenta.
—Ya casi estamos —dijo Jim mientras Jane aparcaba en el punto más alejado.
«¿Y ahora qué?», preguntó Sid. Al momento se dio cuenta de que no había llegado a articular las palabras en voz alta. Se aclaró la garganta.
—¿Y ahora qué?
—Nada que deba alarmarte.
—Ya. Pero ¿qué?
Jane habló por primera vez en mucho rato:
—Entre esos árboles hay un lago. Una laguna, mejor dicho. En el mapa lo describen como un sitio bonito.
—«Una zona de belleza natural» —intervino Jim—. Como suele decirse en estos casos.
—Vamos a echar un vistazo, ¿te parece?
Hay una palabra para describir las preguntas que no exigen respuesta. Pero no por ello Sid dejó de darla:
—Yo con vosotros no voy a ninguna parte.
Jim se echó a reír.
—Has venido hasta aquí. ¿Qué más da hacer un centenar de metros más o menos?
—Está oscuro.
—Tenemos una linterna. Y junto a la laguna habrá un poco más de luz. El agua la refleja.