La Casa de la Ciénaga (Slow Horses 7) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—La pureza no tiene nada que ver con esto.

Sabemos que estuviste en el club: Ho se encargó de comprobar tus registros en Uber.

—Lamb negó con la cabeza—. De verdad. Se supone que eres la Espía en Jefe, pero pasas tan desapercibida como una avioneta con un cartel publicitario.

En fin, me interesaba averiguar por dónde andabas cuando empezaste a usar la Ciénaga como campo de tiro, y con quién te estabas relacionando.

Ella apartó la mirada y contempló la profunda oscuridad del túnel en el que se adentraba el canal, o del que salía. Como la mayoría de las cosas, era cuestión de perspectiva.

—Estás mezclando dos cosas distintas —dijo—. Lo que les pasó a White y a Loy no tiene nada que ver con eso.

Lamb había encontrado un mechero por algún lado y, finalmente, encendió el cigarrillo.

—Como digo, recurrí a Ho. Hay que reconocérselo: es un capullo integral, pero un capullo con talento.

Cualquier día nos monta un numerito con pelotas de ping-pong.

En fin, le pedí a Ho que comprobara quién había podido estar almorzando en el club los mismos días que tú, ¿y a que no sabes con qué tarjeta de crédito se encontró?

—Exhaló el humo, asegurándose de que lo dirigía hacia ella—.

La de Bullingdon Fopp: una agencia de relaciones públicas hecha a medida para cretinos con dinero de todo el mundo y dirigida por un tal Peter Judd.

¿Y por qué no me sorprendió ver ese nombre?

Ese individuo es el emblema de la política británica: aguanta más presión que el perineo.

Ella arrugó la nariz.

—Supongo que quieres decir que es inmune al desgaste.

—Tú supón lo que te dé la gana. Lo que quiero decir es que ese tipejo me provoca arcadas y...

—¡Por Dios, Lamb! —Negó con la cabeza—. Judd es miembro de ese club. El hecho de que estuviera allí no significa nada.

—Ya, claro. Te diré lo que pienso: Peter Judd financió la operación en Kazán, probablemente por motivos personales, y no porque esa ejecución le interesara en particular. Lo fundamental era el poder y la influencia derivados de haber comprado a la Primera Mesa.

—No me ha comprado.

—Uy, qué va. Diana, hazme caso: Judd es tu puto amo y señor. Ahora mismo te tiene en sus manos.

Un pequeño tumulto tenía lugar un centenar de metros canal abajo: unos patos estaban haciendo de las suyas.

Ella dejó que aquel ruido la distrajera un momento, como si su total irrelevancia fuera una vía de escape; como si ese ruido le recordara que, en ese mismo instante, el mundo albergaba un millón de situaciones distintas, de modo que su propia situación no tenía nada de especial.

Pero era difícil mantener esa ilusión con Jackson Lamb a su lado.

Ya había un hueso roto, y era posible que pronto se rompieran más cosas.

Y, de repente, reconoció aquella especie de letanía en bucle que antes se había filtrado desde una de las casas flotantes.

Era el himno La sangre de Cristo nunca me ha fallado , pero envuelto con tanta delicadeza en la penumbra que se confundía con los demás ruidos de la ciudad: el terco optimismo de alguien con una enfermedad terminal.

Lamb interrumpió sus pensamientos:

—Le abriste la puerta a Judd y ese sujeto ahora va a poner a la venta todo lo que no esté bien clavado al suelo, como hacen siempre los de su calaña.

Y la Casa de la Ciénaga no está bien clavada en absoluto.

Así que haz el favor de olvidarte de esos putos patos un minuto y concentrarte en lo que importa.

Te cargaste a una agente del gru , y los del gru se lo han tomado a mal, por lo que se han propuesto vengarse para igualar el marcador.

Y gracias a Peter Judd, o a otro como él, han decidido que la Ciénaga encaja a la perfección con sus propósitos.

Tiró el cigarrillo en dirección al canal, convirtiéndolo en un minúsculo cohete que dejaba estrellas a su paso, hasta que se convirtió en un simple silbido apagado.

—Así está la cosa. Y como soy la mar de sociable y comunicativo, te cuento lo que voy a hacer. Voy a darte una oportunidad de decidir de qué lado estás. Y te doy una pista. Ese equipo de asesinos no se anda con miramientos, ¿verdad? Pues yo tampoco.

Tirar aquel cigarrillo en la oscuridad de la noche había sido un error, pues no se lo había acabado ni de lejos. Pero al momento tenía otro entre los dedos, con el que apuntó a Taverner como si fuera el cañón de un arma de fuego.

—Ya puedes ir contándome lo que hay.

Y ella hizo exactamente eso.

Tras recibir el mensaje de texto enviado por Catherine —«Tumba de Blake. Ahora mismo»—, River apagó el móvil y le quitó la batería con una sola mano, dejándolo todo en el asiento del copiloto. Había desaparecido del mapa. Era lo indicado.

Hay situaciones en las que todos los estados de ánimo pueden coexistir: el miedo y la furia, el dolor y la excitación, el asco, el asombro y un repentino y profundo apego por algo que quizá ha quedado atrás.

Él había echado de menos a Sid durante aquellos últimos años, aunque no se había dado cuenta hasta ese momento; y el descubrimiento venía acompañado de la certeza de que podían haberle arrebatado de nuevo a su antigua compañera.

Por eso estaba conduciendo demasiado rápido en la oscuridad mientras el cielo se oscurecía, pasando del azul al casi negro, y el carril que tenía delante, estrechado por las luces de sus faros, se convertía en un canal que se retorcía sin parar, flanqueado por borrosas masas verdosas.

Estaba preparado para frenar en cuanto fuera necesario, pero no quería hacerlo porque estaba desesperado.

Los otros le llevaban unos minutos de ventaja, a bordo de un coche posiblemente blanco.

¿¿¿ xth ??? La matrícula apenas tenía importancia.

El primer coche que apareciera ante sus ojos tenía que ser el que estaba persiguiendo.

No había pasado por ningún punto en el que se pudiera dar la vuelta sin ir a parar a un campo de cultivo en tinieblas.

«Se han sorprendido cuando les he dicho que la muchacha estaba dentro. Pensaban que no había nadie en la casa.»

Dos personas «del hospital» habían ido al caserón buscando a alguien, igual que antes hicieron en Cumbria, aunque ahora no esperaban encontrar a Sid, lo que sin duda significaba que a quien andaban buscando era a él.

Aquello daba que pensar, pero no era el momento: lo que tenía que hacer, primero que nada, era alcanzar a aquellos misioneros antes de que hicieran lo que fuese que hacían.

Dudaba que se dedicaran a salvar almas, aunque quizá sí a liberarlas de la carne.

Miedo y furia, dolor... y excitación. Porque no podía negar que todo aquello le resultaba estimulante: el placer de la persecución en caliente, de una misión en curso.

Parecía que hubiera pasado una década desde su breve paso por Regent’s Park y, sin duda, las jornadas interminables en la Ciénaga lo habían corroído lentamente, porque incluso en aquel momento, con la vida de Sid Baker en peligro, una parte de él se alegraba de que aquello estuviera sucediendo.

Intentó ahuyentar ese pensamiento, pero no fue capaz.

Se alegraba porque, desde su destierro de Regent’s, su vida no era la que le correspondía, aquella para la que su abuelo lo había preparado.

El Viejo Cabrón nunca había aspirado a ocupar la Primera Mesa: prefería ser el que movía los hilos en la sombra, pero se había propuesto que él alcanzara ese puesto.

Era un sueño tácito, que se expresaba en forma de silencios puntuales cuando le contaba viejas historias, pero nunca se había dado cuenta de que lo que su nieto quería en realidad era formar parte de aquellas historias; ansiaba el peligro, no la satisfacción de mover las piezas del tablero.

No quería convertirse en un narrador de historias; quería protagonizar esas historias.

En los últimos años había tenido la oportunidad de entrever hasta qué punto era necesaria una gran frialdad para planificar la destrucción de un enemigo, pero ahora estaba descubriendo que la acción exigía un cierto grado de perversidad: el placer adictivo de desprenderse de todo escrúpulo y entregarse a la cacería, incluso cuando un ser querido estaba en peligro.

Era lo que estaba pensando cuando tomó la curva demasiado rápido y se encontró con que un coche venía de frente.

Los patos pusieron fin a su cónclave con cierta acritud y se dispersaron aún de mala leche.

Mientras Diana terminaba de explicar sus tratos con Peter Judd y los ángeles de la guarda, sus graznidos se fueron perdiendo entre los demás sonidos del anochecer: el tráfico más o menos lejano, la charla inconexa de los peatones en la calle, que la espesura de los árboles hacía tan incomprensible como el lenguaje de las aves.

Después de que la novata Ashley Khan —en su sexto mes de entrenamiento y sin garantías de que hubiera un séptimo, en vista de lo sucedido esa noche— se presentara en su despacho, había sopesado la posibilidad de enviar a los Perros para que le llevaran a Lamb por las malas.

Pero la realidad se impuso: si éste estaba fracturando huesos para dejarle patente que iba en serio, era señal de que estaba realmente cabreado.

Lo que significaba que sabía que alguien estaba dando caza a antiguos miembros de su equipo y que estaba buscando a alguien a quien culpar del asunto.

Y, en vista de su talento para armar follón, y de que ella estaba en la cuerda floja, lo más prudente era que se lo contara ella misma, para evitar que lo averiguase por su cuenta.

La marcha de los patos había dejado el canal tan revuelto como una cama sin hacer, pero la calma volvía poco a poco mientras ella miraba hacia allí.

—Así que Judd no es el único —dijo Lamb al cabo de un momento—. Resulta que hay una galería de los horrores detrás de todo esto.

—Hombres de negocios. Emprendedores. Personas que se preocupan por la seguridad de nuestro país.